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Hay muchas probabilidades de que «El Libro de Thoth» ya existiera antes de haberse construido la Gran Pirámide, y posiblemente antes incluso que fuese tallada en el desierto egipcio la Esfinge.
De ser así las cosas, «El Libro de Thoth» correspondería a la misma cultura que produjo el tan admirable monumento de Keops, lo cual da la posibilidad de que uno explique al otro, pues si como se supone la sabiduría de la época fue volcada en la construcción de la Gran Pirámide, esa misma sabiduría debe haber existido en «El Libro de Thoth», y hasta podría suceder que de él hayan salido los simbolismos que ilustran las líneas cronológicas y proféticas, que tanto han asombrado a gran parte de la Humanidad.
Pero aunque «El Libro de Thoth» en su origen haya estado grabado en láminas de oro puro, o en piedra esmeraldina, o en cualquier otro material, hoy en día tan sólo ha llegado a nosotros en forma de barajas o naipes de 78 figuras divididas éstas en tres grupos principales: 22 cartas llamadas “arcanos mayores”; 16 cartas denominadas “arcanos menores” y las 40 cartas restantes que sirven para explicar la vida profana, la vida diaria del ser humano. Y a este juego de naipes es al que se le conoce con el nombre de Tarot egipcio. La antedicha división del Tarot egipcio en tres grupos principales alude, por supuesto, al número tres, que en la antigüedad simbolizaba a los tres mundos integrantes del universo: el mundo material y tangible, el mundo intelectual, que crea las ideas y el pensamiento, y al mundo de lo divino, esto es a dios.
Mirando las cosas de este modo Asimismo está representado como un todo el ser humano en sus tres componentes básicos: el cuerpo (lo material y grosero), el alma (lo mental e intangible) y el espíritu (lo divino como origen del hombre).
De lo dicho es fácil deducir que «El Libro de Thoth» fue creado, en primer lugar, como consecuencia de una larga y experimentada cultura, y en segundo, con la intención de estudiar el macrocosmo (Universo), el microcosmo (hombre) y a Dios como concepto y centro creador.
E igualmente al «Libro de Thoth», la Gran Pirámide es un todo gigantesco que alude a esos mismos tres mundos: a lo material por la piedra de que está construida; a lo intelectual por la forma cómo todo está dispuesto en ella, y a lo espiritual y divino por los muchos pasillos interiores y hasta el remate de la propia Pirámide, todo ello con frecuentes alusiones y referencias astronómicas en sus muchos grabados y jeroglíficos, que significan el cielo y lo divino.
A medida que pasa el tiempo, modernos descubrimientos referentes a la Gran Pirámide reafirman la antigua ciencia y las ocultas técnicas empleadas para que ese colosal monumento de piedra siga mostrándonos las secretas relaciones existentes entre la Tierra, el Universo y el alma humana. La Gran Pirámide se orienta hacia el Este y está ubicada, precisamente, en el centro del Hemisferio Norte, lo que implica que sus constructores conocían en su época, ¡miles de años antes del viaje de Cristóbal Colón y Magallanes!, la forma esférica de la Tierra. Sus mediciones físicas ya hemos señalado que han sido materia de muchos libros, y al tiempo que la humanidad evolucione se revelarán y concretarán muchos misterios de ella.
La tradición hermética sostiene que aún resta hallar un registro no descubierto de las dos claves más importantes para descifrar «El Libro de Thoth» (o el completo simbolismo reflejado en los naipes del Tarot egipcio), astrología y Tarot, dentro de la Gran Pirámide, pues se dice que para manejar bien el Tarot con la Clave Plateada, uno necesita la Clave Dorada de la Astrología. Esa misma tradición hermética menciona un túnel que conduce a través y debajo de las garras de la Gran Esfinge hasta un Templo de Iniciación Egipcia. En este templo, a lo largo de las paredes, se hallan tablillas donde están inscritas las cartas del Tarot, representando la historia de la iniciación del alma a medida que atraviesa, el Ciclo de la Necesidad.
Naturalmente, construir tales ciencias espirituales demanda el uso de los sentidos psíquicos. A causa de que los sentidos psíquicos, o sentidos astrales, a veces se presentan falsamente, es menester pulsarlos, para mayor precisión, mediante los sentidos físicos. Ésta era la forma mediante la cual los antiguos iniciados egipcios marcaban cualquier descubrimiento de importancia para el desarrollo y necesidades del alma. Generación tras generación, se especializaron en dos cosas: astrología y obtención de información relativa al alma humana. Así desarrollaron sus sentidos psíquicos hasta un alto nivel y conservaron laboriosamente registros de sus experimentos durante siglos, igual que posteriormente lo harían los Antiguos Masones durante más de 1500 años, y cuyos registros se han podido estudiar porque están en la serie que se denomina «Serie-Anu-Enlil de Caldea», que hoy en día puede encontrarse en el Museo Británico de Historia Natural.
La astrología no era para ellos un mero medio de lectura del carácter o de predicción de sucesos; era más bien la ciencia del alma y, asimismo, «la clave de todas las posibilidades». Cada uno de sus descubrimientos era señalado con un símbolo apropiado, grabándose su interpretación esotérica pictóricamente en una tablilla separada, que los egipcios llamaban el Camino Real de la Vida, y que el paso de los siglos convirtió en las Cartas del Tarot Egipcio.
Según los esotéricos, la astrología y el Tarot, combinados en su misterioso simbolismo, revelan las claves de los secretos que, durante siglos, se mantuvieron dentro de los límites de los iniciados y las cofradías místicas herméticas, por temor a que tales secretos, cayeran en manos equivocadas. No debemos en nuestros días censurar ciegamente tal prudencia, si reflexionamos que podría ser que algunas de sus técnicas y descubrimientos pasados hubiesen dado a los hombres poderes demasiado peligrosos para ser divulgados a los profanos y los ignorantes, sólo atentos a utilizar tales logros para su particular beneficio personal y esclavizar a otros.
Por otra parte, podemos comprobar la existencia de un fenómeno semejante en nuestro presente moderno. El desarrollo incesantemente acelerado de la técnica impone a los que saben el deseo, y después la necesidad, del secreto. Pues no en vano el peligro extremado conduce a la extrema discreción. Si bien lo observamos, llegado a cierto nivel, el conocimiento se oculta a medida que progresa. Es cuando se forman consejos de sabios, técnicos y científicos, que no transmiten a cualquiera sus experiencias mantenidas en secreto entre ellos.
No obstante, con el paso de los siglos, algunos fragmentos de los secretos de la Cámara Egipcia de Iniciados, trascendieron al público, aunque de una forma vaga e inconexa. Fue cuando los profanos de las leyes ocultas se lanzaron sobre tales fragmentos, distorsionando lo que ellos empezaron a divulgar, el significado real del simbolismo antiguo. Naturalmente, tales tendencias también tuvieron una marcada influencia sobre varias presentaciones de cartas del Tarot, que resultaron ineficaces para ayudar a un neófito a convertirse en iniciado.
Cuando gente de diferente concepción sobre la vida y sus misterios manejó estas cartas, naturalmente fue cambiando las figuras para representar mejor sus propias convicciones dominantes, describiendo así el medio circundante en el que vivía en ese tiempo. Para poner un ejemplo, se advierte una convincente analogía en el Caballero de Espadas del comienzo de la Era cristiana: muestra un cruzado con armadura, lanzándose a través de la frontera, hacia otros dominios, en el bien conocido deseo de esparcir luz mediante la espada. Tal figura sugiere inmediatamente la conquista de lejanos imperios y la Propagación, coercitiva, de las creencias cristianas entre los ignorantes paganos así conquistados.
De manera parecida surgieron muchos mazos, cada uno modificado inconscientemente quizá, por la filosofía vital del grupo que lo utilizaba. A causa de estas características inherentes, existen diferencias entre las cartas inglesas, alemanas, italianas, españolas, francesas y hasta las que utilizan ciertas gitanas. Pero incluso las cartas que hoy en día conocemos, derivan del Tarot Egipcio, aunque varíen en gran medida debido a los siglos de utilización como instrumentos de juego que, no obstante, siempre conservan «algo» de su poder profético inicial.
La baraja española, por ejemplo, parece ser la que más ha conservado la semejanza con el Tarot y su simbolismo. Consta de cuatro figuras principales (palos), que se denominan así: OROS, que se refieren, en lo esotérico, a Dios, y en lo material, a riquezas. BASTOS, que simbolizan el cetro y, por lo tanto, el poder, la fuerza. ESPADAS, que habla de justicia y castigo, frecuentemente, muerte. Y COPAS, que en su origen simbólico se refiere a una congregación religiosa, al poder religioso como organización, no como estado de conciencia.
Así, pues, toda baraja con tales figuras
nos hablará de estos elementos en su simbolismo: Poder económico
e inteligente. Poder de mando y fuerza para imponerlo: Poder de justicia
y de castigo, y Poder eclesiástico en forma de mando.