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Sin embargo, este trébol de cuatro hojas, muy característico
según nuestro punto de vista, ha sido interpretado por algunos autores
de manera muy diferente, Jourdain y Duval, Ruskin (The Bible- of Amiens),
el abate Roze y, después de ellos, Georges Durand (1), creyeron
descubrir su sentido en la profecía de Ezequiel, el cual, dice G.
Durand, «vio cuatro animales alados, como los vio más tarde
san Juan, y unas ruedas introducidas la una dentro de la otra. Lo
que aquí se representaba es la visión de las ruedas.
Tomando ingenuamente el texto al pie de la letra, el artista redujo la
visión a su expresión más simple. El profeta
está sentado en una roca y parece dormitar apoyado en la rodilla
derecha. Delante de él, aparecen dos ruedas de carruajes,
y esto es todo».
Esta versión contiene dos errores. El primero delata un
estudio incompleto de la técnica tradicional, de las fórmulas
que observaban los latomi en la ejecución de sus símbolos.,
El segundo, más craso, proviene de una observación defectuosa.
En efecto, nuestros imaginemos tenían la costumbre de aislar
o, al menos, de subrayar sus atributos sobrenaturales por
medio de un cordón de nubes. Tenemos una prueba evidente
de ello en la cara de los tres contrafuertes del pórtico; en cambio,
aquí, no observamos nada parecido. Por otra parte, nuestro personaje
tiene los ojos abiertos; no está, pues, dormido, sino que parece
vigilar, mientras se desarrolla cerca de él la lenta acción
del fuego de rueda. Por si esto fuera poco, es bien sabido que, en
todas las representaciones góticas de apariciones, el iluminado
está siempre de cara al fenómeno; su actitud, su expresión,
revelan invariablemente sorpresa o éxtasis, ansiedad o beatitud;
lo cual tampoco se da en el caso que nos ocupa. Las dos ruedas no
son, ni pueden ser más que una imagen, de significación oscura
para el profano, encaminada expresamente a velar una cosa muy conocida,
tanto del iniciado como de nuestro personaje. Por esto no vemos a éste
absorto en preocupaciones de este género, sino velando y vigilando,
paciente, pero un poco cansado.
(1) G. Durand, Monographie de 1'Eglise cathédrale d´Amiens, París, A. Picard, 1901.
Terminados los penosos trabajos de Hércules, su labor ha quedado
reducida al ludus puerorum de los textos, es decir, a mantener encendido
el fuego, cosa que una mujer podría hacer fácilmente y con
éxito mientras hila el copo.
En cuanto a la doble imagen del jeroglífico, debemos interpretarlo
como signo de las dos revoluciones que deben actuar sucesivamente sobre
el compuesto para asegurarle un alto grado de perfección.
A menos que se prefiera ver en ella la indicación de las dos naturalezas
en la conversión, la cual se consigue también mediante una
cocción suave y regular. Esta última tesis fue sostenida
por Pernety.
En realidad, la cocción lineal y continua exige la doble rotación
de una misma rueda, movimiento imposible de expresar en piedra y que explica
la necesidad de dos ruedas trabadas de madera que forman una sola.
La primera rueda corresponde a la fase húmeda de la operación
-denominada elixación-, en la cual el compuesto permanece fundido,
hasta la formación de una película ligera, que, al aumentar
poco a poco en espesor, gana en profundidad. El segundo período,
caracterizado por la sequedad -o asación-, comienza a la segunda
vuelta de la rueda, se realiza y se termina cuando el contenido del huevo,
calcinado, aparece granulado o pulverulento, en forma de cristales, de
arena o de ceniza.
El comentarista anónimo de una obra clásica (2) dice,
a propósito de esta operación, que es verdaderamente el sello
de la Gran Obra, que «el filósofo hace cocer a un calor dulce
y solar, y en un solo vaso, un solo vapor que se espesa poco a poco».
Pero, ¿cuál ha de ser la temperatura del fuego exterior adecuada
a esta cocción? Según los autores modernos, el calor
inicial no debería superar la temperatura del cuerpo humano.
Albert Poisson fija la base de 50º, con aumentos progresivos hasta
unos 300º centígrados. Philaléthe, en sus Reglas
(3), afirma que «el grado de calor que podrá tener del
(2) La Lumiere sortant par soy-mesme des Ténèbres, París,
d'Houry, 1687, capítulo III, pág. 30.
(3) Régles du Philalèthe pour se conduire dans l´oeuvre
hermétique, en Historie de la Philosophie hermétique, de
Lenglet-Dufresnoy. París, Coustelier, 1742, t. II.
plomo (327º) o del estaño en fusión (232º),
e incluso más fuerte, o sea, tal que los vasos puedan aguantarlo
sin romperse, debe ser considerado un calor templado. Por ahí
–dice- empezaréis vuestro grado de calor propio para el reino en
que la naturaleza os ha dejado». En su decimoquinta regla,
Philaléthe insiste en esta importante cuestión; después
de advertir que el artista debe operar sobre cuerpos minerales y no sobre
sustancias orgánicas, se expresa así.
«Es preciso que el agua de nuestro lado hierva con las cenizas
del árbol de Hermes; os exhorto a hacerla hervir noche y día
sin cesar, a fin de que, en las obras de nuestro mar tempestuoso, pueda
subir la naturaleza celeste y descender la terrestre. Pues os aseguro
que, si no la hacemos: hervir, no podremos llamar jamás a nuestra
obra una cocción, sino una digestión»
Junto al fuego de rueda, señalaremos un pequeño motivo
esculpido a la derecha del mismo pórtico y el cual afirma G,I.
Durand que es una copia del séptimo medallón de París.
He aquí lo que dice este autor (t. 1, pág. 336):
«Messieurs Jourdain y Duval llamaron Inconsta este vicio opuesto
a la Perseverancia; pero nos parece que la palabra Apostasía, propuesta
por el abate Roze, conviene más al tema representado. Es un
personaje de cabeza descubierta, imberbe y tonsurado, clérigo o
monje, vest traje que le llega a mitad de las piernas, provisto de capucha,
y que sólo difiere del que lleva el clérigo del grupo de
la Cólera en el cinturón que lo ciñe. Arrojando
a un lado el calzón y los zapatos, una especie de botas de media
caña, parece alejarse de una bella iglesuca de ventanas largas y
estrechas, de campanario cilíndrico y puerta en arco que se percibe
a lo lejos» (Iám. XXXIV). En una llama Durand:
«En el pórtico principal de Nótre-Dame de París,
el apóstata

En cuanto a nosotros, no encontramos la menor correlación entre
el motivo de París y el de Amiens. Mientras aquél
simboliza el comienzo de la Obra, éste, por el contrario, expresa
su terminación. La iglesia es más bien un atanor, y
su campanario, que contradice las reglas más elementales de la arquitectura,
el horno secreto que encierra el huevo filosofal. Este horno está
provisto de aberturas a través de las cuales observa el artífice
las fases del trabajo. Se olvidó un detalle importante y muy
característico: nos referimos al arco de bóveda vaciado en
el basamento. Pues es difícil admitir que una iglesia puede
estar construida sobre bóvedas visibles, de modo que parece descansar
sobre cuatro pies. No es menos aventurado asimilar a una prenda de
vestir la masa ligera que el artista señala con el dedo. Estas
razones nos han llevado a pensar que el motivo de Amiens es fruto del simbolismo
hermético y representa la cocción, así como el aparato
ad hoc. El alquimista señala, con la mano derecha, el saco
del carbón, y el abandono del calzado muestra hasta qué punto
hay que llevar la prudencia y el silencio en este trabajo oculto.
En cuanto al ligero indumento del artífice en el motivo de Chartres,
se explica por el calor desprendido del horno. En el cuarto grado
de fuego, operando por la vía seca, se hace necesario mantener una
temperatura próxima a los 1.200º, indispensable también
en la proyección. Nuestros modernos obreros de la industria
metalúrgica visten también a la sencilla manera del alquimista
de Chartres. En verdad que nos complacería mucho saber la
razón por la cual sienten los apóstatas la necesidad de despojarse
de sus vestiduras al alejarse del templo. Precisamente hubiera debido
dársenos esta razón, si se quería mantener y explicar
la tesis formulada por los citados autores.
Ya hemos visto que, en Nótre-Dame de París, el atanor
torna igualmente la forma de una torrecilla levantada sobre bóvedas.
Huelga decir que era imposible, esotéricamente, reproducirlo tal
como era en el laboratorio. Se limitaron, Pues, a darle una forma
arquitectónica, sin suprimir, empero, sus características,
capaces de revelar su verdadero destino. En él encontramos
las partes constituyentes del hornillo alquímico: cenicero, torre
y cúpula. Desde luego, los que hayan consultado las estampas
antiguas -y en particular los grabados en madera de la Pírotecnia
que Jean Liébaut insertó en su tratado (4)- no se dejarán
engañar por las apariencias.
Los hornos son representados en forma de torreones, con sus glacis,
sus almenas y sus troneras. Algunas combinaciones de estos aparatos
llegan a tomar el aspecto de edificios o de pequeñas fortalezas
de los que salen picos de alambique y cuellos de retorta.
Contra el pie derecho del pórtico principal volvemos a encontrar,
en un trébol de cuatro hojas empotrado, la alegoría del gallo
y la zorra, tan apreciada por Basílio Valentín. El gallo
está posado en una rama de roble, que la zorra tarta de alcanzar
(lám. XXXV). Los profanos verán en ello el tema
de una fábula muy popular en la Edad Media, la cual, según
Jourdain y Duval,
Lámina
XXXV, El gallo y la zorrasería prototipo de la del cuervo y la zorra. Pero «no
se ve -añade G. Durand- el o los perros que son complemento de la
fábula». Este detalle típico no parece haber
llamado la atención a los autores sobre el sentido oculto del símbolo.
Y, sin embargo, nuestros antepasados, traductores exactos y meticulosos,
no habrían dejado de hacer figurar a aquellos actores, si se hubiese
tratado de una escena conocida de una fábula.
Tal vez convendría desarrollar aquí el sentido de la
imagen, en favor de los hijos de la ciencia, nuestros hermanos, más
de lo que creímos oportuno hacerlo a propósito del mismo
emblema esculpido en el pórtico parisiense. Más adelante
explicaremos la estrecha relación existente entre el gallo y el
roble, que tiene su analogía en el lazo familiar. De momento, diremos
tan sólo que el gallo y la zorra no son más que un mismo
jeroglífico que abarca dos estados físicos distintos de una
misma materia. Lo que primero salta a la vista es el gallo, o porción
volátil, y, por consiguente, activa y llena de movimiento, extraída
del sujeto, el cual tiene el roble por emblema. Aquí está
nuestra famosa fuente, cuya agua clara brota del pie del árbol sagrado,
tan venerado por los druidas, y la cual fue llamada Mercurio por
los antiguos filósofos, aunque no tenga el menor parecido con el
(4) Véase Jean Liébaut, Quatre Livres des Secrets de Médecine et Philosophie Chimique. París, Jacques du Puys, 1579, págs. 17 y 19.
azogue vulgar. Pues el agua que nosotros necesitamos es seca, no moja las manos y sale de la roca al ser ésta golpeada por la vara de Aarón. Tal es la significación alquímica del gallo, emblema de Mercurio para los paganos y de la resurrección para los cristianos. Este gallo, por muy volátil que sea, puede convertirse en el Fénix- Antes, empero, debe tomar el estado de fijeza provisional que caracteriza el símbolo del raposo, nuestra zorra hermética. Es importante saber, antes de emprender la práctica, que el mercurio contiene en sí todo lo necesario para el trabajo. «¡Bendito sea el Altísimo -exclama Geber-, que creó este mercurio y le dio una naturaleza a la cual nada puede resistirse! Pues, sin él, por mucho que hiciesen los alquimistas, su labor sería inútil.» Es la única materia que nos hace falta. En efecto, esta agua seca, aunque enteramente volátil, puede, si se descubre el medio de retenerla largo tiempo al fuego, hacerse lo bastante fija para resistir un grado de calor que habría sido suficiente para evaporarla en su totalidad. Entonces cambia de emblema, y su resistencia al fuego y su calidad de pesada hacen que se le atribuya la zorra como símbolo de su nueva naturaleza. El agua se ha convertido en tierra y el mercurio, en azufre. Sin embargo, esta tierra, a pesar de la bella coloración que ha tomado en su prolongado contacto con el fuego, no serviría de nada en su forma seca; un viejo axioma nos enseña que toda tintura seca es inútil en su sequedad,, conviene, pues, disolver de nuevo esta tierra o esta sal en la misma agua de la que nació, o, lo que viene a ser lo mismo, en su Propia sangre, a fin de que vuelva a ser volátil y de que la zorra adquiera de nuevo la complexión, las alas y la cola del gallo. A través de una segunda operación, parecida a la anterior, el compuesto se coagulará de nuevo y volverá a luchar contra la tiranía del fuego; pero, esta vez, en la propia fusión y no ya a causa de su calidad de seca. Así nacerá la primera piedra, no absolutamente fija ni absolutamente volátil, pero sí bastante permanente al fuego y muy penetrante y muy fusible, propiedades que será necesario aumentar mediante una tercera reiteración de la misma técnica. Entonces, el gallo, atributo de san Pedro, piedra verdadera y fluyente sobre la que descansa el edificio cristiano, el gallo habrá cantado tres veces.
Pues es él, el primer Apóstol, quien posee las dos llaves
enlazadas de la solución y la coagulación; él es el
símbolo de, la piedra volátil que el fuego convierte en fija
y densa al, precipitarla. Nadie ignora que san Pedro fue crucificado
cabeza abajo...
Entre los bellos motivos del pórtico norte, o de Saint-Firmin,
casi enteramente ocupado por el zodíaco y las correspondientes escenas
bucólicas o domésticas, señalaremos dos interesantes
bajo relieves. El primero de ellos representa,, una ciudadela cuya
puerta, maciza y con cerrojos, está flanqueada de torres almenadas,
entre las cuales se levantan dos pisos de construcciones; un tragaluz enrejado
adorna el basamento.
¿Será el símbolo del esoterismo filosófico,
social, moral religioso que se revela y se desarrolla a lo largo ciento
quince tréboles de cuatro hojas? ¿O debe más bien,
en este motivo del año 1225, la idea madre de la Fortaleza alquímica,
recuperada y modificada por Khunrath en 1609? ¿O será el
Palacio, misterioso y cerrado, del rey de nuestro Arte, de que hablan Basilio
Valentin y Philalèthe? Sea lo que fuere, ciudadela o mansión
real, el edificio, de aspecto imponente y rudo, produce una verdadera impresión
de fuerza y de inexpugnabilidad. Construido para conservar algún
tesoro o para guardar algún secreto importante, parece como si no
se pudiera entrar en él más que poseyendo la llave de las
sólidas cerraduras que lo protegen de toda fractura. Tiene
algo de prisión y de caverna, y la puerta da la impresión
de algo siniestro y amenazador, que nos hace pensar en la entrada del Tártaro:
Los que aquí entráis, perded toda esperanza.
El segundo trébol de cuatro hojas, colocado inmediatamente debajo
de aquél, nos muestra unos árboles muertos, con sus nudosas
ramas torcidas y entrelazadas, bajo un firmamento deteriorado, pero en
el que se distinguen todavía las imágenes del sol, de la
luna y de algunas estrellas lámina XXXVI).

Este terna hace referencia a las materias primas del gran Arte, planetas
metálicos a los que el fuego, nos dicen los
filósofos, ha causado la muerte, y a los que la fusión
ha hecho inertes, sin poder vegetativo, como los árboles en invierno.
Por esto los Maestros nos han recomendado tantas veces que los recrudezcamos,
proporcionándoles, con la forma fluida, el agente propio que perdieron
en la reducción metalúrgica.
Pero, ¿dónde encontrar este agente?
Éste es el gran misterio que hemos rozado a menudo en el curso de
este estudio, troceándolo al azar de los emblemas, a fin de que
sólo el investigador perspicaz pueda conocer sus cualidades e identificar
su sustancia. No hemos querido seguir el viejo método, por
el cual se decía una verdad, expresada parabólicamente, acompañada
de una o de varias alegaciones espaciosas o adulteradas, para desorientar
al lector incapaz de separar la buena mies de la cizaña. Ciertamente,
se podrá discutir y criticar este trabajo, más ingrato de
lo que pudiera creerse; pero estamos seguros de que jamás se nos
podrá acusar de haber escrito un solo embuste. Según
se afirma, no todas las verdades son buenas para ser dichas; mas, a pesar
de esta máxima, nosotros entendemos que es posible hacerlas comprender
empleando cierta finura en el lenguaje. «Nuestro Arte -decía
ya Artephius- es enteramente cabajístico»: y, efectivamente,
la Cábala nos ha sido siempre de gran utilidad. Nos ha permitido,
sin alterar la verdad, sin desnaturalizar la expresión, sin falsificar
la Ciencia ni perjurar, decir muchas cosas que uno buscaba en vano en los
libros de nuestros predecesores. En ocasiones, ante la imposibilidad
en que nos hallábamos de ir más lejos sin violar nuestro
juramento, preferimos el silencio a las alusiones engañosas, el
mutismo al abuso de confianza.
Piénsese, por ejemplo, en lo que podemos decir aquí,
ante el Secreto de los Secretos, ante este Verbum dimissum del que hemos
hecho ya mención, y que Jesús confió a sus Apóstoles,
según el testimonio de san Pablo (5):
«yo he sido hecho ministro de la Iglesia por voluntad de Dios, el cual me ha enviado a vosotros para cumplir SU PALABRA. Es decir, el SECRETO que ha estado oculto desde todos los tiempos y todas las edades, pero que ahora-, manifiesta a aquellos que considera dignos.»
(5) San Pablo, Epístola a los colosenses, cap. I, v. 25 y 26.
¿Qué podemos decir nosotros, sino alegar el testimonio
de los grandes maestros que, también ellos, han tratado de
explicarlo?
«El Caos metálico, producto de las manos de la Naturaleza,
contiene en sí todos los metales y no es en modo alguno metal.
Contiene el oro, la plata y el mercurio; sin embargo, no es oro, ni plata,
ni mercurio» (6). Este texto es claro. Pero, ¿preferís
el lenguaje simbólico? Haymon (7) nos da un ejemplo de él
cuando dice:
«Para obtener el primer agente, hay que trasladarse a la parte
posterior del mundo, donde se oye retumbar el trueno, soplar el viento,
caer el granizo y la lluvia; allí se encontrará la cosa,
si uno la busca.»
Todas las descripciones que nos han dejado los filósofos de
su sujeto, o materia prima que contiene el agente
indispensable, son sumamente confusas y misteriosas. He aquí
algunas, escogidas entre las mejores.
El autor del comentario sobre La Luz saliendo de las Tinieblas escribe,
en la página 108: «La esencia en la cual, mora el espíritu
que buscamos está injertada y grabada en él, aunque con rasgos
y facciones imperfectos; lo mismo dice Ripleus el Inglés al comienzo
de sus Doce Puertas y Aegidius de Vadis en su Diálogo de la Naturaleza,
hace ver claramente, y como en letras de oro que ha quedado, en este mundo,
una porción de este primer Caos, conocida, pero despreciada por
alguien, y que se vende públicamente.» Y el mismo autor, añade,
en la página 263, que «este sujeto se encuentra en muchos
lugares y en cada uno de los tres reinos; pero, si consideramos la posibilidad
de la Naturaleza, es cierto que sólo la naturaleza metálica
debe ser ayudada de la Naturaleza y por la Naturaleza; así, pues,
sólo en el reino mineral,
(6) Le Psautier d´Hermophile, en Traités de la Transmutation
des Métaux. Mans. anón. del sigio xviii, estrofa XXV.
(7) Haymon, Epístola de Lapidibus Philosophicis. Tratado
192, t. IV del' Theatrum Chemicum. Argentorati, 1613.
donde reside la simiente metálica, debemos buscar el sujeto adecuado para nuestro arte.»
«Hay una piedra de gran virtud –dice a su vez Nicolás Valois
(8)-, y es llamada piedra y no es piedra, y es mineral, vegetal y animal,
que se encuentra en todos los lugares y en todos los tiempos, y en todas
las personas.»
Flamel (9) escribe de modo parecido: «Hay una piedra oculta,
escondida y enterrada en lo más profundo de una fuente, la cual
es vil, abyecta y en modo alguno apreciada; y está cubierta de fiemo
y de excrementos; a la cual, aunque no sea más que una, se le dan
toda clase de nombres. Porque, dice el sabio Morien, esta piedra
que no es piedra está animada, teniendo la virtud de procrear y
engendrar. Esta piedra es blanca, pues toma su comienzo, origen y
raza de Saturno o de Marte, el Sol y Venus; y si es Marte, Sol y Venus
... »
«Existe -dice Le Breton (10)- un mineral conocido de los verdaderos
Sabios que lo ocultan en sus escritos bajo diversos nombres, el cual contiene
en abundancia lo fijo y lo volátil.»
«Los Filósofos hicieron bien -escribe un autor anónimo
(11)- en ocultar este misterio a los ojos de aquellos que sólo aprecian
las cosas por el uso que les han dado; pues, si conociesen, o si se les
revelase abiertamente la Materia, que Dios se ha complacido en ocultar
en las cosas que a ellos les parecen útiles, las tendrían
en mayor estima.» He aquí una idea parecida a otra de la Imitación
(12), con la que pondremos fin a estas citas abstrusas: «Aquel que
estima las cosas en lo que valen, y no las juzga según el mérito
o el aprecio de los hombres, posee la verdadera Sabiduría.»
Y volvamos ahora a la fachada de Amiens.
El maestro anónimo que esculpió los medallones del pórtico
de la Virgen-Madre interpretó de modo muy curioso la
(8) Obras de N. Grosparmy y Nicolas Valois, mans. cit., pág.
140.
(9) Nicolas Flamel, Original du Désir désiré,
o thrésor de Philosophie. París, Hulpeau, 1629, pág.
144.
(10) Le Breton, Clefs de la Philosophie Spagyrique. París,
Jombert, 1722, página 240.
(11) La Clef du Cabinet hermétique, mans., cit., pág.
10.
(12) Imitación de Cristo, lib. II, cap. 1, v. 6.
condensación del espíritu universal; un Adepto contempla
un raudal de rocío celeste que cae sobre una masa que numerosos
autores consideran que es un vellón. Sin impugnar esta opinión,
es igualmente verosímil suponer que se trata de un cuerpo diferente,
tal como el mineral designado con el nombre de Magnesia o de Imán
filosófico. Se observará que el agua cae únicamente
sobre el objeto de referencia, lo cual parece expresar la existencia de
una virtud de atracción oculta en este cuerpo, cosa que no sería
baladí tratar de establecer (lámina XXXVII).

Creemos que éste es el lugar adecuado para rectificar ciertos errores cometidos a propósito de un vegetal simbólico, el cual, tomado a la letra por alquimistas ignorantes, contribuyó. en gran manera a desacreditar la alquimia y a ridiculizar a sus partidarios. Nos referimos al Nostoc. Esta criptógama, conocida por todos los campesinos, se encuentra en el campo por todas partes, ora sobre la hierba, ora sobre el suelo, en los campos de labor, al borde de los caminos o en la orilla de los bosques. En primavera, muy de mañana, las encontramos voluminosas, hinchadas de rocío nocturno. Gelatinosas y temblorosas -de ahí su nombre de tremelas-, tienen a menudo un color verdoso y se secan con tal rapidez bajo la accion acción de los rayos solares, que se hace imposible encontrar su rastro en el mismo lugar en que se mostraban pocas horas antes. Todas estas características combinadas -aparición súbita, absorción del agua e hinchazón, coloración verde, consistencia blanda y pegajosa- permitieron a los filósofos tomar esta alga como tipo jeroglífico de su materia. Ahora bien, es sumamente probable que lo que vemos en el trébol de cuatro hojas de Amiens, absorbiendo el rocío celeste, sea un amasijo de plantas de este género, símbolo de la Magnesia mineral de los Sabios. No nos detendremos mucho en los múltiples nombres aplicados al Nostoc y que, en la mente de los Maestros, designaban únicamente su principio mineral: Principio vital celeste, Salivazo de Luna, Mantequilla de tierra, Grasa de rocío, Vitriolo vegetal, Flos Coeli, etc., según la considerasen como receptáculo del Espíritu universal, o como materia terrestre, exhalada desde el centro en estado de vapor y coagulada después por enfriamiento al entrar en contacto con el aire.
Estos términos extraños, que tienen, sin embargo, su razón
de ser, hicieron olvidar la significación real e inicíática
del
Nostoc. Esta palabra procede del griego Yve, PvXTog, equivale
al latino nox, noctis, la noche. Es, pues, una cosa que nace por
la noche, que tiene necesidad de la noche para desarrollarse y que sólo
de noche puede ser utilizada. De esta manera, nuestro sujeto queda
admirablemente oculto a las miradas profanas, aunque pueda ser fácilmente
distinguido y manipulado por aquellos que poseen un conocimiento exacto
de las leyes naturales. Pero, ¡cuán pocos, ay, se toman
el trabajo de reflexionar y siguen siendo simples en su razonamiento!
Decidnos, vosotros que tanto habéis laborado ya: ¿qué
pretendéis hacer con vuestros hornillos encendidos, con vuestros
numerosos, variados e inútiles utensilios? ¿Esperáis
realizar una verdadera y entera creación? No, por cierto,
puesto que la facultad de crear sólo pertenece a Dios, único
Creador. Entonces, lo que deseáis provocar en el seno de vuestros
materiales es una generación. Pero, en este caso, necesitáis
la ayuda de la Naturaleza, y podéis estar seguros de que esta ayuda
os será negada si, por mala suerte o por ignorancia, no ponéis
a la Naturaleza en condiciones de aplicar sus leyes. ¿Cuál
es, entonces, la condición Primordial, esencial, para que pueda
manifestarse una generación cualquiera? Responderemos por
vosotros: la ausencia total de toda luz solar, incluso difusa o tamizada.
Mirad a vuestro alrededor, interrogad a vuestra propia naturaleza. ¿Acaso
no observáis que, tanto en el hombre como en los animales, la fecundación
y la generación se producen, gracias a cierta disposición
de los órganos, en una oscuridad completa, hasta el día del
nacimiento? ¿Es en la superficie del suelo -a plena luz-, o dentro
de la tierra -en la oscuridad-, donde pueden germinar y reproducirse las
semillas vegetales? ¿Es el día o es la noche quien vierte
el rocío fecundante que las alimenta y vigoriza? Observad
las setas: ¿no nacen, crecen y se desarrollan en la noche?
Y, en cuanto a vosotros mismos, ¿no es acaso durante la noche, en
el sueño nocturno, que vuestro Organismo repara sus pérdidas,
elimina sus residuos y elabora nuevas células y nuevos tejidos para
reemplazar lo que ha quemado, gastado y destruido la luz del día?
Incluso los trabajos de digestión, de asimilación y de transformación
de los alimentos en sangre y sustancia orgánica, se realizan en
la oscuridad. ¿Queréis hacer una prueba? Tomad unos
cuantos huevos fecundados y hacedlos empollar en una pieza bien iluminada;
al término de la incubación, todos estos huevos contendrán
embriones muertos, más o menos descompuestos. Si llega a nacer
algún polluelo, será ciego, raquítico, y tardará
muy poco en morir. Tal es la influencia nefasta del sol, no sobre
la vitalidad de los individuos constituidos, sino sobre la generación.
Y no os imaginéis que tengamos que limitar a los reinos orgánicos
los efectos de esta ley fundamental de la Naturaleza creada. Incluso
los minerales, a pesar de sus reacciones menos visibles, se encuentran
sometidos a ella lo mismo que los animales y los vegetales. Sabido
es que la obtención de la imagen fotográfica se funda en
la propiedad que poseen las sales de plata de descomponerse bajo la luz.
Estas sales recobran, pues, su estado metálico inerte, mientras
que, en el laboratorio oscuro, habían adquirido una cualidad activa,
viva y sensible. Dos gases mezclados, el cloro y el hidrógeno,
conservan su integridad mientras son tenidos a oscuras; se combinan lentamente
bajo una luz difusa, y con, una explosión brutal en el momento en
que interviene el sol. Un gran número de sales metálicas
en disolución se transforman o precipitan en más o menos
tiempo, a la luz del día. Así, el sulfato terroso se convierte
rápidamente en sulfato
férrico, etc.
No hay que olvidar, pues, que el sol es el destructor por excelencia
de todas las sustancias demasiado jóvenes, demasiado
débiles para resistir su poder ígneo. Y es esto
tan cierto, que esta acción especial ha servido de fundamento a
un método terapéutico para la curación de afecciones
externas y para la rápida cicatrización de llagas y heridas.
Ha sido este poder mortal del astro sobre las células microbianas,
en primer lugar, y sobre las células orgánicas, a continuación,
lo que ha permitido instaurar el tratamiento fototerápico.
Y ahora, trabajad de día si así os place; pero no nos
echéis la culpa si vuestros esfuerzos acaban siempre en fracaso.
Nosotros sabemos que la diosa Isis es la madre de todas las cosas, que
las lleva a todas en su seno, y que sólo ella es la
dispensadora de la Revelación y de la Iniciación.
Profanos, que tenéis ojos para no ver y oídos para no oír,
¿a quién dirigiríais, si no, vuestras plegarias? ¿Ignoráis
que sólo puede llegarse hasta Jesús por la intercesión
de su Madre; sancta Maria ora pro nobis? Y la Virgen es representada,
para vuestra instrucción, de pie sobre la media luna y siempre vestida
de azul, color simbólico del astro de la noche. Podríamos
decir mucho más acerca de esto, pero creemos que ya hemos hablado
bastante.
Terminemos, pues, el estudio de los tipos herméticos originales
de la catedral de Amiens, señalando, a la izquierda del
mismo pórtico de la Virgen-Madre, un pequeño motivo angular
con una escena de iniciación. El maestro Señala a tres
de sus discípulos el astro hermético del que tanto hemos
hablado, la estrella tradicional que sirve de guía a los filósofos
y les revela el nacimiento del hijo del sol (lám. XXXVIII).
Recordemos aquí, a propósito de este astro, la divisa de
Nicolas Rollin, canciller
Lámina
XXXVIII, El astro de los siete rayosde Felipe el Bueno, que fue pintada en 1447 en el embaldosado del hospital
de Beaune, fundado por él. Esta divisa, presentada a la manera
de un acertijo -Sola*-, daba testimonio de la ciencia de su poseedor mediante
el signo característico de la Obra, la única, la sola estrella.