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Mi viejo amigo,
Esta vez, ha recibido usted verdaderamente el don de Dios, es una
Gracia grande, y, por primera vez, comprendo la rareza de este favor.
Considero, en efecto, que, en su abismo insondable de sencillez, el arcano
es imposible de encontrar por la sola fuerza de la razón, por muy
sutil que ésta sea y por mucho que se haya ejercitado. En fin, posee
usted el Tesoro de los Tesoros, demos gracias a la Divina Luz por haberle
hecho partícipe de él. Por lo demás, lo tiene
justamente merecido por su fe inquebrantable en la Verdad, por su constancia
en el esfuerzo, por su perseverancia en el sacrificio, y también,
no lo olvidemos... por sus buenas obras.
Cuando mi mujer me anunció la buena nueva, me quedé
aturdido de gozosa sorpresa y no cabía en mí de felicidad.
Tanto, que me decía: ojalá no paguemos esta hora de embriaguez
con un terrible mañana. Pero, por muy breve que sea mi información
sobre la cosa, creí comprender, y esto en mi certeza, que el fuego
sólo se apaga cuando la obra se ha cumplido y toda la masa tintórea
impregna el vaso, que, de decantación en decantación, permanece
absolutamente saturado y se vuelve luminoso como el sol.
Ha llevado usted su generosidad hasta el punto de asociarnos a este
alto y oculto conocimiento que le pertenece de pleno derecho y de un modo
absolutamente personal. Mejor que nadie, comprendemos todo su precio,
y, también mejor que nadie, somos capaces de guardarle por ello
eterno reconocimiento. Sabe usted que las más bellas frases
y las más elocuentes protestas no valen lo que la sencillez emocionada
de estas solas palabras: es usted bueno, y, por esta gran virtud, ha colocado
Dios sobre su frente la diadema de la verdadera realeza. Él sabe
que hará usted un uso digno de este cetro y de los inestimables
gajes que lleva consigo. Nosotros le conocemos desde hace tiempo como el
manto azul de sus amigos en desgracia; pero el manto caritativo se ha ensanchado
de pronto, pues ahora todo el azul del cielo y su gran sol cubren sus nobles
hombros. Ojalá pueda gozar mucho tiempo de esta grande y rara dicha,
para satisfacción y consuelo de sus amigos, e incluso de sus enemigos,
pues la desdicha lo borra todo y usted posee, a partir de hoy, la varita
mágica que hace todos los milagros.
Mi mujer, con la inexplicable intuición de los seres sensibles,
había tenido un sueño verdaderamente extraño. Había
visto a un hombre envuelto en todos los colores del prisma, elevándose
hasta el sol. La explicación no se hizo esperar. ¡Qué
maravilla! ¡Qué bella y victoriosa respuesta a mi carta cargada,
sí, de dialéctica y -teóricamente- exacta, pero muy
distante aún de lo Verdadero, de lo Real ¡Ah! Casi puede decirse
que el que saluda a la estrella de la mañana pierde para siempre
el uso de la vista y de la razón, pues queda fascinado por su falsa
luz y es precipitado en el abismo... A menos que, como a usted, no venga
un gran golpe de suerte a arrancarle del borde del precipicio.
Ardo en deseos de verle, mi viejo amigo, de oírle contar
sus últimas horas de angustia y de triunfo. Pero, créalo,
jamás podré traducir en palabras la gran alegría que
experimentamos y toda la gratitud que sentimos hacia usted en el fondo
de nuestro corazón. ¡Aleluya!
Le abrazo y le felicito,
Su viejo...
El que sabe hacer la Obra con sólo el mercurio ha encontrado
lo que hay de más perfecto; es decir, ha recibido la luz y realizado
el Magisterio.
Tal vez un pasaje habrá chocado, sorprendido o desconcertado
al lector atento y ya familiarizado con los principales datos del problema
hermético. Es cuando el íntimo y sabio correspondiente exclama:
«¡Ay! Casi puede decirse que el que saluda a la
estrella de la mañana pierde para siempre el uso de la voz y de
la razón pues queda fascinado por su falsa luz y es precipitado
en el abismo. »
¿No parece esta frase contradecir lo que afirmamos, hace
más de veinte años en un estudio sobre el Vellocino de Oro
(1), es decir, que la estrella es el gran signo de la Obra, -que sella
la materia filosofal- que le dice al alquimista que no ha encontrado la
luz de los locos, sino la de los sabios, que consagra la sabiduría
y que la llamamos estrella de la mañana? Pero, ¿se ha señalado
que concretábamos brevemente que el astro hermético es ante
todo admirado en el espejo del arte o mercurio, antes de ser descubierto
en el cielo químico, donde alumbra de manera infinitamente más
discreta? Si nos hubiéramos preocupado más del deber de la
caridad que de la observancia del secreto, y aun a costa de pasar por fervientes
adeptos de la paradoja habríamos podido insistir entonces en el
maravilloso arcano y, con este fin, copiar algunas líneas escritas
en un viejísimo carnet, después de una de aquellas eruditas
charlas con Fulcanelli que, acompañadas de café azucarado
y frío, hacían nuestras profundas delicias de adolescente
asiduo y estudioso, ávido de un saber inapreciable:
Nuestra estrella es única y, sin embargo, es doble. Aprenda
a distinguir su huella real de su imagen, y observará que brilla
con mayor intensidad a la luz del día que en las tinieblas de la
noche.
Declaración que corrobora y completa la de Basilio Valentín (Doce llaves), no menos categórica y solemne:
(1) Alchimie, pág. 137. J.-J. Pauvert, editor.
«Los dioses han otorgado al hombre dos estrellas para que le
conduzcan a la gran Sabiduría, obsérvalas, ¡oh, hombre!,
y sigue con constancia su claridad, porque en ella se encuentra
la Sabiduría.»
¿Acaso no son estas dos estrellas las que os muestran una
de las pequeñas pinturas alquímicas del convento franciscano
de Cimiez, acompañada de la inscripción latina que expresa
la virtud salvadora inherente al resplandor nocturno y estelar. «Cum
luce saluten; con la luz la salvación»?
En todo caso, por poco sentido filosófico que uno tenga y
por poco trabajo que se tome en meditar las anteriores frases de Adeptos
incontestables, poseerá la llave con ayuda de la cual abre Cyliani
1a cerradura del templo. Pero, si todavía no comprende, que relea
a Fulcanelli y no vaya a buscar en otra parte una enseñanza que
ningún otro libro podría darle con tanta precisión
Hay, pues, dos estrellas, las cuales, a pesar de que parezca inverosímil
forman en realidad una sola La que brilla sobre la Virgen mística
-a la vez nuestra madre y el mar hermético- anuncia la concepción
y no es más que el reflejo de 1a otra, que precede al advenimiento
milagroso del Hijo. Pues si la Virgen celestial es todavía llamada
stella matutina, estrella de la mañana; si es posible contemplar
en ella el esplendor de una señal divino; si el descubrimiento de
esta fuente de gracias pone gozo en el corazón del artista, no es,
empero, más que una simple imagen reflejada por el espejo de la
Sabiduría. A pesar de su importancia y del lugar que ocupa en los
autores, esta estrella visible, pero inalcanzable, da testimonio de la
realidad de la otra, de la que coronó al Niño divino en el
momento de nacer. El signo que condujo a los Magos a la cueva de
Belén, nos dice san Crisóstomo, fue a colocarse, antes de
desaparecer, sobre la cabeza del Salvador, rodeándole de un halo
luminoso.
Insistimos en ello, porque estamos seguros de que algunos nos lo agradecerán: se trata verdaderamente de un astro noctumo cuya claridad resplandece sin gran fuerza en el polo del cielo hermético. Importa, pues, instruirse, sin dejarse engañar por las apariencias, sobre este cielo terrestre de que habla Wenceslao Lavinius de Moravia y sobre el cual insiste tanto Jacobus Tollius:
«Comprenderás lo que es el Cielo leyendo el pequeño comentario que sigue y por el cual el Cielo químico habrá sido abierto. Pues este cielo es inmenso y viste los campos de luz purpúrea, donde se han reconocido sus astros y su sol.»
Es indispensable meditar bien que el cielo y la tierra aunque confusos
en el Caos cósmico original no son diferentes en sustancia ni en
esencia, sino que llegan a serlo en calidad, en cantidad y en virtud ¿Acaso
la tierra alquímica, caótica, inerte y estéril no
contiene el cielo filosófico? ¿Ha de ser, pues, imposible
al artista, imitador de la Naturaleza y de la Gran Obra divina, separar
en su pequeño mundo, con ayuda del fuego secreto y del espíritu
universal las partes cristalinas, luminosas y puras, de las partes densas,
tenebrosas y groseras? No, por lo tanto, debe realizarse esta separación
que consiste en extraer la luz de las tinieblas y en efectuar el trabajo
del primero de los Grandes Días de Salomón. Gracias a ella
podremos saber lo que es la tierra filosofal y lo que los Adeptos han llamado
cielo de los Sabios.
Philaléthe, que, en su Entrada abierta al Palacio cerrado
del Rey, es quien más se extendió sobre la práctica
de la Obra, señala la estrella hermética y llega a la conclusión
de la magia cósmica de su aparición:
«Es el milagro del mundo, la reunión de las virtudes
superiores en las inferiores; por esto el Todopoderoso la marcó
con un signo extraordinario. Los Sabios 1a vieron en Oriente, se llenaron
de admiración y comprendieron en seguida que un Rey purísimo
había nacido en el mundo.
»Tú, cuando hayas visto su
estrella, síguela hasta la Cuna; allí verás al hermoso
Niño.»
« Tómese cuatro partes de nuestro
dragón ígneo que oculta en su vientre nuestro Acero mágico,
y nueve partes de nuestro Imán mézclese todo por medio de
Vulcano ardiente, en forma de agua mineral donde sobrenadará una
espuma que debe ser quitada. Arrójese la costra, tómese el
núcleo, purifíquese tres veces, por el fuego y la sal cosa
que se hará fácilmente si Saturno ha visto su imagen en el
espejo de Marte. »
Por último, añade Philaléthe.
« Y que el Todopoderoso estampe su sello real en esta Obra
y la adorne con él particulannente. »
La estrella a decir verdad, no es un signo especial de la labor de la Gran Obra. Podemos encontrarla en multitud de combinaciones arquímicas, de procedimientos particulares y de operaciones espagíricas de menor importancia; sin embargo, ofrece siempre el mismo valor indicativo de transformación parcial o total de los cuerpos sobre los cuales se ha fijado. Juan Federico Helvetius nos dio un ejemplo típico de ello en el pasaje de su Becerro de Oro (Vitulus Aureus) que traducimos a continuación:
«Cierto orfebre de La Haya (ciu nomen est Grillus), discípulo muy ejercitado en alquimia, pero hombre muy pobre según la naturaleza de esta ciencia pidió hace algunos años (2) a mi mejor amigo, es decir, a Juan Gaspar Knbtter, tintorera, espíritu de sal preparado de manera no vulgar. Al preguntar Knótter si este espíritu de sal especial sería o no utilizado para los metales, Gril respondió que para los metales, seguidamente vertió este espíritu de sal sobre plomo que había colocado en un recipiente de vidrio utilizado para confituras o alimentos. Pues bien, al cabo de dos semanas, apareció, flotando, una muy curiosa y resplandeciente Estrella plateada, que parecía trazada con un compás por un artista muy hábil Por lo que Gril lleno de inmensa alegría, nos manifestó que había visto ya la estrella visible de los Filósofos, sobre la cual probablemente, se había informado en Basilio (Valentín). Yo y otros muchos hombres honorables contemplamos con suma admiración esta estrella flotante en el espíritu de sal, mientras que, en el fondo, permanecía el plomo de color de ceniza e hinchado a la manera de una esponja. Sin embargo, en un intervalo de siete o nueve días, fue desapareciendo la humedad del espíritu de sal absorbida por el grandísimo calor del aire
(2) Hacia 1664, año de la edición príncipe e imposible de encontrar en Vitulus Aureus.
del mes de julio, y la estrella llegó al fondo, depositándose
sobre aquel plomo esponjoso y terroso. Fue un resultado digno de
admiración y no para un reducido número de testigos. Por
último, Gril copeló en una vasta la parte de este plomo ceniciento
a que se había adherido la estrella y obtuvo, de una libra de este
plomo, doce onzas de plata de copela y, además, de estas doce onzas,
dos onzas de oro excelente. »
Tal es el relato de Helvetius. Sólo lo damos para confirmar
la presencia del signo estrellado en todas las modificaciones intemas de
cuerpos tratados filosóficamente. Sin embargo, no quisiéramos
ser causa de trabajos infructuosos o engañadores que sin duda emprendedan
algunos lectores entusiastas, fundándose en la reputación
de Helvetius, en la probidad de los testigos oculares y, tal vez también
en nuestro constante afán de sinceridad Por esto queremos observar,
a quienes quisieran repetir el ensayo, que faltan en esta narración
dos datos esenciales: la composición química exacta del ácido
clorhídrico y las operaciones efectuadas previamente sobre el metal.
Ningún químico será capaz de contradecirnos si afirmamos
que el plomo ordinario, sea cual fuere, no tomará jamás el
aspecto de la piedra pómez sometiéndolo en frío, a
la acción del ácido muriático. Varios preparativos
son, pues, necesarios para provocar la dilatación del metal separar
de él las impurezas más groseras y los elementos inestables,
y producir en fin, mediante la fermentación necesaria, la hinchazón
que le hace adquirir una estructura esponjosa, blanda y que manifiesta
ya una marcadísima tendencia al cambio profundo de las propiedades
especí ficas.
Blaise de Vignére y Naxágoras, por ejemplo, han escrito
largamente sobre la conveniencia de una prolongada cocción previa.
Pues, si es cierto que el plomo común está muerto -porque
ha sufrido la reducción, y una gran llama, dice Basilio Valentín,
devora un fuego pequeño-, no es menos verdad que el mismo metal
pacientemente alimentado con sustancia ígnea, se reanimará,
reanudará poco a poco su actividad abolida y, de masa química
inerte se convertirá en cuerpo filosóficamente vivo.
Tal vez alguien se asombrará de que hayamos tratado tan prolijamente
de un solo punto de la Doctrina hasta dedicarle la mayor parte de este
prólogo, lo cual en consecuencia, nos hace temer que hayamos rebasado
la finalidad corrientemente asignada a los escritos de este género.
Se advertirá, no obstante, que era lógico que desarrollásemos
este tema que nos introduce, a pie llano podríamos decir, en el
texto de Fulcanelli. Efectivamente, ya en su umbral se entretiene largamente
nuestro Maestro en el papel capital de la Estrella, en la Teofanía
mineral que anuncia, con certeza, la elucidación tangible del gran
secreto enterrado en los edificios religiosos. El misterio de las catedrales:
así se titula precisamente esta obra de la que hoy ofrecemos -después
de la tirada de 1926, compuesta únicamente de trescientos ejemplares-
la segunda edición aumentada con tres dibujos de Julien Champagne
y varias notas originales de Fulcanelli recogidas tal cual sin la menor
adición ni el más pequeño cambio. Estas se refieren
a una cuestión muy angustiosa que ocupó largo tiempo la pluma
del Maestro y de la que diremos unas palabra a propósito de las
Moradas filosofales.
Por lo demás, si hubiera que justificar el mérito
de El misterio de las catedrales, bastaría señalar que este
libro ha sacado de nuevo a plena luz la cábala fonética cuyos
principios y su aplicación habían caído en el más
absoluto olvido. Después de esta enseñanza detallada y precisas
tras las breves consideraciones apocadas por nosotros con ocasión
del centauro, del hombre-caballo del Plessis-Bourré, de Dos mansiones
alquímicas, será ya imposible confundir la lengua matriz,
el enérgico idioma fácilmente comprendido aunque jamás
hablado y, siempre según de Cyrano Bergerac, el instinto o la voz
de la Naturaleza, con las transposiciones, los trastocamientos, las sustituciones
y los cálculos no menos abstrusos que arbitrarios de la kábala
judía. Por eso importa distinguir los dos vocablos, cábala
y kábala, a fin de utilizarlos como se debe: el primero, como derivado
de xaj3a>,>,ni o del Latín caballus, caballo; el segundo, del hebreo
kabbalah que significa tradición. En fin, no se podrá
ya, a pretexto de los sentidos figurado admitidos por analogía,
de corrillo, manejo o intriga, negar al sustantivo cábala la función
que sólo él es capaz de desempeñar y que Fulcanelli
lo confirmó magistralmente, al encontrar la llave perdida de la
Gaya ciencia, de la Lengua de los dioses o de los pájaros. Las mismas
que Jonathan Swift, el singular deán de San Patricio, conocía
a fondo y practicaba a su manera, con tanto saber y virtuosismo.
Savignies, agosto de 1957