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(continúa y final)
III. UNA ESPIRITUALIDAD MISIONERA DESDE LA
COTIDIANIDAD
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Una espiritualidad misionera tiene que saber olfatear y discernir la
realidad en la que está inmersa, cuál puede ser su alcance y por dónde le
apunta para una vivencia creyente y espiritual lúcidas (expresado gráficamente,
uno tiene que moverse entre la imagen del detective privado y la del
explorador). No podemos salir de nosotros mismos, ponernos en camino de misión
(ya de por sí muy costoso) con los ojos tapados, por no decir con los ojos
vacíos, parafraseando el título de la novela de Fernando Aramburu; no podemos
ponernos en camino con sólo las implacables estadísticas sociológicas de campo
al hombro o con los ya muchos homogeneizados desencantos e impotencias que
percibimos y padecemos por doquier. Es verdad que cada persona, cada grupo o
cada institución están expuestos a hacer su propio procesamiento de los
impactos que recibe. Hay que contar con ello, pero hay que tratar de
descodificar con aplomo y sagacidad las nuevas necesidades pastorales que esos
impactos generan. Y la razón de esta invitación es muy simple: nuestra
espiritualidad también nos urge a abrir los ojos al presente para mirarlo con
mirada de Dios (el futuro de Dios, que es el precio de nuestra fe, nunca
previsible y siempre sorprendente y desafiante) y también con mirada al hombre
creado a imagen y semejanza de Dios, imagen y semejanza de Dios que tal vez se
van cargando de pátina y de grisura en el camino de los tiempos y de los hechos
consumados. “Hipócritas, ¿cómo es que no sabéis discernir el tiempo presente?”,
nos decía y nos dice Jesús. “Os habéis vuelto torpes para entender”, nos
recuerda la Carta a los hebreos (cap. 5). Por supuesto que son muchas las
realidades duras y ciertamente vidriosas que hay que afrontar hoy y que sin
duda deben inquietar e interpelar a nuestra espiritualidad misionera, y gracias
a Dios y decididamente ya no en una línea defensiva, fundamentalista, de
descalificaciones, de avestruz o de beligerancia militante. Tal vez lo que hoy
necesitamos en primer lugar sea hacernos conjuntamente con un lenguaje interpretativo de las claves culturales en las que se
mueve y se encamina actualmente el hombre de hoy en nuestra sociedad plural.
Pero hay que verlas, conocerlas, reflexionarlas, aprenderlas y procesarlas, si
es que verdaderamente vemos la necesidad de vivir nuestra espiritualidad teologal
junto al hombre y con el hombre. Ésta es la sinodalidad de la Iglesia (hacer el
camino juntos). Por ahí quiero ir adentrándome, aunque sea siempre en oferta de
esquema y de tentativa.
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Dado el tiempo del que
disponemos, he decidido fijarme sólo en aquello que aparece más a mano, aunque
tal vez no sea lo más decisivo. Y digo esto porque lo vivido en la diariedad constituye nuestro escenario
más próximo y real, nuestra mayor certeza y sin duda que es en ese escenario
donde tengo que empezar a situar, recomponer, vivir y expresar mi misión y mi
espiritualidad. También en y desde el templo, ¡cómo no!, pero no sólo en él. A
la espiritualidad hay que ponerle el mono de calle y de vida y sin olvidarnos
de sacar las antenas de alta fidelidad y el sismógrafo de futuro, dejando a un
lado los extremismos gansos que hemos podido vivir en otros momentos de nuestra
propia trayectoria pastoral (oración-acción) o los extremismos que nos vienen
de fuera (recuerden las “gansadas” que hace pocos días nos decía el Nobel
Saramago: “No creo en Dios. Dios no existe”; “La Iglesia todavía no ha salido
de las cavernas”). Eso, gracias a Dios, ya ha pasado. Hoy, sin duda, nuestra
misión y, por tanto, nuestra espiritualidad tiene que moverse como el jugador
de ajedrez que va pensando por delante de lo que va haciendo pero sin dejar de
hacer su movimiento.
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¿Y qué es lo que podemos percibir en nuestra cotidianidad que
indudablemente interpela a nuestra espiritualidad y le va dando contenido
roturador y configurador? Lo que podemos
entrever con bastante nitidez es que en esta vida diaria se van gestando, más o
menos solapada y con mayor o menor conciencia y resistencia, algunos deterioros
importantes del hombre (el hombre, la
vocación más importante de Dios), deterioros que van despuntando en
aspectos tales como p.e. el que se cuente con él en cuanto que interesa como un
órgano de consumo potencial o real (y no se trata sólo de un consumismo de
cosas. También hay que tener en cuenta que estos deterioros no provienen de un
enemigo bien localizado al que se puede hacer frente sino a través de un marketing cultural masivo y borroso en
el que a su vez el hombre llega a sentirse a gusto [hablamos del fin de las
utopías. Sería más apropiado decir que la utopía ha cambiado de domicilio]. Lo
peligroso es que para ello no importa el que se utilicen los medios que sean,
incluso la religión y hasta los valores humanos [instrumentalización religiosa
y ética: auge del neoconservadurismo religioso]. Esto poco a poco va
conduciendo a un progresivo y empobrecedor embotamiento humano - espiritual
–cultural que es lo que verdaderamente debe preocuparnos a todos nosotros
[decía ya Nietzsche: “El hombre es poco ambicioso, le basta con una digestión
para encontrar la vida agradable”]). Es verdad que en nuestra sociedad hay
muchos hombres que aparentemente triunfan, pero, ¿qué significa realmente en
ese caso triunfar? ¿dónde se homologa y quién homologa el triunfo?
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Junto a esta comprensión ciertamente peligrosa del hombre, nuestro
tejido social va convirtiéndose cada vez más en lo que podemos llamar una
sociedad anónima (dicho llanamente: cada hombre tiene su valor, su importancia,
según lo que aporta). Por otra parte,
y como contrapunto y secuencia, percibimos que especialmente una cultura visual
y visualizada favorece el que vayan apareciendo con más frecuencia los
individuos acríticos, narcisistas, hedonistas y de composición en buena medida
sintética (hoy las prótesis ya no son sólo dentarias y ortopédicas). No cabe
duda: la cotidianidad está siendo colonizada por una cultura gramatizada en
gran parte por los audiovisuales y la publicidad artificial de imágenes
(“endocolonialismo” y “fundamentalismo tecnológico”, de los que habla el
analista social francés Paul Virilio). Mientras tanto, la comunicación oral y
la capacidad de interrelación grupal e institucional se reducen a la
circulación y aceleración de saberes “a flor de piel”, poses, apariencias,
fachadas, opiniones (dromología,
ciencia de la velocidad) más que al
encuentro real intersubjetivo. De tanto correr nos hemos desfondado. ¿Dónde
puede fraguarse nuestra responsabilidad hacia el otro? Crisis de comunicación
(todo un símbolo significativo: lo que era el popular chateo [de vino] se ha
convertido en el ilustrado “chateo” virtual). Esta es la cotidianidad que
enfrentamos: reducción de los espacios en donde pueda anidar el diálogo humano
y creador (anemia societaria) (recuerden la obra de corte visionario de David
Riesman, La multitud solitaria).
Paradójicamente, junto a esta falta de diálogo, se exhibe con bombo y platillos
una democracia de diálogo, también en círculos eclesiales; una democracia que
la verdad es que ya no propone valores a conseguir, sino que se ha quedado
reducida simplemente a democracia procedimental (cómo proceder). Es decir, socializamos la verdad a través del
asambleísmo y se expresa en la nueva religión del consenso. Lo cierto es que hoy parece que sólo tiene valor moral el
consenso. Qué bien lo hace Fernando Vidal cuando analiza (en Iglesia Viva, n.
203): “ ’Comunidad’ como revelación o fetiche”. ¿No serán fetiches muchas de
nuestras expresiones comunitarias de cuño democrático? Todo esto que a grandes
líneas acabo de enunciar negativamente, creo que sin duda nos va urgiendo a
nosotros, Iglesia, a la creación de
nuevos “entornos sociales comunicativos” (Kehl) (entornos que posibiliten una
comunicación vital y evangelizadora con el hombre de hoy). Y esto hemos de
verlo no sólo como estrategia pastoral sino sobre todo como una exigencia de
fe, porque, como nos apunta san Pablo (Rom 8, 18s) y lo queremos creer contra
toda increencia e indiferencia, la creación entera está grávida de Dios, aunque
está sometida a la esclavitud de la corrupción. La no “presencia” de Dios en nuestro mundo emergente no quiere
decir que no esté. Hemos de tratar por todos los medios de ver cómo podemos
permitir a lo latente insinuarse. Desafío éste importante para nuestra pastoral
pero también exigencia para nuestra vivencia de una espiritualidad que se
precia de una fe en el Dios que ha querido comprometerse con y entre la vida e
historia del hombre.
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También estamos viendo hoy que nuestra cotidianidad se integra y
legitima a través de una economía muy bien diseñada. Y si señalo esto aquí es
porque quiero que nos demos cuenta de cómo funciona lo que ya se llama la nueva economía para así comprender algo
mejor el diseño del consumismo actual generalizado. No hay que dar palos al
aire. En la nueva economía el acento se pone no tanto en el comercio industrial
cuanto en el comercio cultural. Es mucho más seductor (suplemento libidinal de
seducción). De ahí que en la nueva economía lo importante no sea tanto el
capital físico cuanto el psíquico. Me explico con un ejemplo por ser esta
empresa un modelo significativo de la nueva economía. Cuando un chico compra
unas botas Nike paga 10 o 12 mil pesetas y la producción ha costado 100 o 120
ptas, ¿por qué entonces ese suplemento? Lo paga por ser parte de la historia de
Nike. Es un comercio semiótico. Lo que Nike vende es su historia, una
experiencia. De este modo los bienes se convierten en servicios. Otro ejemplo
clarificador de la orientación de la nueva economía: cuando éramos pequeños
comprábamos un aparato y se nos ofrecía una garantía de uno o dos años. Ahora
es a la inversa. Se nos da el aparato, como el teléfono móvil, y nosotros
compramos el servicio. Esto cada vez irá a más. Los bienes se convierten en
servicios, en experiencias continuadas (mantener y hasta personalizar el
consumo). Ante este simplificado panorama, nuestra tarea no la podemos
encaminar a denunciar estas estrategias económicas ni a condenar teóricamente
el consumismo actual sino a analizar sus mecanismos y en su caso expresar,
confrontar y denunciar los reales y posibles efectos dañinos en el hombre. Y
eso sí, tal vez tengamos que aprender a trabajar en pastoral con su misma
sagacidad. Ya sé que la pastoral no es un trabajo de marketing económico pero
no podemos dar la espalda a orientaciones de las que evidentemente podemos
aprender. Un angelismo desencarnado puede ser peligroso. Por eso hasta me
parece importante el señalar los núcleos principales de un diseño de marketing
para que nosotros también sepamos traducirlos a nuestro contexto evangelizador: 1. La necesidad e importancia de contar con un plan de marketing; 2. El análisis de la
situación; 3. Estudiando a los consumidores; 4. El estudio de la competencia;
5. El análisis de los proveedores; 6. El producto/servicio; 7. La determinación
de los objetivos y estrategias; 8. El plan de comunicación; 9. El plan
comercial; 10. El presupuesto del plan de marketing y los sistemas de control.
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Junto a las sugerencias positivas que todo esto puede aportar, será
bueno que señalemos también la
negatividad a la que de hecho conduce: el dios monoteísta del libre
mercado y de la nueva economía van
llegando a configurar y a privatizar la opinión pública. Opinión pública
que tiene su mayor exponente vital en dos mitos, y digo mitos, que codo a codo
hacen su aparición en el escenario diario: el del sujeto autónomo y soberano
(mito de la modernidad ilustrada) y el sujeto relajado, descentrado, hedonista,
consumista (mito posmoderno).
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En esa mitomanía nos toca y nos tocará vivir los próximos años. Pero no
queda ahí la cosa. Estos mitos van minando las nociones del espacio cotidiano
que se van transformando cada vez más, dando la impresión de que están llegando
a ser “palabras deshabitadas”: casa, familia, iglesia, amor, amistad, cuerpo,
tradición, deseo, localidad y pertenencia. Existirán esos espacios, ¡cómo no!,
pero como “entramados superpuestos”, tal como aparecen en buena parte del arte
actual, sin duda anticipo del cambio social. {Como un ejemplo concreto, piensen
en el hecho de la vecindad digital que
cada día va adquiriendo más relieve e irónicamente a lo mejor no nos conocemos
los vecinos del edificio de nuestra propia casa}. Esta constatación no es una
realidad baladí si es que no queremos llegar inevitablemente a batirnos en
retirada en muchos aspectos de nuestra pastoral y de nuestra significatividad
espiritual.
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Por otra parte, podemos estar seguros, ya lo vamos barruntando, que los
valiosos imaginarios de la cultura
religiosa, aun contando con todos sus posibles déficits que puede arrastrar
consigo, serán cada vez más manipulados por los medios reduciéndolos a simple
espectáculo exótico, folclórico, mágico y hasta turístico. Por su naturaleza,
esa cultura religiosa (despojada de su misterio) se reconducirá hacia una
mezcla de lenguajes cultos y populares; mezcla y entrecruzamientos hasta lograr
una lenta desaparición de las ricas cargas simbólicas primigenias (símbolos,
creencias, ceremonias, tradiciones orales, narrativas...). Además, hemos de
contar con la gran influencia que va a tener en la realidad de la pertenencia la quiebra de fronteras y el cambio
en el concepto de territorio tanto físico como cultural y religioso por parte
de las redes mediáticas.
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Y ante todo esto, yo me pregunto: ¿cómo
convocar en un acercamiento más integral al hombre de hoy y cómo vivir la
espiritualidad [es muy significativo el título del libro de Ray Kurzweil, La era de las máquinas espirituales]?
Ésta es mi preocupación que intento que se haga imaginación, empuje y vivencia
espirituales en mi estilo de vida, en mi misión, en mi anuncio. ¿Por dónde
caminar?
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Ante la banal imagen de lo efímero, frente a lo inmediato trivial, al
goce presentista de la degustación trepidante de sensaciones, nos quedará, para
no perecer en los remolinos seductores de lo mediocre, reconfigurar (tal vez comenzando por menos ingeniería pastoral y
más reforma de la calidad y caridad de las liturgias, trampolín social del que
todavía disponemos), resemantizar nuestra
vida pastoral y nuestra espiritualidad (el lenguaje es un material peligroso, altamente
inflamable, y tal vez nuestro lenguaje espiritual tenga que volver a los
cuentos, como hacen p.e. Douglas Coupland en su libro Generation X. Tales for an accelerated culture y Andrea Schwarz, La dragoncita Quiéreme, Joanne K.
Rowling con su ya famoso personaje Harry Potter [ya se habla de la
pottermanía]), y esto a través de una imaginación
crítica creadora. Hemos de centrarnos en la resistencia crítica como método (pero no con una ingenua
apologética ni como un medicamento de aplicación tópica, ni con unos argumentos
distantes de las coordenadas reales de la vida) para no sufrir de total abismo
e indiferencia. Seguimos necesitados de significativas actitudes espirituales
proféticas (hoy se habla ya muy poco de profetismo) que puedan provocar y convocar
a la decisión, al compromiso, al cambio de vida. Pero para ello tendremos que
estar preparados (con una jugosa sabiduría vital y experiencial de Dios). El
cristiano tiene que sentirse siempre un miembro aprovechable en la sociedad. Su
don creyente y su opción cristiana no pueden pasar desapercibidamente, ni mucho
menos como una carga ¡Tanto amó Dios al mundo!
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Y lo mismo tendremos que poner en práctica al pensar sobre las próximas
transformaciones del cuerpo. Su
relación con los medios que lo
moldean y lo ponen a desfilar en pasarelas virtuales; la construcción de un
deseo corporal con base en cirugías, prótesis, silicona y aeróbicos; la cada
vez más deshumanizada falta de salud
corporal a cambio de forma corporal,
todo esto impulsará a una des-realización de la carne por parte de las
tele-presencias erótico-comunicacionales. Ya se habla del sexo virtual, el sexo
rápido y la monogamia consecutiva (los cambios frecuentes de pareja). Y yo me
pregunto, ¿por dónde encaminar la visión moral y ética del hombre? ¿Vamos
percibiendo hacia dónde tenemos que dirigir nuestros esfuerzos y compromisos?
{Me gustaría que pudieran leer el libro de la profesora N. Katherine Hayles, How we became posthuman. Virtual Bodies in
Cybernetics, Literature and Informatics, Univ. of Chicago Press 1999, y
sólo como exponente de cómo se va moviendo nuestra sociedad en esta
realidad}.
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Sin duda que las ideologías se
encarnan y se encarnarán más en los cuerpos. Quizá llegaremos a poseer
cuerpos que sean manifestaciones de "tecnologías morales burguesas",
como dice Terry Eaglenton, los cuales impulsarán valores tales como el
ensimismamiento, la interioridad acrítica, el decorado, la creatividad
flemática sin tensiones, valorando una subjetividad que piensa en sí misma y no por
sí misma.
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En esta "soberanía actual del consumidor" (las otras
soberanías se van perdiendo), hemos de ser muy conscientes de que lo light impone también la coexistencia
pacífica y la reconciliación de los adversarios. Así, el cinismo es la muestra
más patética de una cotidianidad relajada. Todo se acepta aquí, todo vale. Lo
fugaz y lo liviano; lo efímero y lo superficial; el analfabetismo cultural y la
mediocridad de lo ridículo; la idiotez de un ademán y su espectáculo. Cinismo
doble, pues exhibe como alta cultura la basura que estas sensibilidades
producen junto a la pobreza de imaginación crítico-creativa. ¿Cultura o basura?
Se nos vende demasiado desecho, y se nos venderá más, empobreciendo las
capacidades de asombro, contemplación,
imaginación, sensibilidad, reflexión, captación de la diferencia.
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Estamos pues siendo gramatizados y alfabetizados por una cultura que
hace culto al espectáculo (piensen y sólo como ejemplo en los días de la final
de la copa Davis). No es de extrañar que tenga tanto éxito el libro de Guy
Debord “La sociedad del espectáculo”. Espectáculo y trivialidad también de la
muerte. Sida, cáncer, terremotos, ciclones, violencia callejera, violencia
política, drama cotidiano, reality shows,
eutanasia, enfermedades terminales...todo está aquí para ser observado,
pantallizado. Llegamos a relajar la trascendencia de la muerte hasta lo banal,
pero eso sí lloramos a lágrima viva la muerte del rico y famoso, trivial,
mediocre, es decir, de aquel que se nos ha impuesto por el mercado como un
sueño a lograr (p.e.Lady D, la revolución sentimental que vemos expresada en
tantos y exitosos programas de TV...). Ciertamente que ante este somero y
simplificado panorama no podemos cruzarnos de brazos ni en nuestra misión ni en
la vivencia de nuestra espiritualidad. Son muchos y vidriosos los reclamos pero
también son muchas las exigencias creyentes. No vale una simple “pastoral de
alejados” hecha desde arriba ni una espiritualidad alejada. Hay que bajar a la
cancha, allí donde Bonhoeffer nos decía que el hombre cree sentirse más fuerte,
porque, como dice el teólogo Jüngel, allí donde resulta más difícil hablar y
expresar a Dios, allí hay mayores posibilidades de hacerlo correctamente. Donde
dominamos la situación es más fácil manipular a Dios a nuestra imagen y semejanza,
también nuestra espiritualidad..