EL CONGRESO DE LA IGLESIA EXTREMEÑA SOBRE LA POBREZA

 

El día 24 de octubre terminaba en Mérida el Congreso sobre la pobreza que durante el fin de semana la Iglesia extremeña, con sus obispos a la cabeza, decidió celebrar, después de un período largo de concienciación, de buen diseño y acertada presentación. Doy por supuesto que el hecho en sí estará siempre expuesto a diferentes interpretaciones y de ninguna manera quiero obviar que no dé pie para ello. Pero su significado y su fuerza de signo están ahí entrañados en la inquietud y presencia de un millar de mujeres y hombres. Sabemos bien que éramos sólo una gota en el gran océano, ni siquiera sé si representativa

Evidentemente, el domingo por la tarde dejamos aquel recinto alegre, sereno, proclive a la comunicación y al gesto familiar y fraterno. Creo que ni siquiera dio tiempo para hacer la foto histórica de rigor y de archivo. Me alegro. Alguien acertadamente nos había recordado que la pobreza son los pobres con nombre y apellidos y que la preocupación por ellos nos tenía que hacer a todos, los que tal vez pensamos y observamos desde una posible cómoda distancia, un poco más pobres. De lo contrario....

En mi viaje de regreso, monótonamente gris y bañado de lluvia, la mente y el corazón me iban acumulando preocupaciones, mejores deseos, ganas de arrancar de una vez. Recordaba al gran maestro de sabiduría Khalil Gibran cuando un rico le dijo: "Háblanos del dar". Ya sabéis cómo contestó: "Dais muy poca cosa cuando dais lo que poseéis. Cuando dais algo de vosotros mismos es cuando realmente dais. ¿Qué son vuestras posesiones sino cosas que atesoráis por miedo a necesitarlas mañana? Y mañana, ¿qué traerá el mañana al perro que, demasiado previsor, entierra huesos en la arena sin huellas mientras sigue a los peregrinos hacia la ciudad santa? ¿Y qué es el miedo a la necesidad sino la necesidad misma?". Tenía miedo de que todo lo oído, reflexionado y rezado fuera una coartada más en mi vida. Volví mi mirada inquieta al gran y tal vez deteriorado Crucificado de la historia, no me podía resistir. Cerré con rapidez los ojos. A pesar del latigazo que él siempre supone, quise, deseé, soñé ver a nuestra Iglesia reflejada en aquella cruz y en su Crucificado. Es verdad que en mi urdimbre más profunda me asomaban tirones de posible romanticismo ingenuo y recalentado en estos días. Todo se agolpaba rápidamente en mi mente. Pero, entre otras cosas, puedo confesar, amable lector, que me sentí orgulloso de mi pobre Iglesia y de mi Iglesia extremeña, tal vez no por pobre sino por frágil y por su capacidad y coraje de tener todavía arrestos para tomarse el pulso y decirse humildemente necesitada de evangelio puro, duro y trasparente. Quizá no tengamos ni credibilidad ni halagadora oferta, lo sé. Pero no importa. Es verdad que todo un libro "Guía. Acción caritativa y social de la Iglesia extremeña" podría avalar y galardonar todo un esfuerzo callado de la Iglesia a favor de los pobres. Tampoco importa demasiado cuando uno se sabe y se siente un "siervo tremendamente inútil" y con poco caché social. Y es que hemos de estar siempre expuestos a las lecturas disonantes, también las instituciones. Es lo que menos importa. Los pobres no pueden conformarse con lecturas de su realidad, vengan de donde vengan. Quieren que los laboratorios de pobreza que existen en la sociedad día a día se hagan manos, corazones, gestos de solidaridad real y recreadora. Pero además, y comprendo que no le suceda así a todos, a mí personalmente me retumba sin tregua en mis oídos un inesquivable clamor de los pobres: ¿dónde está vuestro Dios? Un gran analista social como es Robert Castel nos habla de los pobres como "desafiliados". ¿No será esta acertada expresión un recordatorio para nosotros los cristianos de que no podemos olvidarnos de ninguna manera de que todos los hombres somos los hijos de Dios, con la misma dignidad, con la misma imagen y semejanza de Dios?

Después del Congreso, creo que tenemos que callar por un tiempo hasta que se palpe con más nitidez todavía que todos vamos bajando poco a poco y con mono de faena al ágora de los pobres. Sabemos lo fácil que es el hacer de ellos artefacto de discurso. Como cristianos, siempre será lo nuestro dar y darnos, sin mucho ruido y sin pasar factura de ningún tipo. Será muy bueno el caminar codo a codo con todos los que trabajan, que son muchos, por hacer un mundo de hombres y mujeres más justo. Que no nos importe quién encabece el pelotón. Tendremos que verificar nuestro congreso haciéndolo ahora oportunidad de seguir con más fuerza arrimando el hombro, arrimando el bolsillo, arrimando la eclipsada utopía y animándonos unos a otros en el empeño, sin mirar con prejuicio y sospecha la etiqueta de origen. Los tiempos de descalificaciones se han hecho obsoletos cuando se trata de los pobres. El tiempo apremia.

Francisco Lansac Solán

Director espiritual del Seminario de Cáceres

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