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HOMENAJES
Ernesto Sábato
Sería una ofensa
hacer aquí, en tan pocos minutos, el examen y el elogio de la
obra de Leopoldo Marechal. Tampoco es necesario: pasará a la
historia de la lengua castellana como insigne hito de la poética
y la narrativa. A ese monumento que le tiene reservado el tiempo
no se le pueden arrojar bombas de alquitrán, y ha de ser
invulnerable al insulto, la ironía, la envidia y el silencio:
esos premios que con harta frecuencia los hombres de letras de
nuestro país confieren a los que deberían honrar.
Es arriesgado buscar atributos
meta-históricos en los pueblos, pero la antigüedad y la
potencia de alguno producen algunas tenaces constantes a lo largo
de su historia. Tal sucede con ese milenario, duro y grande
pueblo hispánico que dio su sello a esta tierra americana; un
sello tan profundo e imborrable que hoy, después de cinco siglos
de conquista, seguimos hablando la lengua de Castilla: y no
únicamente los viejos criollos descendientes de españoles, sino
también los hijos y nietos de alemanes, italianos, rusos,
sirios, judíos, polacos y armenios. Un fenómeno asombroso que
revela la fuerza espiritual de aquella conquista, pues la raza
que fue cruelmente despojada y humillada no sólo ha producido
dos de los más altos poetas de la lengua castellana--Rubén
Darío y César Vallejo-- sino que esos poetas han cantado a
España en poemas memorables.
Pero las virtudes suelen convertirse en
defectos cuando se extreman. Y así, el orgulloso individualismo
hispánico, su altivo sentimiento de independencia, derivó hacia
el feroz egocentrismo y el desprecio por el otro, lado
sombríamente destructivo que hemos quizás heredado. En el
prólogo a su obra sobre el Cid, con amargura Menéndez Pidal
señala este defecto de la raza, y escribe: <<La invidencia
hispánica, vicio eminentemente hispánico, entorpeció tenaz la
obra del Cid, sin tener en cuenta el daño colectivo que en la
guerra antiislámica se seguía al destierro del héroe
superior.>> Así era Castilla, <<que face los omes e
los gasta>>. Y agrega que esta peculiaridad venía de
lejos, pues ya Estrabón caracterizó a los íberos como
orgullosos y torpes para la confederación. Y aquella
envidia-aquella invidencia-obró siempre como disolvente social y
como fuente de resentimiento colectivo.
<< Torpes para la confederación
>>, sagazmente describe Estrabón. Y cuando Simón
Bolívar, después de su portentosa epopeya, declara con amargura
que <<ha arado en el mar>>, pues que apenas liberados
estos pueblos se sumen en la más feroz de las anarquías,
confirma que dos mil años después se mantiene intacto este
terrible atributo de un gran pueblo- tanto más perdurable y
terrible cuanto más grande es el pueblo que lo posee. Y todavía
hoy, aquí mismo, cada régimen, cada gobierno rompe lo positivo
que pudiera haber en el régimen anterior; cambia de rumbo,
destroza o contradice lo que hicieron los hombres que los
precedieron. Y así sobrevivimos en medio de proyectos abortados,
impulsos detenidos, enseñanzas opuestas, cambios de nombre en
las calles y plazas. Claro que hay excepciones, pero cuando se
producen las miramos con estupor, y por lo general las atribuimos
a una especie de distracción o de olvido, porque aquí ni en lo
destructivo somos sistemáticos, ni en lo malo somos buenos. De
este modo, nuestra historia es una sucesión de diatribas, cada
facción se considera dueña absoluta de la verdad. La Argentina
ha estado dividida siempre entre puros y réprobos. Para los
unos, Rosas es un genio virtuoso, para los otros un sanguinario
chacal, cuyas cenizas ni siquiera tienen el derecho a descansar
en su tierra. Pensemos lo que en cambio sucede en un país como
Francia, donde sus conductores invariablemente son honrados,
cualesquiera sean las opiniones sobre ellos por encontradas que
sean; donde un hombre como Napoleón, todavía execrado por
multitud de franceses, es recordado por una hermosa calle, por un
imponente panteón, por las grandes avenidas que conmemoran sus
grandes batallas.
Ansioso desde su juventud por la justicia
social, Leopoldo Marechal fue desde la primera hora un peronista
consecuente. No obsecuente, como jamás lo son los espíritus
grandes, y bastaría recordar que en 1951 fue separado del cargo
que tenía. En virtud de ese perdurable defecto de nuestra
herencia hispánica, su militancia le valió enemistad, rencor y
silencio: un silencio poderoso y siniestro, apenas quebrado por
algunos intelectuales que, por encima de sus discrepancias
políticas, reconocieron en él uno de los más grandes
escritores argentinos. Se le calificó de resentido, de vanidoso
que pretendía ser genio, de engreído y hasta de tomista; como
si compartir ideas de Santo Tomás pudiese ser motivo de
desprecio. Un eminente hombre de letras lo calificó, para colmar
la horrenda medida, de delincuente.
Casi solo, pero apoyado en ese puntal de
acero y ternura que fue su compañera, en su pequeño y pobre
departamento de la calle Rivadavia, se aguantó aquel durísimo
exilio en su propia patria, esa patria que quería hasta la
agonía. Modesto, pero también con la conciencia de su
grandeza--ya que se puede ser modesto frente a los valores
supremos y arrogante frente a los idiotas--en momentos de extrema
amargura llegó por fin a quejarse, murmurando: <<¿Cuándo
mis compatriotas dejarán de orinarme encima?>>.
Tenía, como todo gran artista, algo de
niño. Era un espíritu evangélico, uno de esos seres que
parecen salvar el espíritu cristiano de esa Iglesia objetivada
de que hablan Berdiaev y Urs von Balthasar. Era bondadoso, pero
no en el sentido trivial de la palabra, ya que no podemos ni
debemos permanecer bovinamente impasibles frente a la injusticia
o la tortura. En uno de sus grandes poemas dice, en efecto:
<<No vaciles jamás en la defensa o enunciación o elogio
de la Verdad, del Bien y de la Hermosura: son tres nombres
divinos que trascienden al mundo, y es fácil deletrear su
ortografía. No los traiciones, aunque te hagan polvo>>.
Fue precisamente su sagrado sentido de la justicia lo que lo
impulsó hacia el socialismo en su juventud y hacia el peronismo
en sus años maduros. Porque, cualquiera que sea el juicio que
merezca la persona de Perón--y el mío es públicamente
negativo--, nadie puede negar que encabezó el más vasto y
profundo proceso en favor de los desheredados. Y Leopoldo sentía
como pocos el dolor de los indefensos, y amaba a su pueblo como
siempre lo han hecho los artistas verdaderamente grandes: desde
Cervantes hasta Tolstoi. Y, como es peculiar en esta clase de
seres, no amaba al hombre en abstracto, esa Humanidad con
mayúscula bajo cuya invocación se han instaurado hasta campos
de concentración, sino al pequeño y precario y sufriente ser de
carne y hueso. Más aún: ansiaba que sus obras pudieran servir a
ese hombre concreto, ayudándole a mitigar sus desdichas,
respondiendo a sus más dolorosos interrogantes, revelándole su
propia tierra, esa patria también concreta que está hecha de
trigales, de pájaros y lagunas en el campo, de calles y rincones
en su ciudad, de amores y crepúsculos, de venturas y desventuras
en común. Esa patria que él amaba y que bellamente resplandece
en sus páginas; en un amor que paradójicamente se revela hasta
en sus más amargas reflexiones, cuando critica a los que lo
ensucian o arrastran por el suelo, o lo posponen a sus sórdidos
bolsillos. Pues no olvidemos que aun las mejores patrias,
aquellas que han dicho algo al mundo, infinidad de veces fueron
amonestadas por sus grandes espíritus, con el corazón
desgarrado y sangrante: por Holderlin y por Nietzsche, por
Dostoievsky y por Tolstoi. Y por aquel nobilísimo Puchkin que,
después de reírse con las descripciones que Gogol le leía,
terminó exclamando con la voz anudada por la amargura:
<<¡Dios mío, qué triste es Rusia! >>.
También Leopoldo Marechal, en un poema
memorable, exclama, o quizá murmura con infinita pesadumbre: La
Patria es un dolor que aún no sabe su nombre.
Homenaje en la Universidad de Belgrano, Buenos Aires, el 20 de julio de 1978.
Juan Gelman
bondad
verdad belleza dijo
son las tres caras de Dios dijo
y se le caía una luz
de la memoria la mitad
donde Dios era como muerte
que persuadía al niño para
que corriera a la selva en traje
de 780 años
o como-cuando sedució
a la comtessa de dia alta
que sus graves penas pasó
por no entregar querer o amor
y ese fue su más grande yerro
en el lecho o cuando vestida
se miraba lzajo la tela
el brazo solo el brazo oscuro
que no fue almohada para nadie
y se secó y trajo el otoño
y los días se le cayeron
como hojas que crujían y
parecían padecimientos
y nunca más las dulces cuitas
ese
leopoldo marechal
bondad verdad belleza dijo
y se le caía una luz
y las mentiras viajan 100
años y jamás llegan la
verdad revela que es mejor
decir la verdad y morir
y leopoldo se murió
no furioso contra los que
lo orinaron vivo y sangrante
o le pisaron el gran pájaro
que cantó y saltó como vivo
toda la tiempo que viviera
o le echaban en la mitad
tierrita sucia que les sobra
cada vez que la boca abren
ya que los polvos de la mundo
se depositan en algún
sitio o lugar y ciertamente
hay hambre por toda la cielo
se bajan a matar espadas
alzan un viento de caballo
eh
don leopoldo marechal
por sus dos tiempos transcurrió
lo vestía como una túnica
tejida por el pueblo a
los buenos bellos verdaderos
que amasan pan atrás de todo
o dan de comer al claror
que sube de la muerte aunque
empuje niños a la selva
porque no hay Dios como la boca
hay que ofrendarse diariamente
para no hablar o no digamos
lo que es la garganta del alma
ea esas hambres vamos quiá
o ca mejor disimulemos
de leopoldo saltó un leopardo
lleno de trágico valor
que se comía toda la hambre
la más violeta de guardar
el poldo o pardo en su león
o astro que ardía con sus noches
sin saber si iba alzarse otra
como temiendo por la luz
ea
leopoldo marechal
cuando cesó se le pararon
todos los ojos que guardaba
donde llorar en la cocina
o cocinar el lloro como
un tallo de maíz cargado
de hijitos en la espalda o como
espada la más vengadora
la del pueblo que dulce viste
sus heridas como soldados
agradecidos a la mama
fue
así que leopoldo hizo:
un búfalo que anda en el aire
un falo que anda en la nación
un lo que anda hoy no andará
mañana cuando estemos suaves
como olvidados apagados
bajo la patria o tierrecita
que leopoldo regó y amó
y levantaba ciudadelas
para cuidarla humanamente
y dejándose bien atrás
se puso delante de todos
y así le crecieron noches
al bueno bello verdadero
un gran silencio lo cubrió
un gran amor lo destapó
y de sus brazos descendían
calores para la mitad
herida donde se inclinaba
pasaba como ungüentos sobre
los como tristes leopardos
que crepitan en el país
ea
esas hambres vamos quiá
de leopoldo caía una luz
y cuando se fue su caballo
se encaminaba lento a
la grande sombra do lo pacen
y él sigue dando de comer
y su belleza se transforma
en otra parte de la mundo
diseminado como un pueblo
como si amaran no distintos
de "Fábulas", © Juan Gelman,1971