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LA MISIÓN COMO CAMINO Y FUENTE DE ESPIRITUALIDAD DE LOS LLAMADOS
(Santiago de Compostela, 19-21
de enero del 2001)
Introducción
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Aunque sabemos que pensar en alta voz sobre un tema de
espiritualidad necesitaría abordarse
desde el conjunto de la vida espiritual, voy a intentar centrarme en lo
concreto que los organizadores de estas jornadas me han señalado: “La misión
como camino y fuente de espiritualidad de los llamados”, sin prescindir, por
supuesto, de algunas de sus interconexiones.
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De momento, ya el mismo título me parece que puede
ayudarnos a situar y a orientar la espiritualidad de unos agentes y educadores vocacionales: fíjense bien, se pone
el acento en la misión. A su vez,
creo que el abordar temas como éste indudablemente favorece el ir resituándonos conjuntamente en la
PV (resituarse
conjuntamente es una clave imprescindible y urgente en la PV). Lo subrayo:
tratar de ir convergiendo en la comprensión de la PV lo considero condición
básica para la configuración de la espiritualidad de unos agentes de pastoral
vocacional.
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Por eso, lo importante ahora para todos nosotros será el
tratar de situarnos en la realidad en que actualmente se está moviendo la PV. Para
ello me ha parecido conveniente hacer un recorrido histórico muy breve que
sintetice la trayectoria de la PV. Verán que esto tiene su razón de ser aunque
a primera vista pueda parecer que no nos centra directamente en la
espiritualidad. Cuando hace ya algunos años comenzábamos a sentir en la propia
carne la carencia de vocaciones, nos pusimos con más o menos celeridad y
convencimiento a afrontar esa necesidad eclesial. No sin titubeos e incluso sin
llegar a creernos del todo que el hecho no era algo pasajero, comenzamos a
barruntar que tal vez lo importante era comenzar por tener unos agentes
vocacionales que trabajaran en este campo. Se hizo lo posible y hasta en
algunos casos lo imposible por dedicar algunas personas a la tarea vocacional.
Incluso algunas de ellas tuvieron la oportunidad de poder prepararse en este
campo pastoral. Esto hay que valorarlo. Sumando las diversas tentativas, bien
podemos decir que su trabajo ha dado y seguro que va dando sus frutos, quizá no
los esperados porque son muchos los factores que intervienen en esta realidad
sin duda compleja. En aquel tramo del camino, y con la concepción que todavía
teníamos de lo que era la PV (más centrada en el reclutamiento vocacional y
cada grupo por su cuenta y con sus resortes), enseguida pudimos constatar que
si los sacerdotes, como agentes en principio más cualificados y marcando el
paso, no estaban implicados en ello el trabajo vocacional podía estar abocado
al fracaso. De hecho creo que sigue siendo una de las asignaturas pendientes de
la PV, salvando, como es lógico, los casos muy honrosos empeñados en ello. En
esta andadura histórica, hemos ido dando pasos importantes. Se ha llegado o se
va llegando a comprender poco a poco que la
realidad vocacional es una dimensión constitutiva y esencial de la Iglesia.
No es pues una tarea eclesial eventual o de momentos de crisis vocacionales, ni
por supuesto sólo de los sacerdotes. Logro éste que bien podemos calificarlo de
importancia capital. De este modo, estamos llegando poco a poco a comprender
que todos los creyentes, absolutamente todos, estamos implicados en esta
realidad eclesial (no sólo como llamados [las distintas vocaciones en la
Iglesia], sino también como responsables de la PV en la Iglesia). Otra cosa
distinta es que hayamos llegado a operativizar adecuadamente este logro. A su
vez llegamos a descubrir que la tarea vocacional no es en principio y
fundamentalmente un trabajo a corto plazo sino que exige un proceso bien
estructurado en los distintos ámbitos
pastorales de la Iglesia (pastoral familiar, pastoral juvenil, catequesis,
catecumenado, pastoral social..). Sin detenernos pues a desglosar con amplitud
todo esto, podemos decir que éste ha sido el camino recorrido hasta este
momento. ¿Por dónde parece que nos estamos moviendo ahora? Sin perder de vista
lo que queda pendiente de desbrozar y desarrollar en las etapas recorridas de
la PV hasta ahora, creo que en este itinerario hemos llegado a concienciarnos
de que hoy es de importancia capital el clarificar y cimentar el para qué de la PV, sin olvidarnos
lógicamente de su cómo histórico,
aunque evidentemente siempre haya existido un para qué. No es el momento de
volver la vista atrás para ver si no tendríamos que haber comenzado dándole
mucha más importancia a esto en la PV. Y he dicho clarificar. Poco a poco vamos
descubriendo que el para qué (es decir, la razón de ser) de todas las
vocaciones eclesiales (sacerdotales, religiosas y laicas) tiene su quicio
fundamental en la misión (y en esa
misma línea nos movemos cuando hablamos de la Iglesia como esencialmente
misionera, evangelizadora). Parafraseando parcialmente al profeta Isaías,
podríamos decir que Dios no elige, llama y envía en el vacío, es decir, no
llama para tener a los llamados junto a sí, en lo que podríamos llamar de una manera
plástica una especie de exhibición de trofeos (¿con diferentes estados de
perfección?), sino que llama y envía para llevar adelante juntos una misión: la misma
misión que protagonizó su propio Hijo, dentro de una economía salvadora
trinitaria. Una misión que si bien encierra en sí un contenido general básico
para todos los creyentes, no por eso quedan descartados los significados de las
distintas vocaciones y la riqueza de los distintos carismas. Lo que no podemos
minimizar o soslayar es el hecho de que la misión es clave decisiva y
fundamental en la comprensión de la espiritualidad vocacional. Y con todo esto,
concretamente, ¿qué se quiere decir? Se quiere decir que el ser del llamado por
parte de Dios (la consistencia vocacional de todos los creyentes) tiene su
razón de ser en la misión, que es idéntica a la de Jesús, y que la vivencia teologal del llamado (la espiritualidad)
tiene que estar enraizada en esa misma misión. El hombre creyente no puede
expresarse por compartimentos estancos: por un lado nuestra pastoral y por otro
nuestra espiritualidad. La antropología actual no nos lo permitiría y con toda
la razón. Por eso bien podemos afirmar como principio básico que la
espiritualidad de todas las vocaciones en la Iglesia es una espiritualidad misionera. ¡Qué
bellamente lo expresaba ya en la edad media esa gran monja teóloga Hildegarda
de Bingen: Nuestra espiritualidad se alimenta de la misión de ser “obreros de
Dios” (operaius divinitatis) en el
taller de la tierra!
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Creo que en lo que hemos visto hasta ahora,
fundamentalmente todos podemos estar de acuerdo. Pero, ¿qué implica y significa
que la misión es camino y fuente de nuestra espiritualidad? En primer lugar
implica que, sin olvidar otras fuentes, hoy nos es necesario o bien redescubrir, o bien reforzar, o bien
reestructurar, o bien compartir una interpretación de nuestra espiritualidad teologal desde la dimensión esencial de la
misión. Y es en ello en lo que queremos
adentrarnos ahora. Intentaré dar algunas orientaciones nada más; eso sí,
buscaré ofrecer algunas pistas renovadoras o al menos sugerentes que rompan el
círculo pastoral-espiritual que pareciera no dar más de sí; no esperen aquí,
por tanto, lo que podría asemejarse a un manual de instrucciones.
Giro hermenéutico (o de interpretación)
en la comprensión de la espiritualidad
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Explico a grandes rasgos lo que quiero decir con la
afirmación de que se ha dado un giro hermenéutico o de interpretación en la
espiritualidad. Vamos a ceñirnos a lo sucedido a lo largo de este siglo. Es
importante que notemos el decantamiento fundamental
que se ha ido y se va dando en la espiritualidad para poder situarnos
correctamente en lo que ello significa, implica y enriquece o puede enriquecer.
Está de sobra el decir que los decantamientos en la espiritualidad no son fruto
de las modas ni tienen por qué ser contrapuestos o excluyentes. Suelen tener
una base, unas razones, una
complementariedad y una progresiva concienciación. Para no extenderme demasiado
y simplificando las cosas se puede decir que la clave hermenéutica o
interpretativa de la espiritualidad en este siglo y hasta aproximadamente el
concilio Vaticano II ha sido ésta: “para ser un buen cristiano en la vida uno
necesita una doctrina básica y unas virtudes de santidad (una vida espiritual
sólida)”. La formación cristiana, en esta clave, supone unos conocimientos doctrinales y el ir
revistiéndose de las vivencias, virtudes y exigencias que la santidad va
reclamando (la propia santificación)
y que nos preparan para poder vivir bien y ejemplarmente en el mundo como
creyentes. En esta línea nos hemos ido moviendo durante bastante tiempo y
fundamentalmente sigue siendo así todavía. Con anterioridad, pero sobre todo en
torno al Vaticano II, podemos percibir un giro en la comprensión de la
espiritualidad, un giro todavía no desentrañado del todo en su mucha riqueza y
desafíos. El giro lo podríamos resumir así: es precisamente la misión, la acción evangelizadora la
que tiene que ir ayudando a discernir y a darle consistencia a la santidad y,
por tanto, a la espiritualidad. Doy por supuestas y asumidas las otras fuentes
de espiritualidad de las que no podemos en absoluto prescindir. El giro, aunque
a primera vista parezca casi imperceptible, tiene gran significado y riqueza,
como veremos enseguida.
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Llegados a esta constatación simplificada y para evitar
cualquier tipo de sospecha, quiero hacer notar que cuando opto por esta
hipótesis hermenéutica o interpretativa en la comprensión de la espiritualidad
a lo largo de este siglo no es que con ello quiera plantear una alternativa de
falsa o verdadera espiritualidad (una sería falsa y la otra verdadera). No
podemos decir esto en absoluto, sería una ingenuidad por mi parte, pero sí
quiero subrayar que existen razones, signos y sensibilidades por los que podemos
percibir este decantamiento generalizado de la espiritualidad a enraizarse,
discernirse y vivirse desde la misión. Sin duda que es así como va mostrándose
el estilo de vida espiritual que vemos en el Jesús de los evangelios (recuerden
p.e. el pasaje de Mc 2, 18-22 con todo el significado que tiene en relación a
la práctica religiosa de los discípulos de Juan y de los fariseos. “A vino
nuevo, odres nuevos”). La torpeza provendría de eliminar uno de los dos polos
(misión-santidad), el desvincularlos o el no integrarlos, como en algún momento
histórico ha ocurrido o puede estar ocurriendo en la actualidad. Una
espiritualidad desanclada o desarraigada (con todo el buen contenido que puede
poseer, de lo que no dudo en absoluto) puede ser peligrosa o al menos está
expuesta a una escasa, rutinaria, desencarnada y estática sustancia creyente.
En clave de misión, no está de más el decir que las expresiones de la vida
espiritual pueden aparecer como menos uniformadas, menos definidas, y hasta
menos vertebradas, aunque no menos auténticas, pero a su vez estarán mucho más
marcadas por la búsqueda y el
descubrimiento personal y comunitario e indiscutiblemente tendrán que ser
más dinámicas, creativas, más asumidas por la propia conciencia y sobre todo más discernidas comunitariamente (dimensión
importante de la espiritualidad) por
lo que es y nos exige nuestra misión de creyentes vocacionados dentro de la
franja histórica que nos ha tocado vivir. Esta visión de la espiritualidad, en
realidad más secular, en un primer momento, posiblemente puede correr más
riesgos y desorientaciones. Y hablo de discernimiento comunitario porque hoy
existe, bien lo sabemos todos, una tendencia fuerte hacia la individualización
y subjetivización de la espiritualidad y eso no es bueno ni es un buen
exponente de una Iglesia-comunión y corresponsable. Termino este apartado
diciendo que esta clave hermenéutica de nuestra espiritualidad sin duda nos
está exigiendo a todos mucha audacia, imaginación, realismo, creatividad,
humildad, corresponsabilidad y sabia ductilidad, componentes importantes e
imprescindibles de la espiritualidad.
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Desde lo visto hasta este momento, lógicamente ahora nos
tendríamos que centrar en lo que puede suponer la misión para las diversas
vocaciones eclesiales, ya que en su comprensión pueden existir diversas
tendencias no fáciles de coordinar y de compatibilizar (piensen p.e. en las
espiritualidades de las escuelas clásicas de Münster [salvación de las almas] y
Lovaina [implantación de la Iglesia] y la espiritualidad liberadora, por citar
sólo algunas). Pero no es esto lo que se nos pide ahora, aunque de alguna
manera tendrá que ir saliendo. Nos centramos en esta otra pregunta: ¿qué implica este cambio interpretativo en la
espiritualidad? Lo importante y lo que tenemos que tener muy en cuenta es
que, en este giro hermenéutico, evidentemente siempre según mi punto de vista,
la clave fundamental está en que el
carácter de acontecer forma parte del sentido mismo de la espiritualidad.
Esta última afirmación la he resaltado poniéndola en cursiva y la explico
inmediatamente. Lo que quiero decir con ello es que no es sólo la
espiritualidad que yo he adquirido y vivo, por supuesto con sus continuos
retoques y conversiones, la que pongo en juego en mi vida y acción misionera
(todo ello muy válido), sino que el mismo
acontecer misionero (mi trabajo pastoral en su contexto, con su realidad,
con sus necesidades y conflictos, con sus diversos enfoques, reclamos e
interpretaciones, con las diferentes repercusiones[humanas y creyentes] que tienen
en uno, con los conflictos y gozos emocionales que pueden generar, con las
tentaciones que siento en mi propia carne, con lo que implica la radicalización
de la misericordia...) forma parte del
sentido y contenido mismo de mi espiritualidad (interpretación holística de
la espiritualidad). En definitiva es una espiritualidad encarnada: hecha carne
con mi misión. No hay distancia entre mi espiritualidad, mi misión y mi vida.
La misión y la espiritualidad quedan mucho más entrañadas. Pongo un ejemplo concreto,
centrado en nuestro propio trabajo vocacional, para que nos entendamos mejor.
Todos nosotros tenemos una vocación en la Iglesia (sacerdotal, religiosa, de
laico). En la perspectiva misionera que hemos señalado, nuestra propia vocación
entra a formar parte del proceso mismo
de nuestra pastoral vocacional y evangelizadora. Y esto, ¿qué supone? Supone
que en mi trabajo vocacional mantengo mi
propia vocación en un proceso vocacional coetáneo al de los destinatarios
de mi pastoral vocacional. No me sitúo en la PV como un experto, como uno que
ha llegado ya, y que dedico mi persona, mis cualidades, mi tiempo al trabajo
vocacional, sino que mi propia vocación entra en el mismo proceso de
descubrimiento, desarrollo y discernimiento vocacional de los destinatarios de
mi trabajo vocacional. Mi vocación se
convierte así en un proceso de toda mi vida. Cuando entro en esta dinámica,
sin duda mi misión le da un nuevo sentido y también un nuevo contenido a mi
propia espiritualidad. Nuestra espiritualidad misionera se sitúa de este modo
en una permanente dinamicidad, no
sólo por lo que uno pueda hacer sino porque ella misma se vive como realidad
dinámica. Lo explico todavía un poco más para poderlo entender mejor. Sirviéndonos
de la jugosa distinción que hace Gadamer en Verdad
y método de las dos palabras alemanas Erlebnis
y Erfahrung que significan
“experiencia”, “vivencia”, podemos decir que el giro interpretativo de la
espiritualidad significaría lo siguiente: la Erlebnis si la referimos a la vida espiritual la podríamos expresar
así: vida espiritual= la espiritualidad como experiencia personal del Espíritu;
la Erfahrung si la referimos a la
vida espiritual la podríamos expresar así: vida espiritual= la vida experimentada,
recorrida (el verbo fahren= viajar)
espiritualmente. Como pueden ver, las dos realidades son importantes para la
vida espiritual, pero ahora lo que pretendo con esta distinción es que vean el
alcance que puede suponer la realidad de “la vida experimentada, recorrida
espiritualmente” (espiritualidad misionera). Recuerden el pasaje de Lc 10 con
la parábola del buen samaritano. El maestro de la ley pregunta “¿quién es mi
prójimo?”. Pregunta teórica. Y Jesús invierte la pregunta: “¿quién de los tres
te parece que fue prójimo?”. Desde la vida no hay escapatoria teórica para una
espiritualidad de amor al prójimo.