Al dar un retiro en
adviento o, mejor dicho, sobre el adviento, me da miedo
el que un año más podamos repetir las mismas cosas de
siempre. Es verdad que somos personas de repetición y
que normalmente la trayectoria de nuestra
educación-formación ha tenido una gran dosis, un gran
componente de hábitos. También es verdad que, aunque
esto sea verdad, lo cierto es que nunca llegamos ni
llegaremos a agotar los significados básicos del
adviento: el hecho de la encarnación de Dios en el
hombre y en la historia humana, la necesidad de una
conversión, de una vigilancia, de una alegría y de una
esperanza para situarnos ante este hecho único y
esencialmente misterioso. Hemos de evitar el peligro de
que todo nos resulte de antemano en buena medida
familiar, tal vez excesivamente familiar. Fácilmente nos
acostumbramos a casi todo, incluso al misterio. Por otra
parte, también es verdad que nuestra propia vida, a la
que queremos darle otro aire y en la que principalmente
queremos centrarnos, lleva consigo un gran peso de
rémora, de blindaje, de inercia. Aunque es una
condición general de la vida misma, suele aparecer sobre
todo con los años, después de algunas experiencias
vividas negativamente, y también porque nos vamos
haciendo cada vez más "astutos" para afrontar
nuestra propia vida, echando mano fácilmente de los más
insospechados mecanismos de defensa y que afloran en
cualquier momento. Y no digamos nada si nos adentramos
con sinceridad en las propias carencias que sentimos en
casi todas las dimensiones de la vida (carencias humanas,
religiosas, vocacionales, de convivencia). Nos asustan y
en buena medida nos paralizan y hasta llegan a
esclerotizar y a dejarnos llevar en nuestra fe y nuestra
vida religiosa.
Ante esta larga
constatación, es lógico que nos hagamos o nos tengamos
que hacer alguna pregunta como la siguiente, por muy
tópica que pueda parecer: ¿qué me puede significar
el nuevo adviento? Sin duda alguna, detrás de esta
pregunta habría infinidad de respuestas. Las que yo
señale aquí serán evidentemente muy limitadas y por
supuesto desde mi propia percepción y experiencia
creyente. Tendrán que ver pues ustedes si estas
respuestas se pueden ajustar a su propia realidad o si
tendrán que ir en otra dirección. Lo importante es que
nosotros nos tomemos el pulso con toda seriedad.
Y en primer lugar yo les
invitaría a dirigirnos en este adviento hacia la
consolidación en nuestro proyecto de vida de una
actitud de ánimo inquebrantable, como condición
indispensable de la esperanza. Lo veo muy necesario en
este momento que nos toca vivir, tanto en el ámbito
social como en el eclesial, como en el de vida
consagrada. Y cuando digo esto no me refiero a que mi
talante o mi humor hormonal y existencial tenga que estar
a un nivel alto, diríamos que eufórico. ¡Ojalá que al
menos fuera así! A veces ponemos un acento excesivo en
esto: "me van bien las cosas, estoy en un período
sereno de mi vida, me encuentro con buen ánimo",
decimos. ¡Es tan frágil ese ánimo! Cuando digo
consolidar una actitud de ánimo inquebrantable lo que
quiero decir es asumir y vivir esta actitud como realidad
constitutiva de mi vivencia y expresión creyente.
"Sé de quien me he fiado", decía Pablo y ahí
ponía toda la carne en el asador, todo su ánimo
creyente y evangelizador. ¿Qué puede significar esto
para nosotros? Cuando uno mira de un golpe de vista toda
su vida hasta el momento, sabe que su fe, como cimiento
en el que intenta fundamentar su vida, con un componente
de responsabilidad propia y otro de pura gratuidad, no
siempre rezuma señales de confianza, de aliento, de
firme estabilidad. Nos parece más bien como si con
cierta frecuencia el peso de la vida se le apoderara a
nuestra fe. Y no es porque uno no quiera o no intente
creer. Creo que cuesta más, muchísimo más, saber cómo
tengo que creer. Así es. Pero aquí lo curioso es
que es la misma fe la que nos puede indicar la dirección
de cómo creer. Para asumir en mi vida el cómo creer
tengo que empezar por salir irremediablemente de mi
mismo. Tengo que buscar una referencia distinta a
mí. Salgo de mí mismo o tengo que salir de mí mismo si
quiero dar consistencia a mi vida y a mi propia fe.
Parece paradójico, contradictorio, ¿no? La fe nunca se
aclimata a un lugar, a un estado de vida, a una
situación, a una meta conquistada. Abrán, nos dice Gén
12, 9, "se trasladó por etapas al Négueb".
Siempre con la tienda al hombro. Me parece una buena
imagen para expresar lo que estamos tratando. Lo que
Abrán tiene muy en primer plano, por muy seguro y como
base de su vida es lo que ha escuchado de parte de Dios:
"yo, yo haré de ti..". Y en este tiempo de
adviento en el que intento situarme en una actitud de
ánimo inquebrantable, la salida de mí mismo tendrá que
dirigirse hacia el misterio mismo de Dios. El misterio de
que Dios haya querido entrar en la vida del hombre, en la
historia, en la humanidad para darnos su misma vida, para
que nosotros nos vivamos desde su misma vida y con su
misma vida. Aquí, y únicamente aquí, tiene que
fundamentarse mi ánimo inquebrantable. "Yo haré de
ti..." Puedo seguir a Jesús, puedo consagrar mi
vida a Dios, puedo ponerme en situación de conversión
porque vivo desde el contenido inagotable de ese
misterio. ¿Es esto una seguridad, es mi credencial de
garantía? No, no en absoluto. Situarme ante ese
misterio, que me hace salir de mí mismo, que me hace
buscar otra referencia distinta de mí, significa fiarme
a carta cabal, significa saber y aceptar lo expuesto que
estoy (recordad a Abrán hablando a su mujer: "Mira,
yo sé que eres una mujer muy bella; en cuanto te vean
los egipcios dirán: ·es su mujer·, y me matarán,
dejándote a ti con vida"), significa dejar
entrañar mi vida de misterio, por tanto de apertura
total, más allá de mis aconteceres diarios, de mi
humor, de mis balances, significa dejarme hacer más
allá de mí mismo (de mis pensamientos, de mis
sentimientos, de mi voluntad, de mis capacidades y
libertades), significa que mi esencia arda en su
intimidad de Dios. El ánimo inquebrantable no nos viene
de un equilibrio compensado de vida, sino de un estar
esencialmente abiertos, y, en el mismo hecho de esa
apertura, fundamentar y consolidar mi vida. Os advierto
que es mucho más difícil vivir en ese estar expuestos
permanentemente. No pongamos pues la consistencia de
nuestra vida en unas fidelidades, en unas actitudes, en
unas conquistas de madurez, en unos votos, en un buen
estado de ánimo. Ellos son más bien el resultado de una
consistencia que, paradójicamente, tiene que ser
quebradiza, insegura, con ribetes de auténtica
intemperie, con la carga del tener que descubrirse
diariamente. Tenemos que movernos siempre por oscilantes
andamios. Pero es también una consistencia creyente que
a la fuerza nos hace buscar y vivir del don, como don y
para el don. Es decir, es vivir esencialmente de la
gracia, como don de Dios. Esta es la esencialidad de
nuestra vida frente a tantas cosas accesorias a las que
les damos excesiva importancia e innecesaria
preocupación. El adviento nos tiene que conducir a
purificar nuestra vivencia de esencialidad, lo
verdaderamente importante. No somos prestidigitadores de
afanes innecesarios.
Y paso a un segundo punto
que querría indicar como posible objetivo y que juzgo
importante para este adviento: el adviento tiene que
llevarnos a desenmascararnos. ¿Qué quiero decir con
esto? Con frecuencia, los creyentes, y ahora me refiero
directamente a los consagrados, damos la impresión de
ser máscaras ambulantes. Trabajamos, ¡cómo no!,
convivimos, ¡cómo no!, tratamos de guardar unas formas
de educación y de convivencia, ¡cómo no!, intentamos
vivir nuestro carisma, ¡cómo no!, pero lo cierto es que
fácilmente se percibe a nuestro alrededor que nos falta
alegría existencial y, sobre todo, teologal. ¿Cómo
puede ser esto si con todo el gozo y con toda la
conciencia hemos entregado nuestra vida y, por cierto,
sin poner condiciones? A mí me da la impresión de que
con frecuencia los consagrados ahogamos en nosotros
mismos, en aras muchas veces de una espiritualidad
perfeccionista y poco realista, la sensación que tenemos
de falta de comunicación de las vivencias, de las
auténticas dificultades y tensiones que realmente
experimentamos en nuestra vida. Existe de hecho una
especie de silencio pertinaz que se suele convertir en un
callejón sin salida, y lo digo así porque puede dejar y
de hecho deja grandes secuelas negativas. Muchas personas
consagradas tienen una sensación de fracaso y tienen que
vivir con los demás como si se tratara de unos
"hipócritas crónicos". Y no llega aquí todo,
sino que muchas veces juzgamos la sensación de culpa y
de fracaso en términos morales.
Por eso, creo, que el
adviento tendría que conducirnos a ponernos en
situación de desenmascararnos personal y
comunitariamente. Es la primera terapia existencial que
necesitamos y que fácilmente pasamos por alto. Para eso
debemos asumir por parte de cada uno esa actitud de
desenmascaramiento sin ningún miedo, también una
actitud de escucha de todos para todos, más allá de los
esquemas e imágenes distorsionados que podamos tener de
los otros, también de unos espacios y tiempos concretos
con toda la amplitud necesaria para darle cauce a ese
desenmascaramiento, más allá de otras posibles
urgencias. La conversión deseada del adviento sólo
será posible pasando por ello. Es condición previa y
necesaria para la vivencia de la venida del Señor. La
venida del Señor, con su carga de conversión para
nosotros, no puede convertirse en una realidad de
tapagujeros de las deficiencias, presuntas o reales.
Sólo se puede celebrar la navidad, sólo podemos
ponernos en camino de conversión desde nuestra
auténtica realidad. Quizá a nosotros nos toque hoy
hacer realidad aquello que decía Is 29, 4 de su ciudad
de Jerusalén: "Humillada, hablará desde el suelo
(no desde arriba, no desde una imagen cuidada o desde lo
que los otros pueden creer de ti, no desde la impresión
que puedes aparentar y que intentas aparentar..), del
polvo saldrá tu palabra apagada (en nuestra vida
creyente y consagrada no tenemos nada de lo que
vanagloriarnos. Necesitamos expresar signos de humildad
no sólo con nosotros mismos sino también con los
otros), como un susurro surgirá tu palabra desde el
polvo" (quizá en principio no se nos pida más que
expresar humildemente nuestra pobreza, nuestro pecado,
nuestras contradicciones, nuestros deseos frustrados...).
Y no por eso nuestra vida, nuestra institución es peor o
pierde relevancia. Todo lo contrario.
No nos debe extrañar en
absoluto que Dios haya querido plantar su tienda en un
pobre pesebre y como un niño indefenso. Ello siempre nos
remitirá a ser pobres pesebres. Creo que es un símbolo
perfecto de nuestra vida. Creo que es precisamente
nuestra pobreza personal como personas y no tanto de
cosas la que puede hacer transparente el sentido de la
encarnación de Dios, la que puede hacer visibles las
maravillas de Dios en el hombre.
Es cierto que hemos
perdido relevancia social, pero no nos atrevemos a perder
relevancia personal. Nos gusta "ganar puntos"
ante los demás, aunque sea a costa de olvidar lo que
realmente somos. Si Dios tiene que atravesar, en el
sentido de configurar, de renacer nuestra vida, sólo
será posible cuando hayamos sido capaces de exponer
abiertamente y sin temor la pobre realidad de cada uno.
Por eso, desde aquí podemos comprender a Isaías cuando
nos dice en el cap. 2 y 4: "los ojos orgullosos
serán humillados, será doblegada la arrogancia humana.
....; sólo el Señor será ensalzado aquel día: contra
todo lo orgulloso y arrogante; contra lo empinado y
engreído, contra todos los cedros del Líbano, contra
todas las encinas de Basán, contra todos los montes
elevados, contra todas las colinas encumbradas, contra
todas las altas torres..."
Para ello necesitamos
empezar por aceptarnos y comunicarnos desde lo que
realmente somos, a nivel humano, creyente, de
consagrados. De ahí la necesidad de una comunidad
transparente que tendrá que buscar cauces de expresar
esa transparencia. El oscurantismo en una comunidad es
señal de que tenemos miedo a perder algo o a ocultar lo
que nos falta. El verdadero amor entre los miembros de
una comunidad sólo es posible cuando somos capaces de
desenmascararnos y exponernos con toda la humildad. Se
trata de hacer posible que el amor de Dios se visibilice
en cada uno de nosotros como don.
El adviento tendrá pues
que conducirnos a sincerarnos de verdad con nosotros
mismos y con los demás. No deseamos que nuestras casas
sean reductos de una perfección domesticada, sino
reductos del amor de Dios, que se va abriendo paso día a
día y con las personas que realmente somos y como somos.
Sólo así se puede descubrir e intentar vivir la
perfección, la santidad de Dios, a la que todos estamos
llamados.
Necesitamos pues zurrarnos
bastante la badana de nuestros perfeccionismos, de
nuestros protagonismos, de nuestras virtudes heroicas.
Todavía no nos hemos podido desenganchar de tanto
estoicism o que casi siempre ha andado suelto por la
Iglesia. Necesitamo s el respeto de nuestra propia pobreza
y el respeto de la pobreza de los demás. ¿Cómo no va a
ser la nuestra una época turbia, si nuestra propia
realidad personal y comunitaria está tan frecuentemente
enturbiada? No podemos convertir ni refinar nuestra vida
si no sabemos de qué tenemos que convertirla o
refinarla. Para ello tenemos delante nuestro adviento.