EL LENTO DESPERTAR

DEL CINE ESPAÑOL
 
 
 


 
 
 

Por Ignacio Ortega

Cinco meses después de la primera representación de los Lumiere, uno de sus operadores se traslada a Madrid, aprovechando la festividad local de San Isidro, el 15 de Mayo de 1896, ofrece una serie de exhibiciones al público madrileño que pasaba por las cercanías del hotel Rusia. El Kinetoskopio de Edison, ya conocido en Madrid, no tiene tanto éxito como el nuevo sistema de proyección sobre pantalla.

Promio, el operador enviado a Madrid, no debía pasar de los veinticinco años cuando piso por primera vez la capital de España y estaba afanado con los preparativos para poder efectuar los preparativos para poder efectuar la presentación del nuevo espectáculo que despertaba curiosidad entre los madrileños. Se decidió por aquel local porque pasaba mucha gente, deseosos de poder presenciar en breve lo que en París había sido un éxito. Este local anteriormente había albergado los mas variados negocios, entre ellos uno de máquinas tragaperras y de juguetes mecánicos que atrajeron preferentemente a la gente infantil, que por unos cuantos céntimos disfrutaban de tan modestas diversiones. Pero lo que ahora se anunciaba iba a superar con creces todo lo anterior. Era nada mas y nada menos que "la maravilla del siglo", según informaciones de la prensa referentes al éxito logrado en Francia por los inventores de Lyon.

Promio, una vez lo tuvo todo a punto, paso una comunicación a la prensa local, invitándola a presenciar la primera prueba del invento, el día 13 de Mayo. Dos días después se verificó la inauguración del Cinematógrafo Lumiere ante un escogido auditorio y en sesión privada. Al día siguiente, 16 de Mayo, se abrieron las puertas al público. El éxito fue indescriptible. Promio celebraba funciones por sesiones de veinte minutos, de tres a siete de la tarde y de nueve a once de la noche, al precio de dos peseta la entrada. Lo mismo que en París el local se vio literalmente abarrotado de gente, ávida de presenciar el programa, compuesto por la proyección de ocho a diez películas de diecisiete metros cada una.

A la función inaugural asistió el embajador de la República Francesa, que había tenido la simpática iniciativa de invitar al acto a un grupo de alumnas del colegio de San Luis de los Franceses. Una persona de los asistentes relata así el momento "Recuerdo la algazara que se produjo al ver andar a los hombres muy deprisa, muy deprisa, y entre la horripilante oscilación que dañaba la vista; el susto que nos producía el ver que se nos echaban los caballos, los ómnibus y que a todas instintivamente, nos obligaba a echarnos hacia atrás en las sillas, creyendo que nos atropellaban; y por último el palmoteo y la nueva algazara que se armó en el "Regador regado" al ver salir de verdad agua de la manga de aquel inocente jardinero y las risotadas cuando el chico había pisado la manga levanto el pie y le puso como una sopa". Además ofreció el señor Promio otras dos cintas: "La Avenida de los Campos Eliseos" y "La salida de los obreros de la fábrica Lumiere".

Tres días mas tarde asistía la Familia Real a conocer el espectáculo de Promio, que entusiasmó también a tan destacadas personalidades, el técnico francés fue el encargado de transmitir a los Lumiere la augusta felicitación. En los cuadernos que Promio publicó mas tarde, revelando sus impresiones de la presentación del cine en España, nos refiere que en Madrid el cinematógrafo fue la causa indirecta de una pequeña revolución en el Palacio Real. El delegado de los Lumiere había pedido a la reina regente, Mª Cristina, la necesaria autorización para operar en los cuarteles o en los campos de ejercicios, a fin de rodar unas películas. Conla mayor amabilidad la soberana accedió a cuanto Promio solicitó. Cuando este se ocupaba de la artillería, expreso al intendente su deseo de poder contar con las piezas. El funcionario palaciego levanto los brazos al cielo, diciéndole que se negaba terminantemente a transmitir semejante demanda. Promio insistió, no obstante, y cuarenta y ocho horas después fue avisado que la reina daba ordenes que se preparasen seis piezas de artillería, con gran asombro de la oficialidad, que hubo de confesar que el Cinematógrafo Lumiere tenía influencia sobre los mas poderosos soberanos.








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