|
OBRA
Marechal incursionó en variados estilos de escritura, como por ejemplo, la novela, la poesía y el teatro.
En su poesía se encuentran dos etapas: la de Los aguiluchos (1922), Días como flechas (1926) y Odas para el Hombre y la Mujer (1929), que se caracteriza por el uso abundante de las metáforas, por la sensualidad de las imágenes y por una sorprendente destreza verbal, y una etapa posterior: Cinco Poemas Australes (1937) es una obra de transición en la que aún está presente el amor a la belleza que está presente en sus Odas, pero que en Laberinto de Amor (1936) se vuelve ya una poesía introspectiva que busca en la raíz del ser y que utiliza versos alejandrinos que, según Bernardez, son "los más originales y más ricos del idioma:. La exploración platónico agustiniana del Marechal de la segunda época continúa con El Centauro y Sonetos a Sophia (1940) y concluye con El viaje de la primavera (1945). Descenso y ascenso del alma por la belleza (1939) es el credo que explica esta poesía. En el campo de la narrativa escribió Adán Buenosaires (1948), una novela que se sitúa en al línea de las que practicaron el monólogo interior siguiendo las técnicas joyceanas. Sus siguientes novelas son también obras experimentales: El banquete de Severo Arcángelo (1965) es más un diálogo socrático que una obra de ficción; publicó después Heptámeron (1966) y Megafon o la Guerra (1970). Su contribución a la narrativa filosófica y metafísica será reconocida por su importancia.
Pedro Orgambide Sobre Marechal |
La obra de Leopoldo
Marechal puede observarse como una totalidad, como una
Poética que incluye la poesía y el teatro, el ensayo y
la novela. Más allá del mayor o menor mérito que
corresponde a cada uno de los trabajos, lo que importa
señalar como detalle significativo es la coherencia de
la obra, su elaboración a partir de ideas y sentimientos
que conforman una concepción del mundo. En esta
concepción confluyen diversos intereses estéticos,
filosóficos y religiosos que se integran en la madurez
vital y creativa del poeta El universo platónico, la
interpretación de la Biblia a partir de sus significados
proféticos, la visión del hombre como criatura
trascendente, son invariantes de la obra de Marechal, y
constituyen el basamento e ideología de su poética. De
allí surgen otras ideas temporales e inmediatas
relacionadas con el arte, la literatura, la historia o la
política. Pero las mismas siempre responden a esa
concepción unitaria del mundo y de la vida. Así, cuando
intuye el carácter cíclico del arte, cuatro estaciones
-clasicismo, academismo, romanticismo, neoclasicismo-
"por las cuales el arte vive, se corrompe y vuelve a
resucitar en el orden del tiempo, como las estaciones del
ciclo anual", o cuando a través de los
protagonistas de sus novelas repite el viaje del hombre
amenazado por su propia finitud o por las fuerzas que
mediatizan o destruyen sus posibilidades, o cuando,
finalmente, lo argentino asoma como constante en sus
poemas o su teatro pero en una proyección que trasciende
la mera referencia geográfica e histórica. Sus ideas
políticas, a la vez, se inscriben también en este
universo y el carácter profético con que señala una
Nueva Argentina demuestra que más allá de su adhesión
al nacionalismo católico primero y más tarde al
peronismo, hay en él una voluntad de coherencia y de
armonía que se impone sobre lo episódico. Todos estos
elementos que hacen a su personalidad se reflejan
naturalmente en su obra. La misma, en sus aspectos
especificamente literarios, muestra una gran riqueza, una
línea ascendente, el cumplimiento riguroso de su propio
planteo estético. En 1922 publica su primer libro: Los
Aguiluchos. En él se advierten diferentes influencias,
resonancias de un cercano pasado modernista, pero su
propia voz se percibe en cierta entonación vital, en el
reconocimiento gozoso de la Naturaleza, en la exaltación
pastoral que le permite revivir "el perfume salvaje
de la tierra", y nombrar, con pasión, los seres y
las cosas. Esta dirección de su poesía, esta fuerza que
en Los Aguiluchos no termina de encauzar el canto, se
define, por fin, en 1926, en su libro Días como flechas.
La experiencia del ultraismo (véase), la utilización de
la metáfora en su más alto valor expresivo, la
traducción, por medio de la imagen, de la realidad
observada con una óptica subjetiva, son algunos
elementos que encuadran al libro dentro del movimiento
renovador de su generación. A la vez, Días como flechas
afirma la singularidad del poeta que, con esos elementos,
define lo que había quedado como intención en su primer
libro. También aquí aparece la exaltación de la
Naturaleza, también aquí lo pastoral, pero en un plano
de mayor rigor formal. También aquí la pasión pero
esta vez gobernada. Uno de sus poemas: "Largo día
de cólera", puede ejemplificar esta actitud:
"Lo esencial es romper el silencio, y el agua / de
los grandes mutismos / Y el silencio es un buey que se
arrodilla, / fustigado de voces. El reconocimiento de su
propia voz, de su identidad poética, es, al mismo
tiempo, motivo de canto: "Todo está bien, ya soy un
poco dios / en esta soledad / con este orgullo que ha
tendido a las horas / una ballesta de palabras". De
allí en adelante, Leopoldo Marechal, consciente de su
instrumento expresivo, organiza su Poética, buscando
cada vez más el equilibrio, una serena contemplación de
lo vivido, que ha de traducirse, de acuerdo con las
premisas de su universo platónico, en un orden, una
armonía-peso, medida, número-que de algún modo alude a
la Creación tanto como a lo curativo de sus versos.
Así, en Odas para el hombre y la mujer ( 1929) reaparece
lo pastoral, pero esta vez como sentimiento evocado desde
la ciudad del poeta, más como esencia de lo poético que
como realidad inmediata. En su poema '¡De la rosa
bermeja", dice: "Porque la rosa roja se
aprieta, y es un nudo que guarda su secreto"...
" ¡Pero no descubramos lo que la rosa es fuera de
nosotros!" Hasta en la mención de lo geográfico y
lo histórico, se manifiesta esta actitud trascendente,
por ejemplo, cuando dice en su oda "De la Patria
Joven": "La Patria es un dolor que nuestros
ojos no aprenden a llorar". El que invoca, el que la
nombra, siempre está lejos y cerca, en la misma
ambigüedad de espacio y tiempo del poema:
"Mi canción, ya perdida ya en bienaventuranza / será un idioma puesto sobre justa balanza", expresa Marechal en el primer poema de Laberinto de amor (1936) Ese idioma, deliberadamente sobrio, parece indicar un nuevo período que se continúa en Poemas Australes (1937) en los Sonetos a Sophia (1940) en El Centauro (1940) y en El Viaje de la Primavera (1945). En medio del orden, del peso, la medida la balanza del justo, surge entonces una nueva serie de canciones de amor que indican una nueva dirección -afectiva y expresiva- del poeta. Son las Canciones elbitences, dedicadas a Elbia (o Elbiamor como quiere el poeta), canciones que se incluyen en la Antología Poética, publicada en 1950. En Heptamerón (1966) reaparece el tema de Elbiamor:
En Heptamerón, Marechal reúne algunos trabajos publicados anteriormente: La poética (1959); La Patria (1960) y La alegropeya (1962). Ese mismo año se publican Poemas de Marechal y El poema del Robot. Es el tiempo también en que su obra narrativa sale del olvido, en que se redescubre Adán Buenosayres suscitando el interés de los jóvenes por Marechal novelista. En 1965, Leopoldo Marechal publica su segunda novela: El banquete de Severo Arcángelo. Mientras Adán Buenosayres (1948) significa la mayor experiencia formal realizada en la novela argentina hasta entonces, El banquete de Severo Arcángelo se expresa en un idioma sereno, sin sobresaltos, con cierta sobriedad clásica que no excluye el humor o la ironía. Adán Buenosayres significaría, en lo narrativo, lo que Días como flechas significó en lo poético, en tanto El banquete de Severo Arcángelo sería la transcripción, en prosa, del segundo período poético de Marechal. Esta relación no es antojadiza sino que surge del equilibrio y correspondencia entre las partes de una Poética totalizadora, donde confluyen alternativamente, la pasión y el orden. Esto es válido tanto para la comprensión de su poesía, como para su narrativa, sus ensayos y su teatro. La premisa romántica de reelaborar mitos a través de personajes y episodios nacionales y cierta voluntad clásica coinciden en el teatro de Leopoldo Marechal. Otra característica es el sentido épico-trágico que aparece como consecuencia de esa actitud, el carácter mítico del héroe que cumple su destino, impulsado no tanto por las circunstancias sino por la fuerza oscura e irreversible de su sino. Esto se evidencia en Antígona Vélez, obra estrenada en 1951. Un oratorio: El canto de San Martín (1950) y Las tres caras de Venus, publicada en 1966, completan la labor de este autor que tiene inéditas once obras de teatro. Pero "lo teatral" más allá de su técnica y expresión específica, puede encontrarse también como un elemento complementario de los recursos narrativos de Marechal. Son "teatrales" los nombres y apariciones simbólicas y fugaces como ciertas actitudes de numerosos personajes de Adán Buenosayres, como es "teatral" el planteo y presentación de El banquete de Severo Arcángelo, en la acepción de "teatro del mundo", representación de lo real y lo ilusorio. La relación novela-teatro debe unirse a la relación novela-ensayo, ya que en la obra de Marechal el planteo cuenta tanto como el medio expresivo. Sus dos novelas, al fin, ejemplifican muchas de las ideas del ensayista, a la vez que éste se vale de imágenes propias de la narrativa o la poesía para expresar su pensamiento. En Cuadernos de navegación (1966) Marechal vuelve sobre sus temas, reitera antiguas obsesiones. Su sentido religioso, esa "problemática viva" que se instala como centro de su pensamiento a partir de Descenso y ascenso del alma por la belleza (1939) se une a la contemplación estética, propia de su poesía a la revelación de ciertas claves de su novelística, a sus juicios sobre el arte ("Las cuatro estaciones del arte", "La autopsia de Creso"). De alguna manera esta ;«navegación" recoge las experiencias del poeta, del narrador, del ensayista, del actor y contemplador de su propia obra, y es un viaje paralelo a la travesía vital de su autor, un examen y ordenamiento de lo pensado y lo vivido. Pedro Orgambide |
||
| OBRAS COMPLETAS 1. LA POESIA Leopoldo Marechal Perfil Libros, Buenos Aires, 1988 548 páginas, $ 30 |
| Por Juan Sasturain Los
martinfierristas son una generación bárbara. Esos
muchachos nacidos con el siglo o un poquito antes y que
empezaron a hacer ruido poético a comienzos de los '20
dejaron, por entonces, aparatosa marca. Lógica,
necesariamente, su obra -"mala o buena" dice
Borges, que nunca idealizó el sarpullido vanguardista-
vendría después. Alrededor del codo de los '30,
precisamente, cada uno empezaría a hacer camino propio.
De los treinta personales y del treinta del siglo, ese
quiebre. Tal vez o sin tal vez, el único que por ser
más grande y por tener otra cabeza radicalizó el gesto
inicial y tensó la cuerda hasta el final fue Oliverio
Girondo: arrancó con el chiste informal, el tomatazo, la
bajada de pantalones, el módico escándalo, y terminó
en el balbuceo. A esa última altura todas las palabras
ya eran pocas y gastadas para él, no le servían para
hablar desde la masmédula. Pero Girondo fue el único
que agarró para adentro de la ruptura. Los demás
pasaron por ella camino o de vuelta a casa. |
||
| por Juan Sasturain en el Suplemento Libros de Página/12, 12 de abril de 1998. © Página/12 |