Astarté es una diosa semítica, la más
importante del panteón fenicio pero cuyo culto se halló muy
extendido por todo el Oriente Medio arcaico. Es la Astarot bíblica,
a cuyo culto se opuso Yavé; se supone que provino de Mesopotamia,
donde se llamaba Ishtar. La cultura grecorromana la asimiló a Artemisa,
y más tarde a Afrodita y Venus ( Ishtar es la regente de Venus en
Babilonia).
Se trata de una Madre Tierra, fecunda, vital,
señora de las cosechas, la prosperidad y la vida, y como todas las
Madres, también señora de la muerte y la transformación-Luna-
(Recordemos que antes del renacimiento y la exuberancia primaveral se precisa
el rigor de la tumba y el descenso al infierno transformador, mito muy
patente por ejemplo en los misterios eleusinos griegos, en honor de Deméter-
Perséfone). Estas diosas representan en conjunto la materialización
y concretización de la energía y el poder divinos, la hierofanía
redentora, con la que el hombre recibe la anhelada gracia de la prosperidad
vital. Su carácter lunar nos acerca a la idea de lo cíclico,
que representa bien la agricultura: al nacimiento precede la gestación
en la oscuridad, y a la gestación el depósito de la valiosa
simiente en la matriz, para su ulterior transformación en un bien
aún mayor y multiplicado. El tiempo cósmico de la Diosa es
circular, o mejor, espiral, pues la transformación que preside tiende
en círculos hacia lo alto, la espiritualización, hacia lo
uránico, pero ese aspecto lo representa mejor su hijo padre héroe
consorte, llámese Osiris, Horus, Attis, Cristo, Orfeo, Dioniso,
que de la carne salta a la inmortalidad...después de morir despedazado.
La Diosa, incluso en el papel de Virgen María, es un receptáculo
para la materialización, aunque sea de lo más espiritual
(encarnación de un Logos).
Las Madres no son creadoras, sino generatrices,
parturientas. Por ello siempre se acompañan de un consorte fecundador.
Cuando la Diosa es más telúrica que celestial, más
matriz que tumba, más Deméter que Perséfone, entonces
tiene un Gran Macho por esposo, un dios fértil e itifálico,
siempre deseoso y potente, un ávido creador. Como pareja de Astarté
tenemos a Baal, un poderoso daimón que variaba un poco de forma
según el lugar. Es un dios toro, un dios de la vegetación,
como el Tammuz mesopotámico o el Bes egipcio; es una fuerza vital
y quiere la vida y la abundancia de ella. En el judaísmo los Baales
y Astartés se convirtieron en el principal problema de idolatría
para Yavé, que condenó su adoración para reconcentrar
en él todo el culto y añadir aspectos más espirituales
y ascéticos a lo religioso (pero Yavé siguió siendo
un Dios por momentos impulsivo y ávido, y destructivo como la Madre
devoradora). Baal Zebub es el que nuestra tradición nos recuerda
entre la infinidad de ellos que existían en la antigüedad,
desfigurado por el judeocristianismo.
Baales y Astartés son dioses del crecimiento
extravertido de una sociedad, cuando ésta se centra en el flujo
de energía desde lo divino hacia el mundo. Bes era más implorado
por el egipcio de a pié que el resto del panteón sobrenatural,
porque este dios está más cerca de la vida (nacimientos,
matrimonios, cosechas, guerras) que los otros, a los que consideraban más
los sacerdotes. Hacia los clásicos se volvía el egipcio del
pueblo cuando se avecinaba un momento de trascendencia, como la muerte,
o una crisis social grave (plagas, epidemias, amenazas extranjeras).
Astarté llegó a monopolizar incluso
el culto de su consorte entre los fenicios, pueblo pacífico, comercial
y próspero, muy femenino como vemos. Pero no dejó de mostrar
su rostro terrible y su avidez de sangre y sacrificio en los rituales propiciatorios
que todo dios y diosa de la vida reclama, exigiendo puntuales inmolaciones
humanas. Además, característicamente, su culto se resolvía
en violentas orgías, igual que el de Baal. Creo que en este punto
ya se entenderá que estos dioses son paradigmas de la fuerza y de
la energía, y no tanto de la sabiduría y el recogimiento.
Sin embargo, todas las caracterizaciones-diosas
que emanan de la imagen central de Gran Madre, se reúnen y se relacionan
en torno a esa imagen central si se presta atención a la historia
que, más o menos en trasfondo, las aglutina a todas, desde Ishtar
hasta Santa María: el mito del héroe. Pero eso es por ahora
llegar un tanto lejos.
Las diosas paren a sus hijos héroes
y los cuidan como solícitas madres mientras ellos lo necesitan,
generalmente sirviéndose de matronas humanas. Pero pronto les incitan
a su destino portentoso poniéndolos en aprietos una y otra vez,
comportándose como amantes exigentes que siempre reclaman más
valor de sus pretendientes.Detrás de sus amores el héroe
siempre busca a su madre diosa. Casi al final, esa madre devora a su hijo
en forma de dragón ballena o algo así y él, si soporta
el sacrificio, que es a la vez un hierosgamos con la madre, renace autoengendrado
y renovado desde el seno materno como una nueva explosión de vida,
más intensa y trascendental que la anterior.
Isis es una diosa con una biografía lo
suficientemente extensa y explícita como para representar ella sola
todos los papeles (madre solícita de Horus, fiel esposa hermana
de Osiris, ayudante del mal para sacrificar a ambos, diosa de la Luna y
el Más Allá y Madre de las cosechas y de la vida renaciente,
etc.), por eso su culto aglutinó las demandas de los iniciandos
en el último Egipto, las demandas de aquellos que de alguna manera
se sentían impelidos a recorrer ese destino trascendente en vida,
no fuera sino sólo simbólicamente, cuyas claves encierra
el carácter de una Diosa Madre Terrible con todos sus ingredientes,
como es Isis, tan parecida a Astarté y a la vez a María.
En la biografía humana, como es lógico,
unas veces se nos presenta la Madre con un carácter y otras veces
con otro, dependiendo del momento en que nuestra historia personal se encuentre.