HISTERIA: UNA REVISIÓN DE LOS BÁSICOS
Raúl Ortega
 
La histeria es una enfermedad muy plástica y expresiva en su sintomatología, al menos en una primera aproximación a sus contenidos. La irrupción del inconsciente aborda lo somático y lo conductual, evidenciándose en un marco más accesible a la observación que otros disturbios psíquicos vividos en una atmósfera más íntima y esquiva a la comprobación externa, que tiene que echar mano de la inferencia constantemente para hacerse cargo de la situación vivencial del enfermo. Gracias al síntoma de conversión, que rezuma psiquismo a través de su implicación simbólica, y a la personalidad disociada, que lo hace a través de su autonomía y determinación propias, fué descubierto el primer esbozo de lo que desde entonces llamamos inconsciente. Si aquellos pioneros sólo se hubiesen topado con, por ejemplo, crisis de ansiedad, la psicología tardíamente se hubiese remontado desde el yo, el objeto y el cuerpo, y hubiera seguido siendo durante más tiempo el alma tema de estudio de la metafísica solamente, y los sueños de los profetas y augures, divorciados tiempo atrás de ese otro sueño positivista que inauguró el imperio de las Ciencias modernas y sus "experiencias demostrables".
El magnetismo decimonónico y las damas histéricas de principios de nuestro siglo proporcionaron el arsenal de experiencias demostrables que avalaron el nacimiento de una nueva rama de la ciencia empírica y garantizaron la tangibilidad académica de todo un nuevo continente de sucesos suficientemente irreductibles a otras disciplinas experimentales.
La mutación de la neurosis a lo largo de este siglo, adscribiéndose cada vez más el síntoma a lo intracorporal y lo emocional íntimo, ha hecho perder actualidad a la histeria. Pero evidentemente no ha desaparecido, y su rica expresividad sigue escondiendo sin embargo complejidades que se extienden a todo el mundo de las neurosis en general y a lo psíquico en sí a la postre.
Existe generalizada una forma de observar la neurosis que no es capaz de distinguir entre la actitud "normal" del sujeto, las reacciones frente al inconsciente y las expresiones propias de éste. Si no se delimitan bien estos sectores de la tectónica psíquica y su diferente implicación en el dibujo total del panorama psíquico neurótico, pueden confundirse causas con consecuencias, factores etiológicos con síntomas. Del mismo modo que un flemón y unas fiebres no son la infección de microorganismos que constituye la enfermedad en sí.
El trauma, en el cual el psicoanálisis puso en principio el acento causal, hubo de desecharse pronto por "falta de pruebas" y por la comprobación de que no hay noxa psíquica que se encronice en neurosis si precisamente no se encuentra con un sustrato complejo conflictivo a priori. Entonces, y siguiendo el hilo del mundo propio de la histérica (otras neurosis se desenvuelven en atmósferas sensiblemente diferentes) se le adscribió exclusivamente la connotación sexual a ese complejo conflictual y se consideró a la psique cimentada sobre esta pulsión básicamente.
 Pero la sexualidad de la fantasía incestuosa es de una manera que no permite derivarla apresuradamente del soma. La promesa de un goce agota su fuerza frente a la satisfacción real que desde el albor de la genitalidad el sujeto ensaya con absoluta coherencia corporal. Las supuestas fijaciones pregenitales obedecen a las leyes del aprendizaje pero se torna inexplicable desde el punto de vista conductivo  la obsesión por un placer que nunca existió y que de todos modos no puede ofrecer más satisfacción corporal que las relaciones que desde hace tiempo practica o puede practicar el sujeto. El incesto es un fantasma que recoge en su forma todos los intríngulis que subyacen a una relación, incluido el aspecto sexual pero no siempre en primera instancia, y que planea sobre la biografía de la pasión de la persona con absoluta autonomía e independencia desde el principio. Los padres, evidentemente, son fascinantes en sí mismos, según un significado que les es propio y no derivado de un instinto fisiológico, al que antes bien subordinan y/u obstruyen no más se activa ese significado. Permanecen en la penumbra como un sordo rumor hasta que una dificultad psíquica les otorga actualidad. Pero es muy importante tener presente que es difícil decir por la misma idiosincrasia de la fantasía si recoge la atracción del sujeto hacia esas figuraciones o si se trata del impulso de ellas hacia el sujeto, que incluye siempre una continuación que sería más verosímil adscribir al tema del devoramiento en general que al más particular de la castración.  El pequeño varón o el adulto se representa en sueños a la madre, pretendidamente objeto de los deseos meramente, como una bruja, siendo ella misma y no el padre rival lo peligroso. El problema moral se circunscribe al ámbito propio del conflicto, y no se necesita no más que por extensión avalarlo desde el ámbito en el fondo externo del super-yo, cuyo resabor de arbitrariedad cultural casa mal con la divulgación universal antropológica del tabú contra el incesto. Pero es que además  sabemos que el temor a la castración no agota en sí mismo su contenido, pues en realidad escondía detrás de su significante desarrollos esenciales: simbolizaba el estancamiento libidinal y la falta de interés por las "cosas del mundo" propias del estado depresivo que se cierne sobre el sujeto, que el mundo autista psicótico muestra en toda su fatalidad (miedo a la locura concomitante con el miedo a la castración),  y en los hombres también o sólo la impotencia afeminada y su culmen en la homosexualidad, con su nulo disimulo de la adoración a la madre y acostumbradamente la devoción a una Virgen (en culturas que contengan estas cosas, claro). Sin dejar de lado en este punto la relación que se establece demasiado a menudo entre esta tendencia sexual y el mundo de lo mágico (videncia, adivinación, santería, mediumnidad). Desde su matiz más sexual lo incestuoso se asocia con las parafilias, donde queda definitivamente excluida la biografía fisiológica y volvemos a circunscribirnos a un valor puramente psíquico que subordina al somático.
En esta visión, el Edipo vuelve a adquirir el significado fatal que le es propio a la fantasía incestuosa que se cierne augurando tragedia psíquica sobre el pasivo sujeto, que se enfrenta a la promesa de goce del incesto como el que escucha, siguiendo con la metáfora mítica, el dulce canto de las terribles sirenas. Todo esto, claro está, en el sujeto para el que una legítima salida homosexual le esté por constitución psíquica negada (hace tiempo que el rechazo cultural no es excusa), y se vea obligado a elaborar en una lucha  atroz los contenidos hasta consecuencias más postreras.
La facilidad con la que la histeria transfiere la problemática incestuosa a otros objetos no ya necesariamente del entorno familiar nos apunta aún más allá de la dirección marcada hacia los padres reales; nos conduce hacia la importancia de lo paternal en sí, cualidad de la que el padre sólo es y muy provisoriamente a veces uno de los más emblemáticos portadores.
 Los sueños recogen la problemática sexual dentro de un contexto superior que significa finalmente una visión renovada del mundo. Esta visión es la que cura en sentido total y facilita la salida del estancamiento libidinal, incluyendo, si fuese necesario, un nuevo compromiso sexual que de ningún modo debe aunque puede significar una mayor disipación en este sentido. Desde principios de siglo se barrunta especialmente en psicología profunda, más no sólo en esta disciplina, un divorcio entre la vitalidad y la cultura que fué primariamente entendido como un malestar sexual frente a la represión cultural. Llevamos varias décadas ensayando la "liberación" de hecho y de derecho y el malestar, lejos de curarse se mantiene incólume o, ciertamente, en franca expansión. Hoy tenemos muchos sujetos inadaptados a su tiempo y además desconcertados ante el caos de las pasiones "modernas", donde tampoco el hombre acaba de encontrarse. Analizando nuestro pasado ancestral, sin forzadas hipótesis pseudocientíficas sobre tótems y tabúes, empezamos a percibir el valor raíz de la cultura y las connotaciones viscerales (más allá de las biológico intelectuales) que debe tener una postura contracultural si no quiere caer en la misma antivitalidad contra la que enarbola su bandera. En efecto, el problema de nuestra cultura no es la represión meramente, sino la visión estrecha del mundo en todos los frentes en los que se expande, que deja fuera amplias y ya inaplazables tendencias culturales diferentes. Igual que el neurótico, cuyo yo es por de pronto incapaz de asimilar toda la vida latente y pujante que encierra dentro y que require una visión renovada de las cosas y de él mismo. Al histérico, su interior le obliga a pregunterse )Quién soy yo?, corporeizándose en un síntoma de conversión que lo paraliza (a veces literalmente) o rezumando a través de pulsiones disociadoras que logran lo mismo a través del conflicto. Y esa pregunta obliga a indagar en la infancia, donde se encuentra el embrión de las cosas futuras, pero actualiza la cuestión en el problema que en el presente existe y que sólo se soluciona con la apertura de una vía que proyecte con fuerza hacia el futuro.
Las reacciones histéricas de conversión y de sobresalto (o crisis pseudosicóticas) no son condición sine qua non de la neurosis histérica, aunque se dan habitualmente en ella. Se producen siempre que el sujeto se enfrenta a una situación vivencial (ejemplo una catástrofe natural o una batalla) inasimilable por su entereza psíquica; nótese que dentro de ser un mecanismo natural aunque extremo, afecta más a quien tenga peores relaciones con su inconsciente, es decir, disociación. Todo esto nos da idea de lo objetivo que resulta el dato inconsciente para el yo, cuando lo vemos reaccionar frente a él como si fuera el más violento terremoto. El síntoma de conversión es una explicitación somatoforme del estado conflictivo de la psique del sujeto, donde un complejo que no se puede o no se sabe atender se evidencia para forzar la asimilación. No hay maniobra de ganancias, sino un deslizamiento fundamentalmente involuntario hacia el plano corporal desde un ámbito yoico tan estrecho que sencillamente no cabe; la voluntad de enfermar que parece existir detrás de las ganancias secundarias se desvanece contra el fondo ansioso, depresivo sobre el que se sustentan, velando más por evitar la aniquilación que por sacar ventaja. Y aunque puede existir una fijación secundaria que transparenta cierta voluntariedad (el histérico acaba usándolo todo para proyectarse a los otros) este fondo depresivo y el conflicto psicógeno prevalecen.
Lo realmente propio de la histeria es su personalidad disociada, que incluye labilidad emocional  y conductas contradictorias; la sugestibilidad, que incluye la dependencia afectiva y el histrionismo; la falta de control emocional, que conlleva inmadurez; narcisismo, velando contra el vaciamiento interno siempre amenazante, e incapacidad para afrontar la frustración y la disensión en sí misma, que siempre sume al histérico en profundos cuadros de sufrimiento psíquico (que son los que pueden desembocar en la crisis convulsiva). La erotización de las relaciones siempre apunta a la búsqueda de la transferencia salvadora, proyectándose siempre hacia la novedad sugerente cargada de esperanzas fantasmales. La disfunción sexual es muy frecuente (frigidez, impotencia, vaginismo) pero no es un radical sino un síntoma de la disfunción vital (tengo fresco un caso de histeria agudo que incluía todos los rasgos posibles adscribibles a esta enfermedad -crisis pseudosicóticas, hipersensibilizaciones sensoriales, reacciones primitivas, volubilidad sentimental, disociación con escaso nexo entre conductas, incapacidad de responsabilidad, "vuelos mágicos", transferencia paternal, cierta masculinización fijada desde la infancia, conducta muy erótica, críticos momentos de sufrimiento, estados crepusculares, impulsos caprichosos y hasta (posicionamiento anómalo del útero diagnosticado por el ginecólogo!-entre los cuales era practicado y sentido el sexo genital asiduamente como una de las pocas actividades que le permitían abandonarse placenteramente).
 La clave para entender los fenómenos histéricos en toda su extensión radica precisamente en algo que es pasado demasiado descuidadamente por alto y que sin embargo es piedra angular en la arquitectura de cualquier forma de neurosis: el tipo caracterológico del enfermo. Todos los fenómenos reactivos del histérico se presentan como una caricaturización del tipo normal que la psicología analítica da en llamar sentimental extravertido. Este tipo vive su psicología proyectada en otros y vive a través de los otros. Es el carácter de las mejores madres y la madre de nuestros valores humanitarios y sociales, pero si se activan contenidos inconscientes que reclaman asimilación por parte de la consciencia (y esto se produce si el individuo no tiene actualizadas inaplazables tendencias vitales), ésta es tan poco introspectiva que se proyectan al prójimo masivamente y crean esas transferencias contradictorias que tan bien reflejan las características emocionales que rodean a los contenidos inconscientes. El mundo de los deseos se hace lábil y caprichoso cuando alterna entre una primera proyección cargada de esperanzas fatuas y el inmediato encontronazo con la realidad. La sentimentalidad se transforma por compulsión en erotismo franco que se lanza en busca de ese complemento de carne y hueso frente al que reacciona el inconsciente obstaculizando a menudo la sexualidad. Para abstraer a la histérica del exterior y acercarla a la fuente real de su anhelo el inconsciente puede provocar el síntoma de conversión, pero aquélla volverá a usarlo como puente a los otros de los cuales le es imposible en principio alejarse. La abrumadora superioridad numérica de mujeres adscrita a esta forma de carácter explica la meyor incidencia de la histeria en este sexo, cosa que deja en blanco la explicación etiológica clásica.
Los contenidos que pujan por concienciarse necesitan de un desarrollo y maduración de la esfera  reflexivo intelectual, con lo cual cuadra perfectamente la fijación en lo paterno, y que avala la profusión con que en la práctica la histérica se une sentimentalmente con un varón de tímida sexualidad (que encuentra en la histérica un complemento inconsciente perfecto) con cierta filiación intelectual introvertida.  Estas tempestuosas relaciones acaban muy mal si en su discurso ambos no asimilan las oportunas características del cónyuge o pareja. La forma neurótica histérica se acaba cuando aparece en la conciencia un determinado grado de reflexión que permite atisbar los contenidos internos con cierta introspección que impide que  aparezcan totalmente inconscientes y proyectados desde el principio. Otros tipos de neurosis pueden surgir entonces. Es bastante evidente que la desaparición de las histerias a lo largo de este siglo corre pareja con la incorporación de la mujer al panorama técnico intelectual masculino que prima en nuestra cultura. Pero esto ya nos sumerge en una problemática diferente.