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¡Que haber sido señor! ¿Qué digo?
Señor, ¡ay! ¿acaso ya no lo es?
Según dicen los davídicos,
jamás conoceréis su lugar.»
FRANCOIS VILLON.
El testamento, XXXVI y XXXVH.
Era necesario y, sobre todo, cuestión la más elemental
de salubridad filosófica, que El misterio de las catedrales reapareciese
lo antes posible. Gracias a Jean-Jacques Pauvert, es cosa hecha, y lo es
a la manera a que nos tiene acostumbrados y que, para mayor bien de los
estudiosos, obedece siempre a la doble preocupación de ajustar,
en el mejor sentido de la palabra, la perfección profesional y el
precio de venta al lector. Dos condiciones, extrínsecas y capitales,
muy convenientes a la evigente Verdad, a la cual por añadidura,
ha querido acercarse todavía más' Jean-Jacques Pauvert dando
esta vez la primera obra del Maestro con la fotografía perfecta
de las esculturas dibujadas por Julien Champagne. De este modo, la infabilidad
de la placa sensible, en la confrontación de la plástica
original viene a proclamar la sabiduría y la habilidad del excelente
artista que conoció a Fulcanelli en 1915, diez años antes
de que gozásemos nosotros del mismo inestimable privilegio y, sin
embargo, grávido y envidiado con demasiada frecuencia.
¿Qué es la alquimia para el hombre, sino -verdaderamente,
y nacidos de cierto estado de alma derivado de ,a gracia real y eficaz-
la busca y el despertar de la Vida secretamente adormecida bajo la gruesa
envoltura del ser y la ruda corteza de las cosas? En los dos planos universales,
donde se asientan juntos la materia y el espíritu, existe un progreso
absoluto que consiste en una purificación permanente, hasta la perfección
última.
Con este fin, nada expresa mejor el modo de operar que el antiguo
apotegma tan preciso en su imperativa brevedad: Solve et coagula; disuelve
y coagula. Es una técnica sencilla y lineal que requiere sinceridad,
resolución y paciencia, y que apela a esa imaginación, ¡ay!,
casi totalmente abolida, en nuestra época de saturación agresiva
y esterilizadora, en la inmensa mayoría de las gentes. Raros son
los que se aplican a la idea viva, a 1a imagen fructífera, al símbolo
siempre inseparable de toda elaboración filosofal o de toda aventura
poética, y que se abre poco a poco, en lenta progresión a
una mayor cantidad de luz y de conocimiento.
Muchos alquimistas, y la Turba* en parúcular, han dicho,
por boca de Baleus, que «la madre se apiada de su hijo mientras que
éste es muy duro con ella». El drama familiar se desarrolla,
de manera positiva, en el seno del macrocosmos alquimicofísico,
de suerte que cabe esperar, para el mundo terrestre y su Humanidad, que
la Naturaleza acabe perdonando a los hombres y conformándose, de
la mejor manera, con los tormentos que éstos le imponen perpetuamente.
*Compilación de citas atribuidas a filósofos antiguos y a filósofos alquimistas propiamente dichos. Escrita en latín, pero traducida del árabe, gozó de gran crédito entre los alquimistas de la Edad Media. (N. del T)
Ved ahora lo más grave: mientras la francmasonería
busca continuamente 1a palabra perdida (verbum dimissum), la Iglesia universal
(XaOoÁ¿Xi7 katholiké), que posee este Verbo, está
en camino de abandonarlo en el ecumenismo del diablo. Nada favorece tanto
a esta falta imperdonable como la temerosa obediencia del clero, tan a
menudo ignorante, al falaz impulso, que se dice progresivo, de fuerzas
ocultas que sólo se proponen destruir la obra de Pedro. El ritual
mágico de la misa latina profundamente trastornado, ha perdido su
valor y, actualmente, marcha de acuerdo con el sombrero flexible y el traje
de calle que adoptan los clérigos, felices con el disfraz, en prometedora
etapa hacia la abolición del celibato filosófico...
A favor de esta política de constante abandono, instálase
1a herejía funesta, en la razonadora vanidad y en el desprecio profundo
de 1as leyes misteriosas. Entre éstas, la necesidad ineluctable
de la putrefacción fecunda de toda materia, sea cual fuere, a fin
de que prosiga en ella la vida bajo 1a engañosa apariencia de la
nada y de la muerte. Ante 1a fase transitoria, tenebrosa y secreta, que
abre a la alquimia operante sus asombrosas posibilidades, ¿no es
terrible que la Iglesia consienta, para lo sucesivo, esta atroz cremación
que antaño prohibía absolutamente?
Inmenso es el horizonte que ahora os descubre 1a parábola
del grano que cae al suelo, relatada por san Juan :
«En verdad, en verdad os digo, que, si el grano de trígo que cae a tierra no muere, permanece solo, pero, si muere, llevará mucho fruto.» (XII, 24.)
También el discípulo amado nos transmite otra enseñanza preciosa de su Maestro, a propósito de Lázaro, de que la Putrefacción del cuerpo no puede significar la abolición total de la vida:
«Dijo Jesús.- Quitad 1a piedra. Maria, hermana del muerto, le dijo: Señor, ya hiede, pues hace cuatro días que está ahí. Jesús le dijo.- ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?» (XI, 39 y 40.)
En su olvido de la Verdad hermética que aseguró sus
cimientos, la Iglesia, ante la cuestión de la incineración
de los cadáveres adopta, sin ningún esfuerzo, las malas razones
de la ciencia del bien y del mal según la cual la descomposición
de los cuerpos, en cementerios cada vez más colmados, constituye
una amenaza de infección. Y de epidemias, porque los vivos siguen
respirando la atmósfera que los rodea. Especioso argumento que,
al menos, nos hace sonreír, sobre todo sabiendo que fue ya formulado,
con toda gravedad, hace más de un siglo, cuándo florecía
el mezquino positivismo de los Comte y los Littré. Enternecedora
solicitud en fin, que no se ejercitó en nuestros benditos tiempos,
cuando las dos hecatombes, grandiosas por su duración y por su multitud
de muertos, en superficies más bien reducidas, donde la inhumación
se hacía esperar a menudo mucho más y se efectuaba a menor
profundidad de lo que permitían los reglamentos.
En contraste con esto, cabe recordar aquí los experimentos,
macabros y singulares, a que se dedicaron a comienzos del Segundo Imperio,
con paciencia y determinación propias de otra edad, los célebres
médicos, toxicólogos por añadidura, Mateo José
Orfila y Marie-Guillaume Devergie, sobre la lenta y progresiva descomposición
del cuerpo humano. He aquí el resultado del éxperimento
realizado, hasta entonces, en la fetidez y la intensa proliferación
de los vibriones:
«El olor disminuye gradualmente; por fin llega una época en que todas las partes blandas extendidas en el suelo no forman más que un detrito cenagoso, negruzco y de un olor que tiene algo de aromático.»
En cuanto a la transformación del hedor en perfume, hay que
observar su impresionante semejanza con lo que declaran los viejos Maestros
con respecto a la Gran Obra física, y entre ellos, en particular,
Morien y Raimundo Lulio, al precisar que al olor infecto (odor teter) de
la disolución oscura sucede el perfume más suave, porque
es propio de la vida y del calor (quia et vitae proprius est et caloris).
Después de lo que acabamos de apuntar, ¿qué no habremos de temer, si pueden desarrollarse a nuestro alrededor, en el plano en que nos hallamos, el testimonio dudoso y la argumentación especiosa? Propensión deplorable, que invariablemente muestran la envidia y la mediocridad, cuyos enfadosos y persistentes efectos nos imponemos hoy el deber de destruir.
Decimos esto, a propósito de una muy objetiva rectificación de nuestro maestro Fulcanelli al estudiar, en el Museo de Cluny, 1a estatua de Marcelo, obispo de París, que se hallaba en Nótre-Dame, en el entrepaño del pórtico de santa Ana, antes de que los arquitectos Viollet-le-Duc y Lassus la sustituyesen, allá por el año 1850, por una aceptable copia El Adepto de El misterio de las catedrales se vio de este modo impulsado a reparar las faltas cometidas por Louis-Fraçois Cambriel, quien, hallándose en condiciones de detallar la escultura primitiva, que ocupaba su sitio en la catedral desde comienzos del siglo XIV, escribió, bajo el reinado de Carlos X, esta breve y caprichosa descripción:
«Este obispo se lleva un dedo a la boca, para decir a cuantos lo ven y quieren enterarse de lo que representa.. Si descubrís y adivináis lo que represento con este jeroglí fico, ¡callaos .. ! ¡No digáis nada!-» (Curso de Filosofía hermética o de Alquimia en diecinueve lecciones. París, Lacour et Maistrasse, 1843.)
Estas líneas van acompañadas, en la obra de Cambriel de un torpe diseño que les dio origen o que fue inspirado por ellas. Como a Fulcanelli nos cuesta imaginar que dos observadores, a saber, el escritor y el dibujante, pudieran ser víctimas separadamente, de 1a misma ilusión. En el grabado, el santo obispo, que luce barba, en evidente anacronismo, tiene la cabeza cubierta con una mitra adornada con cuatro pequeñas cruces. Y sostiene, con la mano izquierda, un corto báculo que apoya en el hueco del hombro. Imperturbable, levanta el índice al nivel del mentón, con la expresión mímica de quien recomienda secreto y silencio.
«La comprobación es fácil -concluye Fulcanelli-,
puesto que poseemos la obra original y la superchería queda de manifiesto
al primer golpe de vista. Nuestro santo, de acuerdo con la costumbre medieval
va completamente afeitado, su mitra, muy sencilla, carece de todo adorno,-
el báculo, que sostiene con la mano izquierda, se clava, por su
extremo inferior, en las fauces del dragón. En cuanto al famoso
ademán de los Personajes del Mutus Liber y de Harpócrates,
es enteramente fruto de la desatada imaginación de Cambriel. San
Marcelo fue representado impartiendo su bendición, en una actitud
llena de nobleza, inclinada la frente, doblado el antebrazo, la mano al
nivel del hombro y alzados los dedos medio e índice. »
Quedaba según se acaba de ver, totalmente resuelta la cuestión que es objeto de todo el párrafo VII del capítulo PARIS de la presente obra, y de la que, ahora, podrá el lector enterarse a fondo. El engaño había sido, pues, descubierto, y perfectamente establecida la verdad, cuando Emile-Jules Grillot de Givry, unos tres años más tarde, y con referencia al pilar central del pórtico sur de Nótre-Dame, escribió en su Museo de los brujos las líneas que siguen:
«La estatua de san Marcelo, que se encuentra actualmente en el pórtico de Nótre-Dame, es una reproducción moderna que no tiene valor arqueológico; forma parte de la restauración de los arquitectos Lassus y Viollet-le-Duc. La estatua verdadera, del siglo XIV, se encuentra actualmente confinada en un rincón de la gran sala de las Termas del Museo de Cluny, donde la hemos hecho fotografiar (fig. 342). Se observará que el báculo del obispo se hunde en la boca del dragón, condición esencial para que sea legible el jeroglífico, e indicación de que es necesario un rayo celeste para encender el hornillo de Atanor. Ahora bien, en una época que podemos situar a mediados del siglo xvi, esta antigua estatua fue quitada del pórtico y sustituida por otra en la que el báculo del obispo, para contrariar a los alquimistas y destruir su tradición, había sido deliberadamente acortado, de modo que ya no tocaba la boca del dragón. Puede verse esta diferencia en nuestra figura 344, donde aparece la antigua estatua, tal como era antes de 1860. Viollet-le-Duc la hizo quitar y la reemplazó por una copia bastante exacta de la del Museo de Cluny, restituyendo así al pórtico de Nótre-Dame su verdadera significación alquímica.»
¡Menudo embrollo éste, por no decir algo peor, según el cual se habría introducido, en suma, en el siglo xvi, una tercera estatua entre la bella reliquia depositada en Cluny y la copia moderna, visible en la catedral de la Cité desde hace más de cien años! De esta estatua del Renacimiento, ausente de los archivos e ignorada en las obras más eruditas, Grillot de Givry nos da, en apoyo de su al menos gratuito aserto, una fotografía de la cual Bernard Husson fija deliberadamente fecha y la hace un daguerrotipo. He aquí la leyenda que, al pie del clisé, renueva su insostenible justificación:
No nos detendremos en la explicación dada por Grillot de Givry,
reabnente ingenioso pero un tanto elemental del acortamiento de la verga
pastoral (virga pastoralis); por el contrario, no podemos dejar de denunciar
el hecho singular de que, con toda evidencia trató de combatir,
sin traerla a la memoria -inocentemente, precisará Jean Reyor, pretendiendo
que todo ocurrió de manera fortuita-, la pertinente corrección
de El misterio de las catedrales, del cual es imposible que una inteligencia
tan avisada, y curiosa como la suya no tuviera conocimiento. En efecto,
este primer libro de Fulcanelli había sido publicado en junio de
1926, mientras que El museo de los brujos -fechado en París el 20
de noviembre de 1928 apareció en febrero de 1929, una semana después
de la muerte repentina de su autor.
En aquella época, el procedimiento, que no nos pareció
demasiado honrado, nos produjo
tanta sorpresa como dolor y nos desconcertó profundamente.
Ciertamente, jamás habríamos hablado de ello, si, después
de Marcel Clavelle -alias Jean Reyor-, no hubiese experimentado recientemente
Bernard Husson la inexplicable necesidad, a treinta y dos años de
distancia, de volver a lanzar la piedra y venir en auxilio de Cambriel.
Nos limitaremos a dar aquí la jactanciosa opinión del primero
-en el Velo de Isis, de noviembre de 1932-, puesto que el segundo la hizo
suya íntegramente, sin reflexionar y sin mostrar el escrúpulo
que hubiera debido sentir por tratarse del Adepto admirable y del Maestro
común:,
«¡Todo el mundo comparte la virtuosa indignación
de Fulcanelli! Pero lo más lamentable es la ligereza de este
autor, dadas las circunstancias. Veremos a continuación que no había
motivos para acusar a Cambriel de "artificio", de "superchería"
y de "descaro".
»Pongamos la cosa en su punto: el pilar que se encuentra actualmente
en el pórtico de Nótre-Dame es una reproducción moderna
que forma parte de la restauración de los arquitectos Lassus y Viollet-le-Duc,
efectuada hacia 1860. El pilar primitivo se encuentra confinado en el Museo
de Cluny. Sin embargo, hemos de decir que el pilar actual reproduce con
bastante fidelidad, en su conjunto, el del siglo xvi, a excepción
de algunos motivos del zócalo. En todo caso, ninguno de estos dos
pilares corresponde a la descripción y a la figura dadas por Cambriel
y reproducidas inocentemente por un conocido ocultista. Y, no obstante,
Cambriel no trató en modo alguno de engañar a sus lectores.
Describió e hizo dibujar fielmente el pilar que podían contemplar
todos los Parisienses de 1843. Y es que existe un tercer pilar de san Marcelo,
reproducción infiel del pilar primitivo, y es este pilar el que
fue reemplazado, hacia 1860, por la copia más exacta que vemos en
la actualidad. Aquella reproducción infiel presenta, ciertamente,
todas las características señaladas por el buen Cambriel.
Éste, lejos de ser falaz, fue, por el contrario, engañado
por la poca escrupulosa copia, pero su buena fe queda absolutamente fuera
de toda duda, y esto es lo que queríamos dejar bien sentado.»
A fin de mejor lograr su propósito, Grillot de Givry -el conocido
ocultista citado por Jean Reyor- presentó, en El museo de los brujos,
sin ninguna referencia, como hemos podido ver, una prueba fotográfica
cuyo clisé en similor denota su confección reciente. ¿Cuál
es, en el fondo, el valor exacto de este documento que utilizó para
reforzar su texto y rebatir, con todas las apariencias de la irrefutabilidad
eljuicio imparcial de Fulcanelli sobre François Cambrie; juicio
tal vez severo, pero indudablemente fundado, que Grillot de Givry, según
sabemos también, se guardó muy bien de señalar? Ocultista
en el sentido más absoluto, mostróse no menos discreto en
cuanto a la procedencia de su sensacional fotografía...
¿No será, sencillamente, que esta imagen representativa
de la estatua removida en el pasado siglo, cuando los trabajos de Viollet-le-Duc,
fue tomada en lugar distinto de Nótre-Dame de París, o que
fuera incluso reproducción de un personaje muy distinto del obispo
Marcellus de la antigua Lutecia.. ?
En la iconografía cristiana, son muchos los santos que tienen
a su vera el dragón agresivo o sumiso, entre ellos podemos citar
a Juan Evangelista, Jaime el Mayor, Felipe, Miguel, Jorge Y Patricio. Sin
embargo, san Marcelo es el único que toca, con el báculo,
la cabeza del monstruo, de acuerdo con el respeto que los pintores y escultores
del pasado sintieron siempre por su leyenda. Ésta es muy rica, y
entre los últimos hechos del obispo se cuenta el que (inter novissima
ejus opera hoc annumeratur) refiere el padre Gérard Dubois d'Orléans
(Gerardo Dubois Aurelianensi) en su Historia de la Iglesia de París
(in Histona Ecclesiae Panswnsis), y que resumimos aquí, traduciéndolo
del texto latino
:
«Cierta dama, más ilustre por la nobleza de su linaje
que por las costumbres y la fama de una buena reputación, acabó
su destino y, después, en pomposas exequias, fue depositada en la
tumba, digna y solemnemente. A fin de castigarla por la violación
de su lecho, una horrible serpiente avanza hacia la sepultura de la mujer,
se alimenta de sus miembros y de su cadáver, cuya alma había
corrompido con sus silbidos funestos. No la deja descansar en el lugar
del descanso. Pero, aserrados por el ruido, los viejos servidores de la
dama se espantaron en grado sumo, y la multitud de la ciudad empezó
a acudir al espectáculo y a alarmarse a la vista del enorme animal..
»Advertido el bienaventurado prelado, sale con el pueblo y
ordena que los ciudadanos se mantengan como espectadores. En cuanto a él,
sin asustarse, se planta ante el dragón... el cual como si fuera
un suplicante, se postra a las rodillas del santo obispo y parece adularle
y pedirle gracia. Entonces Marcelo, golpeándole la cabeza con su
báculo, le arrojó encima su estola [Tum Marcellus caput ejus
baculo percutiens, in eum orarium (1) injecit]; conduciéndole en
círculo durante dos o tres millas, seguido por el pueblo, tiraba
(extrahebat) su marcha solemne ante los ojos de los ciudadanos. Después,
apostrofó a la bestia y le ordenó que, desde mañana,
o permaneciese perpetuamente en los desiertos, o fuese a arrojarse al mar
.. »
Digamos, de paso, que casi no hace falta destacar, aquí la alegoría hermética en que se distinguen las dos vías, seca y húmeda. Corresponde exactamente al 50º emblema de Michel Maier, en su Atalanta Fulgiens, en el cual el dragón aprisiona a una mujer vestida, que yace inerte, en el esplendor de su madurez, en el fondo de una fosa igualmente violada.
Pero volvamos a la presunta estatua de san Marcelo, discípulo y sucesor de Prudencio, la cual según Grillot de Givry, fue colocada a mediados del siglo xvi en el entrepaño del
(1) Orariun4 quod vulgo stola dicitur. (Glossarium Cangii) Orarium, lo que se llama generalmente estola. (Glosario de Du Cange.)
pórtico sur de Nótre-Dame, es decir, en el lugar de
la admirable reliquia conservada en la orilla izquierd en el museo de Cluny.
Precisemos que la efigie hermética se alberga actualmente en la
torre septentrional de su primera morada.
A fin de rechazar sólidamente la veracidad de
esta afirmación, desprovista de todo fundamento, podemos alegar
el irrecusable testimonio del señor Esprit Gobineau de Montluisant,
gentilhombre privilegiado, en su Explicación muy curiosa de los
enigmas y figuras jeroglíficas, físicas, que están
en el Gran Pórtico de la iglesia catedral y metropolitana de NótreDame
de París. Ved cómo nuestro testigo ocular, «estudiando
atentamente» las esculturas, nos da la prueba de que el alto relieve
transportado a la calle del Sommerard por Viollet-leDuc, se encontraba
en el pilar de en medio del pórtico de la derecha, «el miércoles
20 de mayo de 1640, víspera de la gloriosa Ascensión de Nuestro
Salvador Jesucristo»:
«En el pilar que está en medio y que separa las dos
puertas de este pórtico, se encuentra todavía la figura de
un obispo, que introduce su báculo en la boca de un dragón
que yace bajo sus pies y que parece salir de un baño ondulante,
en cuyas ondas aparece la cabeza de un Rey, con triple corona, que parece
ahogarse en las ondas y salir después de ellas nuevamente. »
El relato histórico, patente y decisivo, no preocupó
en demasía a Marcel Clavelle (Jean Reyor, de seudónimo),
el cual se vio entonces obligado, para salir de apuros, a trasladar a los
tiempos de Luis XIV el nacimiento de la estatua, absolutamente desconocida
hasta que Grillott la inventó bruscamente, de buena o de mala fe.
Turbado de manera semejante por la misma prueba, tampoco Bemard Husson
sale muy airoso del paso, sosteniendo, por las buenas, que la mención
siglo xvi de la Página 407 de El museo de los brujos es una errata
tipográfica, afortunadamente rectificada en el epígrafe por
siglo xvii, cosa que, como ha podido verse más arriba, no se descubre
de manera alguna.
Además, y con mengua de la exactitud, ¿no supone una
irreflexión inconcebible el hecho de admitir que un restaurador
del período de los Valois transportase, cediendo a su propia Iniciativa,
a un tiempo culpable y singular, a un museo inexistente en su época,
la magnífica estatua que, indudablemente, sólo se conserva
en él desde hace un siglo y pico, a una sala de las Termas exhumadas,
junto al delicioso palacio reconstruido por Jacques d´Ambroise? ¡Y
qué extraño parecería, en consecuencia, que este arquitecto
del siglo xvi hubiese mostrado, por la efigie gótica e imberbe que
se dice sustituyó, un afán de conservación que el
cuidadoso Viollele-Duc no había de mostrar, trescientos años
más tarde, por el obispo barbudo, obra de su remoto y anónimo
colega!
Ciertamente, pudo haber ocurrido que Marcel Clavelle y Bernard Husson,
sucesivamente, se dejasen cegar tontamente por el intenso placer de pillar
en un error al gran Fulcanelli pero que Grillot de Givry no viera la enorme
falta de lógica de su inconsecuente refutación es algo totalmente
imposible de digetir.
Por lo demás, creo que todos convendrán conmigo en
que importaba mucho, en ocasión de esta tercera edición de
El misterio de las catedrales, dejar claramente establecido lo bien fundado
de la repulsa de Fulcanelli en lo que atañe a Cambriel y disipar
por ende, de modo radical el lamentable equívoco creado por Grillot
de Givry; es decir, si así se prefiere, poner realmente en su punto
y cerrar definitivamente una controversia que sabíamos tendenciosa
y carente de verdadero objeto.
Savignies, julio de 1964
EUGÉNE CANSELIET