Así pues, amigo que debutas y que ya te sientes
apasionado por la alquimia, has de dedicarte a buscar literatura para extraer
de ella el saber del que estás ávido; así encontrarás
en otros autores lo que yo he creído que no debía repetir.
No todas las obras que hablan de alquimia son recomendables, y las hay
incluso muy malas, especialmente entre las modernas.
Te hará falta, pues, algún discernimiento
a la hora de elegir. Debes saber que la facultad de distinguir lo bueno
de lo mal te será concedida por la vocación, cuya primera
gracia es esa facultad. Si no posees ese don, más te vale renunciar
a estudios que no te llevarán a ninguna parte porque no has sido
llamado a ellos. Pero si sólo te dedicas como diletante, no temas,
porque siempre se saca algún provecho de la lectura de los sabios;
de todas formas, has de tener conciencia en todo momento de que sería
una lástima transformar por completo tu vida para acabar sumido
en la miseria y, peor aún, desprovisto de consuelo filosófico.
Si quieres consagrar tu vida a la ciencia y convertirte
en un hijo del arte, no deberás establecer una comparación
entre la alquimia y la ciencia moderna. Si existe alguna analogía
que s epueda extraer de ese peligroso parentesco, no sacrás provecho
de ella hasta el día en que poseas el saber práctico suficiente
para poder realizar el acercamiento sin riesgo de perderte.
Intenta mantener el espíritu libre de
toda posible influencia nefasta y no leas nada que no lleve el sello de
la Obra: rechaza a los Kant, Jung y tutti quanti en provecho de Platón,
Rabelais y otros sabios. Así formaras, poco a poco, tu pensamiento
sobre el árbol de nuestra filosofía, y podrás recoger
sus frutos cuando llegues a la madurez.
Con mucha frecuencia el debutante se siente inclinado
a mostrarse demasiado sutil en sus interpretaciones, y algunas veces, las
menos, a no serlo suficientemente. No es fácil saber adecuar la
letra y el espíritu, sobre todo cuando falta la práctica.
En consecuencia, guárdate de renegar demasiado de la primera o exaltar
el segundo más de lo preciso. La armonía necesaria entre
ambos se desarrollará poco a poco, en relación con tus progresos
en nuestra ciencia.
Tu primera preocupación será familiarizarte
con los autores clásicos, empezando por Fulcanelli y Eugène
Canseliet. Una vez pasado el asombro, y depués de sobrevolar los
múltiples enigmas, te aplicarás pacientemente al estudio
del símbolo. Debes recordar entonces que éste no tiene un
sentido preciso si no es en relación con el contexto en que se encuentra,
y que no puede tener una definición definitiva. Dos ejemplos, el
primero vulgar y el segundo filosófico: si colocas una señal
de prohibición de estacionar en un pueblo de primitivos, para ellos
será un misterio y todas las interpretaciones que puedan ofrecer
serán falsas, por más sabios que se muestren en la explicación
de los símbolos de su propia religión. El otro ejemplo: en
tu estudio no tardarás en comprender que la pañabra mercurio
designa a un cuerpo volátil; ahora bien, ese término puede
muy bien aplicarse a una sustancia fija, ya sea porque cuando la observemos
haya sido enfriada, o porque la examinemos después de haber sido
cocida con el azufre, que tiene la propiedad de cortarle las alas incluso
en estado de simple amalgama divisible. En consecuencia, te ejercitarás
en no extraer el símbolo de su contexto.
A medida que pasen los años, conseguirás
adquirir una base teórica simple, que te permitirá acceder
a la práctica. Por ejemplo, sabrás reducir la multitud de
símbolos a cuatro elementos, tres principios, dos naturalezas. A
partir de todo ello comprenderás que existe una estrecha analogía
entre el fuego y la tierra, lo cual deducirás de la flagrante similitud
entre el aire y el agua; la práctica te lo confirmará.