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Bourges, vieja ciudad del Berry, silenciosa, recoleta, tranquila y gris
como un claustro monástico, legítimamente orgullosa de su
adnúrable catedral, ofrece además a los amantes del pasado
otros edificios no menos notables. Entre éstos, el palacio
de Jacques-Coeur y la mansión Lallemant son las más puras
gemas de su maravillosa corona.
Diremos poco del primero, que fue antaño verdadero museo de
emblemas herméticos. El vandalismo se cebó en él.
Sus sucesivos destinos arruinaron la decoración interior, y, si
la fachada no se hubiera conservado en su estado primitivo, nos sería
hoy imposible imaginar, ante las paredes desnudas, las salas maltratadas
y las altas galerías amenazando ruina, la magnificencia original
de esta suntuosa mansión.
Jacques Coeur, tesorero mayor de Carlos V-H, que la hizo construir
en el siglo xv, tuvo reputación de Adepto experimentado. En
efecto, David de Planis-Campy dice que poseía «el don preciso
de la piedra en blanco», o sea, dicho en otros términos, de
la transmutación de los metales viles en plata Quizá le vino
de esto su título de tesorero. Sea como fuere, debemos reconocer
que Jacques Coeur hizo cuanto pudo por acreditar, mediante una profusión
de símbolos escogidos, su calidad verdadera, o supuesta, de filósofo
por el fuego.
Todo el mundo conoce el blasón y la divisa de este alto personaje:
tres corazones ocupando el centro de este emblema, presentado como un jeroglífico:
A vaillants cuers riens únpossible. Soberbia máxima,
rebosante de energía y que, si la estudiamos según las reglas
cabalísticas, adquiere una significación bastante singular.
En efecto, leemos cuer con la ortografía de la época, y obtendremos
a un mismo tiempo: 1.º-, el enunciado del Espíritu universal
(rayo de luz); 2.º, el nombre vulgar de la materia básica trabajada
(el hierro), y 3º., las tres reiteraciones indispensables para la
perfección total de los dos magisterios (los tres cuers).
Estamos, pues, convencidos de que Jacques Coeur practicó personalmente
la alquimia, o, al menos, presenció la elaboración de la
piedra en blanco mediante el hierro «transformado en esencia»
y cocido tres veces.
Entre los jeroglíficos predilectos de nuestro tesorero, la concha
de Santiago, ocupa, lo mismo que el corazón, un lugar
preponderante. Las dos imágenes aparecen siempre reunidas
o dispuestas simétricamente, tal como podemos ver en los motivos
centrales de los círculos tretralobulados de las ventanas, de las
balaustradas, de los tableros, del picaporte, etc. Indudablemente,
esta dualidad de la concha y el corazón puede constituir el jeroglífico
del nombre del propietario, o su firma criptográfica. Sin
embargo, las conchas pectiniformes (pecten Jacoboaeus de los naturalistas)
han sido siempre insignia de los peregrinos de Santiago. Se llevaban
en el sombrero (como podernos observar en una estatua de la abadía
de Westminster), alrededor del cuello o prendidas en el pecho, siempre
de modo muy visible. La Concha de Compostela (lám. XXXIX),
sobre

la cual habría mucho que decir, sirve, en el simbolismo secreto, para designar el principio Mercurio (1), llamado también Viajero o Peregrino. La llevan místicamente todos aquellos que emprenden la labor y tratan de obtener la estrella (compos stella). Nada tiene, pues, de sorprendente que Jacques Coeur hiciese reproducir, en la entrada de su palacio, el icon peregrini tan popular
(1) El Mercurio es el agua bendita de los filósofos. Las grandes conchas servían antaño para contener el agua bendita; a menudo las encontrarnos todavía en muchas iglesias rurales.
entre los alquimistas de la Edad Media. ¿Acaso no describe el
propio Nicolas Flamel, en sus Figuras jeroglíficas, el viaje parabólico
que emprendió, según dice, para pedir al «Señor
Yago de Galicia», ayuda, luz y protección? Todos los
alquimistas se hallan, en sus comienzos, en igual situación.
Tienen que realizar, con el cordón por guía y la concha por
insignia, este largo y peligroso recorrido, una de cuyas mitades es por
vía terrestre y la otra por vía marítima, Deben ser
ante todo peregrinos, y, después, pilotos.
La capilla, restaurada y enteramente pintada, es poco interesante.
Si exceptuamos el techo de cruzadas ojivas, donde una
veintena de ángeles demasiado nuevos llevan el globo en la frente
y desenrollan filacterias, y una Anunciación esculpida sobre el
tímpano de la puerta, nada queda ya del simbolismo de antaño.
Pasemos, pues, a la pieza más curiosa y mas original del palacio.
En la cámara llamada del Tesoro, observamos, esculpido en una
ménsula, un delicioso grupo ornamental. Se afirma que
representa es e1 encuentro de Tristán e Isolda. No lo
desmentiremos, ya que, por lo demás, el tema no modifica en nada
la expresión simbólica que se desprende de la imagen.
El bello poema medieval forma parte del ciclo de romances de la Tabla Redonda,
leyendas herméticas tradicionales que son renovación de las
fábulas griegas. Alude directamente a la transmisión
de los conocimientos cientificos antiguos, bajo el velo de ingeniosas ficciones
popularizadas por el genio de nuestros trovadores picardos (lám.
XL).

En el centro del motivo, un cofrecillo hueco y cúbico se destaca
del pie de un árbol frondoso cuyas hojas disimulan la
cabeza coronada del rey Marc. A cada lado, vemos respectivamente
a Tristán de Leonís y a Isolda, tocado aquél con sombrero
de rodete y ésta con una corona que se sujeta con la mano diestra.
Estos personajes son representados en el bosque de Morois, que está
tapizado de flores y altas hierbas, y ambos fijan la mirada en la misteriosa
piedra hueca que los separa.
El mito de Tristán de Leonís es copia del de Teseo.
Tristán mata en combate a Morlot,- Teseo, al Minotauro. Aquí
encontramos de nuevo el jeroglífico del León Verde -de
ahí el nombre de Léonois o Léonnais llevado por Tristán-,
que nos enseña Basilio Valentin, en forma de lucha de dos campeones:
el águila y el dragón. Este combate singular de los cuerpos
químicos cuya combinación produce el disolvente secreto (y
el vaso del compuesto), ha dado tema a una gran cantidad de fábulas
profanas y de alegorías religiosas. Es Cadmo clavando la serpiente
en un roble; Apolo, matando con sus flechas el monstruo Pitón, y
Jasón, matando al dragón de Cólquida; Horus, combatiendo
al Tifón del mito osiriano; Hércules, cortando las cabezas
de la Hidra, y Perseo, la de la Gorgona; san Miguel, san Jorge y san Marcelo,
abatiendo al Dragón, copias cristianas de Perseo, montado en el
caballo Pegaso y matando al monstruo guardián de Andrómeda;
es, también, el combate de la zorra y el gallo, del que ya hemos
hablado al describir los medallones de París; es el del alquimista
y el dragón (Cyliani), de la rémora y la salamandra (de Cyrano
Bergerac), de la serpiente roja y la serpiente verde, etc.
Este disolvente poco común permite la recrudescencia (2) del
oro natural, su reblandecimiento y el retorno a su primitivo
estado en forma salina, desmenuzable y muy fusible. Es el rejuvenecimiento
del rey que señalan todos los autores, pnncipio de una fase evolutiva
nueva, personificada, en el motivo que nos ocupa, por Tristán, sobrino
del rey Marc. En realidad, tío o sobrino son -químicamente
hablando- una misma cosa, del mismo género y de origen parecido.
El oro pierde su corona -al perder su color- durante cierto período
de tiempo, y se ve desprovisto de ella hasta que alcanza el grado de superioridad
a que pueden elevarle el arte y la Naturaleza. Entonces hereda una
segunda corona, «infinitamente más noble que la primera»,
según afirma Limojon de Asaint-Didier. Por esto vemos destacarse
claramente las siluetas de Tristán y de la reina Isolda, en tanto
que el viejo rey permanece oculto entre la fronda del árbol central,
el cual sale de la piedra, como sale el árbol de Jesé del
pecho del Patriarca. Observemos, además, que la reina es,
a un
(2) Término de técnica hermética que significa volver crudo, es decir, volver a un estado anterior al que caracteriza a la madurez, retrogradar.
mismo tiempo, esposa del anciano y del joven héroe, a fin de
mantener la tradición hermética que hace del rey, de la reina
y del amante la tríada mineral de la Gran Obra. Por último,
señalemos un detalle de cierto valor para el análisis del
símbolo. El árbol situado detrás de Tristán
está cargado de frutos enormes -peras o higos gigantescos-, en tal
abundancia que las hojas desaparecen bajo su masa. ¡Extraño
bosque, en verdad, este del Mort-Roi, y cuán tentados nos sentimos
a asimilarlo al fabuloso y mirífico Jardín de las Hespérides!
Pero, más aún que el Palacio de Jacques Coeur, llama nuestra
atención la Mansión Lallemant. Morada burguesa, de
modestas dimensiones y de estilo menos antiguo, tiene la rara ventaja
de presentarse a nosotros en un estado de perfecta conservación.
Ninguna restauración, ninguna mutilación, la han despojado
del bello carácter simbólico que se desprende de una decoración
abundante en temas delicados y minuciosos.
El cuerpo del edificio, construido en una pendiente, muestra el pie
de su fachada al nivel de un piso por debajo del patio.
Esta disposición obliga al empleo de una escalera sin bóveda,
ingenioso y original sistema que permite el acceso al patio interior, en
el cual se abre la entrada de los departamentos.
En el rellano abovedado, al pie de la escalera, el guardián
-cuya exquisita afabilidad es digna de alabanza- empuja una
puerta a nuestra derecha. «Aquí -nos dice- está
la cocina.» Es esta una pieza bastante grande, excavada en el subsuelo,
baja de techo y apenas iluminada por una sola ventana, más ancha
que alta y dividida por una columna de piedra. Una chimenea minúscula
y nada profunda constituye la «cocina» propiamente dicha.
En apoyo de su afirmación, nuestro cicerone señala un motivo
ornamental en el arranque de la bóveda, en el cual representa un
clérigo empuñando una mano de almirez. ¿Se trata,
efectivamente, de la imagen de un marmitón del siglo xvi?
Nosotros permanecemos incrédulos. Nuestra mirada va de la
pequeña chimenea -donde apenas se podría asar un pavo, pero
que, desde luego, bastaría para albergar la torre de un atanor-
hasta el muñeco ascendido a cocinero, y recorre en fin toda la cocina,
tan triste y sombría de este luminoso día de verano...
Cuanto más reflexionamos, más inverosímil nos
parece la explicación del guía. Esta sala baja, oscura,
separada del comedor por una escalera y un patio descubierto, sin más
aparato que una chimenea estrecha, insuficiente, desprovista de planchuela
de hierro y llar, difícilmente podría utilizarse para las
más simples funciones culinarias. Por el contrario, nos parece
sumamente adecuada para el trabajo alquímico, que excluye la luz
solar, como enemiga de toda generación. En cuanto al marmitón,
conocemos demasiado bien el tino, el cuidado y la exactitud escrupulosa
con que los imaginemos de antaño traducían sus ideas, para
calificar de mano de almirez el objeto que aquél muestra al visitante.
No podemos creer que el artista hubiese desdeñado la representación
del mortero, complemento indispensable de aquélla. Por otra
parte, la forma misma del utensilio es característica; lo que sostiene
el muñeco en cuestión es en realidad un matraz de cuello
largo, parecido al que emplean nuestros químicos y a los que llaman
también balones, a causa de su panza esférica. Por
último, el extremo del mango de la supuesta mano de almirez aparece
hueco y cortado oblicuamente, lo que prueba sin lugar a dudas que nos hallamos
en presencia de un utensilio, ya sea un vaso o una pequeña redoma
(Lám. XLI).

(1) Le Trés précieux Don de Dieu. Manuscrito de Georges Aurach, de Estrasburgo, escrito y pintado de su propia mano, el año de Gracia de la Humanidad redimida 1415.
recomiendan elegir, para este objeto, el vaso de Lorena (2). En
fin, el cuello puede ser largo o corto, según la intención
o la comodidad del artista; lo esencial es que pueda soldarse fácilmente
a la lámpara de esmaltador. Pero estos detalles de la práctica
son lo bastante conocidos para que tengamos que dar explicaciones más
extensas.
Por lo que a nosotros atañe, sólo queremos hacer hincapié
en que el laboratorio y el vaso de la Obra -el lugar en que trabaja el
Adepto y aquél en que actúa la Naturaleza- son los dos hechos
ciertos que impresionan al iniciado al comenzar su visita y que hacen de
la Mansión Lallemant una de las más seductoras y más
raras moradas filosofales.
Siguiendo siempre al guía, hétenos ahora pisando el embaldosado
del patio. Damos unos pasos y llegamos a la entrada de una loggia
vivamente'iluminada a través de un pórtico formado por tres
aberturas en arco. Es una sala grande, de techo surcado por gruesas
vigas. Una serie de monolitos, estelas y otros fragmentos antiguos
le dan el aspecto de un museo arqueológico local. Para nosotros,
no es esto lo más interesante, sino el muro del fondo, donde se
halla enclavado un magnífico bajo relieve de piedra pintada.
Representa a san Cristóbal depositando a Jesús Niño
en la margen rocosa del legendario torrente que acaban de cruzar.
En segundo término, un ermitaño sale de su cabaña,
con una lintema en la mano -pues la escena se desarrolla de noche-, y avanza
en dirección al Niño-Rey (Lám. XLII).

(2) El término vaso de Lorena servía antaño para distinguir el vaso moldeado del vaso soplado. Gracias al moldeado, el vaso de Lorena podía tener las paredes muy gruesas y regulares.
ción en la Obra. Como nuestra intención es servir
al estudiante sincero y de buena fe, desarrollaremos seguidamente su esoterismo,
cosa que habíamos reservado para este lugar al referirnos a las
estatuas de san Cristóbal y al monolito levantado en el atrio de
Nótre-Dame de París. Pero, a fin de que puedan comprendernos
mejor, transcribiremos ante todo el relato legendario que Amédée
de Ponthieu (3) tomó de Jacques de Voraine. Subrayaremos adrede
los pasajes y los nombres que aluden directamente al trabajo, a las condiciones
y a los materiales, a fin de que el lector pueda detenerse en ellos, reflexionar
y sacar provecho.
«Antes de ser cristiano, Cristóbal se llamaba Offerus,-
era una especie de gigante, y muy duro de moliera. Cuando tuvo uso
de razón, emprendió viaje, diciendo que quería servir
al rey más grande de 1a tierra Le enviaron a la corte de un rey
muy poderoso, el cual se alegró no poco de tener un servidor tan
forzudo. Un día, el rey, al oir que un juglar pronunciaba
el nombre del diablo, hizo, aterrorizado, la señal de la cruz.
“¿Por qué hacéis eso?", preguntó al punto
Cristóbal. "Porque temo al diablo", le respondió el
rey. "Si le temes, es que no eres tan poderoso como él.
En este caso, quiero servir al diablo." Dicho lo cual, Offerus partió
de allí.
»Después de una larga caminata en busca del poderoso monarca,
vio venir en su dirección una nutrida tropa de jinetes vestidos
de rojo; su jefe, que era negro, le dijo: "¿A quién buscas?"
-"Busco al diablo para servirle." -"Yo soy el diablo. Sígueme."
Y hete aquí a Offerus incorporado a los seguidores de Satán.
Un día, después de mucho cabalgar, la tropa infernal encuentra
una cruz a la orilla del camino; el diablo ordena dar media vuelta.
"¿Por qué has hecho eso?", le preguntó Offerus, siempre
deseoso de instruirse. "Porque temo la imagen de Cristo........ Si
temes la imagen de Cristo, es que eres menos poderoso que él; en
tal caso, quiero entrar al servicio de Cristo. Offerus Pasó solo
por delante de la cruz y continuó su camino. Encontró
a un buen ermitaño y le preguntó dónde podría
ver a Cristo. "En todas partes", le
(3) Amédée de Ponthieu, Légendes du Vieux Paú. París, Bachelin-Deflorenne, 1867, pág. 106.
respondió el ermitaño. "No lo entiendo -dijo Offerus-;
pero, si me habéis dicho la verdad, ¿qué servicios
puede prestarle un muchachote robusto y despierto como yo?" -"Se le sirve
-respondió el ermitaño- con la oración, el ayuno y
la vigilia". Offerus hizo una mueca. "¿No hay otra manera
de serle agradable?", preguntó. Comprendió el solitario
la clase de hombre que tenía delante y, tomándole de la mano,
le condujo a la orilla de un impetuoso torrente, que descendía de
una alta montaña, y le dijo: "Los pobres que cruzaron estas aguas
se ahogaron; quédate aquí, y traslada a la otra orilla, sobre
tus fuertes hombros, a aquellos que te lo pidieren. Si haces esto
por amor a Cristo, El te admitirá como su servidor." -"Sí
que lo haré, por amor a Cristo", respondió Offerus.
Y entonces se construyó una cabaña en la ribera, y empezó
a transportar de noche y de día a los viajeros que se lo pedían.
»Una noche, abrumado por la fatiga, dormía profundamente;
le despertaron unos golpes dados a su puerta y oyó la voz de un
niño que le llamaba tres veces por su nombre. Se levantó,
subió al niño sobre su ancha espalda y entró en el
torrente. Al llegar a su mitad, vio que el torrente se enfurecía
de pronto, que las olas se hinchaban y se precipitaban sobre sus nervudas
piernas para derribarle. El hombre aguantaba lo mejor que podía,
pero el niño pesaba como una enorme carga; entonces, temeroso de
dejar caer al pequeño viajero, arrancó un árbol para
apoyarse en él; pero la corriente seguía creciendo y el niño
se hacía cada vez más pesado. Offerus, temiendo que
se ahogara, levantó la cabeza hacia él y le dijo: "Niño,
¿por qué te haces tan pesado? Me parece como si transportase
el mundo." El niño le respondió: "No solamente transportas
el mundo, sino a Aquel que hizo el mundo. Yo soy Cristo, tu Dios
y Señor. En recompensa de tus buenos servicios, Yo te bautizo
en el nombre de mi Padre, en el mío propio y en el del Espíritu
Santo; en adelante, te llamarás Cristóbal." Desde aquel día,
Cristóbal recorrió la tierra para enseñar la palabra
de Cristo.»
Esta narración basta para demostrar con qué fidelidad
el artista observó y reprodujo los menores detalles de la leyenda.
Pero hizo todavía más. Bajo la inspiración
del sabio hermetista que le había encargado la obra (4), colocó
al gigante con los pies dentro del agua y lo vistió con un lienzo
ligero anudado sobre el hombro y ceñido con un ancho cinturón
al nivel del abdomen. Este cinturón es lo que da a san Cristóbal
su verdadero carácter esotérico. Lo que vamos a decir
aquí sobre él, es cosa que no se enseña. Pero,
aparte de que la ciencia de esta guisa revelada no deja por ello de ser
menos tenebrosa, entendemos que un libro que no enseñara nada sería
inútil y vano. Por esta razón, nos esforzaremos en
desnudar el símbolo lo más posible, a fin de mostrar a los
investigadores de lo oculto el hecho científico escondido bajo su
imagen.
El cinturón de Offerus aparece pespunteado a rayas entrecruzadas, semejantes a las que presenta la superficie del disolvente cuando ha sido canónicamente preparado. Tal es el Signo que todos los filósofos admiten para señalar, exteriormente, la virtud, la perfección y la extraordinaria pureza intrínsecas a su sustancia mercurial. Hemos dicho antes en vanas ocasiones, y lo repetiremos aquí, que todo el trabajo del arte consiste en animar este mercurio hasta que aparezca revestido del indicado signo. Y los autores antiguos llamaron a este signo, Sello de Hermes, Sal de los Sabios (empleando Sal por Sello) -cosa que ha llevado la confusión a la mente de los investigadores-, marca y huella del Todopoderoso, firma de Este, y también Estrella de los Magos, Estrella polar, etcétera. Esta disposición geométrica subsiste y aparece con mayor claridad cuando se ha puesto el oro a disolver en el mercurio para volverlo a su primitivo estado, el de oro joven o rejuvenecido; en una palabra, oro niño. Por esta razón, el mercurio -fiel servidor y Sello de la tierra- recibe el nombre de Fuente de Juventud. Los filósofos hablan, pues, con toda claridad cuando enseñan que el mercurio, una vez efectuada la disolucion, lleva el niño, el Hijo del Sol, el Pequeño Rey (Roitelet), como una verdadera madre, ya que, efectivamente, el oro renace en su seno. «El viento -que es el mercurio alado y
(4) Por ciertos documentos que se conservan en los archivos de la Mansión Lallemant, sabemos que Jean Lallemant pertenecía a la Hermandad alquímica de los Caballeros de la Tabla Redonda
volátil- lo ha llevado en su vientre», nos dice Hermes en su Mesa de Esmeralda Esto sentado, volvemos a encontrar la versión secreta de esta verdad positiva en la Galette de Reyes, que suele comerse en familia el día de la Epifanía, fiesta célebre que evoca la manifestación de Jesucristo niño a los Reyes Magos y a los gentiles. Según la Tradición, los Magos fueron guiados hasta la cuna del Salvador por una estrella, la cual fue, para ellos, el signo anunciador, la Buena Nueva de su nacimiento. Nuestra Galette está signada como la propia materia, y contiene en su pasta el niñito conocido popularmente con el nombre de bañista. Es el Niño Jesús, llevado por Offerus, el servidor o el viajero, es el oro en su baño, el bañista; el haba, el zueco, la cuna o la cruz de honor, y es el pez «que nada en nuestro mar filosófico», según la propia expresión del Cosmopolita (5). Notemos que, en las basílicas bizantinas, Cristo aparecía a veces representado como las Sirenas, con la cola de pez. Así podemos verlo en un capitel de la iglesia de Saint-Brice, en Saint-Brisson-sur-Loire (Loiret). El pez es el jeroglífico de la piedra de los filósofos en su estado primitivo, porque la piedra, como el pez, nace en el agua y vive en el agua. Entre las pinturas de la estufa alquímica ejecutada en 1702 por P.-H. Plan (6), vemos un pescador con caña sacando del agua un hermoso pez. Otras alegorías recomiendan pescarlo con ayuda de una red o de una malla, lo cual es imagen exacta de las mallas formadas por hilos cruzados y esquematizados en nuestra galettes (7) de la Epifanía. Señalemos, no obstante, otra forma emblemático más rara, pero no menos luminosa. En casa de una familia amiga, donde fuimos invitados a comer el pastel de Reyes, vimos, no sin cierto asombro, en la corteza, un roble con las ramas extendidas, en vez de los rombos que en ella figuran de ordinario, el bañista había sido sustituido por un pez de porcelana, y este pez era un lenguado
(5) Cosmopolite o Nouvelle Lumière chymique. Traité
du Sel pág. 76. París, J. d'Houry, 1669.
(6) Conservada en el museo de Winterthur (Suiza).
(7) La expresión popular avoir de la galette equivale a ser
afortunado. El que tiene la suerte de encontrar el haba en el pastel
ya no tendrá falta de nada; jamás carecerá de dinero.
Será dos veces rey, por la ciencia y por la fortuna. (La galette
equivale a nuestro roscón. N. del T)
(sole) (lat, Sol, sofis, el sol). Pronto explicaremos la significación
hermética del roble, al hablar del Vellocino de Oro. Añadamos
también que el famoso pez del Cosmopolita, llamado por él
Echineis, es el ursino (echinus), el osezno, la osa menor, constelación
en que se encuentra la estrella polar. Las conchas de ursinos fósiles,
que se encuentran en abundancia en todos los terrenos, presentan una cara
radiada en forma de estrella. Por esto Limojon de Saint-Didier recomienda
a los investigadores que orienten su rumbo «mirando a la estrella
del nota».
Este pez misterioso es el pez real por excelencia; el que lo encuentra
en su porción de pastel es investido con el título de rey
y agasajado como a tal. Antiguamente, dábase el nombre de
pez real al delfín, al esturión, al salmón y a la
trucha, porque, según decian, eran especies reservadas para la mesa
del rey. En realidad, esta denominación tenía únicamente
carácter simbólico, ya que el hijo primogénito de
los reyes, el heredero de la corona, llevaba siempre el título de
Delfín, nombre de un pez, y, mejor aún, de un pez real Es,
por lo demás, un delfín lo que los pescadores en barca del
Mutus Liber tratan de capturar con sedal y con anzuelo. Son igualmente
delfines los peces que observamos en diversos motivos ornamentales de la
Mansión Lallemant: en la ventana de en medio de la torrecilla angular,
en el capitel de una columna, y también en la parte superior de
una pequeña credencia, en la capilla. El Ictus griego de las
catacumbas romanas tiene el mismo origen. Martigny (8) reproduce,
en efecto, una curiosa pintura de las catacumbas que representa un pez
nadando en las olas y llevando sobre el lomo una cesta, que contiene unos
panes y un objeto rojo, de forma alargada, que es tal vez un vaso lleno
de vino. La cesta que lleva el pez constituye el mismo jeroglífico
representado en la galette de Reyes, ya que está confeccionada con
mimbres entrecruzados. Para no extendernos más en estos parangones,
nos limitaremos a llamar la atención de los curiosos sobre la cesta
de Baco, llamada Cista que llevaban las cistóforas en las procesiones
de las bacanales y «en la cual -nos
(8) Martigny, Dictionnaire des Antiquités chrétiennes, art. Eucharistie, 2.a ed., página 291.
dice Fr. Noel (9)- estaba encerrado cuanto había de más
misterioso.»
Incluso la pasta de la galette está de acuerdo con las leyes
del simbolismo tradicional. Esta pasta es hojaldrada, y nuestro pequeño
bañista está inserto en ella a la manera de las señales
de los libros. Aquí tenemos una interesante confirmación
de la materia representada por el pastel de Reyes. Sendivogius nos
da -a conocer que el mercurio preparado tiene el aspecto y la forma de
una masa pedregosa, desmenuzable y hojaldrada. «Si la observáis
bien -dice-, advertiréis que toda ella forma como hojas.»
En efecto, las láminas cristalinas que componen su sustancia se
encuentran superpuestas como la hojas de un libro,- por esta razón,
ha recibido los epítetos de tierra hojosa, tierra de hojas, libro
de las hojas, etcétera. Así, vemos la primera materia
de la Obra expresada simbólicamente por un libro, ora abierto, ora
cerrado, según que haya sido trabajada o simplemente extraída
de la mina. En ocasiones, cuando este libro se representa cerrado
-lo cual indica la sustancia mineral en bruto-, no es extraño verle
cerrado con siete cintas; son las marcas de las siete operaciones sucesivas
que permiten abrirlo, al romper cada una de ellas uno de los sellos que
lo mantienen cerrado. Tal es el Gran Libro de la Naturaleza, que
encierra en sus páginas la revelación de las ciencias profanas
y la de los misterios sagrados. Su estilo es sencillo y su lectura
fácil, a condición, empero, de que uno sepa dónde
encontrarlo -lo cual es muy difícil- y, sobre todo, de que sepa
abrirlo, lo cual es todavía más laborioso.
Visitemos ahora el interior del palacio. En el fondo del patio,
ábrase la puerta, en arco de medio punto, que da acceso a los departamentos.
Hay allí cosas muy bellas, y el amante de nuestro Renacimiento encontrará
en ellas sobrados motivos de satisfacción. Crucemos el comedor,
cuyo techo artesonado y cuya alta chimenea, con las armas de Luis XII y
de Ana de Bretaña, son otras tantas maravillas, y atravesemos el
umbral de la capilla, Verdadera joya, cincelada y labrada con amor por
(9) Fr. Noel, Dictionnaire de la Fable, París, Le Normant, 1801.
adorables artistas, esta pequeña y alargada pieza apenas tiene
nada de capilla, si exceptuamos la ventana de tres arcos dentados, siguiendo
el estilo ojival. Toda la ornamentación es profana, y todos
sus motivos han sido tomados de la ciencia herinética. Un
soberbio bajo relieve pintado, ejecutado a la manera del san Cristóbal
de la loggia, tiene por tema el mito pagano del Vellocino de Oro.
Los artesones del techo sirven de marcos a numerosas figuras jeroglíficos.
Una linda credencia del siglo xvi plantea un enigma alquímico.
Ni una escena religiosa, ni un versículo de salmo, ni una parábola
evangélica; sólo el verbo misterioso del Arte sacerdotal...
¿Es posible que se haya oficiado en este gabinete de aspecto tan
poco ortodoxo, pero tan adecuado, en cambio, por su mística intimidad,
para la meditación y la lectura, es decir, para la oración
del filósofo? ¿Capilla, estudio u oratorio? No sabemos
contestar a esta pregunta.
El bajo relieve del Vellocino de Oro, primera cosa que se advierte
al entrar, es un hermoso paisaje sobre Piedra, realzado por el color, pero
débilmente iluminado, y lleno de detalles curiosos cuyo estudio
dificulta la pátina del tiempo. En el centro de un círculo
de rocas cubiertas de musgo, y de paredes verticales, un bosque formado
principalmente por robles yergue sus troncos rugosos y extiende su fronda.
En varios claros, percibimos diversos animales de difícil identificación
-un dromedario, un buey o una vaca, una rana en lo alto de una roca, etc.-
que animan el ambiente salvaje y poco atractivo del lugar. En el
suelo herboso, crecen flores y cañas del género fragmita
A la derecha, el pellejo del cordero aparece colocado sobre un saliente
de la roca y custodiado por un dragón cuya amenazadora silueta se
recorta sobre el cielo. El propio Jasón estaba representado
al pie de un roble; pero esta parte de la composición, sin duda
poco adherente, se despegó del resto (lám. XLIII).

(10) Véase Alchimie, op. Cit.
como el resultado final. Lo cual es totalmente exacto, ya que
estas sustancias sólo se diferencian por su pureza, su fijeza y
su madurez. Piedra de los Filósofos y Piedra Filosofal son,
pues, cosas semejantes, en su especie y en su origen; pero la primera es
cruda, mientras que la segunda, derivada de aquélla, está
perfectamente cocida y ablandada. Los poetas griegos nos refieren
que «Zeus se alegró tanto del sacrificio hecho por Frixo en
su honor, que quiso que aquellos que tuvieran el Vellocino viviesen en
la abundancia mientras lo conservaran en su poder, y que todo el mundo
estuviera autorizado para intentar su conquista». Podemos asegurar,
sin temor a equivocarnos, que son poco numerosos los que hacen uso de esta
autorización. Y no es que sea tarea imposible, ni entrañe
peligro extraordinario -pues quienes conocen al dragón saben también
cómo vencerle-, sino que existe una gran dificultad en la interpretación
del simbolismo. ¿Cómo establecer una concordancia satisfactoria
entre tantas imágenes diversas y tantos textos contradictorios?
Sin embargo, es el único medio que poseemos para reconocer el buen
camino entre todos los callejones sin salida y los atolladeros infranqueables
que nos salen al paso y que tientan al neófito impaciente por seguir
su marcha. Por esto no nos cansaremos jamás de exhortar a
los discípulos a que dirijan sus esfuerzos a la solución
de este punto oscuro -aunque material y tangible-, eje alrededor del cual
giran todas las combinaciones simbólicas que estudiamos.
Aquí, la verdad aparece velada bajo dos imágenes distintas,
la del roble y la del cordero, las cuales sólo representan, como
acabamos de decir, una misma cosa bajo dos aspectos diferentes. En
efecto, el roble fue siempre adoptado por los viejos autores para designar
el nombre vulgar del sujeto inicial, tal como lo encontramos en la mina.
Y es por un poco-más-o-menos, cuyo equivalente corresponde al roble,
que los Filósofos nos instruyen sobre esta materia. La frase
que utilizamos puede parecer equívoca; lo lamentamos, pero no podríamos
expresarnos mejor sin traspasar determinados límites. Sólo
los iniciados en el lenguaje de los dioses comprenderán sin ningún
esfuerzo, porque ellos poseen las llaves que abren todas las puertas, ya
se trate de ciencias, ya de religiones. Pero, entre los presuntos
cabalistas, judíos o cristianos, más ricos en vanidad que
en saber, ¿cuántos Melampo, Tiresias, o Tales hay, capaces
de comprender estas cosas? Ciertamente, no es por ellos, cuyas combinaciones
ilusorias no conducen a nada sólido, positivo ni científico,
por quienes nos tomamos el trabajo de escribir. Dejemos, pues, en
su ignorancia, a estos doctores de la cábala y volvamos a nuestro
tema, caracterizado herméticamente por el roble.
Nadie ignora que el roble muestra a menudo sobre sus hojas unas pequeñas
excrecencias redondas y rugosas, en ocasiones perforadas, que reciben el
nombre de agallas (lat. gana). Ahora bien, si reunimos tres palabras
de la misma familia latina: gallia, Gallit, gallus, obtendremos agalla,
Galia, gallo. El gallo es emblema de la Galia y atributo de Mercurio,
como dice expresamente Jacob Tollius (1 l); corona el campanario de las
iglesias francesas, y no sin razón Francia ha sido llamada Hija
primogénita de la Iglesia. Sólo hay que dar un paso
más para descubrir lo que los maestros del arte tan celosamente
ocultaron. Prosigamos. No sólo nos proporciona el roble
la agalla, sino que nos da también el kermes, el cual tiene, en
la Gaya Ciencia, la misma significación que Hermes por permutación
de las consonantes iniciales. Ambos términos tienen idéntico
sentido: el de Mercurio. Sin embargo, así como la agalla nos
da el nombre de la materia mercurial en bruto, el quermes (en árabe
girmiz, que tiñe de escarlata) caracteriza la sustancia preparada.
Es importante no confundir estas cosas, para no extraviarse al pasar a
los ensayos. Recordad, pues, que el mercurio de los filósofos,
es decir, su materia preparada, debe poseer la virtud de teñir,
y que sólo adquiere esta virtud mediante preparaciones previas.
En cuanto al sujeto grosero de la Obra, unos lo llaman Magnesia lunar,
otros, más sinceros, lo denominan Plomo de los Sabios, Satumia vegetable.
Philaléthe, Basilio Valentin y el Cosmopolita le dan el nombre de
Hijo o Niño de Satumo. Con estas denominaciones, refiéranse,
ora a su propiedad magnética y de atracción del azufre, ora
a su calidad de
(11) Manuductio ad Coelum chemicum Amstelodami, S. J. Waesbergios, 1688.
fusible y a su fácil licuefacción. Para todos ellos,
es la Tierra Santa (Terra Sancta): y, en fin, este mineral tiene por jeroglífico
celeste el signo astronómico del Cordero (Aries), Gala significa,
en griego, leche, y el mercurio es llamado también Leche de Virgen
(lac virginis). Si prestáis, pues, atención, hermanos
míos, a lo que hemos dicho sobre la galette de Reyes, y si sabéis
por qué los egipcios divinizaron al gato, no podréis tener
ya ninguna duda sobre el sujeto que debéis elegir; su nombre vulgar
se os aparecerá con toda claridad. Entonces poseeréis
ese Caos de los Sabios «en el cual se encuentran en potencia todos
los secretos ocultos», según afirma Philaléthe, y que
el artista hábil tarda muy poco en hacer activos. Abrid -es
decir, descomponed- esta materia, tratad de aislar su porción pura,
o su alma metálica, según la expresión consagrada,
y obtendréis el Quermes, el Hermes, el mercurio tintóreo
que lleva en sí el oro místico, de la misma manera que san
Cristóbal lleva a Jesús, y el cordero su propio vellón.
Entonces comprenderéis por qué el Vellocino de Oro está
suspendido del roble, a la manera de la agalla y del quermes, y podréis
decir, sin faltar a la verdad, que el roble hermético hace de madre
al mercurio secreto. Comparando leyendas y símbolos, se hará
la luz en vuestro espíritu y comprenderéis la estrecha afinidad
que une al roble con el cordero, a san Cristóbal con el Niño-Rey,
al Buen Pastor con la oveja, versión cristiana del Hermes crióforo,
etc.
Pasado el umbral de la capilla, colocaos en el centro de ésta;
levantad los ojos, y podréis admirar una de las más bellas
colecciones de emblemas que puedan encontrarse (12). El techo, compuesto
de artesones dispuestos en tres hileras longitudinales, está sostenido,
hacia la mitad de su extensión, por dos columnas cuadradas, adosadas
a los muros y que presentan cuatro acanaladuras en su cara anterior.
La de la derecha, mirando a la única ventana que ilumina la
reducida estancia, muestra entre sus volutas un cráneo
(12) Dos inestimables artesonados, con temas iniciáticos, pueden
serle
comparados: el uno, en Dampierre-sur-Boutonne, igualmente esculpido,
del siglo xvi (Les Demeures Philosophales).- el otro, en el Plessis-Bourré,
compuesto de pinturas, del siglo xv (Deux Logis Alchimiques).
humano, provisto de dos alas y sostenido por una peana de hojas de roble.
Expresiva imagen de una generación nueva, brotada de la putrefacción,
consecutiva a la muerte, que sufren los cuerpos mixtos cuando han perdido
su alma vital y volátil. La muerte del cuerpo produce una
coloración azul oscura o negra, propia del Cuervo, jeroglífico
del caput mortuum de la Obra. Tal es el signo y la primera manifestación
de la disolución, de la separación de los elementos y de
la regeneración futura del azufre, principio colorante y fijo de
los metales. Las dos alas están colocadas allí para
enseñarnos que, al huir la parte volátil y acuosa, se produce
la dislocación de las partes y se rompe la cohesión.
El cuerpo, mortificado, cae en negras cenizas que tienen el aspecto del
polvo de carbón. Después, bajo la acción del
fuego intrínseco desarrollado por esta disgregación, la ceniza,
calcinada, pierde sus impurezas groseras y combustibles, y entonces nace
una sal pura, a la cual colorea poco a poco la cocción, revistiéndola
del poder oculto del fuego (lám. XLIV).


(13) Typus Mundi in quo ejus Calamitates et Pericula nec non Divini, humanique Amoris antipathia. Emblematice proponuntur a RR. C. S. I. A. Antuerpiae. Apud Joan. Cnobbaert, 1627.
considerado indescifrable. Jamás -afirma nuestro guía-
logró ningún visitante dar su explicación. Esta
laguna proviene sin duda de que nadie comprendió la finalidad que
se proponía el simbolismo de toda la decoración, ni qué
ciencia se ocultaba detrás de sus múltiples jeroglíficos.
El hermoso bajo relieve del Vellocino de Oro, que habría podido
servir de guía, no fue considerado en su verdadero sentido, sino
que siguió siendo, para todos, una obra mitológico en que
la imaginación oriental anduvo desbocada. Sin embargo, nuestra
credencia lleva en sí misma la marca alquímica cuyas particularidades
hemos descrito en esta obra (lám. XLVI). En efecto,
en los pilares empotrados que sostienen el arquitrabe de este templo minúsculo,
descubrimos,
Lámina
XLVI, Enigma de la CredenciaPero ¿como descifrar el enigma de unas palabras desprovistas
de sentido? De una manera muy sencilla, RE, ablativo del nombre latino
res, significa la cosa, considerada en su materia; y, como la palabra RERE
es la suma de RE, una cosa más RE, otra cosa, podemos traducirla
por dos cosas en una, o bien por una cosa doble. De esta manera,
RERE equivale a RE BIS. Abrid cualquier diccionario hermético,
hojead cualquier obra de alquimia, y veréis que la palabra REBIS,
empleada muy a menudo por los Filósofos, define su compost, o compuesto
a punto de sufrir las sucesivas metamorfosis bajo la acción del
fuego. En resumen, RE, una materia seca, oro filosófico,-
RE, una materia húmeda, mercurio filosófico,- RERE o REBIS,
una materia doble, a la vez húmeda y seca, una amalgama de oro y
mercurio filosóficos, combinación que ha recibido de la Naturaleza
y del arte una doble propiedad oculta y exactamente equilibrada.
Quisiéramos poder explicar con la misma claridad el segundo
término, RER, pero no nos está permitido desgarrar el velo
del misterio que encubre. Sin embargo, a fin de satisfacer, en la
medida de lo posible, la legítima curiosidad de los hijos del arte,
diremos que estas letras contienen un secreto de capital importancia y
que hace referencia al vaso de la obra. RER sirve para cocer, para
unir radical e indisolublemente, para provocar las transformaciones del
compuesto RERE. ¿Cómo daros los datos suficientes sin cometer
perjurio? No creáis lo que dice Basilio Valentin en sus Doce
llaves, y guardaos muy bien de tomar sus palabras al pie de la letra cuando
afirma que «quien tenga la materia encontrará sin duda una
vasija para cocerla». Nosotros afirmamos, por el contrario
-y podéis creer en nuestra sinceridad-, que es imposible lograr
el menor éxito en la Obra si no se tiene un conocimiento perfecto
de lo que es el Vaso de los Filósofos y de cual es la materia con
la que hay que confeccionarlo. Pontano confiesa que, antes de conocer este
vaso secreto, había realizado sin éxito, más de doscientas
veces, el mismo trabajo, utilizando las materias adecuadas y convenientes,
y siguiendo el método correcto. El artista debe hacer él
mismo su vaso: es una máxima del arte. Por consiguiente, no intentéis
nada antes de recibir toda la luz sobre esta cáscara del huevo,
calificada de secretum secretorum por los maestros de la Edad Media.
¿Qué es pues, RER? Ya hemos visto
que RE significará una cosa, una materia; R, que es la mitad de
RE, significará una mitad de cosa, de materia. RER equivale, pues,
a una materia aumentada con la mitad de otra o de la suya propia. Advertid
que no se trata aquí de proporciones, sino de una combinación
química independiente de las cantidades relativas. Para comprenderlo
mejor, pongamos un ejemplo y supongamos que la materia representada por
RE sea el rejalgar o sulfuro natural de arsénico. R, mitad de RE,
podrá ser, pues, el azufre de rejalgar o su arsénico, los
cuales son parecidos o diferentes según consideremos el azufre y
el arsénico separadamente o combinados en el rejalgar. De manera
que RER será obtenido con el rejalgar, añadiéndole
azufre, el cual es considerado como constitutivo de la mitad del rejalgar,
o bien arsénico, considerado como la otra mitad del mismo sulfuro
rojo.
Añadiré unos consejos: buscad ante
todo RER, es decir, el vaso. RERE os será después, fácilmente
cognoscible. La Sibila, al serle preguntado qué era un filósofo,
respondió: Es aquél que sabe hacer el vaso. Aplicaos a fabricarlo
según nuestro arte, sin preocuparos demasiado de los procedimientos
de elaboración del vidrio. La industria del alfarero os sería
más instructiva; ved las láminas de Piccolpassi (14) y encontraréis
una que representa una paloma con las patas atadas a una piedra. ¿Acaso
no hay que buscar y encontrar el magisterio, según el excelente
consejo de Tollius, en una cosa volátil?
(14) Claudius Popeli, Les Trois Livres de l´Art du Potier, del caballero Cyprian Piccolpassi. París, Librairie Internationale, 1861.
cosa volátil? Pero si no poseéis ningún vaso
para retenerla, ¿cómo impediréis que se evapore, que
se disipe sin dejar el menor residuo? Haced, pues, vuestro vaso,
y, después, vuestro compuesto; tapad aquél herméticamente
de manera que el espíritu no pueda escaparse; calentadlo todo según
arte, hasta la completa calcinación. Volved a poner la porción
pura del polvo obtenido en vuestro compuesto, y encerradlo bien en el mismo
vaso. Repetid la operación por tercera vez, y no nos deis
las gracias. La acción de gracias debe dirigirse únicamente
al Creador. Nada reclamamos para nosotros, simple jalón en
el gran camino de la Tradición esotérica; no queremos vuestro
agradecimiento sin vuestro recuerdo; sólo deseamos que os toméis
por otros el mismo trabajo que nosotros nos hemos tomado por vosotros.
Nuestra visita ha terminado. Para nuestra admiración,
pensativa y muda, interroga una vez más a esos maravillosos y sorprendentes
paradigmas, cuyo autor fue tanto tiempo ignorado por los nuestros. ¿Existe
en alguna parte un libro escrito por su mano? Nada parece indicarlo.
Sin duda, siguiendo el ejemplo de los grandes Adeptos de la Edad Media,
prefirió confiar a la piedra, más que al pergamino, el testimonio
irrebatible de una ciencia inmensa, de la que poseía todos los secretos.
Es, pues, justo y equitativo que reviva entre nosotros, que su nombre salga
por fin de la oscuridad y brille, como un astro de primera magnitud, en
el firmamento hermético.
Jean Lallemant, alquimista y caballero de la Tabla Redonda,
merece ocupar un sitio alrededor del santo Grial, y comulgar en él
con Geber (Magister magistrorum) y con Roger Bacon (Doctor admirabilis).
Igual, por la extensión de su saber, al poderoso Basilio Valentin
y al caritativo Flamel, les supera por dos cualidades, eminentemente científicas
y filosóficas, que llevó al más alto grado de perfección:
la modestia y la sinceridad.