PISTAS DE PASTORAL VOCACIONAL EN LA ÉPOCA POSMODERNA

(Conferencia en Zaragoza, 13 de junio de 1999)

 

 

 

Primera premisa. Hoy no es posible hacer una PV en la Iglesia, en una diócesis, en una institución sin un previo planteamiento vocacional (PlV), diríamos que bien pensado, estructurado y discernido, que cuente con un tiempo de medio y largo plazo para que pueda ir desarrollándose como un proceso que normalmente tendría que ir de menos a más. Ésta puede parecer una afirmación de perogrullo y algo que evidentemente todo el mundo da por supuesto en su trabajo vocacional. Es verdad, pero lo importante es que al decir "planteamiento" todos asumamos algunos hechos concretos que están estrechamente relacionados entre sí y que paso a enumerar a continuación: 1) la necesidad de que sea un proyecto global diocesano. Por tanto no cabe una pastoral voca-cional de francotiradores, de cada uno por su cuenta y sus capacidades; 2) que se intente conocer lo mejor posible el contexto de los destinatarios; 3) que no descuide la actualización permanente de los contenidos vocacionales (bíblica, teológica y eclesiológicamente hablando) (pues no es lo mismo un paradigma [un modelo] teológico o eclesiológico prevaticano, vaticano, posvaticano o de un ambiguo mestizaje); 4) que discierna en cada momento y situación las metodologías más apropiadas (el cómo); 5) y que abarque e implique a todos los ámbitos y agentes pasto-rales. Por supuesto que no entro en otros posibles y tradicionales cauces de PV que, aunque sea a cuentagotas, van dando sus frutos y que de ninguna manera podemos olvidar o dejar de valorar muy positivamente. Y tampoco voy a entrar ahora en algo tan obvio como es el hecho de que las distintas vocaciones siempre son un don de Dios. Quiero pues precisar desde el primer momento que me voy a centrar sobre todo en el momento de la convocación vocacional y en las mediaciones de una PV (es decir, los medios, las realidades concretas que hay que tener en cuenta), que es por donde suele despuntar la presencia de ese don de Dios.

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Segunda premisa. Y quiero señalar además que es bueno el que todos nos pongamos de acuerdo en cuál tiene que ser la dirección del PlV. Creo que no es un PlV para un contexto dado (tenemos el peligro de teorizar), sino que es un contexto dado el que reclama un PlV (que también es verdad que tiene el peligro de perder contenido o consistencia). Y para que sea así, sin duda alguna hay que mojarse y bajar a la cancha de los destinatarios, y entiéndase esta afirmación tanto real como metafóricamente hablando. Ahora lo que quiero destacar es que desde un punto de vista metodológico es importante el dónde nos situemos para hacer una PV hoy. Bien es verdad que esta opción no se puede afirmar como algo absoluto para todos los momentos y situaciones, aunque valga como principio.

Tercera premisa. El PlV hoy supone también el que todos vayamos asumiendo que los resultados de nuestra PV tendremos que valorarlos con categorías y medidas distintas a las de épocas precedentes. Sabemos que no es fácil hacer este reajuste o este giro mental y pastoral, máxime cuando casi todos los que trabajamos hoy en PV y los que pueden observar y valorar los resultados concretos vocacionales del momento somos los que a lo largo de nuestra trayectoria ministerial hemos ido experimen-tando y memorizando otras metodologías y otros resultados concretos que en otro tiempo nos parecían los adecuados. Como nota al margen, por ahora baste advertir que posibles nostalgias vocacionales de otros tiempos y comparaciones numéricas o de otro tipo no son de gran utilidad para encarar un PlV serio en la actualidad. Cada época tiene su propio cairós, es decir, su propia oportunidad de obrar y a ella tiene que responder.

Cuarta premisa. Por otra parte, creo que en este momento hemos de dejar más en un segundo plano el que la disminución drástica de vocaciones tanto en los seminarios como en las instituciones religiosas sea lo que parezca verdaderamente preocuparnos. Me explico para evitar malentendidos. No podemos dar la impresión de estar obsesionados con ello como si temiéramos que nuestro "montaje" (perdón por la vulgar expresión por supuesto entre comillas) se nos viniera abajo. Pienso que nuestra radical confianza en Dios y la certeza de que el Espíritu guía la historia nunca puede permitirnos el emitir mensajes de náufrago. Se comprende, por supuesto, pero creo que ahora hemos de gastar nuestras energías en otras realidades previas si es que queremos llegar con realismo a lo que esa preocupación denota en todos nosotros. Y he dicho "con realismo".

Y quinta premisa. El barajar posibles datos sociológicos, y aun contando que sean muy reales, no puede ser matriz pesimista y paralizante de la PV. Me explico. La PV nunca puede justificar la minimización de su ejercicio y empuje pastoral por las circuns-tancias sociológicas desfavorables con que puede encontrarse: ambiente y realidad de una época posmoderna nada proclive a los compromisos y fidelidades vocacionales, número de hijos muy reducido (estadísticas demográficas), la realidad nada fácil de la familia hoy, la irrelevancia social del sacerdote o de las personas consagradas en nuestro momento histórico...La crudeza de los hechos nunca puede ser ni un refugio tranquilizador ni un obstáculo evangelizador insalvable. No podemos gastar mucho de nuestro tiempo y energías en un ejercicio de blanqueo de nuestras conciencias pastorales, máxime cuando lo que verdaderamente se necesita hoy, seamos claros, son brazos para el trabajo vocacional.

Y teniendo estas premisas como trasfondo, voy a intentar señalar someramente algunas directrices por las que tal vez podríamos ir orientando nuestro PlV hoy.

  1. Primer punto. Sin perder nunca de vista el saber distinguir en una época lo que son ideologías, cada vez más difuminadas, lo que son clichés estereotipados, expuestos a su desaparición en cualquier momento, y lo que es propiamente el espíritu de una época (el Zeitgeist, que dicen los alemanes), hemos de comenzar por situar y analizar el contexto cultural, el espíritu de la época, en el que están inmersos nuestros jóvenes, destinatarios principales de nuestra PV, para desde ahí ir sacando las posibles consecuencias prácticas aplicables a la PV. Tengamos en cuenta que vivimos más en una época que en un lugar. Es verdad que este contexto no es único ni globalmente uniforme. Simplificando, podemos decir que ahí están codo a codo, con más o menos incidencia y gancho, la cultura moderna (a la que un tanto ingenuamente se la caracteriza como en trance agónico) y la posmoderna, diríamos que en auge, en alza aunque no se quiera o no se sepa reconocer. Doy por supuesto que todos nosotros tenemos algunas ideas generales de lo que una y otra significan. No voy a detenerme en ello ahora. Podemos decir que, sobre todo en el mundo juvenil y en este momento, existe una tónica, un talante cultural bastante más generalizado de viso posmoderno que, aunque parezca contradictorio, a la postre da como resultado una concepción bastante standar de la realidad, del hombre y de su comportamiento ético. Por otra parte, no quiero dejar de señalar con agrado que en el campo de la pastoral se han hecho bastante buenos análisis de la sociedad y cultura actuales y, por ende, de la realidad de nuestros jóvenes (pensemos en los trabajos de González-Carvajal y Mardones, p.e.) . Pero, por lo que se refiere a la realidad concreta que estamos tratando en esta tarde, quizá lo que se echa de menos es un estudio más sistemático de la cultura actual orientado a poder deducir posibles pistas para una PV. Estudio que tendría que tener en cuenta sus carencias en relación a una comprensión lo más objetiva y complexiva posible del hombre (de ahí la necesidad de estar muy atentos a los muchos esfuerzos que actualmente se están realizando en la línea de la comprensión y situación del hombre, precisamente por el vacío antropológico y humanista actual; esfuerzos que, por desgracia, se están haciendo mucho más desde ámbitos distanciados teóricamente de la Iglesia); estudio que también tendría que tener en cuenta sus aportaciones positivas, que también las hay y muchas, y al menos un cierto esclarecimiento (aunque sea tentativamente) del por dónde y cómo tendría que ir nuestra oferta vocacional dentro de ese contexto. Ardua empresa, sin duda alguna. De entrada y como talante vital de diálogo, pienso que éstos no son tiempos para descalificaciones y menos globales, son tiempos de convergencia y de aprender a hacer ofertas no sólo significativas sino también creadoras de significados y de cultura en medio de otras ofertas. Hoy no nos podemos permitir el lujo de tener en contra la posmodernidad. Por supuesto que tampoco es éste el momento para hacer ese estudio sistemático que he reclamado, pero resulta imprescin-dible para un planteamiento serio de la PV. Lo que sí podemos hacer es señalar algunos acentos de nuestra cultura que tal vez habría que tener en cuenta, sobre todo para el momento de la convocación dentro del itinerario global de la PV, momento bien importante y quizá el más difícil en la actualidad. Vamos pues a ver esos acentos: acentos que serían como unas categorizaciones, unas caracterizaciones de la posmodernidad, por supuesto no tan ingeniosas como las que p.e. hace el gran teórico de la posmodernidad Jean Baudri-llard con las tres figuras del obeso, del rehén y del obsceno. Figuras que intentan describir la condición posmoderna del hombre actual..

Como pista de trabajo para situarnos en nuestro momento histórico, creo que ayuda mucho y es muy interesante el seguir cada año la Bienal de Venecia, donde el "arte contemporáneo" nos va dando el talante y bastantes claves interpretativas de por dónde camina nuestra sociedad. Lo digo sólo como sugerencia.

a) Primer acento. Se da en nuestra cultura posmoderna un subjetivismo integral. No vamos ahora a analizar ni su largo y complejo origen ni todas sus implicaciones, que son muchas y de gran envergadura en los diferentes frentes de la realidad eclesial. Pero esto, entre otras cosas, a nosotros, y como principio general, nos tiene que hacer ver con una cierta sagacidad que en nuestra PV, p.e., nos debemos mover mucho más en el ámbito de las experiencias vitales creyentes que en el de los contenidos doctrinales puros y duros. Con ello quiero decir que hay que primar y potenciar en la PV la expresión vivencial y, por tanto, la expresión narrativa de todo lo que podamos decir y hacer pastoralmente. Al mismo tiempo y sin pudor alguno, tendremos que ir expresando poco a poco la necesidad del sentido intersubjetivo, comunitario, comunicativo, de donación interper-sonal, de globalización y de conexión histórica de cualquier esbo-zo o proyecto "hombre", si es que queremos ir atajando desde la raíz el actual subjetivismo tan vacío y vaciado de alteridad. Y al hablar del carácter vivencial, quisiera señalar aquí que necesita-mos recuperar o realzar con más fuerza la realidad clásica del "modelo" vocacional concreto o de lo que hoy se llama el "personaje referencial" como reclamo vivo vocacional (p.e. el sacerdote con nombre y apellidos que siempre fue una referencia concreta vocacional para el posible candidato al sacerdocio, la lectura, bastante dejada de lado, de las vidas de santos bien hechas (necesidad de modelos), las expresiones de comunión, de servicio y de martirio encarnadas en personajes eclesiales concretos, los testimonios actuales de vida creyente y comprometida que viven su fe en el complejo y plural entramado social....Todo ello tiene que entrar de lleno en nuestro trabajo vocacional). Y esa realidad de "modelo" vocacional o "personaje referencial" sin duda alguna supone, entraña y reclama la necesidad del acompañamiento y encuentro personalizado con los destinatarios de nuestra PV. Asignatura importante y pendiente para nosotros los sacerdotes y educadores en nuestro trabajo con los jóvenes. El encuentro y acompañamiento personalizado puede rellenar en parte el vacío que supone el hecho de que hoy la identidad externa del sacerdote aparece un tanto difuminada.

  1. Segundo acento. Sabemos que el posmodernismo lleva consigo un debilitamiento del pensar (pensamiento débil que dice Vattimo, o light, como dirían Lipowestky y Rojas, buenos expertos en análisis cultural) que ha traído como consecuencia un fortalecimiento de las estructuras retóricas del pensar (y esto lo podemos comprobar en todas las esferas de la vida). Hoy sabemos todos que el pensar lleva una gran carga de retórica y de simulacro. Esta realidad nos tiene que llevar a asumir que en nuestra PV hemos de contar con el debilitamiento de las estructuras lógicas en la manera de pensar de nuestros jóvenes, que como contrapunto podemos decir que suelen estar muy arraigadas en casi todos nosotros por la formación recibida. Desde esta constatación, podemos comprender el hecho de por qué pueden tener más incidencia pastoral las imágenes, la variedad de presentaciones, la imaginación pastoral permanentemente creadora, el uso de los multimedia, las expresiones vitales espontáneas... También podemos encajar, comprender y atemperar más fácilmente, aunque nos cuesta bastante, las actitudes ilógicas, los claroscuros de los jóvenes, sus tics inquietos y superficiales expresados p.e. en el símbolo-realidad del navegador de internet o del zapeador de la TV, su visión de la religión como religión invisible (una religión sin control del pensamiento y de la conducta, una religión a la carta o al estilo del cóctel), de la que ya hace años nos advertía Luckmann; todo ello pues como vaivenes existenciales que normalmente a nosotros nos pueden desconcertar, nos desorientan bastante y muchas veces nos pueden llevar a un cierto desánimo pastoral, pero que necesita-mos asumirlos como parte y etapa ineludible de nuestro trabajo vocacional.

c) Tercer acento. En el mundo posmoderno es muy importante la realidad de los microlenguajes (no se asusten por la palabrota), especialmente en el mundo joven. Alguien ha dicho que los jóvenes se visten con sus lenguajes para tapar su desnudez existencial. No estoy muy de acuerdo con ello.. Y no estoy muy de acuerdo porque esta realidad de los microlenguajes no es algo que surja como caído del cielo. Hay detrás todo un desarrollo lin-güístico que, a partir de F. Saussure, pasando por el posestructura-lismo crítico de Lévi-Strauss y Derrida, por la lingüística psico-analítica de Lacan, por el feminismo liberal americano de base psicoanalítica, han conducido inevitablemente y por desgracia a ello. Y aquí sí que hay que hincar bien el diente si es que quere-mos que vuelvan a renacer realidades tan importantes como "el significado en sí " y "la volición en sí". Lo cierto es que esta realidad nos tiene que llevar a comprender que la PV tiene que adaptar su presencia pastoral a los y con los diferentes microlenguajes de los jóvenes. Y cuando digo "adaptar" no se trata de conocer y expresar las palabras de su argot, la campecha-nería de los mayores con los jóvenes un tanto artificial y forzada, que no digo que no pueda tener su importancia en la relación con los jóvenes. Lo verdaderamente importante es comprender que sus microlenguajes son su manera de comunicarse y de ser y de nosotros poder comunicar con ellos (microlenguaje narcisista muchas veces travestido con otros ocultos ropajes, microlenguaje de la música, de su vestimenta y presencia, de la improvisación muchas veces sin sentido objetivo o coherencia, su lenguaje sexual desinhibido[P. Bruckner-A. Finkielkraut, El nuevo desor-den amoroso, Anagrama 1979], su lenguaje intimista y ritualista de carga religiosa, su lenguaje de vacío, de aburrimiento y de insatisfacción, su lenguaje de la velocidad [Paul Virilio], su lenguaje consumista, su lenguaje social sin fronteras y sin condicionamientos marcado por el vivir al día [WOMAD, p.e.]..... que no quiere decir que coincidan entre sí, pero que nos indican inequívocamente la fragmentación de su propia vida.). No podemos perder de vista en nuestra PV que con esto lo que se nos está indicando es "que el joven es sencillamente lo que vive". Lo que vive es el bagaje de su ser. De entrada, no pidamos pues milagros. Esto no lo podemos perder de vista. Lo importante para una PV será el aceptar que sus lenguajes son diferentes maneras de expresarse y ser que no podemos esperar de golpe y a corto plazo que sean ni coherentes ni que haya un hilo que cosa de una costura todo su desarrollo. Podemos decir simbólicamente que están estructurados por identidades nómadas y se sienten a gusto en ellas. De ahí que la PV tenga que afrontar de una forma positiva su mundo fragmentado (con todas sus incoherencias) e ir haciendo una oferta vocacional que, en principio, tendrá que ser un microlenguaje más. Eso sí, siempre bajo el común denomi-nador del estímulo. Hasta las ciencias nos dan la pauta. I. Pri-gogine, Nobel de química en 1977, lo obtuvo al afirmar y demos-trar que cuando un sistema pierde su equilibrio se comporta de forma extraña, no existe un comportamiento uniforme. Y un estí-mulo por pequeño que sea dentro de un sistema puede hacer cam-biar todas sus consecuencias. Creo que sería un dar palos en el aire empezar haciendo de la PV una oferta que intenta contraponer y superar las diferentes vivencias y microlenguajes de su vida. Hay que hacer esa oferta entretejiéndola con su mundo ciertamente fragmentado y en todo momento, como acabamos de decir, alentada con la pedagogía del estímulo. Ya habrá tiempo para posteriores clarificaciones. Y no por esto pierde substancialidad nuestra PV, como a veces se puede creer desde fuera o nosotros mismos podemos tener esa impresión..

  1. Cuarto acento. Bien importante en el mundo posmoderno es el protagonismo de la seducción en todas las esferas de la cultura. Seducción que suele tener una connotación y un mecanismo sutil de gran importancia y que suele pasar desapercibido: no es un juego en el que existan un seductor y un seducido, sino que, por el contrario y generalmente, es el seducido el que va dando las pautas a su seductor para que realice su conquista (Madame Bovary, de G. Flaubert: [Emma y León]). De ahí me atrevería a deducir que la PV tiene que prestar mucha más atención a esta dimensión seductora, bien sea estética, bien sea ética (por desgracia el bueno de E. Kant limpió a la ética de todos sus momentos estéticos y vinculados al sentimiento), bien sea social (auge de los voluntariados y O.N.Gs), bien sea de una mística religiosa de identificación clara (auge de los movimientos), bien sea una estética profética (como puede ser la de la castidad y la de la virginidad).., digo que tiene que centrarse mucho más sobre esta dimensión seductora que sobre la verdad misma. Mejor dicho, la verdad tendrá que ir descubriéndose a través de un proceso formativo capaz de seducir (en el sentido etimológico de la palabra y hasta en sentido bíblico: "Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir", del profeta Jeremías) y no tanto de un proceso argumentativo. Y la razón es muy clara: las convicciones en el joven son muy débiles. Yo me atrevería a indicar que hoy el pensamiento necesita música, poesía y color y calor de afecto. No sé si es esto lo que quería decir nuestro gran Zubiri con el concepto de "razón sentiente". De ahí también la importancia de la incorporación, en el proceso educativo pastoral, del teatro, de las representaciones, del mimo, de los conciertos, de la naturaleza, del artbody, de las artes en general, del voluntariado, de experiencias fuertes como pueden ser el silencio, la oración, un día sin comer con una finalidad concre-ta...Parafraseando a Octavio Paz cuando decía que no hay pueblos sin poesía, yo me atrevo a decir que no "hay jóvenes sin poesía, sin estética, sin seducción" (el "alma bella" abierta a la alteridad, como decía Hegel), por muy de composición sintética que hoy nos parezcan sus sentimientos, sus modales toscos y sus modas de gusto pijo. Permítanme terminar el párrafo con una nota seria y al mismo tiempo de humor. No olviden que la aparición del concepto del gusto no tuvo lugar hasta el siglo XVII. Es justo pues que demos tiempo a que nuestros jóvenes puedan cogerle gusto al gusto.
  2. Quinto acento. En esta sociedad posmoderna donde podemos apreciar claramente que prima la información sobre la formación, sabemos que lo que cuenta es la rapidez de los procesos. Y no podemos dejar de percibir que esto lleva a un cierto gusto por lo efímero, por la levedad del ser, como nos diría el buen novelista Kundera. De ahí que la PV tenga que poner más énfasis en los procesos mismos que en los fines a conseguir. Si en un momento de nuestra pastoral hemos insistido en la contraposición entre ser y tener y nos ha servido bastante de cara a la preparación de una opción vocacional enraizada en el símbolo-realidad "ser", y si en otro tiempo nos sirvió la distinción de Fromm entre libertad de y libertad para y así hacer de la vocación una liberación para un servicio gratuito, hoy podemos decir que ha terminado o ha perdido fuerza, al menos como criterio hermenéutico, la época del ser y ha comenzado la del estar. Se está a favor o en contra de una cosa, no importa el por qué y no se nos ocurra preguntar mucho más. Tal vez sea una manera subliminal de oponerse a que el bien-estar coincida con el bien-tener. De ahí, p.e., que tengamos que aceptar sin más que nos digan que están mucho más a gusto en el mundo virtual que en el real. Más aún, su mundo más real muchas veces no es más que prolongación y representación del mundo virtual (alergia y alejamiento del mundo real). Pensemos, p.e., en la efervescencia ritual de las movidas, de la realidad llamada "zona" si no tienen ese rostro de verdadera realidad virtual, aunque lleven también la carga de una pedagogía del contacto, de terapia de sentimientos y de un cierto masaje psíquico-bioenergético.. Aquí advertiría que urge muchísimo el hacer un estudio serio del significado del cyber-espacio para el joven y todo el cambio de hábitos de vida que va a significar en un futuro no muy lejano. Nos puede dar líneas muy importantes de interpretación de su realidad y de posibles direcciones que tendrá que adoptar la acción pastoral (humildemente he empezado a trabajar en ello y casi me atrevería a afirmar que esta realidad nos va a suponer una verdadera revolución en la planificación de la pastoral. Ya hace años yo no acababa de entender a un profesor norteamericano, D. Porush, cuando decía que el "cyberespacio con su realidad virtual llegaría a ser una tecnología no sólo del cerebro y de la mente sino también del alma". Ahora comienzo a entenderlo bastante). A esta advertencia en línea de futuro no muy lejano, quiero añadir también que lo que hace poco parecía un espectro utópico va a dejar de serlo y no a muy largo plazo. Me estoy refiriendo a la realidad del "trabajo" en la sociedad del mañana. El trabajo que ha sido constitutivo central de la existencia (ocupa un 70% de su tiempo en un hombre que ha llegado a los 60 años frente al 30% de ocio) está cediendo su importancia a la centralidad de la vida misma (el otium latino). Sin ser ni mucho menos un experto en ingeniería social, quiero creer que hemos de estar preparados para afrontar pastoralmente esta nueva realidad que se nos va a ir presentando. Estamos educando mucho más para el trabajo y mucho menos para el ocio. Creo que es una carencia importante. Y, sin embargo, quizá sea en este contexto "ocioso" entre comillas que avanza inexorablemente donde encontremos un terreno más abonado, con más tempero, para trabajar vocacionalmente desde un sentido y orientación de vida, desde la gratuidad, desde el servicio, desde el sentido festivo de la vida, desde la necesidad de la creatividad permanente, desde "el progreso del espíritu" como ya Platón y Aristóteles entendían la actividad y la tarea del hombre libre. Creo que ahí tenemos un nuevo y prometedor desafío en el que hemos de empezar a movernos ya. Tanto en la pastoral vocacional como en la pastoral en general hemos de acostumbrarnos a movernos en logísticas de futuro y no con la sensación de ir siempre a remolque. De ahí estas advertencias que, ciertamente, no son retóricas. Oído todo esto como un paréntesis, creo que de principio no es muy conveniente el insistir demasiado en las motivaciones, en el ser, en los proyectos de vida como fin de nuestra PV. Hemos de comenzar por estar y entrar en procesos, en itinerarios formativos flexibles que ellos mismos conduzcan a que los destinatarios vayan haciendo poco a poco opciones o acotaciones en el interior de ese mismo proceso. La vocación tendrá que tener más carácter de proceso de vida que de opción final definida ( y tal vez para entender un poco esto que acabo de decir nos sirva la imagen simbólica del famoso reloj numérico Beaubourg en el Centro Pompidou de París. La numeración en millones de segundos va y se mueve al revés hasta llegar al 0 del final del milenio. Creo que es un buen símbolo para expresar que la ilusión final de la historia que tenía la modernidad ha desaparecido, dando así la impresión como si ésta nuestra historia fatigada se encapsulara en una cuenta atrás numérica. No sé si forzando demasiado el símil, creo pues que es un hermoso símbolo de esa falta de una ilusión final de nuestra cultura y también, mutatis mutandis, de una opción final de vida como es una vocación definida). Y aquí es importante hacer notar que el inicio del proceso vocacional no puede empezarse muy tarde, más bien tendríamos que comenzar muy pronto. Así nos lo van diciendo los técnicos vocacionales de carácter profano. Es cierto que ya vamos dando pasos en ello.

Por supuesto que todo esto es sólo algo que he descrito a grandes rasgos y sin sacar ni mucho menos todas ni tal vez las correctas consecuencias de la cultura posmoderna para un planteamiento de nuestra PV, pero he intentado indicar posibles direcciones de acercamiento pastoral y vocacional a los jóvenes. Y, ¡ojo!, tampoco podemos perder de vista que ahora todavía tenemos unas plataformas (parroquias, colegios, grupos juveniles..) en las que podemos trabajar pastoralmente. No sé si seguirán por mucho tiempo o si tendremos que ir buscando otras. Sí que quiero indicar de una forma global que nuestra presencia evangelizadora, más allá de posibles motivaciones y enfoques exclusivamente creyen-tes, tiene que empezar por ser reconstructora frente a la deconstrucción de la cultura actual. Es por ejemplo lo que ha intentado la encíclica de Juan Pablo II Fides et Ratio. ¿Y cómo y dónde iniciar esta tarea reconstructora? Frente a un querer utilitario y de juego de apariencias, de idolatrización del placer, propio de nuestra época, y el querer del esfuerzo gratuito por el ideal vocacional, creo que hoy tendremos que comenzar por un ir fermentando poco a poco con toda humildad y tesón la realidad dada que nos toca vivir en el marco de lo posible deseable, como en algún momento ya apuntó nuestro Ortega y Gasset. Creo que en esto nadie podemos tener excusas de impotencia o incapacidad. Ya sé que puede parecer demasiado abstracto y desdibujado, pero creo que hoy es la única manera de ir recuperando poco a poco la realidad de la verdad o, mejor dicho, "la voluntad de verdad" tan volatilizada, tan de retal y de remiendo en nuestra época y que, como consecuencia, difícilmente nuestra PV puede conducir a lo que podríamos llamar un "compromiso ontológico o existencial" de la persona, propio de una vocación.

  1. Segundo punto. Ahora, desde otra perspectiva, quiero decirles que para adentrarnos en un Pl de PV, en su inicio, tal vez tengamos que dejar más a un lado, cosa nada fácil, el arquetipo del perfil del vocacionado, que llevamos dentro los agentes pastorales y con el que consciente o inconscientemente deseamos que se dé o se vaya dando una identificación en el destinatario de nuestra PV. Me parece a mí que hoy hemos de partir decididamente de realidades fenomenológicas y simbólicas muy sencillas, p.e. la realidad de la llamada en sí. La llamada como una exclusiva del hombre (el hombre como un ser llamado). Y esto desde sus contenidos perceptibles de inmediato: la llamada como generadora de la escucha y respuesta del hombre. Escucha y respuesta que suponen que algo o alguien o algunos o todos llaman y que llaman por algo y para algo (por tanto, se trataría de desarrollar en nuestra pastoral lo que podemos llamar un "modelo lingüístico integrativo" al que hay que ir adhiriéndole el contenido vocacional). Desde esta hermenéutica tan sencilla (evocar, provocar, convocar) es desde donde creo que tenemos que empezar a abordar nuestra PV. Eso sí, para ser consecuentes, habrá que encajar todos los microlenguajes que vive el joven dentro de ese proceso. No es tarea educativa fácil, ni cómoda ni nos sirven clichés previos. De ahí que la pastoral tenga que ser continuamente creadora y continuamente reflexionada.
  2. Y lo que en este proceso tiene que estar claro para nosotros los agentes de pastoral es el tener "una estrategia de saber generar interpretaciones que nos conduzcan a aquello que queremos conseguir", es decir, el que los destinatarios de nuestra PV puedan ir encaminándose en un ágil crescendo al descubrimiento de la realidad de la Iglesia como una comunidad toda ella llamada y convocada (la Iglesia misterio de llamada, de vocación), la Iglesia como "comunidad llamada" con la riqueza y complementariedad de sus ministerios, carismas y servicios, e Iglesia que se siente toda ella llamada a evangelizar. De una forma muy concreta diría que por nuestra parte tiene que darse el presupuesto y tiene que existir el convencimiento de que no puede darse un proceso formativo-catequético de iniciación, de pastoral juvenil o de catecumenado de adultos sin un planteamiento vocacional. El Congreso europeo sobre las vocaciones nos decía: "la perspectiva vocacional es el alma y el criterio unificador de toda la pastoral". Y por eso especificaba: "La PV está y debe estar en relación con todas las demás dimensiones, por ejemplo con la familiar y educativa, con la litúrgica y la sacramental, con la catequesis y el camino de fe en el catecumenado, con los diversos grupos de animación y formación cristiana y de movimientos" (26 g).

    Como habrán podido observar a lo largo de mi charla, nuestra PV también está exigiendo metodologías nuevas. ¡Qué complicado!, podrán decir algunos. Metodologías que comportan planteamientos iniciáticos (de iniciación), lenguajes simbólicos, formación en línea de proceso o itinerario, asimilación y no ruptura del contexto, implicación de todos los agentes. Y aquí, por supuesto, entra de lleno nuestra propia capacidad y actitud vocacionales. Y digo esto porque es nuestro propio proceso vocacional el que entra en juego; nuestra propia vocación forma parte del proceso mismo de nuestra PV. Hoy no basta pues con mi testimonio vocacional. Es muy importante mi actitud para mantener mi propia vocación en un proceso vocacional coetáneo al de los destinatarios de mi PV. No soy yo el que, como experto y como el que ha llegado ya, voy haciendo una PV, sino que mi propia vocación entra en ese mismo proceso de descubrimiento y desarrollo. Mi vocación es toda mi vida.

  3. Tercer punto. Y para que todo esto pueda ir creando en todos nosotros como Iglesia una conciencia nueva vocacional, tendremos que empezar todos por situarnos en experiencia y conciencia de pobreza vocacional. Y cuando digo esto no quiero significar de ningún modo hacer de la necesidad virtud ni aceptar resignadamente lo que algunas veces se quiere decir con la expresión "Dios proveerá" y ni siquiera aceptar resignadamente la verdad primordial y fundamental de que es Dios quien llama, como quiere y cuando quiere. Vivir la pobreza vocacional significa el que cada uno de nosotros caigamos en la cuenta de que yo tengo que empezar por valorar en todo su alcance la esencia vocacional de la Iglesia, y de la que yo tengo que sentirme responsable y agente en un proyecto común. Significa también poner sobre la mesa, para dejarse interpelar, la significatividad de nuestra propia vida cristiana, de la vida eclesial y de nuestra propia acción evangelizadora (bien como sacerdotes, bien como grupos que poseen un carisma en la Iglesia, bien como laicos con su propia vocación laical) de cara a una oferta vocacional. Esto cuesta mucho porque siempre lleva una gran carga de conversión. Pero todo ello redundará sin duda alguna en beneficio de las vocaciones y del mismo aliento vocacional en todos nosotros del que hoy creo que todos estamos necesitados. Además me atrevo a decirles que estamos en un momento vocacional en el que los sacerdotes y los religiosos-as hemos de tener la valentía de dejar de estar excesivamente centrados en nuestra particular PV, siempre necesaria y enriquecedora en la vida de la Iglesia, para así aunar fuerzas en una línea de hacer visible y hacer realidad la comprensión de la Iglesia como vocacionada y vocacionadora. Ello sin duda alguna redundará también en beneficio de nuestro propio carisma. Si empezamos por nosotros mismos seguramente se mantendrá la situación vocacional en la que nos encontramos actualmente. Hoy se necesitan generosidades institucionales a favor de genero-sidades eclesiales, a favor de toda la Iglesia. Por eso lo que se nos exigirá siempre y primordialmente en una PV será un amor apasionado y gratuito por la Iglesia de Jesús.

Pueden estar seguros que esta charla ha querido ser un pequeño signo de este amor apasionado por la Iglesia. Amor apasionado por la Iglesia y por el hombre y el joven de hoy con quienes queremos caminar codo a codo y con quienes queremos compartir la misericordia entrañable del Dios Padre de todos.

 

 

Francisco Lansac

Cáceres, junio 1999

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