La histeria es una enfermedad muy plástica
y expresiva en su sintomatología, al menos en una primera aproximación
a sus contenidos. La irrupción del inconsciente aborda lo somático
y lo conductual, evidenciándose en un marco más accesible
a la observación que otros disturbios psíquicos vividos en
una atmósfera más íntima y esquiva a la comprobación
externa, que tiene que echar mano de la inferencia constantemente para
hacerse cargo de la situación vivencial del enfermo. Gracias al
síntoma de conversión, que rezuma psiquismo a través
de su implicación simbólica, y a la personalidad disociada,
que lo hace a través de su autonomía y determinación
propias, fué descubierto el primer esbozo de lo que desde entonces
llamamos inconsciente. Si aquellos pioneros sólo se hubiesen topado
con, por ejemplo, crisis de ansiedad, la psicología tardíamente
se hubiese remontado desde el yo, el objeto y el cuerpo, y hubiera seguido
siendo durante más tiempo el alma tema de estudio de la metafísica
solamente, y los sueños de los profetas y augures, divorciados tiempo
atrás de ese otro sueño positivista que inauguró el
imperio de las Ciencias modernas y sus "experiencias demostrables".
El magnetismo decimonónico y las damas
histéricas de principios de nuestro siglo proporcionaron el arsenal
de experiencias demostrables que avalaron el nacimiento de una nueva rama
de la ciencia empírica y garantizaron la tangibilidad académica
de todo un nuevo continente de sucesos suficientemente irreductibles a
otras disciplinas experimentales.
La mutación de la neurosis a lo largo
de este siglo, adscribiéndose cada vez más el síntoma
a lo intracorporal y lo emocional íntimo, ha hecho perder actualidad
a la histeria. Pero evidentemente no ha desaparecido, y su rica expresividad
sigue escondiendo sin embargo complejidades que se extienden a todo el
mundo de las neurosis en general y a lo psíquico en sí a
la postre.
Existe generalizada una forma de observar la
neurosis que no es capaz de distinguir entre la actitud "normal" del sujeto,
las reacciones frente al inconsciente y las expresiones propias de éste.
Si no se delimitan bien estos sectores de la tectónica psíquica
y su diferente implicación en el dibujo total del panorama psíquico
neurótico, pueden confundirse causas con consecuencias, factores
etiológicos con síntomas. Del mismo modo que un flemón
y unas fiebres no son la infección de microorganismos que constituye
la enfermedad en sí.
El trauma, en el cual el psicoanálisis
puso en principio el acento causal, hubo de desecharse pronto por "falta
de pruebas" y por la comprobación de que no hay noxa psíquica
que se encronice en neurosis si precisamente no se encuentra con un sustrato
complejo conflictivo a priori. Entonces, y siguiendo el hilo del mundo
propio de la histérica (otras neurosis se desenvuelven en atmósferas
sensiblemente diferentes) se le adscribió exclusivamente la connotación
sexual a ese complejo conflictual y se consideró a la psique cimentada
sobre esta pulsión básicamente.
Pero la sexualidad de la fantasía
incestuosa es de una manera que no permite derivarla apresuradamente del
soma. La promesa de un goce agota su fuerza frente a la satisfacción
real que desde el albor de la genitalidad el sujeto ensaya con absoluta
coherencia corporal. Las supuestas fijaciones pregenitales obedecen a las
leyes del aprendizaje pero se torna inexplicable desde el punto de vista
conductivo la obsesión por un placer que nunca existió
y que de todos modos no puede ofrecer más satisfacción corporal
que las relaciones que desde hace tiempo practica o puede practicar el
sujeto. El incesto es un fantasma que recoge en su forma todos los intríngulis
que subyacen a una relación, incluido el aspecto sexual pero no
siempre en primera instancia, y que planea sobre la biografía de
la pasión de la persona con absoluta autonomía e independencia
desde el principio. Los padres, evidentemente, son fascinantes en sí
mismos, según un significado que les es propio y no derivado de
un instinto fisiológico, al que antes bien subordinan y/u obstruyen
no más se activa ese significado. Permanecen en la penumbra como
un sordo rumor hasta que una dificultad psíquica les otorga actualidad.
Pero es muy importante tener presente que es difícil decir por la
misma idiosincrasia de la fantasía si recoge la atracción
del sujeto hacia esas figuraciones o si se trata del impulso de ellas hacia
el sujeto, que incluye siempre una continuación que sería
más verosímil adscribir al tema del devoramiento en general
que al más particular de la castración. El pequeño
varón o el adulto se representa en sueños a la madre, pretendidamente
objeto de los deseos meramente, como una bruja, siendo ella misma y no
el padre rival lo peligroso. El problema moral se circunscribe al ámbito
propio del conflicto, y no se necesita no más que por extensión
avalarlo desde el ámbito en el fondo externo del super-yo, cuyo
resabor de arbitrariedad cultural casa mal con la divulgación universal
antropológica del tabú contra el incesto. Pero es que además
sabemos que el temor a la castración no agota en sí mismo
su contenido, pues en realidad escondía detrás de su significante
desarrollos esenciales: simbolizaba el estancamiento libidinal y la falta
de interés por las "cosas del mundo" propias del estado depresivo
que se cierne sobre el sujeto, que el mundo autista psicótico muestra
en toda su fatalidad (miedo a la locura concomitante con el miedo a la
castración), y en los hombres también o sólo
la impotencia afeminada y su culmen en la homosexualidad, con su nulo disimulo
de la adoración a la madre y acostumbradamente la devoción
a una Virgen (en culturas que contengan estas cosas, claro). Sin dejar
de lado en este punto la relación que se establece demasiado a menudo
entre esta tendencia sexual y el mundo de lo mágico (videncia, adivinación,
santería, mediumnidad). Desde su matiz más sexual lo incestuoso
se asocia con las parafilias, donde queda definitivamente excluida la biografía
fisiológica y volvemos a circunscribirnos a un valor puramente psíquico
que subordina al somático.
En esta visión, el Edipo vuelve a adquirir
el significado fatal que le es propio a la fantasía incestuosa que
se cierne augurando tragedia psíquica sobre el pasivo sujeto, que
se enfrenta a la promesa de goce del incesto como el que escucha, siguiendo
con la metáfora mítica, el dulce canto de las terribles sirenas.
Todo esto, claro está, en el sujeto para el que una legítima
salida homosexual le esté por constitución psíquica
negada (hace tiempo que el rechazo cultural no es excusa), y se vea obligado
a elaborar en una lucha atroz los contenidos hasta consecuencias
más postreras.
La facilidad con la que la histeria transfiere
la problemática incestuosa a otros objetos no ya necesariamente
del entorno familiar nos apunta aún más allá de la
dirección marcada hacia los padres reales; nos conduce hacia la
importancia de lo paternal en sí, cualidad de la que el padre sólo
es y muy provisoriamente a veces uno de los más emblemáticos
portadores.
Los sueños recogen la problemática
sexual dentro de un contexto superior que significa finalmente una visión
renovada del mundo. Esta visión es la que cura en sentido total
y facilita la salida del estancamiento libidinal, incluyendo, si fuese
necesario, un nuevo compromiso sexual que de ningún modo debe aunque
puede significar una mayor disipación en este sentido. Desde principios
de siglo se barrunta especialmente en psicología profunda, más
no sólo en esta disciplina, un divorcio entre la vitalidad y la
cultura que fué primariamente entendido como un malestar sexual
frente a la represión cultural. Llevamos varias décadas ensayando
la "liberación" de hecho y de derecho y el malestar, lejos de curarse
se mantiene incólume o, ciertamente, en franca expansión.
Hoy tenemos muchos sujetos inadaptados a su tiempo y además desconcertados
ante el caos de las pasiones "modernas", donde tampoco el hombre acaba
de encontrarse. Analizando nuestro pasado ancestral, sin forzadas hipótesis
pseudocientíficas sobre tótems y tabúes, empezamos
a percibir el valor raíz de la cultura y las connotaciones viscerales
(más allá de las biológico intelectuales) que debe
tener una postura contracultural si no quiere caer en la misma antivitalidad
contra la que enarbola su bandera. En efecto, el problema de nuestra cultura
no es la represión meramente, sino la visión estrecha del
mundo en todos los frentes en los que se expande, que deja fuera amplias
y ya inaplazables tendencias culturales diferentes. Igual que el neurótico,
cuyo yo es por de pronto incapaz de asimilar toda la vida latente y pujante
que encierra dentro y que require una visión renovada de las cosas
y de él mismo. Al histérico, su interior le obliga a pregunterse
)Quién soy yo?, corporeizándose en un síntoma de conversión
que lo paraliza (a veces literalmente) o rezumando a través de pulsiones
disociadoras que logran lo mismo a través del conflicto. Y esa pregunta
obliga a indagar en la infancia, donde se encuentra el embrión de
las cosas futuras, pero actualiza la cuestión en el problema que
en el presente existe y que sólo se soluciona con la apertura de
una vía que proyecte con fuerza hacia el futuro.
Las reacciones histéricas de conversión
y de sobresalto (o crisis pseudosicóticas) no son condición
sine qua non de la neurosis histérica, aunque se dan habitualmente
en ella. Se producen siempre que el sujeto se enfrenta a una situación
vivencial (ejemplo una catástrofe natural o una batalla) inasimilable
por su entereza psíquica; nótese que dentro de ser un mecanismo
natural aunque extremo, afecta más a quien tenga peores relaciones
con su inconsciente, es decir, disociación. Todo esto nos da idea
de lo objetivo que resulta el dato inconsciente para el yo, cuando lo vemos
reaccionar frente a él como si fuera el más violento terremoto.
El síntoma de conversión es una explicitación somatoforme
del estado conflictivo de la psique del sujeto, donde un complejo que no
se puede o no se sabe atender se evidencia para forzar la asimilación.
No hay maniobra de ganancias, sino un deslizamiento fundamentalmente involuntario
hacia el plano corporal desde un ámbito yoico tan estrecho que sencillamente
no cabe; la voluntad de enfermar que parece existir detrás de las
ganancias secundarias se desvanece contra el fondo ansioso, depresivo sobre
el que se sustentan, velando más por evitar la aniquilación
que por sacar ventaja. Y aunque puede existir una fijación secundaria
que transparenta cierta voluntariedad (el histérico acaba usándolo
todo para proyectarse a los otros) este fondo depresivo y el conflicto
psicógeno prevalecen.
Lo realmente propio de la histeria es su personalidad
disociada, que incluye labilidad emocional y conductas contradictorias;
la sugestibilidad, que incluye la dependencia afectiva y el histrionismo;
la falta de control emocional, que conlleva inmadurez; narcisismo, velando
contra el vaciamiento interno siempre amenazante, e incapacidad para afrontar
la frustración y la disensión en sí misma, que siempre
sume al histérico en profundos cuadros de sufrimiento psíquico
(que son los que pueden desembocar en la crisis convulsiva). La erotización
de las relaciones siempre apunta a la búsqueda de la transferencia
salvadora, proyectándose siempre hacia la novedad sugerente cargada
de esperanzas fantasmales. La disfunción sexual es muy frecuente
(frigidez, impotencia, vaginismo) pero no es un radical sino un síntoma
de la disfunción vital (tengo fresco un caso de histeria agudo que
incluía todos los rasgos posibles adscribibles a esta enfermedad
-crisis pseudosicóticas, hipersensibilizaciones sensoriales, reacciones
primitivas, volubilidad sentimental, disociación con escaso nexo
entre conductas, incapacidad de responsabilidad, "vuelos mágicos",
transferencia paternal, cierta masculinización fijada desde la infancia,
conducta muy erótica, críticos momentos de sufrimiento, estados
crepusculares, impulsos caprichosos y hasta (posicionamiento anómalo
del útero diagnosticado por el ginecólogo!-entre los cuales
era practicado y sentido el sexo genital asiduamente como una de las pocas
actividades que le permitían abandonarse placenteramente).
La clave para entender los fenómenos
histéricos en toda su extensión radica precisamente en algo
que es pasado demasiado descuidadamente por alto y que sin embargo es piedra
angular en la arquitectura de cualquier forma de neurosis: el tipo caracterológico
del enfermo. Todos los fenómenos reactivos del histérico
se presentan como una caricaturización del tipo normal que la psicología
analítica da en llamar sentimental extravertido. Este tipo vive
su psicología proyectada en otros y vive a través de los
otros. Es el carácter de las mejores madres y la madre de nuestros
valores humanitarios y sociales, pero si se activan contenidos inconscientes
que reclaman asimilación por parte de la consciencia (y esto se
produce si el individuo no tiene actualizadas inaplazables tendencias vitales),
ésta es tan poco introspectiva que se proyectan al prójimo
masivamente y crean esas transferencias contradictorias que tan bien reflejan
las características emocionales que rodean a los contenidos inconscientes.
El mundo de los deseos se hace lábil y caprichoso cuando alterna
entre una primera proyección cargada de esperanzas fatuas y el inmediato
encontronazo con la realidad. La sentimentalidad se transforma por compulsión
en erotismo franco que se lanza en busca de ese complemento de carne y
hueso frente al que reacciona el inconsciente obstaculizando a menudo la
sexualidad. Para abstraer a la histérica del exterior y acercarla
a la fuente real de su anhelo el inconsciente puede provocar el síntoma
de conversión, pero aquélla volverá a usarlo como
puente a los otros de los cuales le es imposible en principio alejarse.
La abrumadora superioridad numérica de mujeres adscrita a esta forma
de carácter explica la meyor incidencia de la histeria en este sexo,
cosa que deja en blanco la explicación etiológica clásica.
Los contenidos que pujan por concienciarse necesitan
de un desarrollo y maduración de la esfera reflexivo intelectual,
con lo cual cuadra perfectamente la fijación en lo paterno, y que
avala la profusión con que en la práctica la histérica
se une sentimentalmente con un varón de tímida sexualidad
(que encuentra en la histérica un complemento inconsciente perfecto)
con cierta filiación intelectual introvertida. Estas tempestuosas
relaciones acaban muy mal si en su discurso ambos no asimilan las oportunas
características del cónyuge o pareja. La forma neurótica
histérica se acaba cuando aparece en la conciencia un determinado
grado de reflexión que permite atisbar los contenidos internos con
cierta introspección que impide que aparezcan totalmente inconscientes
y proyectados desde el principio. Otros tipos de neurosis pueden surgir
entonces. Es bastante evidente que la desaparición de las histerias
a lo largo de este siglo corre pareja con la incorporación de la
mujer al panorama técnico intelectual masculino que prima en nuestra
cultura. Pero esto ya nos sumerge en una problemática diferente.