TIPOS
 por Raúl Ortega
 
La consciencia introvertida ve desde luego las condiciones externas, pero escoge como decisiva a la postre la determinante subjetiva; frente al estallido de una tormenta primaveral habrá un ingente número de ciudadanos que se guarezcan en sus casas, protegidos de la insoslayable mojada y del perjuicio de un catarro, pero habrá más de uno que decida precisamente pasearse a la intemperie en condiciones tan hostiles,  porque la lluvia para ellos no es sólo mera agua que cae de las nubes, sino la expresión de un factor superior que sienten vívidamente en su interior y que subyuga a su yo tanto como a los otros una razonable taza de caldo caliente y una partida de mus familiar.
En el contexto grupal, mientras la actitud extravertida se siente obligada a aceptar democráticamente la decisión popular y se identifica armoniosamente con ella, creando cohesión y confianza para una acción común, el introvertido siempre es el capaz de hacer lo diferente guiado por su subjetiva apetencia y provocando, ineludiblemente, la desconfianza de la piña extravertida.
Mientras que estos últimos invocan principalmente aquello que les llega del objeto, el introvertido se apoya preponderantemente en aquello que la impresión externa constela en el interior del sujeto.
En un encuentro con una mujer bonita el extravertido tramará inmediatamente un plan de acercamiento físico si cree que se encuentra dentro de sus posibilidades, pero el introvertido puede demorarse hasta el infinito en las ensoñaciones y fantasías que la visión de la chica le produce, retrasando un encuentro real por dos motivos: la reserva a introducir sus puras y elevadas concepciones sentimentales en una mujer que puede ser un fiasco mortal y común como la mayoría y, no menos importante, el miedo a manejar la materia viva, habilidad que se le escapa al estar mucho más entrenado en manejar pensamientos, que acostumbradamente son más dóciles o, al menos, cuyas dificultades ya le  resultan familiares.
Proverbial torpeza social es achacable a este tipo, en cuanto está tan embotado en sus elucubraciones que si la situación requiere cierta delicadeza y acompañamiento sentimental, él será el último en reaccionar adecuadamente a la armonía que se necesita en una reunión social, en una visita. Puede estar convencido una y otra vez de que su sinceridad le hace superior a la hipocresía del extravertido, pero acostumbradamente resiente una soledad que puede hacerle más objetivo: su crítica lobuna a veces es acertada (a veces un producto absolutamente arbitrario fruto de un mero autismo), pero es que no siempre la luz de la verdad es lo más importante, sino también el calor de una compañía incondicional (en la que todos conocen el defecto pero prefieren callarlo) , que de todos modos él necesita y practica, aunque con un criterio de selección más estricto, más monogámico, igual de "hipócrita" o de ciego, sin embargo.

Con la sobreestimación del conocimiento objetivo reprimimos el significado del factor subjetivo, del sujeto. Es patológico olvidar que el conocer tiene un sujeto y que no existe un mundo allí donde no existe un "yo conozco". El cosmos ha sido interpretado de tantas maneras "científicamente" y aún plantea tantos interrogantes esenciales que no puede menos que dudarse de la capacidad de acceder a su verdad más allá de lo propiamente humano. Desde el otro lado, el hombre, la duda es ineludible: todo nos evidencia de que somos una forma de aprehender la realidad, una codificación de ésta, no un espejo objetivo de ella, que puede ser inmensurable y así va resultando que es, siéndonos epistemológicamente imposible comprobar el grado de divergencia entre lo que es y lo que vemos, pues no podemos salirnos de nosotros mismos ni empleando las concepciones matemáticas más abstractas. Precisamente son estados interiores los que se abren a nuevas conciencializaciones cósmicas, dejando constancia de la limitación del estado anterior, y quedando el cosmos idéntico a sí mismo desde el principio al final, en su inabarcable trascendencia. (El extravertido radical sólo verá en este crecimiento interior un síntoma de subjetivación, pues su universo perceptivo es bastante "sólido" y preestable).
 Sin embargo, existen preconceptos que comparten acostumbradamente unos y otros y que están muy extendidos en nuestro mundo; ambos se autoconciben como esencialmente conciencia, como un yo, una especie de ordenador acumulador de datos de un mundo exterior.
La metáfora informática es muy empleada como paradigma de la conciencia, sigamos con ella: a la conciencia el positivista le añadirá un apéndice que la continúa con lo biológico a la manera de software: el instinto, que como reproductivo cimenta las relaciones y la sociedad y como conservacionista hace al hombre curioso y controlador del entorno. El introvertido prefiere no pensar sobre ésto, pues le desagradan las causas reductivistas y prefiere las tendencias hacia un fin con sentido (glorioso, mejor -¿y quién en lo más íntimo puede sustraerse a este Primun Mobile, tenga el tipo que tenga?) .El se siente más condicionado por su software heroico, a menudo sobrehumano. Pero ambos se asientan sobre el yo, unos mirando acostumbradamente a lo inmediato y los otros más arriba, siempre con la certeza de que eso está realmente afuera. Pero en esa postura acomodados el extravertido puede decirle a su opuesto: "-Mira, yo me entrego a un mundo que me devuelve certezas y en el que soy constructor, me siento seguro pues comparto con muchos la existencia, las penas y las glorias. No soy creador, pero sí un hábil artesano, y me siento cómplice de una sociedad y de mi cuerpo. Nosotros ponemos hombres en la Luna, ¿y tú?"
- " Tú creas tanto como destruyes, en un juego infinito absurdo del que nunca estás saciado; tu vida pletórica se deshincha al final en la Nada; cuando miras a Plutón, mi imaginación ya ha recorrido galaxias lejanas, desde las que algún día vendrán a rescatarme mis verdaderos hermanos. Mientras, espero impaciente y solo, incapaz de conducirme en un mundo que desprecio por trivial, al que me sujeta este pesado cuerpo."
A la empirie,  verosimilitud y prudencia de los constructos intelectuales del primero, se opone la fantasía, grandilocuencia y audacia del segundo, cualidades que de por sí no son suficientes para vivir si no trazan un camino que sea accesible de alguna manera a los sentidos. Son contenidos de muy difícil comprobación, de los que desconfía de tanto en tanto el que habitualmente los defiende sobre argumentos que le son hasta a él mismo inaccesibles. Aquí topamos con una característica muy común de la introversión crónica: la melancolía. No es inusual toparse con esas damitas exquisitamente fieles y pacientes hasta lo absurdo, con su esperanza en la llegada del príncipe azul que les despierte de su invierno a la florida primavera del amor real. Mientras, permanecen solas y cada día más resentidas, engañadas por ellas mismas hasta el masoquismo. O esos hombres estériles, que mantienen atrapada su rica fantasía en la cápsula de su imaginería personal, sin darle opción a que se exprese en la vida como ley general de ella, transpersonal, más allá de la imagen particular y surreal en la que se les aparece, que es como confundir el nombre con el hecho vivo. Pasan el tiempo matando dragones en sueños y rescatando princesas, y son incapaces de enfrentarse a un compromiso incómodo más allá de su habitación o cortejar a una sencilla amiguita, por más oportunas (y trascendentes -!-) que sean esas acciones.
El problema está en este momento en la incapacidad de percatarse de la inmediata naturaleza del estrato al que pertenecen las imágenes que atesora el introvertido; en efecto, la conciencia no se sustenta sobre sí misma ni sobre el cuerpo directamente, sino que tanto el yo como el cuerpo a él adyacente, así como la naturaleza y el Olimpo son organizaciones y derivaciones de aquel sustrato misterioso al que se llama Unus Mundus, pensamientos de Dios que crean lo real o, en términos más prosaicos, Inconsciente Colectivo, mitad espíritu, mitad materia.
 Cuando la actitud retrovertida deja de ser una fuente deseable y legítima de coherencia y diferenciación interna para convertirse en estancamiento, llega el momento de explorar el camino que señalan las fantasías. Si no las toma en sí mismas sino que las investiga como símbolos, puede percatarse de que su temática lejos de ser exclusivamente personal o sectaria, es mucho más general humana de lo que imaginaba; podrá rastrear su influencia en otras culturas y en ambientes que en principio parecían absolutamente divergentes. Podrá ver con claridad como aquellos contenidos que a él lo separan de la acción en el mundo sirvieron en otras épocas como pautas de conducta social y verá el sello de su imaginación en la biografía rica de otras personas que vivieron los temas y no sólo los rumiaron. De esa forma verá que esos contenidos se despliegan en todo su esplendor y en todas direcciones (arriba y abajo) cuando se les deja crecer en toda sus dimensiones. Así también tiene la opción de sentirse más humano, encontrando hasta en el trasfondo de la aparentemente trivial preocupación extravertida los mismos contenidos que a él le parecían propios solo de un legendario mundo exclusivista. Ya con esto se sentiría menos solo al menos. Y tendría algo por donde empezar.
Pero generalmente lo que hace es unirse a otros introvertidos que también giren y giren alrededor de los mismos sueños tomados en sentido literal, siempre inalcanzables. Si es inteligente, acabará sintiéndose mal en estas asociaciones inventan por la fuerza un nuevo cosmos donde por doctrina los unicornios duendes y hadas existen en carne y hueso. Peroél se acaba diciendo: Y si así fuera ¿Qué? Y queda en suspenso de nuevo entre dos mundos inconciliables, sin dejar hablar al símbolo más allá de su propia y estrecha concepción..
Vemos una y otra vez como los más inteligentes acaban entendiendo con la cabeza que su fantasía está íntimamente ligada con su psicología y con su biografía por muy prosaicas que le parezcan, abriéndose a mundos trascendentales y legítimos, pero a partir de lo más íntimo y humano. Pero recalcitrantemente vuelven una y otra vez en la práctica a actuar como si nada supieran de ésto. Esto se debe a que en el fondo no han dialogado con las imágenes y no han elaborado en nada éstas; siguen levantándose frente a ellos incólumes, idénticas a sí mismas y eternamente inalcanzables.
Y así como el extravertido de un conjunto de datos "reales" se equivoca y postula una ley falsa creyendo haber topado con una nueva ley cósmica, el introvertido se abre sólo a una visión muy parcial de lo alto y de ella quiere hacer una doctrina universal. A las buenas ideas las ha ido formando la intuición y la contrastación con los hechos, y el mirar las cosas desde muchos puntos de vista que sólo un despliegue vital extenso capacita para ello. Toda "doctrina universal" tiene que ser relativa y provisional si no quiere recoger los frutos antes de que estos maduren. En este punto doctrinario se acaban encontrando muchos introvertidos cuando tienen prisa por vivir en la verdad y su yo empieza a detentar el poder que en el fondo sólo es propio del Self. En efecto, es muy fácil confundir lo que aparece en mi interior con lo que yo mismo produzco según mi voluntad, si sólo se es capaz de ver la conciencia en el ámbito de la propia psicología, como vimos antes.
En el caso normal, la actitud introvertida se guía por la estructura psíquica dada en principio por la herencia, estructura que es una magnitud inmanente al sujeto. Pero en modo alguno cabe identificar sin más esa estructura con el yo del sujeto, sino que es la estructura anterior a todo desarrollo de un yo. El sujeto que está en la base, el Self, es mucho más amplio que el yo.
De todos modos es muy fácil que el introvertido como vemos, siguiendo el prejuicio general, confunda su yo con su Sí Mismo, realizando una subjetivación patológica y volviéndose ávido de poder, dogmático y egocéntrico, muy enajenado de la objetividad y del objeto externo.
 A medida que la consciencia del sujeto se subjetiva y confiere al yo un significado que no le pertenece, se contrapone al objeto una posición que a la larga es insostenible. El objeto es un valor dotado de un poder indudable en el fondo. Distinto sería si se opusiese al objeto el Self, pues éste y el mundo sí son conmensurables. De ahí que una actitud introvertida equilibrada tenga tanto derecho a existir como una actitud extravertida normalizada. Pero si el yo ha asumido las exigencias del Self como propias, arbitrarizándolas, surge de modo natural, para compensar, un reforzamiento inconsciente de la influencia del objeto. Entonces el sujeto realiza un esfuerzo a veces espamódico por asegurarse la superioridad frente al objeto, y el control de las situaciones abiertas a la influencia del mismo (reuniones, trabajo, etc.).
Pero cuanto más deficiente continúa siendo la relación con el objeto, más se hace valer en el trasfondo una incondicional e inoprimible vinculación con algún objeto o grupo de ellos determinado (amigo, pareja, familia, secta). Cuanto más intenta el yo asegurarse todas las contingencias posibles, cuanto más independiente, superior y libre de obligaciones quiere ser, tanto más cae en la esclavitud de los datos objetivos. La libertad de espíritu es atada a una humillante dependencia financiera, la despreocupación en el obrar se resiente una y otra vez de una postración ante la opinión pública, la superioridad moral,ideológica o espiritual cae en la ciénaga de las relaciones dudosas, las ansias de poder acaban en un anhelante deseo de ser amado.
Lo inconsciente recarga la relación con el objeto de una energía tendente a destruir a fondo la ilusión de superioridad de la conciencia. El yo acaba rodeándose de un auténtico sistema de reaseguros para preservar la ilusión de superioridad. Pese a eso, el objeto se impone de modo permanente al introvertido, causa en él los afectos más desagradables y le persigue a cada paso, provocando en él esta lucha una psicastenia o cansancio psicofísico crónico y una gran susceptibilidad.
Un análisis de lo inconsciente da como resultado una muchedumbre de fantasías de poder emparejadas a miedo sentido frente a objetos poderosamente dotados de vida, de los que fácilmente es víctima de hecho el introvertido. Teme los afectos y emociones de los otros, y apenas consigue defenderse del miedo a caer en una influencia extraña; los objetos tienen cualidades pavorosas y poderosas, mágicas. Ciertamente él no las ve conscientemente, pero más las intuye desde el interior. Los objetos nuevos suscitan miedo y desconfianza, los tradicionales penden de su alma como con hilos invisibles; todo cambio aparece como un trastorno. Una isla solitaria, donde sólo se mueve aquello que se le permita moverse se convierte en el ideal.

Llegados a este punto, este tipo utiliza la crítica como maniobra compulsiva de conjuro apotropéyico frente a la influencia amenazante del objeto que se le enfrenta desde afuera. Desde lejos esta crítica huele a susceptibilidad y autudefensa, desmoronada en sí misma por la recarga de subjetividad y parcialidad, que él prefiere ver como exquisito rigor filosófico. Pero esta pretendida preclaridad y prudencia cognitiva le chocan fuertemente al observador externo contrastada con  la arbitrariedad  especulativa de aquello que este tipo atesora como su verdad. Cuanto más fuerte es su tendencia a preservar sus constructos internos de las miradas externas y de la crítica pública, más se convierte en árbitro del mundo. Un mundo que, desde luego, le es demasiado lejano y ajeno para entenderlo con mediana objetividad.

Si por sus frutos reconocemos a la verdad, la esterilidad de nuestras vidas debería de abstenermos prudentemente de expectorar moralinas y recomiendas bajo la autoridad de una pretenciosa superioridad mental. Sólo el que ha radiografiado alguna porción de su anatomía propia y ha visto su viga, puede hablar de la paja del otro. Todo lo demás es sospechoso.
 La intuición es una función cognitiva humana tan legítima como el pensamiento y la sensación, y que demuestra una y otra vez su utilidad y afinamiento. En realidad, es la más emparentada con el instinto, y la que arrastra a la vida incluso cuando el más exacerbado pensamiento existencialista  aboca al individuo a un vacío callejón sin salida.
La vida es construcción y destrucción, tránsito constante. Quien se guía de su intuición, y eso es  en principio involuntario e inconsciente en gran medida, se encuentra frente a las flores y las tumbas en incesante rotación. El instinto introduce al hombre en la corriente alterna de la existencia de todo. Si el ciclo gira sobre sí mismo en el mismo plano o crece evolutivamente, eso depende precisamente de si el individuo abandona las creencias en  los métodos de éxito unidireccionales,  y el optimismo ingenuo sobre la bondad incondicional del destino (esto último muy propio del intuitivo primario). Una muerte anunciada es un estado eternamente anhelado por la vida,y desde luego nunca hay garantías de que nuestra rueda vaya a seguir girando sin pincharse nunca definitivamente.  Pero un estancamiento es todo lo contrario a un consumirse en la lucha y un "morir por haber vivido".
"Extenuado de hambre por el ayuno, Hiawatha abandonó su lecho de ramas. Y saliendo de la penumbra de su choza dirigióse hacia el sol poniente y luchó con Mondamín, dios del maíz. Al tocarlo, sintió nuevo valor palpitar en su cerebro y en su pecho, nueva vida y esperanza y vigor fluyeron por todo su ser" (The song of Hiawatha, Longfellow) Comentario:
-"La lucha contra las fuerzas paralizadoras del inconsciente otorga al hombre nuevas energías creadoras. Allí está, en efecto, la fuente de toda creación, pero es menester un valor heroico para luchar contra esos poderes y arrancarles "el tesoro difícil de alcanzar". La lucha de Hiawatha duró los tres días míticos, y al cuarto, tal como profetizó Mondamín, Hiawatha lo vence y cae exánime a tierra. Conforme a sus deseos, el héroe lo sepulta en la tierra materna. Poco después crece en su tumba, joven y lozano, el maíz que servirá al hombre. Si no le hubiera vencido, Mondamín le habría "matado", es decir, reemplazado, y Hiawatha se habría convertido en un parásito obeso, como todo aquel atrapado en la telaraña de un inconsciente maternal que sólo provee alimentos y la avidez por ellos, y no el flujo de una vida plena y la pasión por ella."  C.G.Jung, "Símbolos de Trasformación".