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Ella y su familia comenzaron a arreglar la antigua casa de sus tíos
con el solo interés de utilizar la bodega para
"cucharear" y para reunirse entre pucheros, fogones y meriendas. Poco a
poco fueron tomando forma suelos, paredes, el hogar, baños y hasta
una barra de bar, cuidando todos los detalles como haría cualquier
que quisiera arreglar su casa. El resultado fue tan satisfactorio, que
más de uno de los invitados a las lifaras la animaba a que lo abriera
al público. Esta propuesta quedó en el aire. Ella comprobaba
cómo todos los visitantes que acudían al Monasterio debían
ir a comer a otros pueblos de los alrededores. Y con los animos de unos
y las advertencias de otros: abrimos.
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