RETIRO CON LOS SACERDOTES

( Coria-Cáceres, adviento 1999)

 

Introducción

 Estamos reunidos un grupo de sacerdotes de la diócesis para tener el retiro de adviento. Sabemos todos que el retiro espiritual siempre se ha considerado en la Iglesia como un medio encaminado a una renovación o, al menos, una revitalización creyente. Al disponernos con este retiro a la celebración del nuevo adviento, quisiera que tuviéramos claro el punto de partida. Recogiendo la larga tradición eclesial, ya hace muchos años nos lo recordaba el gran renovador de la liturgia actual Odo Casel: "celebramos el adviento...en la firme certeza del Señor manifestado, para quien queremos preparar nuestra vida". Es sólo desde esa certeza, la de una fe enraizada y asentada en el Señor manifestado, desde la que nos podemos poner en disposición de ir afinando, templando, apuntalando, restaurando o renovando nuestra vida. Pero tal vez hoy tengamos que poner el acento de una manera especial en la dirección pastoral de esa certeza. ¿Qué quiero decir con esto? Me parece que hoy necesitamos salir a su encuentro para decirle con toda la humildad y honradez: es verdad, Señor, creo en tu manifestación a los hombres, pero "dime/dinos si eres tú". Si eres tú o si sigues siendo tú el Señor que yo vivo y testimonio, el que yo creo y anuncio, si el Dios a quien y como lo anuncio es el que puede decirle algo al hombre de hoy. Por eso, creo que también deberíamos encaminar por ahí nuestro adviento. Como le decía Isaías a su pueblo, les diría que no dejemos de ninguna manera "que nuestra fe esté sitiada", sitiada especialmente por la propia vivencia y concepción de Dios que con el tiempo nos podemos haber hecho.

 

 Desde esa doble orientación que acabo de señalar, quiero comenzar remitiéndoles a los dos puntos de apoyo fundamentales del retiro y del adviento: 1) el protagonismo insustituible del Espíritu (de ahí la necesidad de un silencio interior [situarnos en nuestro fondo fondo real. Ahí es donde podemos percibir el verdadero desierto del adviento], de una delicada y lúcida atención a los signos del Espíritu que van manifestándose en nuestro presente, y de una oración de pregunta y escucha, expuesta como cheque en blanco a lo que Dios quiera de cada uno de nosotros: "¿qué quieres de mí, Señor?", "¿verdaderamente eres tú el que yo vivo y anuncio?" y 2) nuestro propio deseo y disposición de respuesta a ese Espíritu, sobre todo con una gran sinceridad a lo que sin duda el Espíritu está tratando de hacer en cada uno de nosotros, más allá de nuestra tal vez apagada disposición, más allá de un posible momento reseco y árido de vida de fe, más allá de la tentación siempre a flor de piel de estar ya de vuelta de muchas cosas, de muchos intentos y hasta de nosotros mismos. De ahí que mi aportación tenga que reducirse y consistir sólo en pensar y expresar en alta voz algunas sugerencias que podemos tener a mano cuando cada uno vayamos intentando darle un contenido y una respuesta personalizados a nuestro adviento. Eso es lo que pretendo, nada más. Por supuesto que son sugerencias mucho más pobres que los muchos acontecimientos que concurren al adviento de este año, y que de alguna manera les invito a ir asumiéndolos animada y cordialmente: estamos en vísperas del inicio del gran Jubileo 2000, con su riqueza catequética, misionera y social, estamos también profundizando en el sacramento de la eucaristía como eje fundamental de la vida de la Iglesia, del creyente y del sacerdote ("eucaristizar nuestra vida"), se nos han señalado motivos y caminos de una llamada de esperanza para la sociedad por parte del Sínodo europeo de obispos, tenemos nosotros los sacerdotes ese buen documento que nos ha preparado la Congregación del clero en este año: "El presbítero, maestro de la palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad ante el tercer milenio cristiano", y nosotros todavía tenemos en nuestros ojos y en nuestro corazón grabada la imagen de una Iglesia extremeña puesta humildemente en actitud de conversión y respuesta ante la grave y urgente realidad de la pobreza, en el mundo y en nuestras diócesis. Sin duda que todo esto es una inmensa riqueza para el nuevo adviento que ahora iniciamos.

 

 Después de intentar situarnos en nuestro retiro y adviento, paso a ver algunas actitudes que hoy creo importantes para nosotros los sacerdotes. Sin duda que el adviento puede ser una buena oportunidad para reconsiderarlas.

 

 Primera actitud. Espero que mi exposición no les resulte demasiado árida. Me parece que esta primera actitud que señalo debería ser el talante vital y pastoral que enmarcara toda nuestra renovación de adviento. ¿Desde dónde parto y qué es lo que pretendo al afirmar esta importancia? Quiero partir de una realidad concreta en la que de una manera más o menos palpable la estamos padeciendo todos y que no sería bueno pasar por alto. No hay duda de que si hay algo cierto en este momento que nos ha tocado vivir es que todos estamos oyendo, viendo, sintiendo y padeciendo infinidad de cosas, concepciones, criterios y conductas de vida que verdaderamente nos cuesta procesar, digerir, discernir y jerarquizar. No nos debe extrañar pues que lleguemos a experimentar una cierta sensación de dispersión vital más o menos consciente, cierta impotencia y desorientación, con la consiguiente tentación de recelos fundados e infundados y de un posible encapsularnos en el trabajo rutinario intentando sobrevivir de la mejor manera posible con lo que buenamente podemos hacer. ¿A dónde nos lleva todo esto? Pues que son tantos y a veces tan dispares los reclamos, provenientes de la Iglesia, de la sociedad, de nosotros mismos, de nuestras tareas, que, de una manera u otra y no me estoy refiriendo al trabajo, nos sentimos desbordados y en alguna medida existencial y emocionalmente desestabilizados, con reacciones vitales y ministeriales de todo tipo. Ésta es la realidad y hemos de tener la lucidez y el coraje suficientes para no dejarnos envolver, enquistar y desconcertar por todo ello. ¿Por qué esta advertencia? Digo esto porque tanta pluralidad y esa sensación de provisionalidad y de permisividad que respiramos a nuestro alrededor, cuando no son bien digeridas y procesadas son muy peligrosas para nuestra propia vivencia personal y creyente (de ahí tantos desencantos sacerdotales) y para nuestra visión y ejercicio del ministerio (de ahí tantas disparidades de criterios, de refugios y subterfugios). A veces pienso: ¡qué difícil lo tiene que tener un obispo en estos tiempos! ¿Cómo situarnos ante esto? Lo primero que nuestra fe nos está exigiendo es el verlo como un indicador de algo. El hombre de hoy, en el proceso histórico que le ha tocado vivir y por muchas causas favorecedoras de ello, ha llegado a percibirse y experimentarse existencialmente inseguro, desarraigado, con la impronta de que la aceleración vital a la que está expuesto le hace moverse en un terreno movedizo. Se va quedando sin cimientos firmes. Y al ir abandonando los grandes pilares sostenedores de su vida (digamos p.e. la vida de fe con su expresión eclesial), el hombre trata de hacer de la búsqueda permanente, no carente de desconcierto, su hábitat, su hogar, su estilo de vida. Se siente un ser siempre en construcción, un ser en permanente tanteo. Evidentemente no podemos pensar esto de esas personas mayores que nos vienen a nuestras iglesias con una fe sencilla pero recia. Y esto está ahí con todas sus consecuencias positivas y negativas.

 Y si ésta es normalmente la sensibilidad del hombre actual, creo que tendría que ser precisamente en esa sensibilidad en la que todos nosotros, sacerdotes, deberíamos situarnos y expresar nuestro testimonio y nuestra oferta evangelizadora.. Y digo esto porque es precisamente en esa misma sensibilidad donde subyace, sin duda alguna y de una manera más o menos explícita, la búsqueda de Dios por parte del hombre de hoy. Creo pues que es éste el primer paso que nosotros tendríamos que dar hoy, encaminándolo hacia un diálogo, una presencia y un compartir y alentar la búsqueda con nuestras gentes (aquellos a quienes consideramos de los nuestros y aquellos que no lo son). ¿Qué supone todo esto? Creo que como sacerdotes tenemos que empezar por ponernos en camino real, no a nivel de principios, con todos (la caridad pastoral) y ahí tenemos una gran veta y un gran desafío pastorales y una necesidad de formación permanente. "El buen Pastor que dio su vida por las ovejas salió en busca de la oveja descarriada, por los montes y collados donde sacrificábamos a los ídolos", nos recordaba hace unos días san Gregorio Nacianceno. Unos y otros andamos o tendríamos que andar en actitud de búsqueda y precisamente ahí es donde tenemos o tendríamos que situar nuestra fidelidad. (Es mucho más difícil que la fidelidad a unas cosas). Ni nuestros años, ni nuestros conocimientos, ni nuestros logros por muy bien asentados que los tengamos, y ni siquiera el saber de quién nos hemos fiado nos deberían evitar de la actitud de una búsqueda permanente. Hoy no podemos ofrecer la verdad ya confeccionada, no podemos distribuir un alimento garantizado, antes de haber provocado el hambre. No podemos imponer tanto un camino ya abierto al tráfico, provisto de todas las señales, cuanto educar para que descubran cuál es el camino por el que llega el Señor. Seguro que ello nos hará mucho más modestos, mucho más cercanos y misericordiosos y mucho más abiertos al Espíritu de Dios actuando en todo hombre y en la historia. No somos más que lámparas, no somos la luz. Que nos entre bien en la cabeza y en el corazón. En este sentido, puede ser muy cierta la afirmación de que, más que una fuerza de trabajo en el interior de la Iglesia y del mundo, nuestra vocación es la de ser, en la Iglesia y en el mundo , "un paradigma (un modelo) de búsqueda" de Dios, de los posibles sentidos y compromisos significativos de la vida. Creo que ésta es una expresión concreta que hoy nos exige la vivencia de la vigilancia y de la esperanza del adviento. Ellas tienen que ser también pastorales. Razón tiene un teólogo al afirmar que, cuando lo que hacemos o queremos hacer cobra más importancia que esa búsqueda, hasta llegar a obturarla, ha sonado la más importante señal de alarma. Primera actitud global para ir dando pasos en la renovación personal y ministerial de nuestro adviento. No es fácil conjugar la realidad pura y dura del día a día con una actitud permanente de búsqueda.

 Segunda actitud. La revitalización, renovación personal pasa hoy y siempre por lo que podríamos llamar tres tiempos, lógicamente sin que tengan que tener una secuencia cronológica determinada. El primer tiempo: centrarnos. Nuestra vida personal y ministerial debe estar vi-vencialmente anclada y sostenida por el Señor, centrada en él. La ora-ción y la contemplación son sin duda la gran y definitiva fuerza de toda renovación, de todo ponernos en camino. Oración y contemplación hechas "confessio laudis", "confessio pecati" y "confessio fidei", como admirablemente nos expresaba san Agustín. Creo que todos hemos llegado a darnos cuenta que como es nuestra oración así es nuestra vida. También necesitamos un proceso continuo de discernimiento. Debemos estar muy atentos a los movimientos de todo tipo que advertimos en nosotros y descubrir si proceden realmente del Espíritu o si todavía están anclados o enmascarados en la realidad genérica de lo que llamamos "carne", en el sentido y contenido paulino de la palabra. El segundo tiempo: concentrarnos. No podemos hacerlo todo. Tampoco debemos hacer de todo. La dispersión de vida y de hacer muchas cosas no es buena en tiempos de revitalización. Es necesario concentrar fuerzas en lo poco y en lo primordial (discernimiento de tareas); aunar esfuerzos; hacer que converjan las potencialidades personales y las de todo el presbiterio. No podemos nunca perder de vista los planes globales de la diócesis. Creo que han pasado los tiempos de alzar pasarelas para lucir, admirar y poner en vitrina los proyectos personales desligados del proyecto común. Y también creo que en este momento eclesial deberíamos darnos un tiempo de silencio que nos ayude a superar cualquier aparición de nostalgia de tiempos pasados, a vencer el "ego" que nos paraliza; realizar un análisis riguroso y una reflexión profunda de lo que está aconteciendo social, eclesial y diocesanamente; tiempo también para la búsqueda compartida. Tercer tiempo: descentrarnos. Salir de nosotros mismos, de nuestros miedos y prejuicios, de lo que nos protege; de cualquier expresión de lo que secularmente suele llamarse "hacer caja"; "des-vivirnos por", ser sensibles a las voces que nos llegan de los márgenes, de las periferias, de las fronteras y tratar de responder generosamente y con audacia. No se pide a todos idéntica participación pero sí sentirse realmente implicados y solidarios con el proyecto común de la Iglesia y de nuestra diócesis. Creo que todo ello nos exige desmochar bastantes altiveces personales y en relación a los otros si es que deseamos tomarnos en serio una posible renovación en este adviento..(cf. Angel Pérez, Director general de la Hermandad de SOD, una editorial del boletín interno)

 Tercera actitud. Creo que nos falta en nuestro mundo clerical más valoración optimista de lo que somos y hacemos. Hemos hecho y estamos haciendo muchas y buenas cosas en nuestra propia diócesis y en la Iglesia. Eso ha supuesto muchos esfuerzos y mucha esperanza de cara a una renovación. Como pueden suponer, con ello ni trato de captar su benevolencia ni de comulgar con piedras de molino ni de colgarnos ninguna medalla. Sería de ingenuos. Lo que está ahí, habla por sí mismo. Pero desde esa constatación y en una línea sincera de renovación personal y comunitaria, sí que quiero decir que echo algo de menos que también lo echo de menos a nivel de Iglesia en este momento. Sin entrar a examinar posibles causas, creo que hemos ido frenando en la Iglesia las ansias de soñar, de esperar lo nuevo, de enamorarnos y apasionarnos de ideales y utopías. Da la impresión de que existe una cierta atrofia de la imaginación evangelizadora. Tenemos el peligro de vernos a nosotros y ver a la Iglesia como la Iglesia de los realistas, de los incapaces de soñar el futuro. La liturgia, la teología y en general nuestro pensamiento aparecen demasiado cansinos, repetitivos, acostumbrados. Crece pues una tierra fértil para las apatías. Sabemos que hoy la palabra "profecía" se pronuncia en tono menor. Ante la palabra "carisma" se suscitan recelos o sonrisas irónicas. La generación nada lejana de nosotros o tal vez nosotros mismos que soñábamos con una teología más dialogante con nuestra cultura, quienes nos entusiasmábamos ante la lectura histórica del evangelio, los que veíamos en la inserción con los más pobres, en la lucha solidaria por los más pobres de la tierra, la gran aplicación del evangelio para hoy, nos podemos estar viendo destinados a envejecer sin contemplar la tierra de nuestros sueños (cf. Cristo Rey García-Paredes). Tal vez nuestra fe tenga que pasar por ello como tuvo que pasar la fe abrahámica. Siempre seremos precursores. Pero creo que hoy estamos necesitados de voces proféticas que nos llamen de nuevo a la comunión, al espabilarnos, pero no en fórmulas hechas, no en personajes autoritarios y excluyentes, sino en Jesucristo y en su evangelio. Cuando uno piensa en Jesús de Nazaret, con su testimonio, sus gestos, su apasionado amor al pueblo no puede dejar de evocar y reclamar voces proféticas. Hoy, hemos de tener pues mucho cuidado con nuestro realismo paralizante y tal vez con nuestro estar excesivamente encerrados en nuestros muros. Hemos de salir fuera de los muros donde sin duda alguna la nueva creación también estalla con fuerza y nos reclama. Cuando hoy en la Iglesia nos preguntamos por la voluntad de Jesús hemos de ser humildes y modestos para no confundirla con la nuestra. Aquel Jesús, en quien todos hemos colgado nuestro corazón, era sin duda un marginal, alguien que quiso llevar adelante el Sueño de Dios, con mayúscula, para los hombres. No lo podemos olvidar nunca. Deseo que este nuevo adviento sea capaz de encaminarnos a todos hacia una actitud más decididamente profética en nuestro ser, en nuestro pastoreo y hasta en nuestras decepciones e impotencias..

VOLVER