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| LA BATALLA DE CONCEPCION | ||||||||||||||||||||
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ANTECEDENTES La primera fase de la guerra entre el Perú y Chile, es decir la campaña del sur, había concluido con el triunfo de este último país en la batallas del Alto de la Alianza y Arica, y por ende, con la ocupación de las provincias de Tacna y Tarapacá (mayo-junio de 1880). Ello permitió al gobierno chileno emprender los preparativos para la siguiente fase, es decir, la ocupación de la capital del Perú, con objeto de forzar el término de la guerra mediante una capitulación que contemplara la cesión de las provincias sureñas ocupadas. En noviembre de 1880 Chile desembarcó en Lurin, al sur de Lima, un cuerpo expedicionario de 26,000 hombres y un mes y medio después emprendió la marcha sobre la capital peruana. El ejército de línea del Perú ya no existía y los restos del Primer Ejército del Sur fueron refundidos con unidades de voluntarios provenientes de diversos puntos del país. Así, los peruanos congregaron un contingente de 16,000 hombres para defender su capital. En enero de 1881 se llevaron a cabo las cruentas batallas de San Juan y Miraflores. Debido a la deficiente estrategia adoptada y no obstante la épica resistencia, particularmente aquella concentrada en el morro Solar, las extensas defensas colapsaron, lo que permitió al ejército chileno comandado por el general Manuel Baquedano, el vencedor de Arica, ocupar Lima. La capitulación de la capital sin embargo no puso fín a la guerra, pues si bien los remanentes del ejército peruano fueron destruidos, aún quedaban oficiales dispuestos a continuar la lucha. Pronto las circunstancias cambiarían el panorama del conflicto y los peruanos, de combatir contra un ejército expedicionario, pasarían a luchar contra una fuerza de ocupación; las tácticas convencionales darían paso a la guerra de guerrillas, y el escenario bélico pasaría de las áridas costas del Pacífico a los fríos e inhóspitos Andes. Gestor de la resistencia fue el entonces coronel Andrés Avelino Cáceres, vencedor de la batalla de Tarapacá, veterano de toda la campaña del sur y uno de los oficiales que más destacada actuación cumpliera en la defensa de la capital(1). Tras reponerse de las heridas sufridas en Miraflores, tiempo durante el cual permaneció oculto en algún lugar de Lima, en abril de 1881 el coronel Cáceres se desplazó a Jauja, ciudad de la sierra central peruana, desde donde dedicó sus esfuerzos a levantar un nuevo ejército con el objeto de expulsar del país al invasor. La primera columna de la flamante fuerza militar fue formada por gendarmes de la localidad de Tarma convalecientes en el hospital local. El paciente trabajo de Cáceres fue dando sus frutos, asistido por oficiales del diezmado ejército y otros patriotas dispuestos a continuar la lucha aún en las circunstancias más adversas. La primera maniobra estratégica concebida por Cáceres durante lo que se denominaría Campaña de la Breña, en la fase que ocuparía el período comprendido entre mediados de 1881 y mediados de 1882, fue emprender una "guerra en pequeño" o de guerrillas, lo cual le proporcionaría el tiempo necesario para formar y adiestrar sus primeras tropas. Una vez que estas hubieran adquirido volúmen y consistencia, Cáceres adoptaría formalmente un esquema defensivo, dentro del marco de una "estrategia de desgaste", hasta alcanzar la fuerza indispensable para pasar en la oportunidad propicia a una vigorosa contraofensiva. La ídea pues era atraer al adversario, hasta entonces focalizado en la costa, a la sierra central, mediante acciones de fuerzas irregulares con objeto de desgastarlo y desorganizarlo, mediante una defensa móvil y activa. Dentro de este contexto, Cáceres había planificado combinar la resistencia con el contraataque. Producto de esta táctica serían las continuas incursiones de las fuerzas peruanas en las localidades de Matucana, La Oroya, Tarma, Jauja, Chicla, San Mateo y otros. En pocos meses, Cáceres, ya promovido a general y jefe superior político-militar de la zona central del país por el Director Supremo del Perú, Nicolás de Piérola, había armado una fuerza respetable y disciplinada (2). Para fines de 1881 ya contaba con 3,000 hombres, ocho piezas de artillería y un regimiento de caballería, con los que asediaba a los chilenos desde Chosica, 50 kilómetros al este de Lima. Asimismo, el general Cáceres logró el invalorable concurso de los campesinos de diversas comunidades de los Andes a quienes incorporó como guerrilleros bajo órdenes de hostigar al enemigo y brindar el apoyo necesario para las operaciones del ejército regular(3). El alto mando militar chileno, que ya había consolidado la ocupación de las principales ciudades del Perú -con excepción de Arequipa-, previó que la presencia de esta fuerza hostil dificultaría la posibilidad de alcanzar una paz rápida con el nuevo gobierno provisorio liderado por el abogado Francisco García Calderón(4). Por ello, el jefe-político militar de las fuerzas de ocupación, contraalmirante Patricio Lynch, concluyó que mientras el ejército de Cáceres no fuera destruido, el conflicto se prolongaría indefinidamente. En mayo de 1881 decidió enviar una expedición punitiva rumbo a Junin y Cerro de Pasco al mando del coronel Ambrosio Letelier con órdenes de destruir todo conato de resistencia por parte de los peruanos. La expedición sin embargo resultó no sólo un fracaso, sino que originó un escandalo por actos de corrupción y abuso de autoridad atribuídos a Leteleir. Para proteger su retirada desde Cerro de Pasco, Letelier ordenó a un batallón del regimiento Buin desplazarse desde Casapalca hasta el caserío de Cuevas. Parte de dicha fuerza se dirigió después hacia la hacienda de Sangrar, donde fueron atacados por un batallón peruano, que causó al adversario muchas bajas y la pérdida de cincuenta rifles. Lynch suspendió el envío de este tipo de expediciones y alarmado por la situación dispuso la creación de la división del centro, fuerte de unos 3,000 hombres al mando de oficiales capaces y determinados a cumplir con la misión de conquistar la Sierra Central (5). El primero de enero de 1882, aquel ejército, dividido en dos columnas y al mando del coronel Gana, inició su avance hacia el interior del Perú. Pronto surgieron los enfrentamientos entre ambos contrincantes. En Huarochiri, la fuerza de Cáceres sufrió su primer revés frente a los chilenos debido a la traicionera decersión en pleno combate de los batallones comandados por el coronel Manuel de la Encarnación Vento y de algunas tropas de caballería. La energía de Cáceres impidió lo que pudo ser la debacle peruana y pese a sufrir grandes pérdidas logró replegarse sobre Tarma. Su ejército había quedado reducido a 1,000 hombres de infantería, 98 jinetes y 90 artilleros, aunque aun estaba lejos de colapsar como una unidad combativa. El primero de febrero de 1882 el coronel chileno Gana debió retornar a Lima y dejó al mando de la división del centro al coronel Estanislao del Canto, comandante del regimiento Segundo de Línea (6). El cinco de febrero los soldados chilenos bajo del Canto sostuvieron un combate con las tropas de Cáceres en Pucará. Las tropas chilenas, dando muestras de desorganización, y luego de sufrir muchas bajas, terminaron replegándose hacia Zapallanga, dejando abandonados gran cantidad de armamento y munición. Luego de aquel encuentro Cáceres marchó hacia la ciudad de Ayacucho, donde una terrible tempestad en los desfiladeros ubicados entre Acobamba y Julcamarca ocasionó que 412 de sus hombres rodaran por el abismo y se perdieran casi todas las bestias de carga. Al llegar a Ayacucho a fines de febrero, el indomable oficial contaba apenas con 500 soldados. Asimiló sin embargo a la guarnición que protegía dicho departamento y en los siguientes tres meses procedió con gran energía a reorganizar a su ejército, conformando cuatro batallones de 250 hombres cada uno -entre ellos el legendario Zepita- 150 artilleros y 50 hombres de caballería. Con esa fuerza, a fines de junio de 1882, Cáceres emprendió la segunda fase de la campaña, cuyo objetivo buscaba expulsar o de ser posible destruir a la división del centro que había penetrado en el valle del Mantaro. Uno de los regimientos chilenos que integraban dicha división era el Chacabuco, Sexto de Línea, dirigido por el comandante Marcial Pinto Aguero. El Chacabuco estaba integrado por seis compañías y había tenido una participación decisiva en las batallas de San Juan y Miraflores, particularmente en la difícil toma del morro Solar. Hasta cierto punto, el Chacabuco podía considerarse un regimiento de elite. El inicio de la campaña terrestre, desde Pisagua, había sido llevada a cabo por soldados voluntarios pertenecientes a la clase proletaria obrera chilena, conducidos por oficiales profesionales, en buen porcentaje miembros de la burguesía. Sin embargo, no se observaban muchos voluntarios provenientes de las clases acomodadas, situación que motivaba cierto malestar en un sector del pueblo que consideraba estar cargando sobre sus espaldas el mayor peso del conflicto. Esta situación impulsó a varios jóvenes patriotas miembros de las clases medias y altas a enrolarse en el ejército con objeto de mostrar con el ejemplo que la guerra era para todos los chilenos. El caso más notorio fue el de Ignacio Carrera Pinto, sobrino del ex presidente de aquel país, Aníbal Pinto. Ignacio Carrera nació en 1848 y era descendiente directo del prócer de la independencia chilena José Miguel Carrera. Pocos meses después de declarada la guerra con el Perú, cuando contaba con 31 años de edad, se enroló voluntariamente en el ejército y recibió el grado de sargento del Regimiento Cívico Movilizado No 7 de Infantería Esmeralda, conocido como el Séptimo de Línea. A fines de setiembre de 1879 desembarcó con su regimiento en el territorio ocupado de Antofagasta, de donde pasó a Carmen Alto. Luego de la captura del puerto peruano de Pisagua se trasladó al teatro de operaciones de Tarapacá e integró la fuerza que ocupó el puerto de Iquique. Cuando se inició la campaña de Tacna, su regimiento pasó a integrar la primera división del ejército expedicionario. El sargento Carrera tuvo una destacada actuación en la batalla del Alto de la Alianza, donde no obstante ser herido en combate, condujo a sus hombres con gran coraje, hecho que le valió ser ascendido a Subteniente. Concluída la campaña del sur, el flamante oficial fue destacado al regimiento Chacabuco, Sexto de Línea, con el cual luchó valientemente en las batallas de San Juan y Miraflores. En una de aquellas, participó en la conquista de siete trincheras peruanas, compartiendo honores con otros jóvenes oficiales que luego servirían bajo sus órdenes (7). Luego de la ocupación de la capital peruana, Carrera Pinto fue ascendido al rango de teniente. Poco más de un año después, fue promovido al rango de Capitán y jefe de la cuarta compañía del regimiento Chacabuco, que en aquellos momentos formaba parte de la división que ocupaba la sierra central del Perú. Ahí la fuerza de del Canto se encontraba diseminada en un radio de 300 kilómetros, entre las localidades andinas de Chicla, Marcavalle y Cerro de Pasco, esta última ciudad ubicada a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar. La prospera ciudad de Huancayo, capital del departamento de Junín, ubicada a orillas del río Mantaro y situada a 3.340 metros de altitud fue elegida por del Canto como sede de su cuartel general, tanto por su céntrica ubicación como por su clima templado y saludable. Fuera de Huancayo y separadas cada cual por una distancia de 20 ó 30 kilómetros, se encontraban distribuidas las pequeñas guarniciones militares, que tenían por misión batir a las huestes de Cáceres. En la situación en que se encontraban, los chilenos eran constantemente hostilizado por los guerrilleros y sus convoyes de pertrechos atacados y capturados. Además, un buen porcentaje de sus soldados habían caído víctimas de enfermedades como el tifus y yacían inermes en hospitales o improvisadas tiendas de campaña. El fraccionamiento de las tropas de la división del centro en un terreno hostil estaba demostrando ser un error estratégico que acarearía graves consecuencias. Así, vista la difícil situación que enfrentaba con el avance de las fuerzas de Cáceres y a efecto de acortar las líneas replegando las tropas hacia lugares donde se pudiera ofrecer una sólida resistencia y prestar debida asistencia médica a los enfermos, el gobernador Lynch ordenó al coronel del Canto evacuar Huancayo, replegarse a Jauja y limitarse a retener la línea del ferrocarril de la Oroya u otro punto estratégico que conservara el libre paso del ejército al otro lado de la cordillera de los Andes. La ofensiva podría reanudarse una vez concluido el frío invierno andino. Sin embargo, ante el gran número de enfermos en sus tropas y otras circunstancias de carácter logístico, del Canto se vio forzado a retrasar su repliegue. En tal situación, el general Cáceres vió llegado el momento de emprender campaña contra el invasor. La distribución de las fuerzas chilenas, sugirió al general peruano la ídea de encajonar a del Canto en el valle del Mantaro, mediante un doble movimiento de rodeo, cortándole la retirada hacia Lima, para batirla posteriormente por partes. Para tal efecto Cáceres dividió sus fuerzas, consistentes en 1300 soldados y 3000 guerrilleros, en tres columnas. La primera de ellas, integrada por el batallón Pucará número 4, las columnas guerrilleras de Comas y Libres de Ayacucho y fracciones del batallón América, fue puesta al mando del Coronel Juan Gasto, La segunda columna, compuesta por un batallón de regulares y un destacamento de guerrillas, quedó a órdenes del coronel Máximo Tafur y, La tercera columna, con el resto del ejército, permaneció bajo el mando del propio Cáceres. De acuerdo al plan, la columna del coronel Gasto debía marchar por el sector derecho de las alturas del río Mantaro y, virando por la localidad de Comas, debía caer sobre el pueblo de Concepción y batir al destacamento que ocupaba ese lugar. La columna de Tafur por su parte, debía avanzar hacia el oeste, pasar por Chongos y Chupaca, caer sobre la Oroya, atacar a la guarnición chilena y cortar el puente del mismo nombre para impedir el escape de las tropas adversarias hacia Lima. El general Cácere por su parte se dirigiría a batir a los destacamentos chilenos en Marcavalle y Concepción. El 8 de julio la columna de Cáceres arribó a la localidad de Chongos y se desplazó por los pueblos de Pasos, Ascotambo, Acoria y otros sin ser avistado por el adversario, acampando finalmente en las alturas de Tayacaja, frente al poblado de Marcavalle, primer objetivo militar de la expedición. Desde aquella posición los peruanos pudieron divisar claramente a las tropas chilenas del Regimiento Santiago. En la madrugada del nueve de julio, el general Cáceres ejecutó un ataque simultaneo con artillería e infantería. La sorpresa fue tal, que en no más de 30 minutos las fuerzas chilenas se vieron obligadas a retroceder hasta el pueblo de Pucará, ubicado a poco menos de un kilómetro y medio de Marcavalle, en dirección a Huancayo. En este proceso los chilenos sufrieron 34 bajas. En Pucará se trabó un nuevo combate entre las tres compañías del Santiago y cuatro compañías de los peruanos Tarapacá, Junin y la columna de guerrilleros de Izcuchaca. El ataque peruano alcanzó tal intensidad que la tropa chilena debió emprender otra apurada retirada. Las pérdidas sufridas por los chilenos en las acciones de Marcavalle y Pucará fueron considerables. Tuvieron 200 bajas, entre muertos y heridos. Asimismo dejaron en el camino gran número de municiones y otros pertrechos de guerra. Sus muertos fueron enterrados por las tropas peruanas. Entre ellos se encontraron seis oficiales, para quienes el general Cáceres dispuso sepultura especial y que se les rindiera los honores correspondientes. A 26 kilómetros al norte de Huancayo y a 45 de Pucará, se encuentra el pintoresco pueblo de Concepción, que entonces contaba con unos tres mil habitantes. Aquella localidad, fundada por los incas en territorio de los huancas y descubierta por el conquistador español Hernando Pizarro un 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, también había sido ocupada por una guarnición del ejército chileno, similar a las otras tantas fraccionadas a lo largo de diversos pueblos del hermoso valle del Mantaro. El cinco de julio del Canto había dispuesto que la cuarta compañía del Chacabuco, a órdenes de Ignacio Carrera Pinto ?quien por cierto aun no había sido informado de su ascenso- relevara a la tercera compañía del mismo regimiento en dicho pueblo, comandada por el capitán Alberto Nebel. La compañía de Carrera Pinto consistía en 57 soldados de tropa, un sargento, cuatro cabos y un segundo oficial, el jóven subteniente Arturo Perez Canto, de 21 años de edad. A ellos se sumaban los subtenientes Julio Montt de la quinta compañía del Chacabuco, convaleciente de tifus y Luís Cruz, de la sexta, agregado, con apenas 18 años. También se encontraban en Concepción diez soldados, todos ellos extentos del servicio por razones de enfermedad.; nueve pertenecientes a diversas compañías del Chacabuco y uno a la primera compañía del regimiento Lautaro. En total, 77 hombres. Cuatro de los suboficiales estaban acompañados por sus mujeres, comúnmente conocidas como cantineras, quienes convivían con ellos, asistiendolos lealmente en sus faenas a más de apoyar los quehaceres domésticos del destacamento. La vida en aquel pequeño y pintoresco pueblo era tranquila y pese al natural rechazo de la población no se registraban actos de violencia o sabotaje contra las fuerzas de ocupación. Parecía que el destacamento recién llegado no sufriría mayores contratiempos y la posibilidad de un enfrentamiento inmediato con el ejército peruano se vislumbraba como remota. No obstante, y de conformidad con las órdenes del alto mando, se adoptaron medidas preventivas. En tal sentido Carrera Pinto mantuvo a la tropa acuartelada y acondicionó dispositivos defensivos en el cuartel de la guarnición. Este funcionaba en una casa parroquial, ubicada al costado de la iglesia a cuyo otro extremo se levantaba una casa de dos pisos que había sido acondicionado como enfermería, construcciones todas situadas en plena Plaza de Armas. De la parte posterior del improvisado cuartel emergían las faldas del cerro del León. Ello y las bocacalles de la plaza eran motivo de preocupación, por lo que el capitán ordenó levantar barricadas en los accesos, contemplando un eventual escenario que implicara la defensa del perímetro de la plaza. Las municiones en los diversos regimientos chilenos de la división del centro estaban muy escasas y los soldados del Chacabuco no eran una excepción: Cada uno disponía apenas de 100 balas, cantidad ínfima pero apreciable si se comparaba con las 20 balas con que contaban los del regimiento Lautaro. La guarnición de Concepción tampoco poseía caballería ni piezas de artillería y se encontraba muy aislada, pues el destacamento chileno mas cercano se encontraba en Jauja, donde acampaban otros 100 hombres del Chacabuco. A las 9 de la mañana del 9 de julio, el ataque peruano iniciado en Marcavalle y continuado en Pucará -evidentemente inadvertido en Concepción- empezó a diluirse en plena persecución del enemigo que retrocedió hacia Zapallanga. Sin embargo las compañías del Santiago lograron hacerse fuertes en un lugar llamado La Punta, donde fueron reforzados por el destacamento acantonado en Zapallanga. El hecho que la fuerte división central de Huancayo se acercara para socorrer a sus camaradas, además de otras circunstancias motivó que Cáceres suspendiera el ataque en ese sector, con intención de reanudar las hostilidades al día siguiente. A plazo inmediato había logrado su objetivo y los chilenos había sido desalojados de dos poblados. Después de recoger a los sobrevivientes del Santiago, el grueso de la división del Canto se replegó a Huancayo, pero en lugar de continuar hacia Concepción, cual era su objetivo, el comandante en jefe decidió permanecer en aquella ciudad y pasar ahí la noche. Si bien no se había recibido noticias de Concepción, nadie podía imaginar los dramáticos sucesos que ahí pronto se desencadenarían. En efecto, el coronel Juan Gasto, comandante general de la División de Vanguardia, en cumplimienton a sus órdenes, avanzaba contra el destacamento de Concepción, con un total de 300 soldados del ejército regular y 1000 campesinos armados con lanzas y rejones. LA BATALLA Aproximadamente a las 14:30 horas del domingo 9 de julio, una tarde fresca y soleada que en nada hacía presagiar el inicio del drama a desencadenarse, las fuerzas peruanas aparecieron por los cerros que rodean Concepción. Al percatarse de ello, el sorprendido capitán Carrera Pinto rápidamente evaluó con sus oficiales el curso de acción. La primera posibilidad que se presentaba sugería emprender una retirada rápida pero ordenada habido cuenta de la imposibilidad de sostener con sólo 77 soldados de infantería armados apenas con fusiles y bayonetas y escasos de munición, un ataque de 1,300 hombres. Esta posibilidad sin embargo fue rápidamente descartada al considerar que los guerrilleros peruanos podían emboscarlos en el proceso de repliegue y que sería más difícil combatir a campo descubierto, donde las tropas se presentarían más vulnerables. Se optó entonces por permanecer en el lugar y mantener la posición, pues se esperaba contar con el apoyo del coronel del Canto, que luego de evacuar Huancayo, debía pasar por Concepción en el transcurso de las próximas horas. En tales circunstancias los chilenos confiaron en resistir el ataque adversario, hasta que llegara el grueso del contingente y provocara un vuelco en lo que se vislumbraba como un desigual combate. En consecuencia, el enérgico Carrera Pinto ordenó a sus hombres prepararse para la lucha, al mismo tiempo que despachó a un cabo y dos soldados para que intentaran llegar a Huancayo y avisaran al cuartel general sobre su difícil situación. Así, la guarnición se vio reducida a 74 hombres sin siquiera haberse iniciado el combate. Los portadores del mensaje sin embargo, pese a los esfuerzos por atravesar las posiciones peruanas resultaron muertos en el intento y con ellos se desvanecerían las posibilidades de ayuda. Por su parte el coronel del Canto no marcharía aquel fatídico día sobre Concepción; A más de su decisión de permanecer en Huancayo, irónicamente acababa de recibir una comunicación ... suscrita por el propio Carrera Pinto aproximadamente a las 13:30 horas, mediante la que notificaba que la guarnición bajo su mando no observaba mayores novedades. En Concepción, la fuerza peruana inició esporádicos disparos desde las colinas. La guarnición chilena, obligada a conservar municiones, no contestó el fuego. Más bien se preparó para repeler un ataque frontal. Carrera Pinto dividió entonces su destacamento y en principio mantuvo la opción de defender todo el perímetro de la Plaza de Armas, para lo cual distribuyó a sus hombres en las barricadas acondicionadas previamente en los cuatro accesos a la plaza. En poco tiempo el ejército y los irregulares peruanos comenzaron a bajar por las laderas; los guerrilleros se dirigieron hacia el sur y los hombres del ejército regular convergieron por el norte, con lo que aseguraron el cerco sobre el pueblo. Acto seguido emprendieron el asalto simultáneo a la plaza. No bien se inició aquella violenta incursión, los chilenos respondieron a pie firme con una descarga cerrada, causando muchas bajas en los peruanos. Estos sin embargo no se amilanaron y continuaron en la brega, siendo rechazados una y otra vez desde las posiciones chilenas, lo que dio inicio a la primera fase del combate, que se prolongaría aproximadamente una hora. El fuego chileno demostró ser bastante certero y por lo tanto mortal. Las embestidas peruanas no podían romper las barricadas y se veían obligadas a retroceder para reintentar una y otra vez penetrar las defensas del adversario. En este cruento proceso sin embargo, algunos chilenos resultaron muertos o heridos y pronto se hizo evidente que por más esfuerzos que hicieran no podrían mantener los accesos indefinidamente. Los peruanos, pese a las bajas sufridas no mostraban intención de suspender o concluir el ataque y se vislumbraba que su aguerrida determinación y ventaja numérica pronto les permitiría alcanzar su objetivo. Así fue, porque pese a todos los intentos por no ceder las posiciones, los chilenos fueron forzados a replegarse de a pocos hacia el centro de la Plaza de Armas cargando a sus heridos y dejando sobre los accesos -mudos testigos de la épica lucha- los cadáveres de sus compañeros caídos en acción. En esa nueva posición quedaron sin embargo más expuestos que antes. Teniendo en cuenta que bajo tales circunstancias resultaba suicida mantener la plaza, el capitán Carrera Pinto ordenó a sus fuerzas replegarse hacia el cuartel, desde el cual continuarían combatiendo. Los hombres obedecieron y pronto la Plaza de Armas quedó desierta. Una vez dentro del cuartel los soldados trancaron las puertas y tapiaron con muebles las ventanas dejando sólo troneras para disparar. Los heridos capaces de combatir ocuparon posiciones y aquellos que yacían enfermos como el teniente Montt se unieron a la lucha. Mientras el comando peruano evaluaba un plan de acción para capturar el cuartel mediante un asalto convencional, los guerrilleros, indignados por las represalias, cupos y otros abusos cometidos por la división del centro contra sus pueblos y familias, se lanzaron una vez más, indiscriminadamente, contra el objetivo. Esta decidida acción fue respondida con un fuego nutrido y compacto que los obligó a replegarse no sin sufrir cuantiosas bajas. Suspendido este ataque, el coronel Gasto, consciente que tarde o temprano tomaría el cuartel chileno y previendo que este proceso demandaría un mayor derramamiento de sangre en ambas partes, que inclusive podía implicar el exterminio del valiente destacamento enemigo, envió a uno de sus oficiales para que, bajo bandera de parlamento, les planteara la rendición de acuerdo a las leyes de la guerra y ante la imposibilidad de que los hombres de la cuarta compañía del Chacabuco mantuvieran por mucho tiempo su frágil posición. El texto de la notificación suscrita por el coronel Gasto era corto pero explícito: "Señor Jefe de las fuerzas chilenas de ocupación.- Considerando que nuestras fuerzas que rodean Concepción son numéricamente superiores a las de su mando y deseando evitar un enfrentamiento imposible de sostener por parte de ustedes, les intimó a deponer las armas en forma incondicional, prometiéndole el respeto a la vida de sus oficiales y soldados. En caso de negativa de parte de ustedes, las fuerzas bajo mi mando procederán con la mayor energía a cumplir con su deber." La respuesta de Carrera Pinto fue tan dramática como tajante. En el mismo papel que recibió la notificación de rendición escribió: "En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos existe inmortalizada en bronce la estatua del procer de nuestra independencia, el general José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno ni como descendiente de aquel deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor. Dios guarde a usted". En otras palabras, no pensaba rendirse. Frente a tales circunstancias el mando peruano no tuvo más remedio que disponer la reanudación del ataque. Los guerrilleros y las fuerzas regulares que ocupaban los accesos de la plaza emprendieron un nuevo asalto para capturar el cuartel. Aquella aguerrida incursión realizada a pecho descubierto por hombres en su mayoría armados sólo con rejones fue nuevamente rechazada con feroces descargas de plomo. Se continuó pues combatiendo con igual impetu hasta que la tarde dió paso a las penumbras de la noche; el frío se acentuó, el silencio se apoderó de la plaza y uno y otro bando se dedicó a atender a sus heridos y a reponer fuerzas. Los peruanos sólo deseaban poner término al drama y los estoicos chilenos aún mantenían la esperanza que de un momento a otro aparecerían las tropas que los salvarían de lo que ya se presentaba como una muerte segura. Sólo era cuestión de tiempo. Mientras tanto sólo quedaba continuar la lucha. El combate se reinició alrededor de las 19:00 horas, sólo que esta vez adquirió un matiz diferente. Los peruanos continuaron disparando contra el cuartel y avanzaron protegidos por la oscuridad, hasta lograr finalmente alcanzar las paredes del recinto. Los hombres del Chacabuco formaron y armados de gran coraje salieron en grupos a repeler los ataques a la bayoneta, con lo que hicieron retroceder a sus atacantes. Esta secuencia se repitió en varias oportunidades y se prolongó por varias horas y si bien en este proceso los chilenos lograban parcialmente su cometido, es decir alejar a los peruanos de su posición, comenzaron a sufrir bajas en mayor proporción. En este proceso Carrera Pinto recibió dos heridas en el brazo. Los peruanos finalmente se hicieron dueños de la totalidad de la plaza, con lo cual pudieron controlar las casas aledañas al cuartel, que de este modo terminó rodeado por los cuatro lados. Así, trepados sobre los techos vecinos y desde distintos ángulos, continuaron disparando contra el objetivo y causando más mortandad entre los agotados adversarios. Carrera Pinto vio la situación desesperada. El tiempo transcuría; del Canto no aparecía, las municiones casi se habían agotado y las bajas eran proporcionalmente grandes. Sí bien el espíritu combativo de sus hombres no había mermado todo hacía presagiar que el final era inminente. En la practica los peruanos ya eran dueños de Concepción, salvo por aquella construcción que servía como cuartel chileno. Los gritos intimando a la rendición se sucedían, pero el oficial sureño, pese a su situación, prestó oídos sordos y decidió mantener su puesto hasta las últimas consecuencias. Era evidente que prefería morir antes que rendir su comando. El olor a pólvora, la sangre, el humo, los gemidos de los heridos, los gritos de los combatientes, las amenazas, el ruido de las balas, todos ellos elementos componentes de un espectáculo dantesco pero épico donde ambas partes daban muestras de un valor admirable: En unos, el tener que sostenerse espartanamente contra fuerzas infinitamente superiores con la seguridad que si no llegaban refuerzos serían exterminados; en otros, la mayoría descalzos y sin uniforme, el enfrentar con el pecho descubierto, blandiendo apenas hondas y rejones, los mortales y certeros disparos del contrincante. Antes de la medianoche ya la mitad de la compañía del Chacabuco había perecido en la contienda. Pero los sobrevivientes no bajaron la guardia, batiéndose a balazos, culatazos o cargando a la bayoneta, pero jamás dispuestos a ceder su posición. Fue entonces que los peruanos realizaron nuevas variantes para lograr ingresar al cuartel y dar término al drama. Abrieron forados en las paredes de adobe y exponiéndose a una muerte segura treparon sobre el techo de paja para incendiarlo y forzar su evacuación. El fuego, avivado por la cera que lanzaban los contrincantes hizo presa del cuartel y sus ocupantes apagaron lo que pudieron. El humo se intensificó. Al final no había agua. Carrera Pinto decidió entonces efectuar otra salida con objeto de limpiar nuevamente el perímetro. Al frente de su grupo se abrió paso con los corvos, avanzando por el frente y los costados del cuartel. El resto que permaneció en el interior intentaba alejar a los heridos del fuego y detener a los peruanos que pretendían ingresar por los forados. Fue en estas circunstancias que el aguerrido capitán y varios de sus hombres cayeron muertos en acción, el primero por una bala que le atravezó el pecho (8). Las puertas del cuartel volvieron a cerrarse con no más de dos docenas de hombres aptos para combatir, ahora bajo el mando del subteniente Montt. Un tiempo después los chilenos se vieron obligados a salir para repetir la operación y en la temeraria carga Montt también resultó muerto. El mando recayó en el jóven Pérez Canto. Nuevamente los oficiales peruanos y los habitantes de Concepción solicitaron a los chilenos rendirse pues no había razón para continuar tan futil lucha. Los emisarios sin embargo fueron baleados en el fragor del combate y ello enervó a los atacantes que consideraron tal reacción como un acto de traición. Los ataques se prolongaron durante toda la madrugada, sin mitigarse y sin que los chilenos se decidieran finalmente a presentar bandera de parlamento. Amaneció finalmente y con la luz del día como testigo, Pérez Canto se vio obligado a efectuar una nueva y suicida incursión fuera del cuartel. Peleó hasta donde le dieron las fuerzas y sucumbió finalmente con los hombres que lo acompañaron, todos víctimas de su arrojo. Dentro del recinto sólo permanecía el novel subteniente Cruz con una docena de soldados y tres cantineras. Una vez más el coronel Gasto, impresionado ante el espectáculo y fastidiado por el derramamiento de sangre, quiso salvar la vida de los sobrevivientes y exhortó a Cruz a deponer su actitud combativa, le hizo ver que ya había cumplido sobradamente con su deber y que era demasiado joven para morir. Inclusive se le hizo llegar el mensaje de una muchacha amiga de este, en el que le imploraba que pusiera fín a la contienda. Fue inutil. Los chilenos prosigieron disparando, con los cañones y percutores de sus rifles calientes por las continuas descargas. Finalmente las municiones se les agotaron por completo. A las diez de la mañana aproximadamente, el fuego había adquirido proporciones terribles. El destacamento ya no podía permanecer dentro de ese infierno pues inclusive algunos hombres eran alcanzados por las llamas o se ahogaban por efectos del humo, que hacía irrespirable el ambiente. La mayoría de los heridos ya había expirado. Entonces Cruz ordenó a las cantineras cargar a los heridos y con los pocos hombres que le quedaban salió del recinto, convertido en un verdadero infierno, para abrir paso a la fuerza hacia la Plaza. En ese proceso el aguerrido subteniente y sus acompañantes sucumbieron. Para todo efecto la batalla había concluído. Los pocos soldados aún con vida no tuvieron más opción que soltar sus rifles vacíos entre el llanto desconsolado de las cantineras. Para aquel grupo de valientes la resistencia había terminado; habían sostenido espartana lucha hasta el límite del coraje y la determinación que puede ofrecer un hombre. Todos sus oficiales, suboficiales y la gran mayoría de compañeros estaban muertos. Se entregaron pues al comandante Lago quién de inmediato los declaró prisioneros de guerra (9). Para desgracia de ellos el oficial peruano no pudo contener la justa ira de los guerrilleros. Poco antes el coronel Gasto y la mayoría de soldados y oficiales del ejército regular se habían retirado en cumplimiento de órdenes superiores a sabiendas que en la práctica el combate había concluido y que era cuestión de tiempo rendir a los remanentes de la guarnición chilena. En consecuencia Lago no contaba con suficientes recursos como para frenar a los enfurecidos guerrilleros. A ellos los chilenos los fusilaban cuando los capturaban, les desconocían su carácter de beligerantes, quemaban sus viviendas, saqueaban sus pueblos y habían ejecutado a sus padres, hermanos e hijos. Decenas de ellos yacían muertos en aquel combate; Pagaron con la ley del talión. Ajenos al raciocinio que se pierde en circunstancias tan difíciles como las vividas, se lanzaron sobre los sobrevivientes y ante el horror del vecindario y la impotencia de los oficiales, lavaron las afrentas sufridas ultimándolos. EPILOGO El 10 de julio las fuerzas del general Cáceres reanudaron la marcha sobre Huancayo resueltos a continuar la lucha, pero del Canto había evacuado ya la población dirigiendose a Jauja, por la cual la capital de Junín fue recuperada por las fuerzas peruanas. En su repliegue, el coronel chileno llegó, como estaba previsto, a Concepción, donde descubrió los cadáveres de sus compañeros caídos. Acto seguido y continuando con la secuela de sangre y destrucción vivida en las últimas 24 horas, ordenó en venganza fusilar sin contemplaciones a montoneros y residentes, hombres, mujeres y ancianos, e incendiar las viviendas y arrasar con el pueblo. A continuación del Canto, por iniciativa del comandante del regimiento Chacabuco, dispuso que los corazones de los cuatro valientes oficiales fueran retirados de sus cuerpos para ser transportados a Lima (10). Luego concluyó el paso de su ejército por Concepción con la siguiente proclama: "Soldados del Ejército del Centro: Al pasar por el pueblo de Concepción habéis presenciado ese lúgubre cuadro de escombros y cuyo combustible fueron los restos queridos de cuatro oficiales y 73 individuos de tropa del Batallón Chacabuco Sexto de Línea. Millares de manos salvajes fueron autores de tamaño crimen; pero es necesario que tengáis entendido que los que defendieron el puesto que se les había confiado eran chilenos y que, fieles al cariño de su patria y animados por el entusiasmo de defender su bandera, prefirieron sucumbir todos antes que rendirse. Los que perecieron en Concepción en defensa de nuestra querida patria han obtenido la palma del martirio; pero una i mil veces benditos sean, puesto que su valor y sacrificio les ha dado derecho a la corona de los héroes". Las debacles sufridas motivaron al comando chileno apurar la retirada de la sierra central, lo que lograron al trasponer el puente de la Oroya, que no había podido ser destruido por el coronel Tafur. Cáceres entonces se hizo dueño del valle del Mantaro. A continuación estableció su cuartel general en Tarma y se dedicó a reorganizar su ejército. Su objetivo había sido parcialmente logrado. Para enero de 1883 ya contaba con 3,200 hombres instruidos, equipados y disciplinados. Ante las dificultades que aún representaba alcanzar un tratado de paz con la presencia de ese ejército opuesto a todo tipo de cesión territorial, el contraalmirante Lynch determinó enviar una nueva fuerza contra Cáceres, esta vez integrada por tres divisiones al mando de los coroneles García, del Canto y Arrigada, este último en su calidad de comandante en jefe. Ante el avance de aquella fuerza expedicionaria, el ejército de la Breña debió replegarse hacia Cerro de Pasco y de ahí a otras remotas regiones andinas. No obstante a las penalidades sufridas, el 7 de julio el ejército peruano decidió presentar batalla a sus perseguidores. El 9 y 10 de julio de 1883 el general Cáceres, al mando de 1700 hombres, atacó en Huamachucho a la fuerza del coronel Alejandro Gorostiaga integrada por 2,000 efectivos muy bien armados y pertrechados. El combate fue largo e intenso y estuvo a punto de ser ganado por los aguerridos peruanos, pero cuando sus municiones comenzaron a escasear, el escenario cambió a favor de los chilenos, quienes finalmente se impusieron. Los peruanos perdieron casi la mitad de sus hombres, entre ellos un altisimo porcentaje de valientes oficiales. Entre los muertos se encontraba el coronel Gasto, jefe del ataque peruano en Concepción. Los heridos, por su parte, fueron sumariamente ejecutados por órdenes de Gorostiaga, cuya acción lo califica como un criminal de guerra del siglo XIX. Con este sangriento episodio se cerró la campaña de La Breña, que marcaría asimismo el final de la Guerra del Pacífico. | ||||||||||||||||||||
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