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(continuación)
UNA
ESPIRITUALIDAD MISIONERA CONVOCADORA
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Una espiritualidad que quiera estar enraizada en la misión comporta siempre
y esencialmente una opción y una disposición fundamental de salir de nosotros
mismos (es decir, del hecho de estar exclusivamente centrados en nuestro propio
yo con sus intereses y mecanismos de fijación [la estructuración normal del
tiempo y actividades de mi vida no deben eliminar o ahogar mi disponibilidad
hacia las distintas necesidades del otro a quien siempre debo ver como hijo de
Dios]), una opción y disposición fundamental de abandonar “el refugio de la
cueva” que vemos p.e. en el profeta Elías cuando se ve desbordado en su misión
(1 Re 19) (nuestra espiritualidad siempre es una espiritualidad nómada, de
éxodo, de permanente encarnación, de periferias de nosotros mismos, aunque
pueda estar asentada en la aparente “inmovilidad” del sentirnos ya mayores,
cansados y de vuelta de muchas cosas, asentada en un convento de clausura, en
una enfermedad, en la escasa actividad de una pequeña aldea, en la vanguardia
de una favela brasileña, en la disciplina doméstica y rutinaria de una
casa.....) (y aquí evidentemente no me refiero sólo al salir de nuestros
egoísmos y narcisismos, que también es importantísimo. Estaría más próximo a lo
que clínicamente sería un vaciado de mi yo espiritual en lo que tiene de
vivencia estática, de pérdida de la ligereza y agilidad de los sueños de Dios
[novedad del reino de Dios] para aferrarme con las dos manos a la vida, es
decir, mi espiritualidad cuadriculada y tal vez excesivamente hecha y hasta
perfectamente aburrida). Y no es un salir errático sino un salir con un objetivo
preciso: con-vocar. Digo con-vocar,
realidad eminentemente vocacional, vocación compartida. Una auténtica
espiritualidad tiene que concebirse, estructurarse, dinamizarse y proyectarse
como convocadora. Y esto no es un
lujo dejado a nuestra propio criterio y albedrío. La Iglesia es en primer lugar
la comunidad convocada en Cristo Jesús (LG
48). Y si esta realidad es una dimensión esencial de la Iglesia, creo que en el
cairós de hoy (en la sensibilidad de
nuestro tiempo) adquiere una urgencia especial. ¿Cómo y para quién puede la
Iglesia ser sacramento y profecía del reino de Dios si no convoca? Me parece
que hoy a todos nos une y desafía este fuerte aguijón pastoral y espiritual: la
convocación y sobre todo cómo convocar.
Por eso, creo que actualmente es ahí donde necesitamos invertir nuestras
fuerzas, nuestra imaginación, lucidez, audacia y corresponsabilidad pastorales
para así configurar adecuadamente nuestra vivencia espiritual. Ésta es la
evangelización que nos apremia de manera especial: buscar cómo, en dónde y con qué actitudes convocar. Seguramente hoy
tendremos que centrarnos de una manera especial ahí. Es verdad que la Evangelii nuntiandi (22) p.e. nos habla
de que “no hay evangelización verdadera” sin un anuncio explícito del Dios de
Jesucristo, pero esta realidad esencial e ineludible de la Iglesia hemos de
convencernos de que necesita un itinerario pedagógico y humanamente
disciplinado de abordaje. Por eso será bueno el que comencemos preguntándonos:
¿cómo situarnos y movernos ante este desafío de la convocación? Empiezo
adelantando lo que expresa, y seguramente con bastante razón, el gran teólogo
Schillebeeckx y que puede ser un buen criterio básico: hablar demasiado pronto
de Dios suele y puede suscitar una imagen caducada de Dios. Punto que habría
que tener muy en cuenta en toda nuestra pastoral. Tampoco podemos comenzar con
la actitud de quien mira desde arriba como dominando la situación, o como el
que intenta atraer y traer al otro a su terreno, o como el que tiende a sentir
instintivamente el “efecto tarima” evangelizador. Hoy no nos sirve aquella
encantadora imagen infantil del flautista de Hamelín.. Necesitamos buscar
caminos humildes de anuncio, aunque eso sí, no olvidando nunca que sin el diferencial del testimonio cristiano
no es posible el anuncio (el anuncio explícito del que nos habla la EN somos
especialmente cada uno de nosotros con nuestro testimonio significativo,
coherente y en todas las dimensiones de la vida). {Y digo testimonio cristiano
y no una nefasta gnosis cristiana que
cambia la fe en saber, la revelación en filosofía y la búsqueda de la verdad en
hallazgo}. Hemos de tener mucho cuidado. Testimonio cristiano, por tanto, que
tendrá que ser humilde, comprensivo, receptivo, seguramente denodado, fiel,
abierto siempre a ofertar y a dejarse enriquecer. Testimonio cristiano de
ponerse en camino, sencillamente a ras de suelo, tal vez no pudiéndonos coger
todavía de la mano en la fe, pero sí dispuestos a cogernos de la vida como
comunión radical del hombre (Dios siempre ha con-vocado en y desde la vida,
desde las situaciones de la vida; recuerden todas las llamadas de Dios). Y
dando por supuesto de que somos sencillamente cartas en las que el Espíritu de
Dios, decididamente él, irá reescribiendo su anuncio al hombre concreto en su
contexto y en su momento. Ya sé que no es una tarea fácil ni muy gratificante,
humanamente hablando, el ponerse en camino cada día haciéndonos sencilla y
humildemente signo visible de que Dios
sigue llamando. Tal vez esa sea hoy nuestra “luz escueta” como cristianos,
que tan bellamente nos expresa con esa frase el gran poeta gallego Valente. No
podemos pretender cambiar el corazón de nadie por nuestra cuenta ni para
nuestra cuenta, partimos como quien trata de iluminar, aunque sea como
“tiniebla luminosa”, como muy bien nos dice san Gregorio de Nisa. No se trata
de ir levantando la voz ni tampoco de ir callando impunemente sino de impulsar
humildemente rumores y signos de Dios a nuestro alrededor.
·
Y si digo todo esto es para hacer hincapié en que no se puede
sustantivar, es decir, vivir con substancia, la espiritualidad (alimentada con
la escucha de la palabra, la oración, la vida teologal, la vida sacramental)
sin salir de uno mismo para ponerse humilde y pacientemente junto al otro o
cerca del otro o en lugar del otro. No
son evangélicos los posibles ramalazos de mirarse complacidamente al ombligo
espiritual de uno (onfaloscopia) o el ponerse al abrigo de la vida buscando
angustiosamente la cobertura, o la reclusión por un cierto desánimo y cansancio
en las seguridades personales e institucionales, por muy de Dios que nos
parezcan, o la privatización o intimismo de nuestra fe, tan jaleados en la
concepción religiosa actual. Hemos de partir convencidos de que hoy, igual que
lo ha sido siempre, no es tarea fácil el dar con los puntos de encuentro donde
pueda hacerse visible y audible la presencia y la llamada de Dios. Pero si a
pesar de la dificultad que encierra resalto la importancia de la convocación es
para que nos sirva de revulsivo en nuestra propia espiritualidad. Y les y me
pregunto, ¿no tendremos que empezar por ver si nuestra espiritualidad, hablando
de una manera muy generalizada, no ha llegado a perfilarse más bien con unas
connotaciones digamos de carácter “narcótico o de droga” en el aspecto de que
yo, con mis principios, con mis prácticas y con mis mecánicos cumplimientos
comunitarios, me las arreglo con un Dios, que sí, que efectivamente me ayuda a
vivir y eso es importante (todos necesitamos seguridades y tenemos derecho a
ello) pero que tal vez no refleja con suficiente claridad al Dios de Jesús, el
que transparenta una espiritualidad de los caminos y de la gente, el que ofrece
una buena y esperanzadora noticia de parte de Dios a todo hombre, el que se ve
obligado a reventar patrones y moldes desgastados de la vida y hasta de la
espiritualidad, el que inevitable y conscientemente tiene que ir hacia
Jerusalén? Estoy convencido de que el Dios de nuestra espiritualidad necesita
orearse mucho más en el duro rodaje y bregar de nuestra misión, con sus flujos y reflujos, con sus
impotencias, con los largos túneles del alma, de la búsqueda y de la paciente
incubación del Espíritu. No podemos olvidar que Dios tiene derecho a reservarse
la libertad de venir de noche, como un ladrón, y de recurrir al dinamismo de la
cruz. Sí, hoy sin duda es muy difícil convocar como vemos en nuestros propios
ámbitos de vida y de trabajo, pero al menos se me pide rastrear sinceramente y
descubrir el por qué no puedo convocar, el por qué nos cuesta tanto convocar.
Tal vez eso nos abra nuevos caminos de misión, de espiritualidad y de sincera
conversión. No perdamos de vista nunca que una espiritualidad recia se tiene
que nutrir fundamental e inevitablemente de
su propia intemperie: de la intemperie que siempre supone la realidad de
Dios para nuestra fe (“soy un pobre ateo que intenta creer cada día”, decía un
gran teólogo actual), la intemperie de nuestra propia misión en el soporte de
nuestra fragilidad humana palpable (¿quién me evangeliza a mí?), la intemperie
de la escasa respuesta de los destinatarios de nuestra misión, la intemperie
tal vez de nuestros sueños equivocados. Ésta es la debilidad crucificada de Jesús, de la que nos habla Pablo (2 Cor 13,4). ¡Qué gran panorama
pastoral y qué riqueza espiritual tenemos por delante! ¡Cómo desanimarnos! Es
verdad que lo que nosotros creemos y llamamos eficacia de nuestro trabajo
siempre dependerá de Dios; pero la eficacia peleada de los medios, de las
tentativas es la que tenemos que poner nosotros en juego una y otra vez (la sana
ambición de realizar la propia tarea con la mayor perfección posible),
empezando por ser sinceros y ver si nuestra espiritualidad no está tal vez
demasiado formalizada: tengo que hacer esto, esto, tengo que ser así,
así...Quizá le falta la escucha y la vivencia de lo que no depende de nosotros
y que también le es parte constitutiva. Esto es muy importante. Por eso tal vez
nos cueste “descender a los infiernos”, entre comillas, por miedo a contaminar
la concepción y la pureza de nuestra espiritualidad. Pero “descender a los
infiernos” no es ni mucho menos rendirnos o hacernos cómplices del mundo (con
nuestras in-mundicias), hacernos cómplices del pecado, coquetear con ellos, es
dejarnos cambiar nuestro corazón de piedra, dejarnos infectar por el virus de
que tenemos que desollarnos en el
servicio necesario y no en otro, el virus de la búsqueda compartida, del
tratar de sintonizar con la realidad pura y dura del hombre, con sus foros de
creación de cultura y de opinión pública, con sus carencias y soledades. Tal
vez tendremos que empezar por ir abdicando de algunos estereotipos de nuestra
espiritualidad o tal vez ventilar muchas estancias. Y esto no es un reproche,
es un aliento. Es hacernos la pregunta que se hace san Agustín en las Confesiones X,6,8: “Pero ¿qué es lo que
yo amo, puesto que te amo a ti, Señor?”. Y no lo duden, tendremos que empezar
por apechugar con nosotros mismos. Somos los más peligrosos y reticentes, sobre
todo en lo que a la espiritualidad se refiere. Cada uno la tenemos muy clara
(creemos que la seguridad es fidelidad)
pero olvidamos fácilmente “que no estamos destinados a salvarnos solos”.
La espiritualidad no es dogmática, es vivencial, es educación paciente del
corazón, del amor, de la esperanza
crucificada. Lo importante será mantener a raya la fidelidad gozosa a las
promesas de Dios, no a nuestras seguridades. Sólo recibe la protección de Dios
quien se expone. La espiritualidad es
actuar con justicia, amar la fidelidad, caminar humildemente con el Dios de
todos nosotros, nos dice el profeta Miqueas (6,8). ¡Cuánto le cuesta a nuestra espiritualidad reubicarse en una
comunidad pluralista en la que todos tienen el derecho de ser hijos de Dios!