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EL
CARDENAL, EL PRESIDENTE Y EL DICTADOR
Armando F. Valladares
Una vez más, innumerables fieles católicos de la isla y del exilio
--que se oponen al régimen comunista basados en profundas convicciones religiosas y
morales-- se ven sorprendidos con declaraciones de un alto
Purpurado que contribuyen a justificar la dictadura castrista.
El Emmo. Cardenal Jaime Ortega y Alamino, Arzobispo de La Habana,
después de haber en los últimos años pleiteado el ingreso de católicos al Partido
Comunista; auspiciado una "síntesis" entre elementos
supuestamente "compatibles" del cristianismo y el marxismo;
propuesto a los exiliados una "reconciliación" y un "fraternal
abrazo" que incluiría al sanguinario dictador Castro; y aseverado contra todas las
evidencias
históricas que a la revolución castrista "nunca la animó un
sentimiento antirreligioso", acaba de eximir de culpas al régimen de La Habana por
la miseria en que yace el pueblo cubano, colocando toda la
responsabilidad en el embargo norteamericano.
En entrevista concedida a la revista italiana "Famiglia
Cristiana", el Cardenal Ortega no duda en conjugar los verbos más fuertes condenando
el embargo: mortificar, sofocar, estrangular, penalizar, sangrar. Al mismo tiempo hace
completo silencio sobre la verdadera causa de la miseria en la isla-cárcel: el propio
régimen socialista.
¿Cómo explicar esa clamorosa omisión, ese flagrante desconocimiento
de la realidad cubana?
¡Cuántos artículos y estudios conceptuados podrían ser
citados, que demuestran insofismablemente que es el sistema socialista el culpable
por la ruina económica de Cuba!
Recuerdo aquí la categórica afirmación del obispo auxiliar de La
Habana, Mons. Alfredo Petit --hecha al periódico "Eco Católico", de Costa
Rica-- de que "es el régimen de Fidel Castro el principal
responsable por la pobreza en Cuba, y no el embargo
norteamericano". En el mismo sentido se manifestaron el obispo de Holguín, Mons.
Héctor Lucas Peña y el secretario adjunto de la Conferencia de Obispos
Católicos de Cuba, P. José Félix Pérez Riera, durante un simposio
organizado por la entidad "Ayuda a la Iglesia que sufre", efectuado en
Königstein, Alemania.
Recuerdo también una valiente denuncia de la economista Marta Beatriz
Roque, actualmente prisionera en las mazmorras castristas, acusada de "delitos
contra-revolucionarios". La Sra. Roque afirmó que "la causa
real" de los problemas económicos de la isla está en el propio
régimen, el cual, "para disculparse, invoca como pretextos causas externas como el
embargo norteamericano".
Recuerdo, por fin, expresivos datos proporcionados por la historiadora
Irina Zorina, de la Academia de Ciencias de Rusia: Cuba comunista recibió en subsidios de
la ex-Unión Soviética más de 100.000 millones de
dólares, aproximadamente 4 veces más de lo que el Plan Marshall
destinó a Europa. Europa, con mucho menos dólares y una población varias veces
superior, alcanzó la prosperidad. El comunismo cubano usó la ayuda soviética para
exportar la revolución, esclavizar a su pueblo y dejarlo en la miseria. Así podrían ser
citados otros numerosos testimonios de una realidad indesmentible.
En esa perspectiva, es doloroso constatar cuánto las recientes
declaraciones del Cardenal Ortega a "Famiglia Cristiana", trasmitidas al mundo
por agencias de noticias, sirven para absolver ante la opinión
pública internacional al régimen de La Habana. Es este un nuevo
cáliz amargo que los católicos de la isla y del exilio son obligados a beber.
S.S. Juan Pablo II, en la propia residencia del Sr. Cardenal, en La
Habana, hizo un llamado a los desterrados cubanos a una "solidaridad generosa"
con sus hermanos necesitados de la isla-cárcel. Esa generosidad bien puede aquilatarse si
se considera que los cubano-americanos envían a sus familiares en efectivo, ropas y
medicamentos un monto anual equivalente a 1.000 millones de dólares,
suma que sobrepasa el total de lo obtenido por el régimen con la zafra azucarera o con el
turismo.
Sin embargo, lo que para el Papa es "solidaridad generosa",
para el Cardenal Ortega, por el contrario, la ayuda humanitaria proveniente de los Estados
Unidos, mayoritariamente aportada por los exiliados cubanos,
se transforma en "casi una limosna ofensiva"...
La trayectoria colaboracionista con el régimen comunista seguida por
el Cardenal Jaime Ortega adquiere un particular relieve en momentos en que el presidente
Clinton parece iniciar un viraje en su política hacia
Cuba. En la conferencia de prensa donde se esforzaron en justificar las
nuevas medidas, el presidente Bill Clinton y la secretaria de Estado Madeleine Albright
explícitamente mencionaron, entre sus objetivos
principales, el de "apoyar" y "reforzar" el papel
de la Iglesia en Cuba.
Nada más loable si eso se traduce en un decidido apoyo moral a los
fieles católicos de la isla que, contra vientos y mareas, sufriendo las constantes
persecuciones de la policía política, y enfrentando
incomprensiones inclusive de sus Pastores, se oponen al comunismo y se
niegan a colaborar con él.
Ahora bien, el Cardenal Ortega, por su natural ascendiente en el
Episcopado cubano; por la primacía que le otorga su condición de único Purpurado de la
isla; por ocupar actualmente la presidencia de la Conferencia de Obispos Católicos de
Cuba (COCC); y por su proyección internacional, es sin duda el mayor exponente de la
Iglesia cubana. Por lo tanto, es principalmente su figura la que podría capitalizar la
confianza del gobierno norteamericano.
Si esto ocurriese, en el corto y mediano plazo el fiel de la balanza de
una Cuba con Castro, o aún sin Castro, podría quedar en las manos --con aval
norteamericano-- de una personalidad que ha manifestado numerosas
benevolencias en relación al régimen; y está dispuesta a salvar del
naufragio supuestos "logros" de la nefasta revolución castrista. Bien pueden
medirse, bajo ese aspecto, los eventuales perjuicios para el
pueblo cubano y las ventajas potenciales para el régimen, que se
desprenden de esta nueva apuesta de la diplomacia norteamericana.
Quiera Dios que estas aprensiones no se concreten. Pero es preciso
mantener el espíritu vigilante.
La causa de la libertad de Cuba está entrando en la mayor de sus
encrucijadas. Esa causa sublime exige de cada uno de los exiliados cubanos la lucidez, la
serenidad, la altiva e invariablemente respetuosa
capacidad de denuncia, la firmeza de ánimo, la convicción de estar
luchando por una causa justa y la fe inquebrantable de que, más allá de cualquier
maquinación terrena, el comunismo cubano no prevalecerá.
Sobre el autor:
Armando Valladares, ex-preso político cubano, fue embajador de los
EE.UU. ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en las administraciones de los
presidentes Ronald Reagan y George Bush
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