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PARA EL DÍA DEL SEMINARIO. SAN JOSÉ 1999
Queridos diocesanos:
Al bendito san José le correspondió el encargo nada fácil de ser formador del primero y único sacerdote, Jesucristo. Cada año, cuando se acerca la primavera despuntando por su vara florida, san José nos viene a recordar un encargo precioso de parte de Jesús: "Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies". Porque la mies es abundante y los obreros escasos.
Es el mismo encargo que os hago cada año por estas mismas fechas. Es un problema serio éste de la escasez de sacerdotes y de vocaciones a la vida sacerdotal. Os invito a que lo reflexionéis.
Es verdad que, en la Iglesia como en el mundo, hay dimensiones que, a veces, se oscurecen, mientras germinan otras como expresión de vitalidad y renovación. "Cada vez son menos los católicos, pero cada vez crecen mejor", escribía no hace mucho el comentarista de un sondeo religioso. Pero el ministerio apostólico será siempre y en cualquier circunstancia necesario en la Iglesia.
Un signo de esperanza, digno de ser reconocido con gozo, es que, aunque lentamente, también en nuestra Iglesia de Coria-Cáceres está aumentando la responsabilidad y colaboración de los laicos en la evangelización. Sin laicos comprometidos no existe realmente una Iglesia adulta. Gracias a Dios son cada dia más numerosos y están mejor preparados los catequistas, los animadores de la celebración litúrgica, los responsables de la acción caritativa y social, los que se preocupan de los enfermos, los promotores de la pastoral familiar, los grupos misioneros, los movimientos apostólicos. Sois miles los voluntarios que, de una u otra manera, manifestáis la riqueza ministerial de nuestra Iglesia.
Pero no es menos cierto que el logro y permanencia de un laicado adulto y responsable exige la atención del ministerio sacerdotal. Por eso, las familias que toman en serio su pertenencia a la Iglesia, los movimientos y asociaciones apostólicas, los educadores de adolescentes y jóvenes debéis mirar el Seminario, amarlo, preguntaros qué podéis hacer por él.
En los próximos diez años, contando con que el número de seminaristas se mantenga, los aproximadamente ciento veinticinco sacerdotes actualmente en activo en la diócesis serán alrededor de cincuenta menos.
No quiero con este dato contagiar desilusión o desesperanza. Gracias a Dios siguen llegando a nuestro Seminario jóvenes generosos. Vienen de procedencias diversas, desde los grupos de monaguillos hasta la Universidad. Aunque vengan en forma de goteo, es síntoma de que entre los jóvenes no se ha agotado la capacidad de entrega. Precisamente el cartel del Dia del Seminario utiliza la foto-símbolo de una gota de agua que al caer, como buen regalo del cielo en tiempo de sequía, va formando círculos concéntricos, manifestación de proyección misionera y de dinamismo apostólico.
A los actuales seminaristas quiero expresaros mi admiración y agradecimiento porque, en un contexto en que el humus cristiano se reduce y el entorno social es menos favorable a la vocación sacerdotal, vosotros os abrís con disponibilidad al futuro proclamando con frescura y alegría que vale la pena entregar la vida a Dios y a los demás. Vosotros tenéis que ser los jóvenes valedores de la vocación sacerdotal ante los jóvenes.
Estoy convencido de que, si el Señor pide obreros para su mies, el Espíritu no va a dejar a la Iglesia en cuadro. Pero pide nuestra colaboración. Debéis preguntaros cuánto tiempo hace que no se ordena un sacerdote de vuestra parroquia, o cuántos seminaristas mayores tenéis actualmente en el Seminario, o si rezáis los suficiente para merecer de Dios el regalo de tales vocaciones. Porque la vocación es, en último término, un don del Señor a la Iglesia.
Es lo que nos recuerda el slogan del Dia del Seminario de este año 1999: "Los sacerdotes, un regalo de Dios". Jesucristo, amor entregado de Dios Padre, no es el pastor ausente de su pueblo. El continúa su misión pastoral a favor de los hombres a través de los sacerdotes. Por medio de ellos- "quien a vosotros os escucha a mí me escucha" (Lc 10,16)- sigue proclamando la buena nueva. Ellos son los ministros de los sacramentos: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22,19)... "A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados". (Jn 20,23). A ellos encomienda Jesús el encargo de guiar la comunidad ( 1. Pe 5,1-4). La llamada apostólica nace de la compasión de Cristo- reflejo de la compasión del Padre- que, al contemplar las multitudes como ovejas sin pastor, se le conmueven las entrañas (cf. Mt 9,36-38).
Conocéis nuestros defectos y limitaciones. Pero también sabéis cuánto deben vuestras comunidades cristianas y vuestra fe al ministerio sacerdotal.
A pesar de las nuevas y difíciles condiciones actuales de la pastoral, hay numerosos sacerdotes felices. No se sienten el residuo de un pasado que acaba, sino una puesta de esperanza hacia el futuro. Quieren compartir, cada vez más, responsabilidades y seguir ejerciendo la misión confiada con el mejor empeño de que son capaces. Aunque los medios de comunicación saquen a relucir más las miserias espirituales y humanas que las virtudes de los sacerdotes, os puedo asegurar con conociminto de causa que la vida de la mayor parte de los sacerdotes es un monumento vivo a la fidelidad.
Muchas veces, queridos sacerdotes, os he confiado esta precaución de las vocaciones, que también vosotros compartís. Hablad con calor a vuestros fieles, en los grupos parroquiales y a las familias de la tarea tan hermosa que es ser sacerdote. Nuestra vida sencilla, servicial y alegre es el mejor reclamo para las vocaciones.
Y a vosotros, queridos diocesanos, os invito a ayudar al Seminario en sus necesidades materiales, pero, sobre todo, en sus necesidades espirituales. Si los sacerdotes son un regalo necesario hay que pedirlo y agradecerlo.
Con mi gratitud, afecto y bendición.
Ciriaco Benavente, obispo