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Con la sobreestimación del conocimiento
objetivo reprimimos el significado del factor subjetivo, del sujeto. Es
patológico olvidar que el conocer tiene un sujeto y que no existe
un mundo allí donde no existe un "yo conozco". El cosmos ha sido
interpretado de tantas maneras "científicamente" y aún plantea
tantos interrogantes esenciales que no puede menos que dudarse de la capacidad
de acceder a su verdad más allá de lo propiamente humano.
Desde el otro lado, el hombre, la duda es ineludible: todo nos evidencia
de que somos una forma de aprehender la realidad, una codificación
de ésta, no un espejo objetivo de ella, que puede ser inmensurable
y así va resultando que es, siéndonos epistemológicamente
imposible comprobar el grado de divergencia entre lo que es y lo que vemos,
pues no podemos salirnos de nosotros mismos ni empleando las concepciones
matemáticas más abstractas. Precisamente son estados interiores
los que se abren a nuevas conciencializaciones cósmicas, dejando
constancia de la limitación del estado anterior, y quedando el cosmos
idéntico a sí mismo desde el principio al final, en su inabarcable
trascendencia. (El extravertido radical sólo verá en este
crecimiento interior un síntoma de subjetivación, pues su
universo perceptivo es bastante "sólido" y preestable).
Sin embargo, existen preconceptos que comparten
acostumbradamente unos y otros y que están muy extendidos en nuestro
mundo; ambos se autoconciben como esencialmente conciencia, como un yo,
una especie de ordenador acumulador de datos de un mundo exterior.
La metáfora informática es muy
empleada como paradigma de la conciencia, sigamos con ella: a la conciencia
el positivista le añadirá un apéndice que la continúa
con lo biológico a la manera de software: el instinto, que como
reproductivo cimenta las relaciones y la sociedad y como conservacionista
hace al hombre curioso y controlador del entorno. El introvertido prefiere
no pensar sobre ésto, pues le desagradan las causas reductivistas
y prefiere las tendencias hacia un fin con sentido (glorioso, mejor -¿y
quién en lo más íntimo puede sustraerse a este Primun
Mobile, tenga el tipo que tenga?) .El se siente más condicionado
por su software heroico, a menudo sobrehumano. Pero ambos se asientan sobre
el yo, unos mirando acostumbradamente a lo inmediato y los otros más
arriba, siempre con la certeza de que eso está realmente afuera.
Pero en esa postura acomodados el extravertido puede decirle a su opuesto:
"-Mira, yo me entrego a un mundo que me devuelve certezas y en el que soy
constructor, me siento seguro pues comparto con muchos la existencia, las
penas y las glorias. No soy creador, pero sí un hábil artesano,
y me siento cómplice de una sociedad y de mi cuerpo. Nosotros ponemos
hombres en la Luna, ¿y tú?"
- " Tú creas tanto como destruyes, en
un juego infinito absurdo del que nunca estás saciado; tu vida pletórica
se deshincha al final en la Nada; cuando miras a Plutón, mi imaginación
ya ha recorrido galaxias lejanas, desde las que algún día
vendrán a rescatarme mis verdaderos hermanos. Mientras, espero impaciente
y solo, incapaz de conducirme en un mundo que desprecio por trivial, al
que me sujeta este pesado cuerpo."
A la empirie, verosimilitud y prudencia
de los constructos intelectuales del primero, se opone la fantasía,
grandilocuencia y audacia del segundo, cualidades que de por sí
no son suficientes para vivir si no trazan un camino que sea accesible
de alguna manera a los sentidos. Son contenidos de muy difícil comprobación,
de los que desconfía de tanto en tanto el que habitualmente los
defiende sobre argumentos que le son hasta a él mismo inaccesibles.
Aquí topamos con una característica muy común de la
introversión crónica: la melancolía. No es inusual
toparse con esas damitas exquisitamente fieles y pacientes hasta lo absurdo,
con su esperanza en la llegada del príncipe azul que les despierte
de su invierno a la florida primavera del amor real. Mientras, permanecen
solas y cada día más resentidas, engañadas por ellas
mismas hasta el masoquismo. O esos hombres estériles, que mantienen
atrapada su rica fantasía en la cápsula de su imaginería
personal, sin darle opción a que se exprese en la vida como ley
general de ella, transpersonal, más allá de la imagen particular
y surreal en la que se les aparece, que es como confundir el nombre con
el hecho vivo. Pasan el tiempo matando dragones en sueños y rescatando
princesas, y son incapaces de enfrentarse a un compromiso incómodo
más allá de su habitación o cortejar a una sencilla
amiguita, por más oportunas (y trascendentes -!-) que sean esas
acciones.
El problema está en este momento en la
incapacidad de percatarse de la inmediata naturaleza del estrato al que
pertenecen las imágenes que atesora el introvertido; en efecto,
la conciencia no se sustenta sobre sí misma ni sobre el cuerpo directamente,
sino que tanto el yo como el cuerpo a él adyacente, así como
la naturaleza y el Olimpo son organizaciones y derivaciones de aquel sustrato
misterioso al que se llama Unus Mundus, pensamientos de Dios que crean
lo real o, en términos más prosaicos, Inconsciente Colectivo,
mitad espíritu, mitad materia.
Cuando la actitud retrovertida deja de
ser una fuente deseable y legítima de coherencia y diferenciación
interna para convertirse en estancamiento, llega el momento de explorar
el camino que señalan las fantasías. Si no las toma en sí
mismas sino que las investiga como símbolos, puede percatarse de
que su temática lejos de ser exclusivamente personal o sectaria,
es mucho más general humana de lo que imaginaba; podrá rastrear
su influencia en otras culturas y en ambientes que en principio parecían
absolutamente divergentes. Podrá ver con claridad como aquellos
contenidos que a él lo separan de la acción en el mundo sirvieron
en otras épocas como pautas de conducta social y verá el
sello de su imaginación en la biografía rica de otras personas
que vivieron los temas y no sólo los rumiaron. De esa forma verá
que esos contenidos se despliegan en todo su esplendor y en todas direcciones
(arriba y abajo) cuando se les deja crecer en toda sus dimensiones. Así
también tiene la opción de sentirse más humano, encontrando
hasta en el trasfondo de la aparentemente trivial preocupación extravertida
los mismos contenidos que a él le parecían propios solo de
un legendario mundo exclusivista. Ya con esto se sentiría menos
solo al menos. Y tendría algo por donde empezar.
Pero generalmente lo que hace es unirse a otros
introvertidos que también giren y giren alrededor de los mismos
sueños tomados en sentido literal, siempre inalcanzables. Si es
inteligente, acabará sintiéndose mal en estas asociaciones
inventan por la fuerza un nuevo cosmos donde por doctrina los unicornios
duendes y hadas existen en carne y hueso. Peroél se acaba diciendo:
Y si así fuera ¿Qué? Y queda en suspenso de nuevo
entre dos mundos inconciliables, sin dejar hablar al símbolo más
allá de su propia y estrecha concepción..
Vemos una y otra vez como los más inteligentes
acaban entendiendo con la cabeza que su fantasía está íntimamente
ligada con su psicología y con su biografía por muy prosaicas
que le parezcan, abriéndose a mundos trascendentales y legítimos,
pero a partir de lo más íntimo y humano. Pero recalcitrantemente
vuelven una y otra vez en la práctica a actuar como si nada supieran
de ésto. Esto se debe a que en el fondo no han dialogado con las
imágenes y no han elaborado en nada éstas; siguen levantándose
frente a ellos incólumes, idénticas a sí mismas y
eternamente inalcanzables.
Y así como el extravertido de un conjunto
de datos "reales" se equivoca y postula una ley falsa creyendo haber topado
con una nueva ley cósmica, el introvertido se abre sólo a
una visión muy parcial de lo alto y de ella quiere hacer una doctrina
universal. A las buenas ideas las ha ido formando la intuición y
la contrastación con los hechos, y el mirar las cosas desde muchos
puntos de vista que sólo un despliegue vital extenso capacita para
ello. Toda "doctrina universal" tiene que ser relativa y provisional si
no quiere recoger los frutos antes de que estos maduren. En este punto
doctrinario se acaban encontrando muchos introvertidos cuando tienen prisa
por vivir en la verdad y su yo empieza a detentar el poder que en el fondo
sólo es propio del Self. En efecto, es muy fácil confundir
lo que aparece en mi interior con lo que yo mismo produzco según
mi voluntad, si sólo se es capaz de ver la conciencia en el ámbito
de la propia psicología, como vimos antes.
En el caso normal, la actitud introvertida se
guía por la estructura psíquica dada en principio por la
herencia, estructura que es una magnitud inmanente al sujeto. Pero en modo
alguno cabe identificar sin más esa estructura con el yo del sujeto,
sino que es la estructura anterior a todo desarrollo de un yo. El sujeto
que está en la base, el Self, es mucho más amplio que el
yo.
De todos modos es muy fácil que el introvertido
como vemos, siguiendo el prejuicio general, confunda su yo con su Sí
Mismo, realizando una subjetivación patológica y volviéndose
ávido de poder, dogmático y egocéntrico, muy enajenado
de la objetividad y del objeto externo.
A medida que la consciencia del sujeto
se subjetiva y confiere al yo un significado que no le pertenece, se contrapone
al objeto una posición que a la larga es insostenible. El objeto
es un valor dotado de un poder indudable en el fondo. Distinto sería
si se opusiese al objeto el Self, pues éste y el mundo sí
son conmensurables. De ahí que una actitud introvertida equilibrada
tenga tanto derecho a existir como una actitud extravertida normalizada.
Pero si el yo ha asumido las exigencias del Self como propias, arbitrarizándolas,
surge de modo natural, para compensar, un reforzamiento inconsciente de
la influencia del objeto. Entonces el sujeto realiza un esfuerzo a veces
espamódico por asegurarse la superioridad frente al objeto, y el
control de las situaciones abiertas a la influencia del mismo (reuniones,
trabajo, etc.).
Pero cuanto más deficiente continúa
siendo la relación con el objeto, más se hace valer en el
trasfondo una incondicional e inoprimible vinculación con algún
objeto o grupo de ellos determinado (amigo, pareja, familia, secta). Cuanto
más intenta el yo asegurarse todas las contingencias posibles, cuanto
más independiente, superior y libre de obligaciones quiere ser,
tanto más cae en la esclavitud de los datos objetivos. La libertad
de espíritu es atada a una humillante dependencia financiera, la
despreocupación en el obrar se resiente una y otra vez de una postración
ante la opinión pública, la superioridad moral,ideológica
o espiritual cae en la ciénaga de las relaciones dudosas, las ansias
de poder acaban en un anhelante deseo de ser amado.
Lo inconsciente recarga la relación con
el objeto de una energía tendente a destruir a fondo la ilusión
de superioridad de la conciencia. El yo acaba rodeándose de un auténtico
sistema de reaseguros para preservar la ilusión de superioridad.
Pese a eso, el objeto se impone de modo permanente al introvertido, causa
en él los afectos más desagradables y le persigue a cada
paso, provocando en él esta lucha una psicastenia o cansancio psicofísico
crónico y una gran susceptibilidad.
Un análisis de lo inconsciente da como
resultado una muchedumbre de fantasías de poder emparejadas a miedo
sentido frente a objetos poderosamente dotados de vida, de los que fácilmente
es víctima de hecho el introvertido. Teme los afectos y emociones
de los otros, y apenas consigue defenderse del miedo a caer en una influencia
extraña; los objetos tienen cualidades pavorosas y poderosas, mágicas.
Ciertamente él no las ve conscientemente, pero más las intuye
desde el interior. Los objetos nuevos suscitan miedo y desconfianza, los
tradicionales penden de su alma como con hilos invisibles; todo cambio
aparece como un trastorno. Una isla solitaria, donde sólo se mueve
aquello que se le permita moverse se convierte en el ideal.
Llegados a este punto, este tipo utiliza la crítica como maniobra compulsiva de conjuro apotropéyico frente a la influencia amenazante del objeto que se le enfrenta desde afuera. Desde lejos esta crítica huele a susceptibilidad y autudefensa, desmoronada en sí misma por la recarga de subjetividad y parcialidad, que él prefiere ver como exquisito rigor filosófico. Pero esta pretendida preclaridad y prudencia cognitiva le chocan fuertemente al observador externo contrastada con la arbitrariedad especulativa de aquello que este tipo atesora como su verdad. Cuanto más fuerte es su tendencia a preservar sus constructos internos de las miradas externas y de la crítica pública, más se convierte en árbitro del mundo. Un mundo que, desde luego, le es demasiado lejano y ajeno para entenderlo con mediana objetividad.
Si por sus frutos reconocemos a la verdad, la
esterilidad de nuestras vidas debería de abstenermos prudentemente
de expectorar moralinas y recomiendas bajo la autoridad de una pretenciosa
superioridad mental. Sólo el que ha radiografiado alguna porción
de su anatomía propia y ha visto su viga, puede hablar de la paja
del otro. Todo lo demás es sospechoso.
La intuición es una función
cognitiva humana tan legítima como el pensamiento y la sensación,
y que demuestra una y otra vez su utilidad y afinamiento. En realidad,
es la más emparentada con el instinto, y la que arrastra a la vida
incluso cuando el más exacerbado pensamiento existencialista
aboca al individuo a un vacío callejón sin salida.
La vida es construcción y destrucción,
tránsito constante. Quien se guía de su intuición,
y eso es en principio involuntario e inconsciente en gran medida,
se encuentra frente a las flores y las tumbas en incesante rotación.
El instinto introduce al hombre en la corriente alterna de la existencia
de todo. Si el ciclo gira sobre sí mismo en el mismo plano o crece
evolutivamente, eso depende precisamente de si el individuo abandona las
creencias en los métodos de éxito unidireccionales,
y el optimismo ingenuo sobre la bondad incondicional del destino (esto
último muy propio del intuitivo primario). Una muerte anunciada
es un estado eternamente anhelado por la vida,y desde luego nunca hay garantías
de que nuestra rueda vaya a seguir girando sin pincharse nunca definitivamente.
Pero un estancamiento es todo lo contrario a un consumirse en la lucha
y un "morir por haber vivido".
"Extenuado de hambre por el ayuno, Hiawatha abandonó
su lecho de ramas. Y saliendo de la penumbra de su choza dirigióse
hacia el sol poniente y luchó con Mondamín, dios del maíz.
Al tocarlo, sintió nuevo valor palpitar en su cerebro y en su pecho,
nueva vida y esperanza y vigor fluyeron por todo su ser" (The song of Hiawatha,
Longfellow) Comentario:
-"La lucha contra las fuerzas paralizadoras del
inconsciente otorga al hombre nuevas energías creadoras. Allí
está, en efecto, la fuente de toda creación, pero es menester
un valor heroico para luchar contra esos poderes y arrancarles "el tesoro
difícil de alcanzar". La lucha de Hiawatha duró los tres
días míticos, y al cuarto, tal como profetizó Mondamín,
Hiawatha lo vence y cae exánime a tierra. Conforme a sus deseos,
el héroe lo sepulta en la tierra materna. Poco después crece
en su tumba, joven y lozano, el maíz que servirá al hombre.
Si no le hubiera vencido, Mondamín le habría "matado", es
decir, reemplazado, y Hiawatha se habría convertido en un parásito
obeso, como todo aquel atrapado en la telaraña de un inconsciente
maternal que sólo provee alimentos y la avidez por ellos, y no el
flujo de una vida plena y la pasión por ella." C.G.Jung, "Símbolos
de Trasformación".