LA REALIDAD DEL CELIBATO
Introducción
- La realidad del celibato está ahí como uno de los ejes trasversales de nuestra vida y ministerio presbiteral. Eje significativo y complejo que no podemos soslayar en una aproximación a nuestra realidad presbiteral. Por eso he creído oportuno el tratarlo.
- Y el motivo más en concreto de haberlo introducido deriva de que su opción y vivencia existenciales está suponiendo o puede suponer, en algunas personas, dolorosas dificultades y posibles desorientaciones en el ministerio. En esto hemos de ser muy realistas. Detrás de los bastidores puede que no todo esté en orden. A su vez, creo que hemos de aceptar de antemano que esas dificultades vivenciales no suelen ser un producto de la mala voluntad, de falta de lucidez o de una postura demasiado cómoda. Y por eso desde el principio quiero dejar muy claro lo siguiente: lo que intento es tratar de liberar de los agobios que realidades deficientemente planteadas suponen para el espíritu. Es decir, es muy importante plantear bien, o al menos intentarlo, la realidad del celibato. Otra cosa muy distinta es su vivencia, evidentemente, aunque en ella debería desembocar nuestro esfuerzo.
- Aunque todos lo sabemos, será bueno comenzar por recordar escuetamente lo que la Iglesia nos dice en relación al celibato ministerial. En los números 1579 y 1580, el Catecismo católico dice: "Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato por el reino de los cielos (Mt 19,12). Llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus cosas (cf. 1Cor 7,32), se entregan enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia; aceptado con corazón alegre, anuncia de modo radiante el reino de Dios" (cf. PO 16). "En las Iglesias orientales está en vigor una disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos y presbíteros".
- Desde esto que podemos llamar una básica declaración de principios, ¿qué renuncias concretas supone el celibato?
- Renunciar al ejercicio voluntario de la sexualidad genital y al placer específico que de este ejercicio se deriva. Puede ser autoerótico, homosexual o heterosexual.
Renunciamos al juego erótico que conlleva una genitalidad latente o incipiente, es decir, a todo aquel conjunto de gestos que por su dinámica interna conlleva al deseo genital. Al prometer la vivencia del celibato he prometido no entrar en esa dinámica.
Renuncio a todo lo que socialmente es signo de amor o deseo genital y también a todo aquello que en mi intencionalidad interior puede tener una carga sexual en relación a otras personas.
- Al amor especial a una persona que lleva consigo un privilegio de esta persona sobre mi corazón y a la inversa, aunque este amor esté exento de manifestaciones genitales patentes o latentes.
- A la paternidad biológica y psicológica que prolonga en nuestra propia persona el hijo de nuestro amor. Nuestra paternidad es real pero análoga. Nada que polarice nuestro interés con el riesgo de desatender otras situaciones o personas cabe en el celibato.
- Renuncio a las fantasías y estímulos eróticos de los mass media, publicaciones, etc.
Situando la realidad de la vida celibataria
- Después de esa breve introducción quisiera comenzar por situar lo más correctamente posible la realidad del compromiso celibatario. Creo que es importante el hacerlo pues nos irá mostrando algunos puntos a los que conviene prestarles cuidada atención y adecuada orientación. Sin embargo, quiero advertir desde el principio que puede haber situaciones en las que el celibato está tan desenfocado en un sacerdote, por no decir deteriorado, que casi resulta imposible, y hasta me atrevería a decir que puede resultar incómodo, el ofrecerle unas pautas clarificadoras y unos medios de ayuda. Tampoco es bueno el que nos conformemos con esa actitud ambigua, aunque tal vez sincera que a veces escuchamos a los italianos: "sono un mediocre senza rimedio". Es verdad que aun en estos casos no podemos olvidar que "todas nuestras fuentes están en él". Y que él puede cualificar la pobreza de nuestra vida en cualquier momento.
- Sabemos bien que el celibato es en definitiva un compromiso de vida, sea con voto o no. Cuando nos adentramos en la realidad del compromiso en cualquiera de las opciones existenciales del hombre y especialmente del hombre creyente, nos damos cuenta enseguida que los compromisos son siempre muy lábiles (muy escurridizos) y muy expuestos. No hace falta más que observar con sinceridad y honradez nuestra propia vida. Y tanto es así que creo que es ahí donde percibimos con gran nitidez el peso de nuestra finitud y de nuestra fragilidad de criaturas. También, y como contrapunto, creo que es ahí donde podemos barruntar y descubrir la necesidad de la gracia y acción del Espíritu de Dios en nuestra vida. Dios no se descubre y se vive en el vacío.
- Y si decimos esto acerca de la realidad del compromiso en general, estoy convencido de que lo hemos de decir de una manera más rotunda cuando hablamos de la opción celibataria de vida.
- Es cierto que solemos echar mano, tal vez en forma muy de cliché y un tanto desencarnada, pero no por ello incorrecta, de que el celibato es un don que no todos tienen la capacidad de asumirlo y que, por tanto, lo pueden aceptar sólo algunos: "no todos pueden con eso...sólo los que han recibido el don...hay quienes se hacen eunucos por el reinado de Dios. El que pueda con eso, que lo haga" (Mt 9,12); sin embargo aun esta afirmación restrictiva bien podemos decir que no supone una garantía en la realización y cumplimiento de aquellos que optan sinceramente por él. El don adquiere carta de ciudadanía en su apropiación, en su vivencia, en su tarea y en su fidelidad concretas. Y digo esto porque dicho don está entrañado en un entramado en el que concurren tal número de condicionamientos y actitudes que no es fácil mantenerlos todos "a raya", a punto y en juego, respectivamente, en todos los momentos y en todas las etapas de la vida, máxime cuando existen o pueden existir muchos desafíos imprevisibles, de un momento a otro, de una situación a otra, que ni siquiera podíamos sospechar. Desafíos no sólo desde el ámbito externo sino también desde nuestra propia configuración antropológica.
- Cuando afirmo todo esto podría dar la impresión de que la vivencia del celibato resulta casi, casi imposible. En absoluto. Sería una generalización injusta en relación a la mayoría de las personas, aun cuando tengamos que aceptar un cúmulo de debilidades en su haber. Lo que sí creo es que hemos de evitar en estas charlas el afrontarla como si se tratara de una investigación fría y despersonalizada del hecho en sí del celibato; y también habría que hacer lo posible por evitar el que se asome en mí y que de alguna manera yo me mueva con una conciencia previa de la imposibilidad del celibato puro y duro y evitar el llegar a justificarme, por generalizadas, las posibles trasgresiones o infidelidades. Lo que se nos exige a todos es avanzar progresivamente desde los posibles condicionamientos paralizadores y asumir de una manera sincera y lo más correcta posible las actitudes y medios que pueden ayudar a vivir y a apreciar gozosamente la opción celibataria. En definitiva, nunca podemos perder de vista que también el celibato exige un conatus essendi (un esfuerzo de ser).
- Y digo "avanzar progresivamente" y "de una manera lo más correctamente posible" porque ni tenemos una medida absolutamente objetiva y regularizadora para hacer frente a los condicionamientos ni podemos disponer siempre de la valiosa riqueza de los medios, sobre todo cuando entran como medios actitudes de fe y modelos de comprensión de la realidad misma del ministerio.
- Lo que sí creo que podemos afirmar con certeza es que resulta casi imposible una vida celibataria si no le prestamos la atención debida a las ineludibles condiciones humanas que intervienen o si no nos mantenemos firmemente anclados, por encima de los posibles episodios puntuales, en los medios y actitudes que la favorecen. Ciertamente que esto no es fácil. Muchas veces los reclamos puntuales de la vida van mucho más deprisa que nuestras respuestas de actitudes y criterios
- Por eso lo importante en unas charlas como éstas no será sólo el ver cómo estoy viviendo mi celibato sino sobre todo cómo estoy afrontando los posibles condicionamientos en los que me encuentro inmerso y cómo enfoco, aprovecho y vivo los medios que lo favorecen y mantienen. Lo primero podría ser un análisis sincero y una descripción de la situación del seminarista mayor-sacerdote, pero tal vez poco útil y dinamizador en mi vida presbiteral; lo segundo, nos puede conducir a tomar el pulso al conjunto de nuestra vida como seminaristas cercanos al sacerdocio, que es como creo que hay que afrontar la realidad del celibato (el celibato en el marco global de mi vida personal y ministerial)
- De lo que acabo de decir se desprende la necesidad de integrar nuestra vida celibataria en el conjunto de nuestra vida vocacional. Bajo ningún aspecto podemos tenerla o tratarla como un compartimento estanco o como algo que corre parejo. Creo que en esa integración es más fácil desenmascarar nuestras posibles carencias, ambigüedades, mecanismos de defensa, situaciones difíciles y, por supuesto, las riquezas en lo que concierne a nuestra vida celibataria; también creo que así podemos descubrir más fácilmente la necesidad que está requiriendo nuestro celibato de una cuidada y permanente atención para que no se convierta ni en un celibato mecánico asumido casi casi por resignación, ni en una dolorosa carga, ni en un artificio-base de componendas más o menos solapadas y crípticas, ni en fuente de culpabilidades dentro de un ministerio con el que de hecho nos podemos sentir gozosamente identificados.
- Como un apéndice, quiero terminar con una observación que creo importante y que tendríamos que tener en cuenta en el enfoque de la vida espiritual en general, y en este caso de la vida celibataria. En la actualidad, creo que la espiritualidad está muy marcada por un giro pragmático, que tiene un doble destino. Por una parte conduce a una espiritualidad de tipo intencionalista, con su correspondiente preponderancia de la intencionalidad del individuo (mi yo con mi celibato, mi propia comprensión y vivencia del celibato). Pero también conduce a una espiritualidad de tipo interaccionista. En esta última, la realidad del celibato no es sólo mi celibato, sino mi celibato en el contexto (background) de la Iglesia, de la diócesis, de mi comunidad concreta. Desde este doble destino, afrontar la realidad del celibato no puede consistir sólo en llegar a efectuar una respuesta comportamental ya determinada, sino en proyectar posibilidades y configurar una acción efectiva sobre el hecho mismo del celibato (necesidad de una especie de imaginación colectiva). De ahí que tengamos que movernos con una metodología capaz de ir iluminando nuestra intencionalidad y capaz de fecundar una imaginación colectiva desde la vivencia de nuestro celibato en la Iglesia y en nuestras propias comunidades
Posibles condicionamientos o "mapa de riesgos"
- Después de haber tratado de situar la realidad del celibato en su perspectiva de compromiso y en la dinámica global del ministerio, pedagógicamente vamos a tratar de ver sus posibles matices y cargas condicionantes en el ámbito histórico, en el psicológico-antropológico y en el ambiental-cultural. Todo ello con la intención de que nos pongamos en camino de iniciar un proceso de auto-encuentro, siempre imprescindible, y una búsqueda inmisericorde de claridad con uno mismo y con la propia vocación. Y digo inmisericorde porque en esta realidad no valen las medias tintas o las componendas. Estaríamos abocados al fracaso.
- Y para hacerlo eficazmente creo que tiene que entrar de lleno una metodología participativa desde la propia situación y experiencia personal y desde una preocupación educadora como sacerdotes. Y aquí quiero expresar una advertencia: con esta metodología de ningún modo quiero invadir el espacio afectivo de uno. Bien podéis creer que mi deseo es el de la más sincera ayuda fraterna. Por otra parte, quiero que quede claro que esta ayuda no estará marcada por una línea prescriptiva y aleccionadora, sino por una línea ofertante.
- El celibato, una ley eclesiástica
- Sin entrar en valoraciones, no podemos pasar por alto (se hace con frecuencia) el hecho de que el celibato es una ley eclesiástica, con una compleja historia de asentamiento, de aceptación, de formulación y hasta de "ribetes de picaresca". En la actualidad, que es lo que nos interesa, esta ley va inexorablemente unida al ministerio sacerdotal. Pero no le es de por sí algo esencial, como muy bien sabemos todos. No nos debe pues extrañar el que surjan grupos en la Iglesia, aunque sean minoritarios y tal vez marginales, que se oponen a ella o al menos buscan liberalizarla (pensad p.e. en el grupo que va tomando cuerpo en la Iglesia: "Somos Iglesia"). Y si somos sinceros creo que en casi todos, aunque la aceptemos de buen grado, existe una sospecha subliminal en torno a su obligatoriedad. Sencillamente porque hoy parecen molestas las exigencias formales, por no decir jurídicas. Estamos pues ante una ley eclesiástica que, como toda ley eclesiástica, necesitamos enraizarla y encarnarla en motivaciones bíblico-teológico-pastorales, si no queremos que quede relegada en la práctica a una pura y fría aceptación, con las posibles y sutiles estrategias de "buscarle las vueltas" y las justificaciones. Con razón decía san Alfonso Mª. de Ligorio: "No basta realizar obras buenas, sino que es preciso hacerlas bien. Para que nuestras obras sean buenas y perfectas, es necesario hacerlas con el fin puro de agradar a Dios" (Pratica di amar Gesù Cristo, VIII,3). Por eso no he querido pasar por alto este aspecto que creo necesario señalar.
Metodología
- Creo que será bueno comenzar por leer la breve trayectoria histórica que os voy a entregar [lectura]. Puede ser interesante el que [pongamos en común algunas apreciaciones rápidas que hemos podido sacar y entresacar]
- Una vez hecho ese intercambio rápido, podemos pasar a señalar algunas posibles motivaciones bíblico-teológico-pastorales de esta ley eclesiástica [las ponemos en el encerado y hasta las podemos jerarquizar]
- Personalmente, en este momento de tu vocación, ¿ves esta ley eclesiástica como un condicionamiento (lo que tengo que pagar por ser cura) o vas llegando a verla y asumirla como un valor positivo en sí mismo, que te enriquece y te estimula en tu vocación? [se respeta la expresión pública o no de respuestas, pero sí sería bueno el ver la tónica general al respecto]
- Entra en juego el proceso personal de maduración psicológica y de maduración sexual y afectiva
- No podemos pasar por alto el hecho de que el proceso de la madurez psicológica, sexual y afectiva de la persona puede llevar consigo otros tantos condicionamientos para una vivencia positiva del celibato. Mi experiencia del acompañamiento espiritual me da pie para hacer esta afirmación. Con ello pretendo que todos lleguemos al convencimiento de que la buena disponibilidad y la aceptación sincera de la opción celibataria no son suficientes ni son una garantía estable de su vivencia. A su vez también estoy convencido, y creo que es importante constatarlo, de que una buena vivencia del celibato puede incluso "ayudar a" y complementar el proceso de madurez psicológica y sexual- afectiva. Tampoco quisiera que olvidáramos esto.
- Sería de ingenuo el no advertir que en este terreno hablar de "madureces" es algo muy expuesto y nuestros intentos de formular ayudas y soluciones son muy limitados. Las antropologías actuales nos están abriendo muchas perspectivas pero también nos sitúan en muchas perplejidades en relación a la auténtica realidad del hombre. Podemos señalar algunas manifestaciones y algunas directrices concretas, pero nada más y siempre nos queda la duda de los ritmos y procesos personales de esas maduraciones, porque de hecho aquí entran en juego otros factores y...también, ¡cómo no!, la gracia y la ayuda de Dios. En todo caso, siempre es bueno el que presentemos unas pautas como elementos disponibles para la autoobservación y la autocomprensión. Sabiendo que con ello no es que lleguemos ni mucho menos a comprendernos, pero sí podemos llegar a dilucidar un poco más nuestra vida.
Metodología
Maduración psicológica
- Aunque lo presento esquemáticamente, sería bueno el que comenzáramos leyendo la caracterización ya casi stándar de lo que podríamos entender por rasgos de una madurez psicológica [lectura del folio aparte que entrego]. Es cierto que este esquema es muy versátil. Pretendo nada más que la lectura deje en nosotros un poso de interés para tratar de conocernos un poco mejor.
- A la vista de estos tal vez fríos esquemas, ¿qué es lo que más echarías de menos o verías un tanto deteriorado en tu propia configuración psicológica? Es importante esta percepción con el fin de invertir esfuerzos en la precisa(a) carencia(s) que observas en ti. Todo ello redundará sin duda en un más sano y consciente equilibrio de la personalidad, necesario por otra parte, aunque ni mucho menos exclusivo, para la vivencia celibataria [dar un tiempo de introspección personal].
- Creo que también es provechoso en este análisis de la situación personal el ver si en mi personalidad van apareciendo tendencias, posturas, escapes que hacen de la propia autonomía el criterio decisivo de madurez psicológica. Hecho bastante normal en la mentalidad fragmentaria de hoy, con su defensa a ultranza de la irremplazable individualidad . Y si digo esto es porque la propia autonomía con toda su riqueza positiva que conlleva y con toda la madurez que entraña, lo sabemos muy bien, no es una realidad ingenua, y menos en relación al celibato. Llegados aquí me gustaría indicaros que algún día leyerais el libro del pensador canadiense Charles Taylor, Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna, Barcelona 1996. Es muy interesante y provechoso para situarnos adecuadamente ante nuestra propia realidad. Esta preocupación por nuestro propio yo nunca debe ser vista como un lujo o como una recomendación.
Maduración sexual y afectiva
- Llegados aquí no vamos a detenernos en la comprensión del proceso de la sexualidad en nosotros. Sería demasiado amplio y podría ser objetivo único de un estudio. Es suficiente el señalar que los procesos iniciales de la sexualidad de uno (contextos) y el proceso de formación que se ha seguido en este ámbito tienen su incidencia de cara a una sana vivencia celibataria. Sin duda que nuestra sexualidad es fruto de una larga biografía que hunde sus raíces en los primeros acontecimientos de la vida, donde se entremezclan la biología, la psicología y el entorno social. Y tengo que decir que el producto no siempre pasa los controles de calidad, y es difícil que no tenga algún defecto de fabricación, aunque nosotros mismos lleguemos a considerarnos y se nos considere lo suficientemente maduros para dar el paso a la aceptación del celibato. Algo, por tanto, que siempre hemos de tener en cuenta.. Aquí y ahora yo me conformaría con señalar que en cualquiera de nuestras vidas existe una relación estrecha entre los dos ejes importantes de nuestro proceso personal de crecimiento y maduración: el eje normativo y el eje emocional-afectivo. Nos lo han indicado los expertos en este campo (F. López) y la verdad es que no solemos prestarle mucha atención. ¿Qué supone en nosotros esta afirmación? En primer lugar, hemos de empezar por reconocer esa relación (a nivel del tipo de educación recibida y en nuestro propio talante normativo de vida). Hemos de convencernos que las "autorrealizaciones" en abstracto no existen por mucha ideología y por mucha tasa de "liberación" que le echemos. Y casi me atrevería a decir, sin absolutizar, que como sea mi visión normativa de la vida así será en buena medida mi expresión sexual-emocional-afectiva. En segundo lugar, yo distingo tres tipos de vivencia normativa en la persona: la permisiva, la autoritaria o rígida y la equilibrada. Seguro que no se dan en estado puro. Cada uno de esos tipos tiene una expresión y tipificación emocional bastante específica. Con todo, evidentemente no somos robots, y menos esclavos de unas clasificaciones siempre aleatorias. Y en tercer lugar y lógicamente, creo que lo que se nos pide a nosotros es situarnos en una vivencia normativa lo más equilibrada posible. Por tanto, lo que deberíamos hacer ahora sería ver qué criterios y actitudes consideraríamos hoy expresión de una normativa equilibrada de vida. Ello redundará en beneficio y equilibrio de nuestra propia expresión emocional. Por tanto, aquí tenemos otro elemento al que podemos prestarle atención para nuestro proceso de maduración celibataria.
Metodología
- [Expresar en grupo criterios y actitudes de lo que podría ser una normativa equilibrada en la personalidad de uno].
- [ Lectura del folio aparte que entrego sobre la madurez afectiva]
- [Señala dos o tres puntos de esta lectura que sirvan para destacar algún aspecto importante que nos exige un proceso de maduración afectiva. Los expresamos en grupo]
- La libido sexual. La sublimación de la sexualidad
- La opción por el celibato para mucha gente le resulta una cosa extraña. ¿Cómo es posible que haya seres humanos que se arriesgan a dejar de lado en sus vidas una de las dimensiones más hondas y significativas de la persona?
- Para responder a esto, simplemente a nivel humano, generalmente se suele echar mano de los psicoanalistas y por eso, aunque sea con ignorancia, acudo a ellos. Éstos para explicar esta elección, por supuesto sin entrar en la realidad de "don", usan el término sublimación, aunque no llegan a explicarse y a explicarnos de una forma convincente el proceso de la sublimación (recordemos a Freud hablando sobre esto).
- ¿Qué sería pues la sublimación? El hombre tiene una energía libidinal (muy marcada por la inercia, la necesidad, la viscosidad...: instintos, pulsiones) con unos objetos y fines. ¡Ojo! Cada uno tendría su propia "economía libidinal", según Freud, y que es importante tenerlo en cuenta para entender los procesos personales de crecimiento. Pues bien, la sublimación sería un modo de actividad que desplaza (no elimina) esa energía libidinal (pulsional e instintiva) hacia fines y objetos valorados socialmente o religiosamente, p.e., y alejados de sus primitivos objetos y finalidades. La sublimación pues nos capacita para dar una salida no neurótica a la insatisfacción de nuestros deseos libidinales.
- Habría que decir que la sublimación se da en todo ser humano de una forma u otra. En todos existe en mayor o menor grado el intento de neutralizar, de transformar la propia instintividad. Para ello, los psicoanalistas hablan también de la necesidad de una simbolización que, atemperando la fuerza de las pasiones primeras, trasciende los objetivos originales de esas pulsiones. No es fácil entender los mecanismos de todo este proceso, como os decía al principio, pero creo que es suficiente con lo que acabo de decir.
- Una vez dada esta breve explicación de la sublimación, lo que realmente nos interesa ahora es situarla en nuestra propia vida. Empiezo diciendo que cada uno de nosotros tenemos una mayor o menor capacidad para sublimar. ¿Hasta dónde? No es fácil responder a esta pregunta. Tal vez nuestro talante existencial y nuestro entusiasmo ministerial pueden ser un buen baremo para responder a esa pregunta. Lo que hay que dejar ya por asentado es que la sublimación no es cuestión de mera voluntad o de unos propósitos muy elevados. Una vida célibe necesita del empeño personal, ¡cómo no!, pero no basta el mero empeño para sostenerla.
- Lo que sí podemos dar por seguro es que para que la sublimación pueda darse se necesita una buena dosis de ideal. De ahí la importancia de la educación en esta línea. Podemos decir claramente que los ideales del yo serán los que, a través de las identificaciones que se van dando en el desarrollo de la personalidad, podrán atraer para sí parte, digo parte, de la energía libidinal. Los ideales son pues motivadores, por ser creadores de identidad y dadores de sentido.
- Esto nos indica que si los modelos de identificación, con los cuales se construye y se transforma el propio yo, muestran primariamente la realización directa de los deseos pulsionales, las capacidades para la sublimación se verán seriamente disminuidas, por mucha espiritualidad que le echemos.
- Quiero haceros notar aquí que la interrelación entre la capacidad de sublimación y los ideales del yo significa que la sublimación pasa por un proceso en el que la libido narcisista ocupa el lugar más relevante. Es el propio yo el que en sus ideales se va cargando de afecto, de pasión y de entusiasmo.
- Si la libido narcisista del yo es pues un paso necesario en el proceso de sublimación, posteriormente el deseo pulsional ha de desprenderse del propio yo para volverse a la alteridad de un nuevo objeto, que es el que ha de condensar la energía afectiva del sujeto. Ojo pues aquí porque hay muchos célibes que mantienen una integridad perfecta en el ámbito de la castidad, pero sólo como expresión de una concentración de su energía libidinal en la imagen o en el ídolo adorado de sí mismos.
- ¿Qué nos estaría diciendo todo esto?
- En primer lugar creo que hay que evitar el pensar que una renuncia tan radical como la del celibato entraña riesgos y peligros imposibles de sortear (no sólo en la etapa de formación sino en la misma vivencia del celibato). Se hace necesario afirmar su viabilidad y que la sublimación puede ser un componente importante para renunciar sin un daño, digamos neurótico, a dimensiones muy básicas y originales del deseo sexual. Por supuesto, no con esto queda todo resuelto. Creo que hoy hay que matizar y complementar este concepto de sublimación. Personalmente me parece que la sublimación se sitúa en una visión del hombre demasiado extrínseca y mecanicista. Necesitamos una visión intrínseca y hermenéutica que haga justicia a las relaciones de autointerpretación del hombre con su yo y con su mundo, como muy bien nos pone en esa pista Charles Taylor. Pero esto es otro asunto que necesita una elaboración seria y creo que éste no es el momento de hacerla.
- En segundo lugar, creo que hay que evitar la "enfermedad de la idealidad". Existen muchos discursos y tratados sobre el tema que hacen pensar en una sexualidad negada y corrompida más que auténtica y elegantemente sublimada. Esta sexualidad idealizada puede jugar malas pasadas en cualquier momento.
Metodología
- [Para comenzar nuestro trabajo, creo que sería bueno que cada uno reflexionáramos un poco para ver a vuela pluma si nuestra libido está todavía anclada en la línea de una libido narcisista o está más marcada por la línea de la alteridad, objetivo definitivo de la sublimación]
- [Desde esta misma perspectiva de la sublimación, me gustaría que viéramos la realidad de nuestras relaciones interpersonales (p.e. en nuestra comunidad). Es decir, ver si mis deseos pulsionales no están depositados en mi propio yo, bloqueando el acceso a la alteridad, con las consiguientes consecuencias en las relaciones interpersonales: relación de dependencia (reducir, consumir al otro, o dejarse reducir o consumir por él); relación de dominio, de poder y de control, sometiendo al otro como a un mero objeto de posesión].
- En el ámbito concreto de tu propia sexualidad, es importante que veas dónde centras tu preocupación: ¿en el control corporal o genital? ¿en las atracciones más profundas del corazón, en donde está tu tesoro? ¿en una y otra? ¿en ninguna de las dos? [reflexión personal]
- Aunque puede parecer algo excepcional, me gustaría que no dejáramos en el tintero algunos puntos controvertidos que nos señalan los expertos en este campo y que será bueno tenerlos en cuenta [podemos hablar en grupo sobre ello]:
- la opción por el celibato puede venir fácilmente a ocultar el intento de permanecer inconscientemente unido a la madre o al padre. Resulta muy difícil la sublimación cuando existen fijaciones de corte patológico.
- La opción por el celibato también puede responder al intento de huir de una homosexualidad no reconocida ni aceptada a la que se impide el camino de la sublimación y de la sana integración en un proyecto de vida sacerdotal.
- Contexto actual
- Sin duda que no podemos prescindir del hecho de que el celibato lo vivimos en un contexto histórico-cultural concreto que, en principio, bien podemos constatar que no es de tendencia y de condiciones muy favorecedoras ni del celibato en sí ni de una maduración sexual y afectiva de la persona. No me voy a detener en la descripción de esta realidad. Los estudios son abundantes. Lo que sí es bueno que veamos su carga de condicionamiento, sobre todo en nosotros mismos. Me gustaría que todos algún día pudiéramos leer la novela de Milan Kundera La identidad, Barcelona 1998. Creo que nos da una buena radiografía de la situación y nos provoca casi imperceptiblemente a una reflexión positiva y descubridora de la realidad en la que nos movemos y cómo nos desafía en nuestro celibato . No me gustan las descripciones generales que se hacen de la realidad, al estilo p.e. de Cencini.
Metodología
- Ver la incidencia del propio contexto en el que uno vive en relación a la vivencia personal del celibato. ¿Cuáles serían los obstáculos y dificultades más evidentes y significativos que ves? [reflexión personal]
- Es de suponer que esos obstáculos y dificultades deben encontrar en nosotros lo que podemos llamar unas "defensas" de la vida celibataria (que muy bien sabemos que no valen sólo a nivel teórico) [reflexión personal sobre las propias "defensas" (prácticas y de actitudes) y otras posibles "defensas"]
La vivencia del celibato desde la fe
Una vez vistos algunos posibles condicionamientos en el proceso de una maduración celibataria, con algunas respuestas-pautas para afrontar de forma positiva esos condicionamientos, vamos a dar el paso más importante: la vivencia del celibato desde la perspectiva y vivencia de la fe. Supone haber visto todo lo anterior para que nuestras orientaciones teológico-espirituales puedan anidar en un terreno más abonado. Terreno abonado que por sí solo, repito una vez más, sería del todo insuficiente
1. El celibato vivido desde una fe trinitaria
- La vida celibataria es un existencial humano en el que el amor y la sexualidad adquieren o tendrían que adquirir una dimensión nueva. Lo que hemos visto hasta ahora nos habla de que ese existencial se topa con algunos condicionamientos y dificultades. Por eso bien podemos insistir en que "no todos pueden con eso. Tan sólo los que reciben el don". Seguramente menos que aquellos a quienes se les exige por ley.
- Dando por supuesta la necesidad de la sublimación, hemos de partir ahora de la afirmación de que nunca se sublima de una vez por todas y que nunca está garantizado el mantenimiento de una sublimación iniciada en un momento dado. Eso sí, aunque no está garantizada, tampoco está cerrada por completo a la posibilidad de acrecentarse, fortalecerse, estabilizarse. Y digo esto porque en nuestras manos está el favorecer circunstancias que vengan a reactivar las sublimaciones emprendidas. Esto es una tarea permanente aun cuando hayamos llegado a vivir nuestro celibato con bastante serenidad.
- Y el eje central de esta reactivación tiene que ser sin duda la vivencia de la fe y desde la fe, vivencia de la fe no exenta, por supuesto, de un trabajo responsable, progresivo y exigente.
- Quisiera en este momento señalar que el proceso vivencial del don de la fe tendrá que partir siempre de una adecuada comprensión y vivencia trinitaria que, al mismo tiempo, nos conduzca a una simbolización sublimatoria del sentido de nuestro celibato. Voy a dar unas pinceladas respecto a la comprensión y vivencia trinitaria. Quiero advertir que no es un convencionalismo del lenguaje el hecho de que ponga en relación la visión trinitaria con el celibato.
- Comprensión y vivencia de Dios Padre
- Dios Padre, aun con toda la riqueza que Jesús nos ha expresado de él, es el totalmente otro que no puedo poseer ni controlar. De ahí que Dios en la vida del hombre tenga que ser siempre objeto de una búsqueda permanente. Al aceptar el celibato estoy diciéndome y al mismo tiempo confesando que, más allá de toda la riqueza y satisfacción que me puede proporcionar la dimensión sexual de mi persona, que de hecho me puede relanzar a una búsqueda de mayor plenitud, me sitúo voluntariamente en una todavía más sentida, asumida y nítida experiencia de finitud como camino favorecedor de una permanente búsqueda del Dios totalmente otro y como camino de un desasimiento de todas mis posibles imágenes, ídolos y sucedáneos de Dios.
- Con ello, y aunque sea sólo a nivel de principio, estoy confesando que sólo Dios puede ser la plenitud del hombre. Dios se convierte así en el fundamento, la conciencia y el sentido de nuestra plenitud. Es verdad que el amor sexual humano está sostenido por un deseo de plenitud en el encuentro con el otro. Y es bueno, ciertamente bueno, porque de hecho tiene capacidad para dinamizar la misma realidad humana del amor, aun cuando también ahí lleguemos a experimentar la insatisfacción y el vacío (el agujero ontológico incolmable). Al aceptar el celibato estoy diciéndome y confieso con mi silenciosa y gozosa intemperie que sólo Dios es capaz de sostener ese deseo de plenitud que existe en el hombre y lo confieso en un horizonte abierto de libertad.
b) Comprensión y vivencia de Dios Hijo
- Hemos llegado a comprender que nuestra vida creyente es fundamentalmente un seguimiento de Jesús y un reconocimiento de su señorío: "Jesús es Señor". Al aceptar el celibato estoy confesando la radicalidad del seguimiento de Jesús, igual que lo confieso con la pobreza y con la obediencia teologal...
- Para vivir esa radicalidad está claro que he tenido que descubrir y aceptar en mi vida a Jesús como el valor central, como la pasión, el tesoro de mi vida. Sin una identificación existencial con Jesús, vivida en la oscuridad de la fe, en el gozo del encuentro con él, creo que resulta imposible el celibato. Con mi celibato, humildemente aceptado y vivido, estoy reconociendo y aceptando el señorío de Jesús sobre mi sexualidad y afectividad, sin menoscabo en absoluto de su grandeza y de su valoración.
- Comprensión y vivencia del Espíritu santo
- Entre nuestras aproximaciones al Espíritu, tenemos claro que el Espíritu santo es la presencia vivificadora (fons vitae) del amor de Dios entre los hombres. Presencia derramada en todos los esfuerzos y expresiones de amor existentes en el mundo, también en el modelo nuevo del amor expresado por el celibato, como una propuesta de otra manera de amar. Bien pues podemos decir que el celibato como amor nuevo es un don del Espíritu a la Iglesia y a la humanidad. Es un don tan nuevo que es un signo anticipador del amor definitivo en la vida eterna. No podemos pues olvidar en nuestra vivencia sacerdotal del celibato esta dimensión escatológica. Nuestra vida celibataria no es sólo una alternativa social al amor sexual. Entraña un anticipo visible y confesante del Reino de los cielos.
- Pero aquí, para no malinterpretarlo, querría señalar el verdadero sentido y lugar de esa dimensión escatológica del amor celibatario. Echo mano de ese pequeño libro tan bonito de J. Moltmann, El Espíritu santo y la teología de la vida. Dice Moltmann: "Una tarde leí en Agustín, Confesiones X,6,8: ¿Pero qué es lo que yo amo, puesto que te amo a ti? Yo le respondí aquella noche: Cuando yo amo a Dios, entonces yo amo la belleza de los cuerpos, el ritmo de los movimientos, el brillo de los ojos, los abrazos, los sentimientos, los sonidos de esta creación variopinta...Todo quisiera yo abrazarlo cuando yo, Dios mío, te amo a ti, porque yo te amo con todos mis sentidos puestos en las criaturas de tu amor. Tú me esperas en todas las cosas que se encuentran conmigo". La experiencia del Espíritu profundiza las experiencias de la vida, también la del amor. Sólo desde ahí nuestro amor celibatario puede hacerse amor escatológico.
2. El celibato vivido por el Reino
- Sin duda alguna, una adecuada comprensión y vivencia del Dios trinitario, desde la fe, puede suponer en el sacerdote una afirmación positiva, consciente y llena de sentido de su celibato, como acabamos de ver. Y sin duda que es una fuerza dinamizadora imprescindible para motivar y aceptar una vivencia celibataria. Sin embargo, quiero decir que con ello seguramente podemos motivar, justificar y aceptar nuestro celibato, pero creo que no sería suficiente para mantenerlo (no somos ángeles).¿Qué faltaría? Desde nuestra identificación con Jesús y su causa (nuestra vocación radical de sacerdotes), nuestro "yo ideal" se pone en movimiento y en función de una alteridad bien determinada: el reino de Dios ("célibes por el reino de los cielos").Tanto es así que bien podemos decir que no se es célibe por Dios sino por su Reino.
- Jesús fue un hombre apasionado y absorbido por el reino de Dios. Este proyecto del Reino acaparó lo más decisivo de su afectividad. Tanto es así que su talante y conducta generales bien podemos decir que son un paradigma para toda vocación celibataria. "Hacerse eunucos por amor al reino de Dios" (Mt 19,12). Por eso podemos decir que cuando la preocupación por el reino de Dios no se constituye en el polo fundamental condensador del deseo, el celibato consagrado pierde todo su poder testimonial y, por supuesto, la fuerza para su vivencia.
- Quisiera hacer algunas observaciones. Cuidado con la concepción del Reino. El Reino no es una construcción imaginaria. Tiene unas coordenadas espacio-temporales e históricas bien determinadas, con unas referencias de orden social, económico, político y cultural, según las diversas épocas históricas y según los diversos contextos geográficos y culturales. Es decir, teniendo en cuenta el celibato, la pasión por el Reino es una pasión por unos seres de carne y hueso, especialmente los más desfavorecidos, y por unas realidades concretas que se constituyen en depositarios de la energía afectiva del célibe. La libido del célibe se ve solicitada en las tareas sociales, pastorales y evangelizadoras del Reino y hacia ellas la orienta. El signo de que el deseo pulsional está auténticamente liberado nos lo dará el gozo, la satisfacción, la alegría y el bienestar del célibe. Los tonos sombríos de los célibes pueden ser signo de que su mundo afectivo-sexual no anda del todo bien. Hay que estar pues muy precavidos para que la tarea del Reino no se quede en nosotros como una pasión abstracta y sobre todo narcisista.
- Este modo concreto de vivir el deseo pulsional no se hace en función de un sacrificio agradable a Dios (cuidado con las falsas ascéticas), sino en función de ganar una mayor libertad y disponibilidad para el servicio del Reino. Y aquí sí que tenemos que controlar nuestras libertades y disponibilidades para otros servicios.
- ¡Ojo! Voy a señalar otro aspecto para no caer en el angelismo. Llevamos como Ícaro alas de cera. Esa pasión por el Reino y el modo de vivirlo mostrarán las marcas, los rastros, las carencias, las aspiraciones, las cicatrices incluso de nuestro pasado. Esa pasión por el Reino la dinamizaremos desde ese pasado. Por eso tendremos que ver muy bien cuáles son los mejores aspectos que nos movilizan y las lacras que nos marcan. Tarea sin duda importante.
- Aunque sobre esta realidad podríamos hablar muchas más cosas, voy a terminar con otra constatación importante: la renuncia, por vía de sublimación, no canaliza todo el deseo pulsional del sacerdote. Una parte de ese deseo, sobre todo en su dimensión genital, permanece vivo en su aspiración originaria. Aquí, y para controlar y mantener la renuncia, sólo podemos contar, aunque parezca un argumento un tanto desangelado, con una sana inhibición y una renuncia consciente a la pulsión (la ascesis también es importante).
- En la línea de signo, quiero señalar que el celibato tiene que expresar en todos nosotros la misma orientación y el mismo peso específico que expresa el Reino: a) el celibato tiene que ser un piloto de alerta para nuestra acción liberadora; b) tiene que ser un piloto de alerta para nuestra renuncia al poder; c) tiene que ser un piloto de alerta para nuestra solidaridad con los últimos; d) tiene que ser un piloto de alerta para mantener en pie la llama profética; e) tiene que ser un piloto de alerta para alentar el encuentro con el Señor y la necesidad del perdón y de la misericordia
- Un celibato firme, progresivo y humilde
Voy a trascribir aquí algo de lo que el año pasado nos decía don Juan María Uriarte sobre estos aspectos del celibato. Me parece sencillamente bueno.
- El celibato debe ser firme
- ¿En que consiste esa firmeza? Schillebeeckx la califica como "la imposibilidad de dar otro sentido a la propia existencia". E. Royón dice: "Me atrevería a afirmar que el celibato por el Reino sólo es viable para aquel que lo ha integrado en su vida espiritual hasta tal punto que una modificación en la legislación de la Iglesia no cambiaría nada para él".
- El celibato es una realidad progresiva
- Hay fases diferentes en la evolución positiva del celibato. En el celibato Jesús no nos pide "todo y ahora", aunque sí nos pide lo máximo que en cada fase podamos ofrecer. Es importante no pedirnos ni más ni menos de lo que el Señor nos pide.
- La línea de progreso del celibato no es la recta sino la ondulada. La trayectoria real de un celibato no es la descrita por un reactor en el firmamento; es más bien la del ave herida que, una y otra vez, intenta remontar su vuelo. Un celibato no se mide por la cantidad de debilidades que arrastra (aunque estas debilidades son un buen indicador, por lo general), sino por el amor, la voluntad de superación, la trasparencia comunicativa, la firmeza de nuestra decisión, la alegría de nuestra consagración.
- Hemos de auscultar y sondear nuestro corazón para ver si nuestro celibato real es: ascendente, descendente, estancado. La misma falta moral no tiene la misma significación si es un accidente en un proceso de crecimiento que si es indicador de una decadencia o de una actitud de abandono.
- El celibato nos hace ser humildes
- El celibato es una filigrana del Espíritu. Como tal es delicado e incluso frágil. En pocas áreas de nuestra vida nos sentimos tan frágiles. En parte, quizá, porque "muchos hilamos más fino" en castidad que en pobreza, en caridad o en humildad. En parte también porque es algo bello, pero paradójico, como esas construcciones que parecen de orfebrería y dan la impresión de tener cimientos endebles. De lo que no hay duda es de que: el celibato es escuela de humildad y fuente de esperanza. No lo podemos olvidar nunca por muchas técnicas y por muchos medios de las y de los que podamos disponer.
- Y porque se trata de un don especial y porque todos somos frágiles en él se hace necesario, con necesidad de medio, la oración. Orar por nuestro celibato y por el de nuestros compañeros es una consecuencia de su naturaleza teológica y de nuestra debilidad antropológica.
Metodología
- Después de [leer] este apartado de "la comprensión y vivencia del celibato desde la fe", podríamos hacer un intercambio de los puntos más importantes: vivencia trinitaria, la realidad del Reino, el nivel de firmeza que inyectan en nuestra opción celibataria, las posibles dificultades, algunas aclaraciones desde nuestra propia vivencia del celibato....
Algunos puntos concretos en una línea formativa
Introducción
- Vamos a tratar algunos aspectos concretos relacionados con el celibato en la vida del sacerdote.
- Quiero advertir que no es tarea fácil. Es verdad que lo que se intenta en un encuentro como éste es tratar de apuntalar lo mejor posible el celibato desde una vivencia espiritual correcta y desde "un sentido común" del ejercicio de la vida que favorezca el cuidado del celibato.
- Pero esto no es todo. El diseño de una vida y de un psiquismo tiene unas "reglas" que es necesario descubrir y asumir si queremos integrar correctamente el celibato en la vida. La razón es muy sencilla: muchas veces en nuestro intento de vivir nuestro celibato podemos tener la impresión de estar dando palos al aire sin saber de dónde vienen realmente los tiros. Me atrevo a decir que son reglas simples como pueden ser las del juego del ajedrez pero que sabemos que generan jugadas muy complejas.
- Por supuesto que no puedo estar de acuerdo, como muy bien nos señalan los grandes científicos en este ámbito, p.e. Patrik Bateson, en que nuestro psiquismo tiene un crecimiento y un desarrollo que podemos leer en los genes y que habrá que esperar a que el proyecto del genoma humano esté completado y de este modo tengamos por así decirlo como el libro de la vida, del psiquismo humano. Los grandes científicos se orientan y nos orientan hacia un esfuerzo de ir descubriendo y entendiendo las reglas que producen nuestro diseño de la vida (especialmente en los primeros años). Por eso hemos de estar muy atentos a lo que ellos nos van indicando, sobre todo en el campo de la biología de la conducta, además y sobre todo de nuestra mejor y más adecuada vivencia espiritual. Comprenderemos y nos comprenderemos mucho mejor. Es curioso el que estos científicos nos señalen la falta de una comunicación sincera de nuestro psiquismo para poder ir descubriendo esas reglas. Tendríamos pues que comunicar más nuestro mundo interior. Ahí está pues ese desafío permanente.
- Por otra parte, hay un punto muy clave en nuestro psiquismo que tiene una gran inicidencia en muchas de nuestras expresiones sexuales. Me estoy refiriendo al mundo de "los deseos". Los deseos con unos mecanismos muy difíciles de desenmarañar. En nuestro mundo educativo lo solemos pasar por alto. Me parece una gran laguna y un gran error. Es una preocupación permanente en el pensamiento: pensar p.e. en Freud, en Merleau-Ponty, en Lévinas y en la actualidad es un tema que suele aparecer en casi todos los estudios del psiquismo humano. Os lo digo como un reto para todos vosotros. Yo estoy estudiando un poco todo esto y me parece una realidad que nos puede ayudar a entender un poco o un mucho más nuestra sexualidad. Para que no se os haga muy cuesta arriba, os recomendaría comenzar con una novela del autor húngaro Sándor Márai, El último encuentro, Emecé, Barcelona 1999.
- La masturbación y el celibato
- El hecho de la masturbación está ahí, más generalizado de lo que puede creerse. El acompañamiento espiritual así me lo confirma. Lógicamente no tenemos unos datos estadísticos. En USA, Jackinworld hizo un estudio de jóvenes entre 20-35 años, jóvenes normales y jóvenes viviendo el celibato. Después de ver la frecuencia de la masturbación, alta pero nada clarificada, se centró más en los sentimientos que produce. Lo único que podría yo ahora destacar de ese estudio es que en los jóvenes en general había un 10% en los que se daba un sentimiento de culpabilidad, y aumentaba este porcentaje en relación a los célibes: un 19% experimentaban ese sentimiento de culpabilidad. No muy alto, como podemos ver, y hasta puede indicarnos algo. Esta visión casi coincidiría con el famoso informe A. Kinsey de los años 50 en que afirmaba que el 92% de los jóvenes veían la masturbación como un hecho normal.
- Será bueno expresar algunos puntos a tener en cuenta. En la Iglesia católica la masturbación se considera pecado grave. Pablo VI en 1975 señalaba la realidad de la masturbación como un grave desorden moral. Lo unía con la innata debilidad del hombre por el pecado original pero también lo unía con la pérdida del sentido de Dios, con la corrupción de la moral generada por la comercialización del vicio, la falta de un control en muchas publicaciones y entretenimientos públicos, así como el descuido de la modestia, que es la guardiana de la castidad...
- Quiero indicaros casi como anécdota un punto que me llama la atención. Casi siempre se ha fundamentado, de una manera especial, el pecado de la masturbación en 1Cor 6,9: malacoi oute arsenocaitai, como los que no tendrán parte en el reino de los cielos. No hay unanimidad en cuanto a su interpretación: en la Iglesia antigua se aplicaba la frase paulina a los hombres, digamos, de moral blanda; otros la refieren a las prostitutas de los templos paganos. Posteriormente y durante muchos siglos adquirió el sentido de aquellos que se masturbaban. En el siglo XX, no sé si como signo de una conducta más generalmente aceptada y permisiva en relación a la masturbación, se está traduciendo por homosexuales (casa de la Biblia, p.e.). De alguna manera da la impresión de que en la actualidad la concepción y conciencia general sobre la masturbación es lo que podríamos llamar un "tema blando" de la moral.
- Creencias médicas. En los s. XVIII y XIX se dijeron verdaderas burradas sobre la masturbación: que era mala para la salud, que producía desórdenes nerviosos, que crecía el pelo en las palmas de las manos, que la vista se estropeaba... Más recientemente se llegó a decir que produce el acné, que reduce la longitud del pene...Creo, y así lo aseguran la mayoría de los expertos, que todo eso es falso. Y a pesar de todo, creo que todavía persiste el mito de que la masturbación es físicamente dañina. Tampoco podemos creernos soluciones de un cierto humor naive. Nos pueden servir para introducir un poco el humor: se dice que el sr. Kellog inventó los cornflakes especialmente con el propósito de reducir el impulso masturbatorio, lo mismo que el señor Grahan Crack pensó lo mismo con sus galletas cracks.
- Humor aparte, lo que aquí nos interesa es dar pautas de ayuda para la educación del impulso masturbatorio que puede existir en todos nosotros. No es nada fácil y creo que el camino directo en la educación masturbatoria no sé si es el más correcto. Lo más que podemos hacer es ver qué motivaciones y contextos pueden favorecer esa realidad y tratar desde ahí afrontar la posible educación o enfoque de ese impulso. Educación que, como un medicamento de aplicación tópica, puede aplicarse a otras muchas realidades. Yo creo que no existe una educación o un tratamiento específicos para ello. Con ello también quisiera que nos diéramos cuenta que hay realidades en la persona, como la de la masturbación, que entran de lleno en una concepción antropológica global (A. Gehlen) y como tal habría que afrontarlas. La sectorización puede ser peligrosa, engañosa y poco útil. A veces teorizamos para sacar conclusiones donde tal vez no existen. No obstante me arriesgo a dar algunas pautas, porque nuestra percepción, para que no sea algo abstracto, tenemos que disolverla en detalles analizables.
- Sí que quiero advertir, antes de entrar en algunos contextos proclives a la masturbación, que tal vez tengamos que esperar más tiempo para desenmarañar un poco el enigma del psiquismo humano, también en relación a algunos aspectos de la sexualidad, entre ellos la masturbación. Y no me refiero al campo de la psicología, tal vez un tanto mecanicista y que no da mucho más de sí, sino a una neurología cuántica, todavía muy incipiente, que apunta a un horizonte de posibilidades de comprensión nuevas. Creo que puede ayudar a clarificarnos bastante en esa línea de una antropología global, de la que hablaba antes (ver p.e. R. Penrose, Las sombras de la mente, Barcelona 1996)
- Hay casos en los que la masturbación aparece sencillamente como si fuera un impulso de voracidad inminente, o bien como un cocktail de impulsos, o una sobrecarga sensorial (generalmente favorecido por alguna circunstancia o por alguna imaginación de ribetes eróticos o por un deseo de placer, sencillamente ) al que no ponemos demasiada resistencia. A pesar de experimentar algún posible sentimiento de culpabilidad, entramos fácilmente al trapo. Aquí bien podemos decir que D. Hume era realista cuando decía que "también la razón se hace esclava de las pulsiones". Y hasta llegamos a expresarnos y creernos nuestras justificaciones, previa y posteriormente. La mucha frecuencia de este primer caso tal vez puede indicarnos una falta general de autodominio en nuestro eje normativo. Una falta de dominio de sí que bien podría ser también expresión de alguna carencia importante en nuestra configuración psicológica que favorece un pacto fácil y frágil entre estímulo y respuesta. También es verdad que no hay evidencia de que sea una conducta inmadura. Nuestra atención tendría pues que dirigirse, según mi parecer, al eje normativo de nuestra vida y a nuestra propia configuración psicológica. No podemos dejar esta situación a nuestra inventiva de solución: "esperemos que pase", "ya llegarán las rebajas a medida que vayamos haciéndonos mayores"....Ni tampoco como hacía san Agustín cuando rezaba: "Señor, hazme casto, pero todavía no". Ojo también con nuestro baremo de madurez en este ámbito. Somos menos maduros de lo que parece y podemos creernos ante situaciones y escenas provocadoras, técnicamente diseñadas como generadoras de deseos y fantasías sexuales. No podemos pasar por alto que estamos en una cultura del estímulo y no de la renuncia y del sacrificio, palabra ésta última recubierta, por desgracia, de mucho polvo en la actualidad y que, seguramente, habría que desempolvar.
- Hay casos en los que la masturbación es señal y también fruto de una ansiedad (bien por poseer una personalidad insegura o bien por moverse dentro de un excesivo u obsesivo perfeccionismo). La tensión se acumula y parece necesitar de un escape a mano. En estos casos lo que tendríamos que afrontar de frente y sin rodeos es la realidad misma de la inseguridad y las posibles deficiencias en la concepción perfeccionista de uno: los inseguros tendrán que trabajar en el proceso de la autoestima y de la autoaceptación (en los diversos niveles de la persona) si es que quieren atajar su tendencia masturbatoria generada por la ansiedad. Los perfeccionistas tendrán que tomar conciencia y educar su carga narcisista, sobre todo cuando llega a cotas patológicas, que suelen aflorar sobre todo ante las manifestaciones públicas de la persona. Y esto porque uno se está jugando su imagen. En segundo lugar y aunque pueda parecer una solución más doméstica, para las cargas de ansiedad también puede ser muy beneficioso el ejercicio físico y los ejercicios y actividades de relajación (por cierto, ya lo indicaba así hace muchos años san Ambrosio).
- Puede haber casos en los que una pobre y resignada aceptación del celibato lleve a una actitud ambigua y más permisiva en relación a él. No suele ser causa frecuente. La masturbación puede ser expresión, en este caso, de una protesta, consciente o inconsciente, de una autoindiferencia permisiva frente a cualquier exigencia del celibato. El afrontar de cara esta situación tiene que pasar necesariamente por un proceso educativo paciente de valoración teológica y pastoral del celibato en sí (expropiación voluntaria y amorosa por Jesús y por la comunidad). Bien es verdad que a medida que pasan los años va asentándose esa aceptación, pero no es ésta la mejor premisa de un planteamiento.
- Hay casos en los que la masturbación no es más que un contrapunto sintomático a una pobre y mediocre vida espiritual y apostólica. La masturbación en ese caso puede ser o bien el escape a esa mediocridad y a esa falta de entusiasmo o bien puede provenir de la irrelevancia de respuesta a su trabajo apostólico. Esta última puede ir acompañada de una buena dosis de soledad que agudiza la situación. También puede hacer acto de presencia una sensación preocupante de no estar preparado para el ejercicio ministerial con el derrumbe que eso lleva consigo. Ciertamente que aquí no hay otro remedio que el tomarse el pulso de la propia vida y ministerio con una actitud honrada e ir tensando progresivamente los mástiles de la propia espiritualidad y de la vida pastoral y situar en su justo significado el trabajo ministerial en relación a los destinatarios. Somos nada más que enviados y administradores en nuestra misión. Serán importantes los encuentros comunitarios de intercambio. Actitudes de autosuficiencia, de autonomía personal, de derroteros personalistas pueden tener una influencia bastante negativa en lo que estamos hablando.
- Hay casos en los que la masturbación puede aparecer como consecuencia de un activismo exagerado sin el equilibrio que da una vida espiritual y de oración seria y correctamente vividas. Puede parecer una respuesta socorrida pero la verdad es que una vida de oración y una vivencia sacramental (eucaristía y sacramento de la penitencia) fuertes pueden ayudar a una mejora en esta dimensión del celibato.
- Hay casos en los que no resulta fácil detectar y señalar unas causas. Las condiciones y las actitudes generales de la persona parecerían favorables para que no se diera la masturbación y a pesar de ello se da y se sufre. En estos casos, creo que es muy importante la ayuda periódica de un acompañante espiritual y el situarnos en una actitud humilde de apertura a la misericordia gratuita e incondicional de Dios como un permanente estímulo a la fidelidad y a la vigilancia sobre nuestra siempre frágil condición. Aquí es donde podemos percibir y asumir con claridad nuestra fragilidad antropológica esencial, siempre necesaria, y la necesidad del perdón de Dios, también siempre necesario.
Metodología
Creo que sería bueno el que, después de haber escuchado estas indicaciones sobre la masturbación, [expresáramos en un folio sin nombre y mezclados], en qué situación (es) sacerdotal (es) de estas que hemos señalado uno podría verse mejor reflejado. Es importante terapia el tomar conciencia de nuestra propia ubicación sacerdotal (vida y ministerio).
- La homosexualidad y el celibato
Introducción
- El hecho de la existencia de personas homosexuales está ahí. Hay diversas interpretaciones y valoraciones de estas personas y que yo las englobaría en dos líneas claramente definidas: una más conservadora y otra más liberal (una menos comprensiva y otra más comprensiva con el hecho). Más allá de una y otra lo que nos interesa ahora es afrontar la realidad en sí de la manera más objetiva posible.
- Conviene precisar que se suele focalizar la orientación sexual de las personas en dos polos: el heterosexual y el homosexual. Debido a que también tiene su incidencia en la formación de nuestros seminaristas y sacerdotes, creo que hay que tener en cuenta al menos otra orientación: la bisexual.
- Quiero expresar unos puntos importantes que nos dan los especialistas en sexualidad humana: la mayoría de ellos creen que la orientación sexual está fijada y no se puede cambiar. Junto a esto, y hay que tenerlo en cuenta, se nos dice que pueden tener poco efecto las terapias de counseling y de espiritualización. Lógicamente, la línea conservadora no lo cree así.
- Es curioso notar que se han usado muchas técnicas para suprimir las tendencias homosexuales y crear tendencias heterosexuales: operaciones de cerebro en forma de lobotomías, castración, terapia medicamental, terapia del tedio... Ninguna de las terapias ha tenido mucho éxito. Eso sí, se puede persuadir a los homosexuales a que permanezcan célibes, se puede persuadir a los bisexuales a que delimiten sus actividades sexuales a los miembros del sexo opuesto....Pero no ha habido ninguna otra solución que se vea como clara y convincente.
- Existe un gran interés en ver si la homosexualidad es una realidad genética, ambiental o las dos cosas juntas. Se han hecho investigaciones, sobre todo en USA, en niños gemelos que se han situado en distintos ambientes. Los resultados nos dicen que si uno de los muchachos era homosexual, el otro situado en otro ambiente distinto también lo era en una proporción superior al 50%. Se concluyen los estudios con la afirmación de que puede haber también otras influencias además de las genéticas.
- Simon LeVay estudió los cerebros de personas que murieron por el SIDA. Encontró que el INAH3 (una estructura del hipotálamo) tenía una medida distinta en los heterosexuales y en los homosexuales. Le sirvió para afirmar la base biológica de la homosexualidad.
- No vamos a seguir con esto porque sería interminable. Se han hecho pruebas genéticas (cromosomas), estudios de los dedos índice y pulgar de la mano izquierda, pruebas del oído y muchas más. Recordad por la importancia que se dio a las pruebas que se hicieron cuando existía la Alemania del Este en relación a las hormonas que influyen en la red neural del cerebro y que se manifiesta en la temprana niñez. La homosexualidad sería, según esas investigaciones, un problema más bien hormonal.
- Concluiría diciendo que, según lo que yo puedo comprender en relación a esto, la opinión más generalizada sería que la homosexualidad se ve como un hecho genético, sin hacer una afirmación de ello del cien por cien segura. También la realidad ambiental tendría su influencia, aunque a escala menor.
La homosexualidad y el celibato
- Todo esto expresado sumariamente puede tener su importancia para afrontar el hecho incontestable de la homosexualidad en algunos seminaristas y sacerdotes. De entrada os digo que me ha llamado la atención el documento de la Congregación para la educación católica, Orientaciones para la educación en el celibato sacerdotal, cuando dice: "para que podamos hablar de persona madura, el instinto sexual debe superar dos típicas formas de inmadurez: el narcisismo y la homosexualidad". Me parece muy simplista.
- Al tratar este tema hay un hecho importante que no podemos pasar por alto. Es muy difícil que el homosexual se exprese con trasparencia a su educador o acompañante espiritual sobre su realidad concreta. Tal vez tiene unos deseos sinceros de ser sacerdote, pero teme que se le diga que no. Aquí es muy importante la intuición y experiencia del formador para descubrir esa realidad y para romper el bloqueo de una comunicación abierta y sincera.
- Sin entrar todavía en una tipificación de las distintas expresiones de homosexualidad, es conveniente ver algunas dificultades que de una manera u otra aparecen en todas las formas de homosexualidad. Mi experiencia de observación en este campo me hace ver que toda conducta homosexual es, de forma más o menos pronunciada, compulsiva, en sentido psicológico (no todos los expertos están de acuerdo en esto). ¿Qué quiero decir con conducta compulsiva? Quiero decir que es una conducta repetitiva, determinada, intencional, que se lleva a cabo en respuesta a una obsesión (idea permanente que domina al espíritu y va acompañada de un penoso sentimiento de ansiedad). El homosexual es consciente de que su personalidad tiene un cierto carácter patológico; puede luchar contra él, pero no puede separarse del mismo. Todo esto habría que tenerlo muy en cuenta. Pensad p.e. en la mayor comunidad de homosexuales del mundo, San Francisco. Se les advirtió por activa y por pasiva del gran problema del SIDA. Siguieron teniendo sus relaciones anales sin preservativos. Es verdad que en un principio bajaron un poco las relaciones (en un 1,5%), pero enseguida volvió a aumentar. Por parte del educador es bueno el que exista una comprensión hacia esa persona, pero no con ello mejora mucho en su situación. Me atrevo a decir que puede diferir su conducta pero con el peligro de que en cualquier momento pueda aparecer.
Tipos de homosexualidad
- Cuando hago esta tipificación me refiero a homosexuales que son seminaristas o sacerdotes. En primer lugar, hay lo que podríamos llamar homosexuales completos y activos. Aunque la ocultación es preocupación dominante, de hecho podemos suponer que se dan en ellos contactos homosexuales clandestinos. Es interesante ver algunas películas del gran director homosexual alemán Rainer Werner Fassbinder. Me encantó para conocer todo este mundo la película "The Merchant of Four Seasons". Bien es verdad que, según el punto de vista de Fassbinder, no sería la homosexualidad sino la normalidad la gran mascarada de la vida. Tampoco es eso, por supuesto. Hay que seguirles con una gran sagacidad pedagógica. El envoltorio primero y defensivo que aparece es su deseo sin fisuras de ser sacerdotes. Incluso en la revisión de su espiritualidad tienen una sensibilidad exquisita en relación al pecado, aunque en torno a su realidad homosexual guardan un silencio total. Personalmente, a seminaristas con esta realidad les aconsejaría abandonar el seminario. Se pueden ir haciendo cambalaches de solución pero son de textura muy frágil. Puede aparecer en cualquier momento su propensión a relaciones pederásticas más o menos envolventes.
- Uriarte señala otro tipo de homosexuales. Él los llama completos, pero no activos. Yo tengo muchas dudas no de esta tipificación, sino de su realidad. Puede ser que hayan llegado a un cierto dominio de sus impulsos, como él dice, pero existe escasa seguridad de que no aparezcan en un momento dado y sobre todo porque ese dominio de los impulsos suele manifestarse y de hecho se manifiesta con/en otros deterioros de la personalidad, especialmente en la rigidez de las concepciones de la vida creyente y del mismo ministerio. Cuando uno puede asomarse a su mundo, da la impresión de mucha artificialidad en el edificio de su vida. Mi experiencia en estos casos me empuja a afirmar la influencia negativa que tienen en un círculo de personas a las que manipula a su medida y según sus criterios, especialmente en una línea espiritual ritualista y conservadora. Es verdad que también puede asomar lo que podemos llamar el "síndrome Michael Foot", es decir, y extrapolándolo un poco, hacerse revolucionarios por su conciencia de un cierto fracaso ¡Qué difícil es con estas personas la realidad del presbiterio, de la fraternidad sacerdotal, el trabajo en proyecto! Yo les aconsejaría también dejar el seminario. En todo caso, antes de aconsejarles que dejen el seminario, tal vez puede ser positivo el obligarles a someterse a un estudio clínico.
- Hay personas que son bisexuales. Creo que aquí es donde podemos orientar y trabajar con un poco más de garantía, digo un poco más, de cara al sacerdocio. Podemos ayudarles a controlar su orientación homosexual. Yo en algún caso con el que me he encontrado le he dicho que deje temporalmente el seminario y que tenga el trato normal con chicas. Es verdad que existen unas resistencias porque están con la mosca en la oreja de que no puedan volver al seminario y de que las chicas descubran de alguna manera y por cualquier gesto o despiste su indiferenciada identidad sexual. También hay que expresar clara y rotundamente la necesidad de virilizar muchos gestos, formas de hablar, el deporte....Aquí es muy importante el tener un seguimiento cercano desde el inicio de los estudios eclesiásticos para ver cómo va evolucionando. Hay un peligro: el que los educadores nos dejemos "embaucar" en el discernimiento por su exquisita educación, lealtad y cumplimiento cuidado de sus obligaciones externas.
Metodología
[Será bueno que hagamos un intercambio de ideas sobre esta realidad. Seguramente nuestras experiencias nos pueden ayudar a iluminar este ámbito educativo nada fácil]
- La etapa de nuestra vida (25-40 años) y el celibato
- Es cierto que la etapa en que nos encontramos viene muy marcada por lo que haya sido nuestra formación para el celibato en el seminario y por lo que hayan sido nuestras relaciones con la gente en los ambientes en que nos hayamos movido y en nuestro incipiente ejercicio pastoral. Es verdad también que en el campo sexual-afectivo no hay una relación matemática entre nuestro acopio formativo y lo que pueda ser nuestra respuesta en situaciones posteriores. También quiero advertir que en esta etapa especialmente nuestras vivencias no tienen, por mucho que nos lo creamos, una percepción exacta. Se nos escapan.
- Sin dramatizar, quiero decir que suelen aparecer dificultades específicas y no fáciles en esta fase, además de las situaciones previas que uno puede ir arrastrando sin haberles dado todavía una solución precisa (la identidad idem y la identidad ipse, de las que nos habla con belleza y realismo P. Ricoeur). ¿De dónde pueden provenir esas dificultades? En primer lugar, no podemos olvidar que nuestra vitalidad sexual sigue ahí con fuerza y en crecimiento. La ordenación no es una palabra sinónima de sublimación. Es cierto que la mayoría intentamos acrisolar y asimilar el celibato con sus exigencias de control y dominio sexual desde los medios y actitudes que hemos ido viendo anteriormente, pero aun así la sexualidad suele ser el chivo expiatorio a mano de los posibles contratiempos en el ámbito global de la personalidad, de las relaciones afectivas y del ejercicio ministerial. Un buen principio para atemperar algo esa fogosidad sexual que sentimos con fuerza e indiscriminadamente es el de darnos siempre un tiempo para una lúcida y realista interpretación de los contratiempos que nos ocurren y no conformarnos con una evasión rápida de tipo avestruz. El criterio de tratar de objetivar siempre las situaciones puede ser un buen marco para poder ralentizar nuestros impulsos sexuales. Para ello hay que acostumbrarnos a hacer cuentas con nuestra vida continuamente. Y sobre todo, más allá de posibles situaciones puntuales tal vez insalvables, es bueno que vayamos aprendiendo poco a poco, en todos los ámbitos de la vida, a saber diferir la necesidad de compensaciones ante cualquier adversidad o contratiempo. Es verdad que estas compensaciones no tienen por qué ser de tipo sexual, pero esto suele ser lo más generalizado. Sí que quiero decir que no podemos abusar de planteamientos y soluciones idealistas. Para poder atajar esta dificultad, hay que decirlo claro: hace falta una buena dosis de esfuerzo y de renuncia, y a lo mejor es ahí donde tenemos que gastar nuestras mejores energías formativas.
- En segundo lugar, es el momento en el que en el trato con las mujeres podemos empezar casi imperceptiblemente a centrarnos de una manera especial en alguna de ellas. El origen de la empatía y de la cercanía puede tener muchas causas (necesidad de cobijo materno, atracción sexual específica, reconocimiento afectivo y admiración por parte de ella de lo que hacemos, enfriamiento en las relaciones comunitarias y búsqueda de un nido cálido..). Todo ello, que nos lo justificamos fácilmente y siempre dando la impresión de una madurez que en realidad no la poseemos o no la podemos poseer todavía, va minando el tejido de nuestros sentimientos y ocupando nuestro corazón. Al principio lo consideramos simplemente como una prolongación normal de nuestra vida pastoral. Ésta nos sirve de máscara tras la cual el corazón hace las muecas que quiere. No sabemos hasta dónde puede llegar pero lo cierto es que empezamos a notar en nosotros lo que podemos llamar una distracción existencial. Esa distracción existencial, que uno detecta, conoce y siente muy bien, puede ser el signo más claro de que tenemos que echar tierra por medio de una manera decidida y tajante. Esto no significa que tengamos que comportarnos como misógenos, ni que no tenga que ser normal nuestro trato con las mujeres. Como criterio evaluativo os diré que tenemos que tener siempre presente que nuestro celibato tiene que ser un existencial liberado y liberador. No valdrá el conformarnos con un desmontaje masoquista de nosotros mismos. Un celibato que no sea liberador acarrea consigo un ministerio ambiguo. Más aún, una vida ambigua.
- En tercer lugar puede aparecer en algún momento de esta fase el deseo de la paternidad. Creo que no con mucha fuerza ni muy duradero. Pero tiene sus apariciones y deja sus nostalgias carroñeras. Creo que puede ser señal de que la simbolización y apropiación de nuestra paternidad análoga va perdiendo empuje y significado pastoral en nosotros. Es necesario el detenernos a revisarlo con tiempo y calma porque ese enfriamiento deja otros muchos flecos sueltos a la vez. Creo que nuestra sensación de intemperie social, que puede ser buena en sí, también puede remitirnos a ese deseo. Esto sin duda creo que nos ha de llevar a valorar mucho más la importancia y el planteamiento realista de la vida de equipo. Y puede aparecer este deseo de la paternidad cuando nos sentimos poco gratificados o reconocidos en el trabajo que realizamos. Llegamos a tener la impresión de ser personas anónimas e intercambiables y ello desgasta mucho. (Aquí os recomiendo a uno de los autores alemanes más lúcidos del momento, Axel Honneth. Su último libro acaba de traducirse al francés en Du Cerf . Se titula "La lucha por el reconocimiento". Es precioso y muy provechoso. Resumiendo os diría que para el autor la brecha psíquica de una persona se da cuando no existen las tres grandes formas de reconocimiento por parte del otro o de los otros: a) el amor; b) el derecho como respeto personal; c) el ser aceptado en la integridad concreta de nuestra identidad personal. Ciertamente que esto que digo sólo es un aperitivo. Lo creo muy enriquecedor y nos puede ayudar mucho sobre todo en nuestra vivencia del equipo y en la ayuda que puede prestar el servicio de autoridad). Cuesta el situarse en un paradigma de gratuidad en estos inicios ministeriales, por mucho que lo aceptemos a nivel teórico y espiritual. Como somos hijos de una configuración psicológica bastante light en relación al mundo de los sentimientos, he visto que también aflora ese deseo cuando algunos sacerdotes jóvenes se encuentran con otros compañeros, durante largo tiempo en el seminario con ellos y que ahora están casados y los ven contentos. He podido constatar que la reacción normal en algunos de estos casos suele ser la de buscarse amistades "por libre", más bien como un solapado y un tanto escurridizo refugio de afectividad. No os tiene por qué extrañar pues el que aparezca este deseo especialmente en los momentos en los que sentimos cortante la soledad en nuestra vida. Muy ocupados en un lógico activismo inicial parece que la soledad no vaya a tener nunca visado de entrada en nosotros. No es así por muchas actividades, ocupaciones y reclamos que tengamos. La soledad, por desgracia, suele convertirse a su vez en un cierto exilio de nosotros mismos Necesitamos pues ir aprendiendo a hacer y a asumir, en primer lugar, momentos de soledad en nuestra vida para en un segundo momento pasar a hacer de esa soledad aceptada una soledad creadora. No una soledad atajada y recubierta por el ruido, la pantalla, el coche, el ordenador, la bebida, el videojuego, el encuentro con amigos-as, el video, internet.. Una formación seria y con un arco amplio puede ser un elemento muy importante para ese ámbito.
- En cuarto lugar, quiero decir que es ahora cuando nuestro idealismo pastoral empieza a experimentar los primeros tropezones. Asoman los primeros parones del realismo evangelizador y notamos un deshinche generalizado de nuestra espiritualidad. Se nos había anticipado reiteradamente pero las advertencias siempre rebotaban en nuestro idealismo juvenil porque estábamos convencidos de que íbamos a hacerlo todo de manera nueva. Pareciera que los fracasos no tuvieran cabida en el ímpetu pastoral de un joven. Por eso, cuando llegan, de entrada resulta muy difícil el saber atemperarlos y encajarlos. Hasta nuestro orgullo hace de las suyas. Suele refugiarse en ensoñaciones e idealizaciones que nos sitúan en un mundo artificial y de grandezas que en realidad no existen. Es el juego de la fantasía. Y sin duda el realismo pastoral y espiritual dejan su huella en el idealismo celibatario. Se suele dar una ósmosis de decepción a todos los niveles de la persona. Es un momento delicado para el celibato que quiere también participar del lenguaje y de la experiencia realistas. Se pierden reflejos en las motivaciones, en la propia seguridad, en las vivencias espirituales (sobre todo en el sacramento de la penitencia, en la vivencia eucarística y, en general, en todos los medios de vida espiritual) y entonces es fácil que nuestra realidad sexual haga acto de presencia, bien sea con la necesidad del autoerotismo bien sea con el reclamo de afectos. Creo que en este momento es muy importante la apertura y la franca comunicación con alguien que pueda ayudarnos desde una experiencia rodada.y contrastada de vida sacerdotal. Nadie mejor que nosotros va percibiendo nuestro deterioro que va poco a poco acrecentándose. Por eso no es bueno acostumbrarnos a ello pensando que ya cambiarán las cosas. La experiencia me indica que se va a peor.
Metodología
[Ver] entre todos cuáles podían ser las experiencias matrices de estos años de sacerdocio y las carencias más notorias en relación a una serena y creativa vivencia celibataria
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