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HOMILÍA DEL OBISPO EN LA EUCARISTÍA DE INAUGURACIÓN DEL CURSO 2000-2001
"También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo" (1 Pe 2,5).
El texto que acabo de citar, probablemente una catequesis bautismal de la era neotestamentaria, es una vibrante exhortación a los bautizados a edificarse como casa espiritual, como casa viva.
Con ese mismo deseo inauguramos un nuevo curso en nuestro Seminario, invocando en esta misa la fuerza del Espíritu Santo. ¿Qué otra cosa mejor podríamos desear a nuestro seminario, donde un grupo de jóvenes os sumáis al ideal bautismal y al discipulado, que ser Iglesia viva, casa viva de Dios?. El texto, referido al seminario, encierra de manera programática lo que podría considerarse como cimiento de esta edificación espiritual
. El adjetivo "espiritual" hace referencia al Espíritu, a la fuerza creadora sin la cual no sería posible la nueva familia. Los bautizados, de personas desconocidas entre sí, han de pasar a ser una familia, familia de Dios. El vínculo que procede del Espíritu Santo es más hondo, más fuerte y vivo que el mero parentesco de sangre. Es como una nueva genealogía: la de los que "no nacieron de sangre, ni de deseo camal, ni de deseo de hombre, sino de Dios" /Jn. 1, 13).
El seminario está siempre en construcción, como la Iglesia y como cada familia. Se va formando constantemente a medida que las personas dejan que Jesucristo construya en ellas la casa viva. La misión de un seminario es ofrecer un ámbito donde pueda realizarse incesantemente esta construcción espiritual.
La meta es la casa; el material son las piedras ... piedras vivas, porque se trata de construir una casa viva. Frente a nuestro activismo -hablamos con frecuencia de construir la Iglesia, el Reino de Dios, una nueva sociedad- el texto habla de construcción en forma pasiva.. El constructor fundamental es Dios, es su Santo Espíritu. Un antiguo himno litúrgico usado en la consagración de templos describe plásticamente el proceso, habla de golpes de cincel, del trabajo minucioso del maestro con el martillo, de los enlaces ajustados hasta que los bloques de piedra pasan a ser el gran edificio espiritual. Construir es ser construido. Si queremos ser casa, hemos de aceptar ser labrados. El evangelio de Juan nos enseña que la vid para que dé fruto debe ser podada(15,2). El camino para dar fruto pasa por el dolor de la purificación.
Quizá el progre de turno, con complejo de autorrealización, pudiera pensar que tal procedimiento es tina manipulación. Lo sería si uno no aceptara, desde el principio, colaborar libremente a su cincelado o pensara que es más sabio ir por libre y a su aire, que dejarse llevar del aire del Espíritu. Para ser piedra del conjunto y para el conjunto hay que dejarse vincular a la totalidad.
Al hilo del texto que comento, os ofrezco a vosotros, queridos seminaristas, a vuestros formadores y profesores, algunos puntos que me parecen importantes para crecer como casa viva, como familia de Dios. En ellos, implícita o explícitamente, quiero hacer referencia, como en añosanteriores, a las cuatro dimensiones de la formación sacerdotal: la humana, la espiritual, la intelectual y la pastoral.
1. Dejarse construir(como casa viva):
El don de la vida cristiana ni excluye ni anula la naturaleza, sino que la eleva y perfecciona. Habréis de cultivar los principales valores y virtudes humanas y cristianas: la sinceridad y el amor a la verdad; la fidelidad a la palabra dada; el equilibrio emocional y afectivo; la capacidad de diálogo y comunicación, de perdonar y de saber rehacer las relaciones; la aceptación de las personas y los modos de pensar distintos; el uso recto de la libertad; la disponibilidad; el desprendimiento; la laboriosidad; la creatividad e iniciativa en la acción... Los futuros sacerdotes habréis de capacitaros no sólo para convivir en la familia del presbiterado. Vuestra tarea será, además, asociar y mantener unidos en la comunión de la fe a individuos que son extraños por su origen, formación, temperamento y circunstancias de la vida. Tendréis que iniciar a las personas para la reconciliación, el perdón y la generosidad. Tarea de vuestro ministerio será enseñar el respeto al otro en su alteridad, la paciencia recíproca y muchas cosas más. Necesitáis capacitamos, también, para acompañar a la gente en el dolor: dolor físico, decepciones, humillaciones y angustias. ¿Cómo vais a hacer todo esto si no lo habéis aprendido antes en vosotros mismos?. La capacidad para aceptar y soportar el sufrimiento es, por otra parte, una condición fundamental para la madurez del ser humano. Si no se aprende esto, el fracaso de la existencia será inevitable. Y, por lo mismo, la acritud contra todo y contra todos contaminará el fondo del alma y la convertirá en tierra yerma.
No hay éxito sin entrenamiento y sin la superación de sí mismo que el entrenamiento lleva consigo. Creo que cada día que pasa somos más los que nos preguntamos si el permisivismo al uso, el todo vale, la ética indolora de la postmodernidad no estarán infligiendo un daño irreparable a la generación que actualmente se forma, en vez de entrenaría y ejercitarla en el arte de la renuncia, la autosuperación y la libertad interior, frente a la tiranía de los deseos inmediatos.
Hay que madurar como personas para servir mañana como pastores
2. Pasión por la verdad:
Muchas veces, la verdad nos resulta incómoda, pero es la guía más cierta para el desprendimiento, para la verdadera libertad. Sólo en la amorosa paciencia de la búsqueda y aceptación de la verdad maduramos por dentro, nos hacemos libres para nosotros mismos y para Dios. El éxito, el resultado, la publicidad le han quitado la primacía a la verdad.
La carta de san Pedro al hacer aflorar la imagen de las piedras vivas, ilustra su contenido con las palabras del salmo 118, leído ya en un contexto cristológico: "La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular". La piedra desechada es imagen de aquel que asumió el dolor de la verdad y del amor supremo para hacer de la humanidad desgarrada casa viviente, familia nueva. En esta construcción hemos de crecer internamente dispuestos a asimilar "todo lo que sea verdadero, noble, justo, puro, amable, honorable, todo lo que sea virtud y cosa digna de elogio"(Flp.4,8).
Cuando se vive esta pasión por la verdad, por la búsqueda de la verdad y por hacer verdad en nuestra propia vida, aunque duela, el seminario llega ser hogar de la verdad. Sin este proceso común no es más que una serie de habitaciones de una residencia de estudiantes cuyos moradores permanecen encerrados en sí mismos, en sus máscaras.
La prontitud de ánimo para la purificación garantiza el buen humor y la alegría de la casa. Si no hay tal disposición, la crítica, el hastío de todo y de uno mismo crean un ambiente donde los días son grises y la alegría no cunde porque le falta el sol de la verdad que necesita para crecer luminosa y jovial.
3. Capacitarse para proclamar la Palabra de Dios
En la imagen de la casa queda recogida toda la teología del templo. El templo en el Antiguo testamento era la morada de Dios, el espacio de su presencia en el mundo, donde se renueva su alianza, donde resuena su palabra, el lugar de la glorificación de Dios.
El templo es primordialmente el lugar de la palabra de Dios. El presbítero, que está al servicio de la Palabra hecha carne debe hacerla presente en su pureza no falseada y en su permanente actualidad, más allá de su mero instante, como palabra que Dios hace llegar a todos los tiempos, capaz de iluminar los problemas de los hombres y de dialogar con la cultura que el es contemporánea. Es en esta perspectiva en la que la exégesis bíblica se convierte en teología.
La vivencia y aceptación de la Iglesia, como sujeto común y memoria permanente, es imprescindible para que la fe no degenere en elección privada a merced de la moda del momento o de lo que nos parece más actualizable. La palabra sería entonces mi palabra. No nos integraríamos en el cuerpo de Cristo, sino que permaneceríamos en nosotros mismos.
Proclamar 'la palabra de Dios significa que tengo que conocerla, entenderla y apropiármela para proclamarla como un testigo, Eso significa en la práctica que la dimensión intelectual y la espiritual son inseparables en los estudios teológicos. La religión del Logos es una religión racional. El estudio riguroso y serio es parte integrante de vuestra edificación como casa viva de Dios.
Conocer la aventura de la cercanía de la palabra de Dios en toda su excitante belleza y embarcarse en ella con todas las fuerzas pertenece a la esencia de la vocación sacerdotal. Por eso, ningún esfuerzo ha de pareceres excesivo para su conocimiento. La disciplina racional, el trabajo riguroso, son piezas irrenunciables del camino al sacerdocio. El que ama, quiere conocer, desea saber más sobre aquello que se ama. El afán de conocer es una tendencia interna del amor. La disciplina metódica, que obliga a desprenderse constantemente de las ideas preferidas de uno para amoldarse a los datos reales, es un modo insustituible de educación para la verdad y la veracidad, una pieza esencial de ese desprendimiento del testigo que no se pregona a sí mismos, sino que está al servicio de lo que es más grande que él. Cualquier espiritualidad que quiera saltarse esto, acabará degenerando inexorablemente en fanatismo.
Capacitarse para el servicio litúrgico
La palabra de la fe es esencialmente palabra sacramental. Vuestra preparación ha de serlo también para la liturgia sacramental de la Iglesia. La Eucaristía debe ser el núcleo de vuestra formación, y la capilla, el centro del Seminario. La liturgia es bella precisamente porque nosotros no somos sus agentes, sino que participamos en lo que es más grande, que nos envuelve e incorpora. En la liturgia se nos invita a salir de nuestras humildes agrupaciones hacia la gran comunidad que abraza cielo y tierra. Esto es lo que confiere grandeza a la liturgia, es lo que hace de ella una fiesta que nos capacita para sumarnos al coro de la eternidad.
El culto está relacionado con la cultura- la cultura sin culto pierde su alma, y el culto sin cultura ignora su propia dignidad. Si la formación sacerdotal es muy sustancialmente, en su núcleo, formación litúrgico, un seminario ha de ser también casa donde se cultive una fina sensibilidad cultural. La música, la literatura, el arte figurativo, el amor a la naturaleza, todo eso le pertenece. Nadie lo puede todo, pero nadie debe apuntarse a la vulgaridad. La liturgia nos pone en contacto con la belleza misma, con el amor eterno, De ella ha de irradiar la alegría de la casa, en ella puede transformarse y superarse la carga de cada día.
El culto y la vida. Sensibilidad pastoral
La rotura del velo del templo en la muerte de Jesús significa que, desde el instante de su muerte, su cuerpo entregado por nosotros es el nuevo y verdadero templo. "Destruid este templo y en tres días lo reedificaré..Decía esto refiriéndose al templo de su cuerpo"(Jn 2, 19.2 l).
Por el bautismo hemos sido incorporados como miembros del cuerpo de Cristo. Ahora debemos glorificar a Dios en todas partes, haciendo de nuestra vida una nueva existencia espiritual. Glorificación y alianza, culto y vida son inseparables entre sí. Lo que creemos y anunciamos, lo que celebramos en la liturgia es lo que expresamos en nuestra vida, en el ejercicio de la caridad.
Creced cada día en sensibilidad ante el dolor del mundo, ante el lento exterminio del hambre en el tercer mundo o las miserias del primero que, a lo mejor, tenemos a la puerta de casa. "Como Cristo recorría ciudades y aldeas curando los males y enfermedades en prueba de la llegada del reino de Dios, así la Iglesia se une por medio de sus hijos a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y afligidos y a ellos se consagra gozosa. Participa en sus gozos y en sus dolores, conoce los anhelos y enigmas de la vida y sufre con ellos en las angustias de la muerte"(AG 12)
Caminamos hacia un mundo que cada día se hace más pluriétnico y pluricultural. Precisamente el texto del que ha tomado pie mi comentario pertenece a una carta dirigida <<a quienes vivían como extranjeros en la Dispersión>>.Es seguro que muchos de los destinatarios llevaban en sus espaldas historias de sufrimientos, cicatrices y desgarros. Unos habrían salido de sus lugares de origen en busca de trabajo; otros serían esclavos provenientes de las guerras de conquista, vendidos como tales y desgarradoramente separados de los suyos. Para todos la comunidad cristiana era mucho más que un lugar de práctica religiosa, pero en aquellas celebraciones, en que habían sido acogidos quienes eran "forasteros y emigrantes en una tierra extraña", el Evangelio sonaba para sus vidas como Buena Noticia; y la comunidad cristiana era percibida como su verdadera y única familia, el único lugar de convivencia en dignidad. Quienes sufrían' las consecuencias de la opresión política, de la explotación económica y la exclusión social en un mundo donde, como dice la carta, "la orgía, el desenfreno y la inmoralidad" eran el estilo dominante, encontraban en el Evangelio la palabra de esperanza en el sufrimiento, la que les ayudaba a vivir en la confiada espera de la libertad, la que les hacía rebosar de alegría, incluso en medio de sus duras pruebas.
Os preparáis para ser presbíteros en esta Iglesia de Coria-Cáceres. Conoced y amad sus realizaciones, sus parroquias, sus movimientos y asociaciones, sentid sus carencias, interesases ya por sus programas pastorales, aprended a dar protagonismo al laicado. Vosotros sois esperanza de savia nueva, de renovación, de creatividad.
Os recuerdo, para terminar, otro texto de la misma carta, dirigido a los presbíteros. Vale como programa de futuro para quienes sois seminaristas, y como programa de presente para quienes ya somos sacerdotes: "A los presbíteros que están entre vosotros les exhorto yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos dé Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse: Apacentad el rebaño de Dios que os está encomendado, vigilando, no a la fuerza, sino voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita".