EUCARISTÍA Y SACERDOCIO
Punto de partida
Si la eucaristía es la fuente y cima de toda la vida cristiana (LG 11; Catecismo IC 1324), a fortiori tiene que ser la fuente y cima de la vida del sacerdote.
Lo que pretendemos
- Descubrir lo que la eucaristía puede significar para el sacerdote.
- Traducir su contenido en vivencia de espiritualidad eucarística hoy
EUCARISTIZAR LA VIDA DEL SACERDOTE
Introducción
- Si tomamos como punto de partida el concilio Vaticano II, la vida del sacerdote (vida y ministerio) ha ido recibiendo el impacto de algunas claves hermenéuticas de autocomprensión, desde las que ha ido configurando su espiritualidad; claves que han tenido mayor o menor incidencia.
- Claves hermenéuticas han sido, p.e.:
- El aggiornamento
- El profetismo liberador (espiritualidad liberada y liberadora)
- El seguimiento de Jesús
- La nueva evangelización
- La pastoreitas con la caridad pastoral
- Todas estás claves han aportado su riqueza para la comprensión del sacerdocio (y me estoy refiriendo ahora a la comprensión y vivencia de la espiritualidad)
- Es verdad que también han aparecido algunas dicotomías (sacerdocio cultual-sacramental y sacerdocio evangelizador) (sacerdocio de puertas para adentro en la iglesia y sacerdocio encarnado en las realidades terrenas) (vivencia personal del sacerdocio y vivencia del sacerdocio en el presbiterio)....
- ¿Por qué ahora la clave hermenéutica de la eucaristía?
- Pienso que la clave hermenéutica de la eucaristía comprende y abarca toda la existencia del sacerdote. Se evitan así las posibles dicotomías que pueden existir en una espiritualidad. Tendremos que verlo.
- Ayuda a situarnos como sacerdotes dentro de la Iglesia ante posibles dislocaciones o vacíos (obispos y laicos)
- Nos ayuda a expresar de manera global nuestra identidad sacerdotal desde su verdadera raíz
Eucaristizar nuestra vida sacerdotal
- No sé si cabe este neologismo para expresar la espiritualidad sacerdotal pero creo que al menos puede indicarnos el desde dónde queremos configurar nuestra espiritualidad. Esto es lo que intento expresar con esta palabra no al uso corriente.
- Por supuesto que no voy a hacer ahora un estudio bíblico, teológico y eclesiológico de la eucaristía. Lo que pretendo es dar pistas para actualizar nuestra espiritualidad eucarística desde la comprensión eucarística actual.
Situándonos
- La eucaristía aparece para el sacerdote en una doble vertiente: a) Presencia real del cuerpo de Cristo y b) celebración eucarística.
- Y lo primero que hay que decir ante esta realidad es lo que ya se nos ha indicado en algún que otro escrito sobre la eucaristía: "La primera catequesis eucarística es la forma de estar el sacerdote ante el Santísimo. Una genuflexión bien hecha, el silencio, los movimientos y conducta como la de quien está ante Alguien. No se pueden despreciar los signos externos...La delicadeza y el cuidado que se tiene con el Santísimo, tanto desde su localización, como del arte que lo encierra y el culto que se tributa, son algunos indicadores de la fe y de la piedad de una comunidad y de su presbítero responsable". Cito unas palabras del cardenal Martini: "En concreto se requiere el cultivo de actitudes interiores que preparen, acompañen y sigan a la celebración de la eucaristía". Desde esta advertencia previa, necesaria e importante, vamos a ir adentrándonos poco a poco en la realidad de la eucaristía
- Hemos dicho que la eucaristía es la presencia real del cuerpo de Cristo. Creo que es realidad clave para la comprensión del misterio de la eucaristía. Por ello me voy a detener un poco en esta punto. Y siempre me iré fijando en algunos puntos para ir proyectándolos en nuestra espiritualidad. No esperéis recetas. Iré sugiriendo orientaciones que sirvan para que nosotros vayamos configurando nuestra espiritualidad.
Puntos a tener en cuenta
El cuerpo de Jesús en función del Reino
- El cuerpo de Jesús fue un cuerpo en la carne (Col 1, 22: tes sarkòs), es decir, un cuerpo en el que la carne le hace vulnerable a la ley, al pecado, a la muerte. Ésta es también nuestra propia realidad y condición y que no podemos pasar por alto en la fundamentación de una espiritualidad eucarística.
- Y lo que está claro en Jesús es que su condición corporal estuvo en función del proyecto fundamental de su vida: la venida del reino de Dios. Bien podemos decir que a su causa se entregó en cuerpo y alma. Jesús era muy consciente de que su entrega hasta la muerte iba anticipando el acontecer del Reino. No es la muerte-muerte la que inaugura el Reino, es el proceso de muerte. Jesús muere en la medida en que se sacrifica, se inmola por los hombres. Éste es el paradójico camino a través del cual la vida del Reino llegará hasta los hombres.
- Y aquí hemos de situarnos nosotros. Nuestro cuerpo está en función del reino de Dios, con la paradoja de que sólo un cuerpo entregado puede hacer visible el reino de Dios. Dejémonos de otras posibles coloraciones ascéticas. Creo que ésta es suficiente. No pensemos cuando digo "cuerpo" en una dicotomía de la persona. El cuerpo es la expresión de la entrega total a esa causa, pero eso sí, en cuerpo y alma.
- Ahora sí que estamos en disposición de comprender que el cuerpo de Jesús, como entrega que va haciendo visible el Reino, pueda expresarse como cuerpo eucarístico. Para entender esto nos puede servir el que nos acerquemos al cuarto evangelio. El cuerpo de Jesús es un pan entregado, un vino derramado que, justamente en la oblación total, vivifica. Jesús no se preocupó de sí mismo, no protegió ni gratificó su cuerpo. Éste fue siempre el cuerpo inmolado, el cuerpo entregado. En este contexto se puede entender la profundidad del celibato de Jesús. Fue el gran signo existencial de su misión al servicio de la llegada del Reino. Fue una parábola de su muerte, decidida por amor.
- Desde ahí podemos comprender que nuestro cuerpo, expresión palpable de nuestra vida, tenga que hacerse cuerpo eucarístico, vivencia eucarística: pan entregado, vino derramado. Y no en aras de una ascesis, que siempre será necesaria, sino en aras del Reino. Y en esto entrarían de lleno conceptos fundamentales de nuestra espiritualidad: la obediencia radical al proyecto de Dios (reino de Dios), la entrega total de nuestra vida, nuestro celibato, nuestra pobreza liberadora, todo aquello que en nuestra vida nos ayuda a expresar nuestra oblatividad total.
El Reino
- Aquí quiero precisar brevemente el sentido del reino de Dios pues sin duda también configura nuestro talante y nuestra espiritualidad eucarísticos. El reinado de Dios, en toda la tradición judía, siempre ha supuesto el señorío de Dios sobre el hombre, sobre el mundo, pero Jesús nos reinterpreta este señorío: el reino de Dios es el advenimiento de la soberanía de su amor. Y esto significa: la comunión de Dios con el hombre (sin dominaciones de ningún tipo) y la paternidad de Dios más que su realeza. Su expresión más concreta es el banquete familiar. Además, el reino de Dios anunciado por Jesús es también una realidad futura. Su plenitud la alcanzará al final de los tiempos. Por ello, el Reino no sólo nos supone una entrega de vida, sino también una esperanza viva. Y Jesús anuncia que esta esperanza se cumple ya, en su persona y su obra, si bien de forma germinal.
Cuerpo entregado Reino Soberanía del amor de Dios
Presente ya en Jesús Plenitud futura (esperanza)
Este es el proyecto fundamental de nuestra vida y de nuestra espiritualidad eucarística.
La diaconía del Reino
- He dicho que la expresión concreta de este proyecto fundamental de Dios y de Jesús (reino de Dios) es el banquete familiar. No es algo original desligado de la trayectoria del pueblo judío, pues siempre se vio el reino de Dios como un banquete preparado con suculentas comidas. En Jesús este banquete se presenta con dos novedades: a) el reino de Dios no sólo es una promesa de un futuro, sino que es una realidad anticipada ya bajo el signo de la comida festiva; y b) las comidas festivas se convierten para Jesús en signos de la acogida gratuita y generosa de Dios para con los pecadores y, por ello, en signo concreto de gracia y de alianza nueva, de presencia del reino de Dios.
- El convite expresa todo lo que el Reino implica no sólo de salvación, gracia y reconciliación provenientes de Dios, sino también de comunión y fraternidad humanas en torno a la persona de Jesús como centro de una nueva comunidad.
- Todo esto nos tiene que llevar a descubrir que es en la eucaristía (banquete) donde se hace visible la realidad del reino de Dios. Ahí es donde radica nuestra diaconía sacerdotal: somos los servidores de la mesa, del banquete del Reino. Pero es aquí donde hemos de cambiar nuestra comprensión de la eucaristía. Se ha entendido durante mucho tiempo la muerte, la diaconía de Jesús como un sacrificio expiatorio. Hoy no cabe hablar de un sacrificio de reparación o de satisfacción puramente jurídica, tendente a hacer cambiar a Dios en su actitud respecto de nosotros ( creo que no se ha interpretado correctamente la Carta a los hebreos). Dice muy bien Kasper: "la lesión del honor divino no dice relación a Dios, sino al hombre, al orden y armonía del mundo. No es el honor personal de Dios el que exige ser restablecido, sino un mundo desfigurado y perdido que sólo permanece dentro del orden en cuanto mantiene el honor divino. No se trata de restablecer el honor de un Dios celoso...sino de la libertad, la paz, el orden y la plenitud del sentido del mundo". Dios vincula su propio honor al ordo iustitiae. Punto éste muy importante en la celebración de la eucaristía y también para nuestra actualización del sentido de la reparación.
El misterio pascual
- La vida entera de Jesús, y no sólo su muerte en la cruz, es "cuerpo entregado" y "sangre derramada". Por tanto, existencia entregada en oblación por todos, en especial por los más débiles, pero también entregada como "oblación y sacrificio en fragante y suave olor" (Ef 5, 2) en manos del Padre celestial. Lo que acabo de decir no significa que la muerte carezca de importancia. La tiene como donación de sí mismo hasta el fin, como "amor hasta el extremo" (Jn 13,1). La muerte viene a ser como el sacramento de la vida, como el sello que garantiza la seriedad y hondura de su entrega.
- La entrega, el sacrificio de Jesús engloba también su resurrección. Sabemos que durante mucho tiempo la teología redujo el núcleo central del misterio de la salvación a la inmolación y la muerte de Jesús. Y, sin embargo, es en la resurrección, y no en la inmolación en la cruz, donde culmina definitivamente el sacrificio personal de Cristo. Es en la entrega "en manos del Padre" (Lc 23, 46) y en la aceptación por parte de éste de la oblación personal del Hijo donde la vida de Jesús se constituye y manifiesta como verdadero sacrificio, como culto perfecto y agradable al Padre. La resurrección recoge y perenniza lo más profundo de la vida y de la muerte de Jesús: su entrega radical por los hombres al Padre. El sacrificio de Jesús (radicalizado en su muerte y perennizado por su resurrección) se orienta sobre todo hacia el futuro: hacia la "nueva creación" del Reino, a una comunidad plena, basada en "una alianza nueva y eterna". Se trata pues de un "sacrificio de comunión". Aquí querría hacer notar que puede darse oración sin sacrificio, pero nunca verdadero sacrificio sin oración. De ahí el "sacrificio de alabanza" y de "acción de gracias" que Jesús, con su vida entera y su muerte, tributa al Padre.
Contenidos de una espiritualidad eucarística
- Vistas estas realidades globales del proyecto fundamental de vida de Jesús -no hemos podido bajar a muchos detalles-, pasamos ahora a ver algunas comprensiones de la eucaristía que lógicamente generan sus propias espiritualidades eucarísticas. No deberíamos ver esas comprensiones como contrapuestas, como a veces se hace. Globalmente, podemos decir que igual que en la cristología hay dos tendencias en la comprensión de la eucaristía: la ascendente y la descendente. La primera toma como punto de partida el pasado del Jesús histórico y tiende a una comprensión carnal de la presencia del Señor, de su cuerpo, que es verdadero en cuanto físico, nacido de María. En esta hipótesis, la persona de Jesús delimitada por su carnalidad, queda reducida a las estrechas fronteras de su individualidad. La eucaristía será el encuentro puramente individual entre la persona de Jesús y la persona del creyente, con olvido del cuerpo eclesial. La segunda, toma como punto de partida la resurrección como estado actual de Cristo y ello contribuye a una inteligencia más espiritual y menos carnal de la presencia eucarística. Y sobre todo apoya una comprensión más personalista y menos cosista del cuerpo y de la sangre. Una contemplación de la eucaristía desde el Cristo total, escatológico, desde la plenitud de Cristo, que comprende al Señor como Cabeza y a la Iglesia como cuerpo suyo, nos puede permitir entender el banquete eucarístico como anticipación y presencialización de la plenitud futura de la nueva creación y del banquete del Reino, tal como lo entendió Jesús. Esta "apertura" o "derramamiento" de sí mismo, que el Resucitado puede realizar desbordando toda frontera (incluso la de su individualidad personal), no es otra cosa que la realización en plenitud de su cuerpo entregado y su sangre derramada, es decir, de aquella entrega y oblación radical de sí mismo que caracteriza la existencia histórica de Jesús y su entrega hasta muerte.
- Desde esta doble perspectiva eucarística podemos comprender las respectivas espiritualidades que pueden y que de hecho generan. Por supuesto que ambas tienen su riqueza y han tenido su incidencia histórica de cara a una espiritualidad eucarística. Pero hoy creo que hemos de optar más por la segunda como criterio hermenéutico de una espiritualidad centrada en la eucaristía.
- No quiero dejar de señalar ahora que lo que hemos visto hasta este momento sería como el carisma eucarístico que debe nutrir la espiritualidad del sacerdote. Pero este carisma eucarístico que envuelve el proyecto fundamental de vida de Jesús, alcanza una institucionalización en la Iglesia (celebración eucarística). No quiero pasar por alto algunos rasgos de esta institucionalización que, sin duda, nos ayudarán a la comprensión de nuestra vivencia eucarística.
- En la época neotestamentaria, el banquete del Reino fue adquiriendo una forma litúrgico-cultual. Esta forma litúrgico-cultual revestía gran importancia: 1) para la unidad e identidad de la comunidad ( 1Cor 10, 16s; 11, 17-34); 2) la celebración, desde el s. II, se tiene la mañana del domingo (día conmemorativo de la resurrección), con la adición de una liturgia de la palabra y el énfasis puesto en la bendición de la mesa (=plegaria eucarística). Desde entonces pasa a primer plano no el comer y beber en común sino la acción de gracias en común a Dios por los manjares y por la participación en el cuerpo y sangre de Cristo; y 3) al celebrar la eucaristía "como se debe" se reúne la Iglesia una y verdadera de Jesucristo.
- ¿Podemos ver en esta institucionalización, someramente descrita, una continuidad estructural con la predicación y vivencia de Jesús?
- la comensalidad con Jesús otorga de modo simbólico-real la participación en la salvación que él trajo
- con esta participación la "verdadera" comunidad de Jesús se reúne e identifica de forma visible
La eucaristía y la espiritualidad del sacerdote
- Todo lo que hemos visto hasta ahora ha sido dar elementos, diríamos que constituyentes, para poder configurar una espiritualidad eucarística. Es cierto que todo lo dicho es aplicable a todos los creyentes. Ahora vamos a intentar concretar la espiritualidad eucarística del sacerdote. Es cierto que aquí asumimos de antemano, por la consagración sacramental, la identificación del sacerdote con Cristo Cabeza, cosa que habría que estudiar más en profundidad, pero no es éste el momento. Por otra parte, tengo que hacer una opción porque podríamos afrontar la espiritualidad eucarística en una doble dirección: a) eucaristizar la espiritualidad del sacerdote y b) la Iglesia eucarística. Me voy a fijar en la primera opción desde la celebración de la eucaristía como realidad central de nuestro sacerdocio. Tal vez en vuestro trabajo posterior podríamos ir explicitando un poco la realidad de una Iglesia eucarística.
La celebración de la eucaristía como memoria (anamnesis)
- Jesús dijo: "haced esto en memoria mía" (Lc 22, 19; 1Cor 11, 24). No vamos a tratar ahora de explicar el concepto de "memoria" (línea de continuidad del judaísmo, Iglesia primitiva, Santos Padres). Baste decir por ahora que no es un recuerdo sino una presencialización, una actualización.
- La memoria eucarística es pascual (muerte y resurrección de Jesús). Pero no nos podemos detener ahí sin decir que en esa memoria pascual se reactualiza la iniciativa trinitaria del amor. No hay que hacer separaciones. Por eso decimos que el memorial abarca toda la celebración eucarística. Está constituido por la liturgia de la palabra, ya que la palabra, junto con el gesto, es el mejor avivador de los recuerdos. Continúa en el ofertorio como signo memorial de la vida de la Iglesia como entrega y oblación por los otros. La anáfora consecratoria plasma y realiza la conjunción del sacrificio de Cristo y el de la Iglesia, realizado por el propio Señor (suyas son las palabras de la institución) y el Espíritu. Por último, la comunión expresa todo este misterio celebrativo como participación plena nuestra no sólo en la persona, sino también en el destino de Jesús y en su vida como oblación y entrega.
- El sacerdote por su condición de presidente ( presidir viene de pre-sedere) de la eucaristía tiene que ponerse en primer lugar y de forma ejemplar en actitud receptiva del don de Dios, de la iniciativa trinitaria del amor, a través del espíritu de acción de gracias y a través de la profundidad contemplativa de la vida. Lo importante pues para una espiritualidad eucarística es tomar conciencia de que uno tiene que dejarse hacer, aceptar el ser gestado por Otro, el Señor de su vida y de su historia. El sacerdote tendrá que ir haciéndose silencio de escucha y gratitud permanente de respuesta. De aquí podemos deducir que tenemos que ser maestros de oración, expertos en la escucha y en la acogida de los dones del Espíritu, "hombres eucarísticos" en la totalidad de nuestro ser y de nuestro obrar. Evidentemente, la celebración de la eucaristía no puede reducirse a un tiempo determinado.
- Por nuestra configuración sacramental con Cristo Cabeza, que de ninguna manera elimina nuestra plena y verdadera humanidad, nuestras personas se convierten en signos de la profunda unión de lo humano y divino es lo que constituye a la Iglesia. Por eso, si nosotros mismos tenemos que estar continuamente discerniendo y valorando el don de Dios, luchando siempre de alguna manera por corresponder a ese don en la gran fragilidad de la condición humana, por ser presidentes de la comunidad también tenemos que discernir y valorar los elementos por los que se va ofreciendo el don de Dios a los creyentes en medio de la complejidad de la experiencia del mundo. Sin duda que el comprometernos con la creación de auténticas comunidades de fe es responsabilidad eucarística.
- Es aquí donde entraría de lleno nuestra tarea al servicio del discernimiento de los signos de Dios en la vida de la comunidad eclesial, generada y manifestada por el sacramento eucarístico. Por eso no debemos trastocar nuestras importancias evangelizadoras. Debemos ser los expertos en las cosas de Dios, ricos de sabiduría (más de sabor que de saber) espiritual, capaces de acoger en la complejidad del corazón humano y de la historia las huellas, las improntas, los rumores de la presencia de Dios. Forman parte del misterio mismo de nuestra existencia sacerdotal la sabiduría, la finura de las cosas espirituales y la actitud de discretio spirituum. Hacia ello debe dirigirse nuestra formación.
- Si acabamos de decir que nuestra existencia es una "existencia acogedora", no lo es menos una "existencia donada". El presidir la eucaristía nos pone en la misma actitud de servicio que la que vemos en Jesús en la última cena. Sin duda alguna, en el trasfondo del relato aparece toda la rica tradición judía sobre el siervo sufriente que se hace realidad en la entrega eucarística de Jesús. A partir de la eucaristía, el ministerio ordenado aparece como sacerdocio ministerial, caracterizado por la vocación al servicio y por el don de sí "hasta el extremo", en los cuales se actualiza la caridad misma del Pastor, que da la vida por sus ovejas (caridad pastoral). Presidir pues la Cena del Señor es servir, es empeñar la propia existencia para que el espíritu de donación y de servicio crezca en toda la comunidad eclesial. Este servicio, modelado sobre la entrega de toda la vida de Jesús y radicalizada en la cruz, del cual la eucaristía es representación sacramental, hace de nuestra existencia sacerdotal una auténtica "pro-existencia", un "existir para los otros".
Banquete sacrificial
- El memorial eucarístico está indisolublemente unido al banquete (1Cor 11, 26), Jesús une explícitamente la institución de la eucaristía al banquete de la fraternidad. La celebración de la memoria del Señor exige y funda la comunión de los convidados con Cristo y de ellos entre sí: la comunión de los dones santos "communio sanctorum" (genitivo plural neutro) produce la comunión de los santos "communio sanctorum" (genitivo plural personal).
- Este banquete de fraternidad supone una triple relación:
- Relación de origen: enraíza el sacerdocio ministerial en el misterio del único y sumo Sacerdote de la nueva alianza, Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, a través de la continuidad ininterrumpida de la sucesión apostólica mediante la gracia de la ordenación.
- Relación de comunión: la relación de origen funda esta comunión del presbítero con el obispo, con los otros presbíteros y con todo el pueblo de Dios.
- Relación de misión: esta relación de comunión remite a la Iglesia y al mundo. El banquete no es exponente del ¡qué bien estamos!. Hagamos tres tiendas.
- Todo esto en el plano existencial significa que cuanto más se dé una relación con Cristo, sumo Sacerdote, en el seguimiento y en la imitatio, tanto más se expresará en la vida la profundidad de la comunión del sacerdote con el obispo, con los presbíteros y con todo el pueblo de Dios. Comunión en la que la totalidad del Cuerpo se une y se ofrece sacramentalmente en el sacrificio de la Cabeza (PO 2).
- A través del anuncio de la Palabra, la celebración de la liturgia y la guía pastoral, el presbítero ejerce su ministerio de unidad, "in persona de Cristo Cabeza", para el discernimiento y coordinación de los carismas de cada uno en vistas al crecimiento del Cuerpo del Señor. En la presidencia de la eucaristía el sacerdocio ministerial aparece verdaderamente como es: no la síntesis de los ministerios, sino el ministerio de la síntesis.
- La correspondencia existencial de esta tarea sacramentalmente fundada exige en el presbítero la capacidad profunda de escucha del Espíritu, en la experiencia de la oración y en el encuentro con los otros, y una condición de pobreza evangélica, que lo haga libre y dispuesto a discernir y valorar el don de Dios, allí donde se haga presente. Es por esto por lo que el servicio a la comunión exige del sacerdote capacidad de comunión con todos: su "ser para" tiene necesidad de su saber "estar-con". Y su autoridad, enraizada en la de Cristo Cabeza, es verdaderamente servicio.
Prenda de la gloria futura
- En la Última Cena Jesús anunció que no bebería más del fruto de la vid hasta el día que lo bebiera de nuevo con los suyos en el Reino del Padre (Mt 26, 29; Mc 14, 25), hasta que no llegue el Reino. Comiendo el pan y bebiendo el cáliz de la eucaristía los creyentes anunciarán la muerte y proclamarán la resurrección de su Señor hasta que vuelva (1Cor 11, 26). El banquete de la nueva Pascua remite a otro banquete, el definitivo del Reino, del cual es anticipo y promesa y hacia el cual se dirige la historia. El memorial que Jesús confía a sus apóstoles se convierte así en eucaristía de esperanza, apertura al futuro de la promesa de Dios. La eucaristía, sacramento de la Iglesia, nos revela decididamente la índole escatológica que encierra en sí misma.
- Al mismo tiempo, mientras va haciendo presente al Cristo glorioso y se mueve entre el "ya" y el "todavía no", la eucaristía lleva los signos del "entretiempo": el sacramento está destinado a desaparecer en la plenitud de la Gloria, en la que se manifestará aquello que ahora estamos celebrando bajo el velo de los signos.
- ¿Qué consecuencias comporta para la configuración teológico-espiritual del sacerdocio ministerial su servicio específico de la presidencia de la eucaristía en cuanto "prenda de la gloria futura"?
- En cuanto el banquete eucarístico se mueve entre el "ya" y el "todavía no", el ministerio de la presidencia comporta una inexcusable exigencia de continua purificación e incesante renovación. Su alimento diario del "pan de los peregrinos" estimula al sacerdote a vivir en constante reforma, a no cerrarse jamás en la seducción de lo alcanzado, de lo ya conquistado. Y todo lo que él tiene que vivir en primera persona está llamado a testimoniarlo y a enseñarlo a todo el pueblo de los peregrinos de Dios. La presidencia de la eucaristía hace del ministro ordenado el maestro y guía de la permanente conversión y reforma de la comunidad eclesial.
- Y es en este contexto en el que el ministro ordenado no deberá temer el hacerse voz incómoda e inquietante, ser vigía del venir de Dios, que la eucaristía anticipa y anuncia, y que remueve toda falsa seguridad y toda presunción tranquilizadora. El donec veniat de la celebración eucarística nos tiene que llevar a relativizar toda conquista, midiéndola siempre en relación al último y definitivo cumplimiento, del cual el banquete pascual es anuncio y anticipación, y por ello a reconocer en la pobreza la condición propia de los peregrinos de Dios, de la cual la pobreza del sacerdote debe ser estímulo y signo.
- Esta misma experiencia eucarística del "ya" y el "todavía no", lleva al sacerdote, por el hecho de su presidencia, a relativizar todos los presuntos absolutos humanos: la eucaristía es la contestación más fuerte de todo totalitarismo ideológico. Presidir la Cena del Señor exige un servicio de vigilancia crítica por parte del presbítero en las confrontaciones de todas las grandezas mundanas con las cuales el pueblo de Dios está en contacto en su vivencia histórica. Si el sacerdote no se hiciese conciencia evangélicamente crítica de la comunidad eclesial en nombre de la meta última, que la eucaristía anticipa y señala, no daría testimonio de su estar configurado con Cristo Cabeza, Crucificado y Señor de la historia.
- Por idéntica razón, la denuncia se debe unir al anuncio. Aquél que ha vencido al mundo, y que en la eucaristía se hace realmente presente, es el totalmente Otro que se ha hecho totalmente cercano a la historia del hombre, para transformarla y conducirla a la patria de Dios "todo en todos" (1 Cor 15, 28). Presidir la eucaristía in persona Christi significa por ello que el sacerdote no puede estar fuera de la complejidad de las situaciones históricas, pero en ellas y para ellas tiene que anunciar creíble y significativamente la esperanza del Reino, y orientar hacia ella el caminar del pueblo de Dios.
- La santidad del presbítero, enraizada y nutrida por su ministerio de la presidencia en la eucaristía, es la forma más excelsa e irradiante de su anuncio de las realidades nuevas y que aparecen anticipadas y prometidas en el memorial pascual del Señor (Leer LG 41)
Francisco Lansac
Seminario de Cáceres 1999